miércoles, 31 de agosto de 2011

The end of August

Hay un anuncio que dice que la vida no está hecha para contar calorías.
Yo, este mes de Agosto de 2011, he aprendido que la vida, en general, no está hecha para contar casi nada. Pero a veces, hay que contarlo casi todo.

No está hecha para contar lágrimas, ni llantos, ni penas, ni para contar mentiras. Está hecha para que algunas verdades sean contadas y para contar con números las sonrisas, y para contarle al mundo porqué sonríes.
No está hecha para contar amigos con los dedos de la mano ni para contar con amigos que te den la mano. Al menos no para los amigos falsos. Está hecha para contar con gente de verdad; poca, pero suficiente.
 La vida no está hecha para contar los sueños incumplidos, las promesas rotas. No está hecha para gritarle a oídos sordos nuestros anhelos secretos, no está hecha para perder oportunidades lamentándonos. La vida está hecha para contar que lo conseguimos, que luchamos por lo que queríamos; está hecha para contar cuantas veces nos caemos y cuantas nos levantamos.
Y no, tampoco está hecha para contar calorías. Mejor contar los sabores que nos deleitan, mejor contar los postres que comemos, pero sin contar los platos que fregamos.
No está hecha para contar hojas, ni para contar apuntes, ni para contar suspensos. No está hecha para contar obligaciones. No está hecha para contar libros, sino para contar historias. Está hecha para que los abuelos cuenten cuentos a los niños, para que los enamorados se cuenten cartas de amor, para que los escritores cuenten novelas y los poetas cuenten versos, sin tener que contar la métrica.
La vida no está hecha para contar malos recuerdos, ni catástrofes, ni despedidas. Hay que contar anécdotas felices, memorias risueñas, encuentros y reencuentros. En la vida, hay que saber contar qué es lo que tenemos que contar.
Y es que no está hecha para contar a las personas importantes, pero sí para contarles que son importantes, para demostrárselo. No está hecha para contar desamores, sino para contarle a tu corazón que ya tiene un alma gemela. Encuéntrala y cuéntaselo también a ella.
La vida no está hecha para contar las horas que pasan, los minutos que vuelan, los segundos que se escapan. La vida no está hecha para medir el tiempo, ni para perderlo en tonterías, sino para disfrutarlo. No está hecha para temer el momento en el que el reloj pare de contar. Está hecha para respirar cada instante como si fuera el último y a la vez saber contar con que no va a serlo.
La vida no está hecha para rendirse. La vida está hecha para llegar al final y poder contar, que sobrevivimos.


En resumen, acabo este mes de Agosto agridulce, sabiendo que en la vida, al fin y al cabo, sólo se puede contar con uno mismo, porque la vida es un cuento que sólo cada cual sabe contarse.
Tenía que contar esa sabia conclusión a quienes quieran leerla. Sin embargo, yo soy mujer de las que saben contar, y tú… tú puedes contar conmigo.



Hasta el año que viene, vacaciones de verano y relatos estivales.

lunes, 29 de agosto de 2011

Relatividad

Lo dijo Einstein, y aunque esté lejos de ser un genio como él, ahora lo digo yo:
No sé si estoy loca, o si los locos son los demás.

No necesito una Teoría para saber que la locura es relativa, y que depende estrictamente de las causas que la originan: hay locuras justificadas que clasificaría de estado humano necesario, y hay locuras exageradas ajenas a cualquier causalidad que son un trastorno psicológico.
Múltiples elementos de nuestra vida diaria pueden despertar nuestra locura, a cada cual la suya. Es más, casi todas las personas tenemos, al menos, dos personalidades, pero sólo una tiene la mirada aviesa y escurridiza del loco.


El eterno caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Pero... ¿quién de los dos está más loco? La respuesta siempre es... el que está detrás del espejo. El mío tiene grietas y está muy roto, así que no lo tengo claro. ¿Y tú, lo tienes claro? A mí los ecos y los fantasmas me confunden...
Pero en cualquier caso, es mejor tener cuidado: con no enloquecer y con no ser enloquecido, pues la locura es un camino irrevocable. O eso dicen.


Y ahora, sientes miedo y un frío aliento de hielo sobre la nuca... No te preocupes, es tu otro yo, al que se le ha ido la cabeza. 

domingo, 28 de agosto de 2011

Diario de sueños (2)

La iglesia estaba separada de nosotros sólo por una carretera y una escalinata rodeada de jardines por la que se ascendía hasta ella. Estábamos sentados en la puerta de una casa que estaba en la esquina de una de las calles paralelas, desde donde veíamos perfectamente, aunque lejana, la puerta del templo. Una esquina justo en diagonal con el lugar sagrado: bastaba cruzar la vía para llegar hasta su escalera. Una escalera muy ancha y larga, que colocaba a la iglesia en una elevación más notoria que el resto de los edificios de la ciudad. Pero la abundancia de sus jardines a diferentes alturas y la frondosidad de los árboles que la rodeaban, camuflaban su espigada silueta y la sumergían bien en el entorno, sin perder su grandiosidad. Era una iglesia en tonos tierra, vainilla y blanco roto, con un tremendo portón que la ennoblecía.
Los dueños de la casa descansaban apoyados contra un coche aparcado delante de su entrada, donde estábamos nosotros, conversando con ellos, y esperando.

La gente empezó a llegar. Fue rápido, la mayoría de los asistentes a la boda lo hacían en limusinas, así que no se formó el aglutinamiento de vehículos que pensábamos. La elegancia de los invitados contrastaba con nuestras ropas informales de diario. De hecho, recuerdo que yo iba en deportivos. Lo recuerdo bien, porque eso me ayudó a correr mejor después.
No sabíamos a ciencia cierta quién se casaba, pero el enlace había generado tal expectación y era tal la cantidad de medios que se habían hecho eco de la noticia, que no dudamos en visitar a nuestros amigos, mayores que nosotros, que vivían tan cerca del lugar donde iba a celebrarse.

Así que allí estábamos, pasando el rato con ellos mientras veíamos desfilar gente, y fotógrafos, y cámaras. De pronto todo se calmó. Intuimos que la misa había comenzado. El ambiente en la calle era tranquilo. Era un día soleado y se sentía una atmósfera como de mediodía, como de hora de la siesta. No se movía el aire y trascurrían los minutos como si hubieran puesto el sonido en off. El mundo estaba parado.

Y entonces noté algo en mi pecho, noté un leve dolor dentro de mí, abrí los ojos de asombro. Y la puerta de la iglesia se abrió de golpe con un ruido sordo.
Y empezó a salir gente, una marabunta descuidada, un jaleo extraño. De pronto había muchas personas por la calle, medios de comunicación gritando y moviéndose.
Y preguntaste, ¿qué ha pasado?
Y nuestro amigo dijo: Ella ha muerto.
Y oí más voces a nuestro alrededor: Un paro cardíaco… Se le ha parado el corazón… Era tan joven… Ha sido una descarga eléctrica… Se ha derrumbado en el suelo como una exhalación… Un infarto, sí, eso dicen… Justo cuando iba a dar el sí quiero… Muerte súbita…
Y vi la escena de su muerte en mi cabeza.

Y entonces, él salió de la iglesia, rifle en mano, y bajó las escaleras en picado, como en una estampida de bestias. Y con el esmoquin en el cuerpo y la venganza en la pistola, le disparó por primera vez a la vida que se le había escapado entre los dedos. Y continuó disparando.
El novio de la muerte, pertrechado por otros dos hombres trajeados, llevaba sangre en la mirada y rabia entre los dientes. Y en el momento en que le vi avanzar por la calle, supe que le había jurado al destino que iba a pagar por lo que le había hecho.
Por haber asesinado al amor de su vida, por haberle robado así su vida juntos, justo en el instante en que iban a gritárselo al cielo, justo cuando iban a decirse por enésima vez, que se amaban.
Vi la ira loca y asesina en sus ojos y el rifle en su mano. Te cogí y eché a correr.

Corrimos calle abajo, sin pararnos, durante un buen rato. Mis zapatillas ayudaban, nuestra carrera era limpia y veloz, pero entonces sin preverlo di un traspié y me enredé entre mi ropa… que ya no era mi ropa. Llevaba un vestido largo blanco, un vestido de novia. Pero tú no te inmutaste, no notaste nada raro, sólo me ayudaste a levantarme, cogiste la cola del traje, y volviste a correr con ella entre tus brazos y con mi mano entre las tuyas, ayudándome a avanzar.
La cabeza me explotaba, ¿qué demonios hacía yo vestida así? Tenía miedo, mucho miedo, no sabía por dónde iría el novio despechado dando tiros, si nos habría seguido, si andaría cerca, si habría ido en la dirección opuesta. No sabía nada, sólo que de pronto estaba vestida de boda, lo que podría ser un aliciente para matarme. Y para matarte a ti, que estabas conmigo. De pensarlo me daba vértigo y no podía casi ni andar.

Corriendo atravesamos calles y calles y llegamos al puerto, al paseo que rodeaba la playa de la ciudad. Nos apoyamos en las barandillas del muelle para recuperar el aliento.
Y volvió esa atmósfera calmada, con temperatura pesada y ecos de silencio, previa a la desgracia en la iglesia.
Me miraste, levantaste la mano con la que llevabas agarrada la cola del vestido, y con ella me apartaste el pelo de la cara. Y me besaste, largamente.
Me besaste y durante el beso tuve miedo, por si era el último, por si abría los ojos y tenías un tiro en el pecho, por si me notaba mojada en sangre, por si la belleza de nuestro amor desataba la envidia de aquel que lo había perdido todo.
Pero abrí los ojos y el vestido de boda había desaparecido; de nuevo llevaba mi ropa normal. Sonreíste y me dijiste: He pensado que si te besaba disimularíamos. Pero yo entendí la verdad en tu boca. Tú también habías querido despedirte, por si acaso.

Te abracé y contemplamos el mar, que empezó a desvanecerse bajo mis párpados…



NOTAS: El novio de la boda tenía la cara de Elijah Wood. No sé en qué ciudad trascurre, pero algunas calles por las que corrimos me recordaban a calles madrileñas, y el puerto podría ser Barcelona. Durante todo el relato una angustia me invade hasta que me besas y me abrazas. Al final del sueño, comienza otro en el que vamos al cine con unos amigos. ¿Interpretación? Aún ninguna.

jueves, 25 de agosto de 2011

Herencia rota

Y cuando no pudo más... sus gafas lloraron por ella. Y tuvieron miedo.

Sus gafas tuvieron miedo, porque ni llorando podrían curar su miopía de corazón.
Habían corregido su vista durante muchos años, la habían enseñado a observar nítidamente a la razón; pero ahora tenían miedo, porque el amor es ciego, y ella lo era más.

Y no podían ayudarla a ver las cosas de otra forma, no podían calmarla ni sonarle la nariz, sólo podían empañarse y llorar con ella, haciendo que todo se mostrara aún más turbio, desorientándola más en su enjambre de lágrimas y dioptrías.

Sus gafas tuvieron miedo, y del miedo se descolgaron de sus orejas y se deslizaron por su nariz, estrellándose contra el suelo en una caída vertiginosa que ella ya no pudo contemplar. Y al chocar, se rompieron en mil pedazos, coincidiendo con los fragmentos de su corazón.

Trocitos de cristal empapados de agua y sangre que ella nunca volvió a ver, y que en un último rencor de miedo y amor, le cortaron los pies el pasar.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Más lejano que la vida, más cercano que la muerte

Era un paisaje más desértico que la superficie de la Luna, o eso parecía a primera vista. Como en aquélla, diríase que el lugar giraba en torno a algo más grande, más importante; es decir, que estaba encuadrado en un emplazamiento no prioritario.
Cuando te fijabas más, empezabas a distinguir en la negrura bultos disformes,  como siluetas de esculturas abstractas de algún artista moderno. Su distribución se asemejaba azarosa, pero conforme te acercabas acertabas a establecer una sucesión de puestos, un orden atípico pero, al fin y al cabo, un orden.
¿Qué eran esas cosas? Amplía la imagen y congela.
Las figuras se hacen más estrechas, alargadas, altas. Una planicie destaca en su perfil, como si no tuvieran relieve, sino que hay algo  contenido dentro de ellas.
En ese momento un movimiento recorre el suelo del lugar, se estremecen sus elementos y la mirada del observador también. Algo extraño está sucediendo… Ya, ya pasó.
Vuelve a enfocar y mantén la vista fija. Es el momento de decidir qué es lo que estás viendo.
Estanterías. Cajas. Armarios.
Todo un desierto de alineados estantes plastificados, uno detrás de otro, con contenedores de cartón intercalados de forma antisimétrica, para unos ojos no entrenados, y cada cierto tiempo un bloque de madera con dos puertas, a veces tres. Todos los objetos se asemejaban en su color marrón, pero variaban las tonalidades que tendían al verde del musgo y al gris de la roca en la que éste habita.
Los párpados se pliegan y despliegan, atónitos ante un inmobiliario tan dispar. Los armarios están doblados sobre sí, sus pomos se retuercen en forma de espiral y sus puertas son tan gruesas como las de una catedral. Las lejas, que acaban en esquinas imposibles y cuya estrechez deriva de lo casi invisible a lo troncal, se exhiben desgarbadas frente a la simpleza de las cajas, prismas infinitamente elevados o escasamente creados.

Se oye un silbido a lo lejos, pero la vista no alcanza y no es momento para intentar adivinar más, el esfuerzo de pensar es sobre humano.

Intentabas mover las piernas, o al menos averiguar dónde estaban, pero no pudiste; tampoco encontrabas tus manos, y ni siquiera se intuía el tabique de tu nariz. Sólo quedaba seguir usando lo que no podían ser otra cosa que los ojos, menuda locura.
Vuelves a abrirlos; ahora estás acostumbrado y no es tan difusa la imagen. Analizas.
En los estantes hay libros dispuestos en secuencias de risa, pues las baldas más finas sostienen los volúmenes más anchos mientras que las afianzadas y grandes apenas si tienen algún ejemplar, y en tal caso diminuto, como esos libritos de cuentos que se vendían por fascículos. Algunas de las cajas están cerradas, pero otras se abren mostrando papeles finos, casi todos en blanco y negro aunque algunos con tonos sepia, y muy pocos en color. Y por último, los armarios, gigantes moles, todas con esas impactantes puertas de museo, sellados a cal y canto y con los tiradores enroscados y amenazadores.
No puedes moverte, claro, no puedes andar; pero como si accionaras un zoom, eres capaz de desplazarte hacia los objetos, y eliges en primer lugar una caja cercana. ¿Qué serían eso que parecían folios impresos? Metes la mirada dentro y agarras uno. Te devuelve una  fotografía, en la que predomina el negro, pero al fondo aparece una mujer iluminada, que está de pie sobre una calle de adoquines. Nervioso la dejas y coges otra, ahora un paisaje de grises, un terreno con árboles y una casa a la derecha. En la siguiente, dos personas que caminan de espaldas. Otra. Una calle atestada de coches. Un edificio de ladrillos con una verja. Una feria de pueblo. Una barbacoa con una mesa dispuesta en torno a ella. Un anciano que cruza un puente. Un niño que chupa una piruleta con la mano en el bolsillo. Otro niño con una tirita en la frente. Una niña que corre hacia la cámara. Escombros en un vertedero. Una sala de una asociación benéfica con muchos cuadros en las paredes. El primer plano de uno de esos cuadros, un bodegón de flores muertas. Todas las fotografías en blanco y negro. Empecinado, por fin encuentras una en sepia: una mujer mayor que sale de un coche sonriendo. Y tras demasiadas tentativas, una con colores de atardecer: una estampa grupal de jóvenes con un molino al fondo. Tentado, vas a la siguiente caja más cercana. Repites el proceso: fotografías de motocicletas, un arbusto con abejas que revolotean, un chico en bicicleta, un antiguo teatro abandonado, una cucharilla de café, una avenida con semáforos (imposible saber si en rojo o en verde), una albufera rodeada de vegetación, una bonita construcción renacentista, un perro abandonado. De nuevo monocromáticas, en esta ocasión hay total unicidad. Recorres varios de los prismas, notando como el grosor del cartón equivale al de la calidad de las imágenes. En casi todas el blanco y negro destaca, sobre todo en las más grandes. Pero entonces caes en la cuenta, tras varios intentos de la búsqueda de color, de que éste predomina en las cajas pequeñas, en las concisas. Vas hacia una, miras, recreas tu vista con el asombroso colorido. Encuentras una instantánea de un anochecer con fuegos artificiales. Un castillo medieval con muchas banderas y árboles. Una pareja que sonríe confiada a la cámara. Un concierto. Una guitarra con nueve cuerdas. Una foto a otra foto enmarcada con una dedicatoria detrás. Unas cortinas que ondulan con un mar al fondo. Caracolas en la orilla de otro mar. Un cementerio de marisco recién devorado. Un beso robado al aire de una boca femenina. Un muchacho que duerme; se parece mucho a ti, o eso crees. Un retrato de frente, limpio y definido. Un vaso con agua y pinceles. Una mariposa sobre un banco de piedra. Todas las imágenes brillando en las variedades del arco iris. Te emocionas, te acompaña la suerte en tu selección de cajas de sueños fotográficos y aprendes a hallar la vida en ellas. Un cuaderno y una calculadora. Un pupitre de algún colegio para niñas. Un automóvil que espera sobre la acera. Una corona de papel recortada sobre cartulina dorada. Otro semáforo, esta vez en verde. Un bebé que sonríe. Una bañera de espuma con un patito de goma amarillo. Un prado con flores lavandas. Un bolso de leopardo y luego un leopardo agazapado tras un arbusto que observa el objetivo desde la pantalla de un televisor. Una tableta de chocolate. Unos labios que sacan la lengua entre unos dientes blanquísimos. La arena de una playa de noche. Y suma y sigue, caja tras caja, foto tras foto, blanco tras negro, color tras color. Una colección de recuerdos claroscuros desperdigados por aquel extraño lugar.

Se te empiezan a entrecerrar los ojos… oyes de nuevo aquel extraño silbido, esta vez más cerca y más agudo, y se difuminan las fotografías, y con ellas las cajas y el hilo de tus pensamientos.

Vuelves en ti, o en lo que quiera que estés. Y decides que por si acaso el tiempo, ya que no sabes cuánto ha pasado, se acaba, es hora de mirar en los estantes.
Observas el primero, y en él un libro al azar. No entiendes lo que pone en su lomo, pues son letras desconocidas para ti, como en un idioma de otro mundo, no ya de otro país. Recorres todas las repisas, todos los dorsos grabados de abecedarios en distintos tonos y grosores. Hasta que al final, casi exhausto visualmente, eres capaz de leer uno de ellos; es un nombre: Natalia. Emocionado, intentas abrirlo, pero no puedes. A éste le suceden más legibles: Raúl, Elena, Alfonso, José Manuel, Ángel, María, Verónica, Catalina, Pedro, Javier, Felipe, Victoria, Eduardo, Omar, Paula, Laura, Cristina, Óscar, Lara, Arturo, Alejandro… Pero no eres capaz de ir más allá y hojear sus páginas. Pero cuando tu vista se pasea desesperada cerca de una de las estanterías más deformes, ves un tomo con tu propio nombre. Excitado lo devoras con la mirada, y a un golpe ocular, lo abres. Está en una repisa bastante gruesa. Lees algunos párrafos maravillado… está hablando de ti, de tu vida; o eso parece… porque de pronto descubres que no recuerdas nada, que ni siquiera sabes si deberías saber algo. Te preguntas atónito si habrá otros libros con tu nombre. Con más prisa si cabe, continúas tu búsqueda, y terminas encontrando varios más, algunos más espesos, otros menos, cada uno con distinta caligrafía y sobre distintos tipos de estanterías.

De nuevo aquel pitido, más cercano que nunca. Y tú más asustado, ¿dónde estás? ¿Quién eres?

Sólo quedan los armarios, quizá en ellos encuentres la respuesta o la salida a aquella pesadilla surrealista.
Te diriges firme, mentalmente  hacia ellos, reparando en la amenaza de las espirales de sus pómulos. Imposible abrirlos con la mirada. Buscas algo explícito que los diferencie, pero aparte de sus distintas curvaturas o maderas, ninguno parece pertenecerte como las historias de esos libros. Entonces se te ocurre una idea: recuperas un fragmento de uno y sostienes a la vez una fotografía en color, usándolos de brújula. Te intentas orientar. Cada vez oyes más potente el sonido. Te mueves entre cajas y estanterías, rodeando los armarios, buscando una señal, durante un tiempo que te parece incontable. Pino, roble, abeto, más pino, cedro, haya, nogal, y alguno ocasional de ébano o caoba.
Y entonces lo ves.
Allí, justo en medio de la nada, de aquel páramo sombrío.
Tu armario.
Sabes que es él porque de allí procede el silbido, porque se tambalea sobre sus tres puertas de fresno blanco haciendo que el suelo tiemble, porque una fuerza desconocida te empuja hacia él.
Te plantas delante, tus piernas flaquean. ¿Tus piernas? Sí, ¡Dios!, has recuperado tu cuerpo. Te planteas salir corriendo, pero ¿hacia dónde? No, está claro lo que debes hacer.
Adelantas tu mano decidido y aprietas el pomo de la primera puerta, la de derecha. No puedes abrirla, y su forma extraña te araña la mano. Con ella herida, goteas sangre gris sobre el picaporte central, que también resiste a tu empeño desesperado. Lleno de dolor, angustia y malos presentimientos, te diriges finalmente a la puerta izquierda. Con los dedos destrozados, la tocas, y se entreabre silenciosamente… se ilumina.
La luz de su interior te ciega, como una nebulosa incolora pero dolora, y algo parecido a una niebla se desliza por las rendijas de su curvatura y se va introduciendo dentro de ti…
Entonces notas como tus pies se elevan, porque tu alma ya está lista para marcharse en la barca de Caronte, porque ya has dejado atrás todos tus recuerdos y tus historias.

Porque todas las vidas son igualmente importantes, necesiten más o menos libros para ser contadas, aparezcan en más o en menos fotografías; y todas serán guardadas en secreto, más o menos deformadas por la calidad del pensamiento de quien las recuerde, escondidas y selladas en el confín del universo de la memoria que se creó a la par que la existencia.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Cantos de sirenas malditas

Él también tenía una doble vida.
Como la canción de Joaquín Sabina. Aunque la única infidelidad que cometía era con él mismo. Era infiel a su persona, engañaba a su propio cuerpo, a su mente confundida. Un Ulises de papel en un barco de cristal.

Tenía un único enemigo: él; aunque se obstinaba en verlos en cualquier otro sitio: una noche en un bar, en una chica bonita, en la verdad. Y la verdad no era otra que la que todos compartimos: nadie está solo. Ni siquiera él.
Una vez me di cuenta de ello, y no fue precisamente por algo bueno.
Todos los seres humanos tememos a varias cosas, lo reconozcamos o no. Pero hay algo inherente a nuestra naturaleza, y es la necesidad de compartir vivencias y emociones; nos da pavor la soledad. Pero realmente no deberíamos tenerle miedo, es imposible estar solo. Imposible, que alguien lo intente. Yo he probado muchas veces, pero no se puede escapar. La soledad no existe, siempre hay alguien que piensa mal de ti, que te menciona en una conversación negativa, que se acerca en el momento menos oportuno. Es fácil comprobarlo en esos días negros, cuando sí quieres estar solo, cuando desearías ser nómada en el desierto para no tener que rendir cuentas de tu comportamiento a nadie. Es entonces cuando te das cuenta de que no puedes huir, de que siempre hay personas que te anclan a la compañía… la quieras o no.

Quizá ése era su principal problema, quizá dibujaba su vida con personajes planos que no albergaban sentimientos para que no le traicionaran y no le dejaran solo. Quizá eran planos sus vientres, sus mentes, sus corazones…
Que vida tan triste, ¿no crees? ¿No lo creía él? No.
La VIDA no es eso. La Vida es arriesgarse, caminar y tropezar, y no tener miedo de que tus huellas puedan borrarse con el viento, porque siempre habrá otros que recorrerán el mismo camino que tú y lo marcarán con la insistencia de los siglos, de la vejez humana…
Y es que el ser humano es muy anciano, él debería saberlo. Y los errores y los aciertos se repiten una y otra vez a lo largo de la Historia como olas en la orilla, que siempre borran su rastro al deslizarse sobre la  arena, pero que al marcharse, vuelven a dejarlo. Resaca de agua, nítida y transparente, como deberían ser sus ideas.

¡No lo entiendo! No lo entendí nunca. Odio no entender algo… lo detesto, y esas ideas que en verdad eran turbias y difuminadas me entristecían y enrabietaban.
El héroe puede perder batallas, lo importante es que tenga claro su objetivo. Y para los mortales de a pie como nosotros… el objetivo es vivir. VIVIR. Y detrás escribo un punto, punto y aparte mejor.
VIVIR.

Vivir… vive, vive, ¡carpe diem! Como él siempre me dice… o me decía.
Me mata la gente que da consejos y luego no los sigue, me mata a golpes de palabras. No creo que él quiera matarme, pero lo hace; lo hace porque se hace daño a sí mismo. Y al no escucharme, a mí.

Debería dejar su doble vida, es fácil.
Lo único que tiene que hacer es... justo lo anterior.

Matar.
Punto y aparte.

Matar para Vivir.

Él es su propio enemigo, él escoge a que parte elimina... Es muy fácil.
Ya sabe que si elige la adecuada, mantendrá esa no soledad para siempre, se hará vivir, nos hará vivir, tendrá mi aliento para que le ayude a soplar las velas de su barco perdido como si fueran mías... porque eso es la amistad.
Pero si elige la otra parte de su doble vida, no hay más que hablar. Entonces es Vivir para Matar. Y si cede, y si consiento, y si ataca esa sirena y él no hace oídos sordos a su canto, no podré seguir tapándole las orejas, y él mismo se tapará la boca. Y todo habrá acabado.


Hay barcos condenados a naufragar, y hay otros que se hunden ellos mismos.
Hay barcos con la brújula desorientada, con el timón endeble y el rumbo equivocado.
     Hay barcos oxidados varados en alta mar.
Hay barcos que son arrastrados al fondo del océano por sirenas anoréxicas. 


 
Y luego está tu barco, al que obligo a luchar y a no rendirse aún.
Aguanta, Ulises. Aguanta.


Año 2009

lunes, 15 de agosto de 2011

Delito en párrafo.

Caminaba con paso apresurado, vigilante y sigiloso, a través de la concurrida avenida. La policía le seguía los pies, y él no estaba como para dejarse las piernas ni el bolsillo en escapadas a correntías o en taxi. Era mejor deslizarse por entre los ignorantes ciudadanos, que transitaban la calle ajenos al peligro. Pie aquí, pie allá. De una acera a otra, irrespetuoso con semáforos y ancianos. Cuanto más avanzaba más seguro se sentía. Ahora su pequeña fechoría quedaría impune. Pero...¡zas! El pobre delincuente se confío demasiado... y cuando cruzaba sonriente por el último paso de cebra, una señora, a la que otro gamberro acababa de robarle el bolso, gritó escandalizada: "¡Al ladrón! ¡Al ladrón!" Y el futuro convicto se sintió un viandante amenazado, y se llevó tal susto, que se le cayó el miedo, el alma y la sombra a los pies. Y así fue como le encontraron los guardias.

domingo, 14 de agosto de 2011

Ciclo de Luna roja

Me tiembla el labio y el párpado mientras me desangro a solas en el baño conmigo y sin ti. Siempre sin ti. Siempre sangre espesa y color lágrima.

viernes, 12 de agosto de 2011

Hablar en falso

Tiene que haber un limbo de las promesas perdidas.

En algún rincón del universo, debe existir una nebulosa gigante que acoja todo aquello que decimos que haremos y que nunca cumplimos. Hay des-promesas de todo tipo y condición, pero las peores son aquellas en las que ponemos mayor convicción, porque ni la vergüenza personal hace fuerza en nuestra conciencia para acometerlas.
Sí, debe existir esa nebulosa gigante, y más que gigante, enorme, tremendamente grande, porque sólo mis promesas incumplidas llenarían kilómetros cuadrados de espacio. De espacio inutilizado.
Y aquí sigo, escribiendo sobre ello en vez de ponerme manos a la obra y evitar de una vez que ese limbo de promesas incumplidas se convierta en el agujero negro de mi vida.

Tiene que haber un limbo de las promesas perdidas y yo ya estoy perdida en él.

lunes, 8 de agosto de 2011

El valor para marcharse, el miedo a llegar

No tengo miedo a salir de mi hogar.
Lo que me aterra es que cuando vuelva ya no sea el mismo.

domingo, 7 de agosto de 2011

Diario de sueños (1)


De pronto estaba allí, en aquella habitación, inmóvil por miedo a que el sonido de mis movimientos rasgara el aire. Estaba allí y eso era lo único que sabía.


La criatura dirigía su cara hacia donde yo me encontraba, pero donde deberían haberse hallado sus ojos, había dos rendijas negras que se hundían en la piel macilenta y me miraban inexpresivas, sin un atisbo de vida, con el color de la muerte. Colocó su mano en el cristal que nos separaba, no sin dificultad, y  la dejó quieta. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, pero un instinto extraño que no logré reconocer me impulsó a poner la mía frente a la suya. El monstruo la observó durante unos segundos, casi perplejo. Acto seguido, empezó a dar golpes contra la pared transparente, y sus iguales comenzaron a imitarle.
Empezamos a correr. No sé quiénes eran los demás ni porqué estaban allí, pero saber que eran humanos como yo bastaba. No era momento para plantearse otras dudas.
Analicé la situación mientras movía las piernas como si me fuera la vida en ello, porque probablemente, me iba.

Desde que había despertado en aquella enorme habitación tapiada burdamente con maderos irregulares, la pesadilla más increíble había comenzado y ahora estaba huyendo a toda velocidad de ella.
Había intentado reconocer el lugar, pero no se parecía en nada a mi cuarto ni a ninguna otra estancia de mi casa. Nunca había estado en un sitio así. A primer golpe de vista, me pareció vacío, pero cuando me acostumbré mejor a la oscuridad pude identificar a un reducido grupo de gente en una esquina de la habitación. Estaban sellando los ventanales, y por el rumor quedo que empecé a escuchar, había otras personas trabajando de la misma manera en otros lugares cercanos.
La habitación era larga, y tenía amplias ventanas, la mayoría ya tapadas, que mostraban que estábamos en una planta alta de lo que parecía ser un edificio. Estaba amaneciendo y el paisaje que pude ver no me reveló gran cosa: a ese lado, sólo había un descampado.

Como pude, me incorporé lentamente, y sin mediar palabra, un chico se me acercó y me dio un martillo. Entendí lo que quería que hiciera, aunque no la razón… hasta que el Sol comenzó a salir, y Ellos empezaron a acercarse.
No supe muy bien lo que eran. Nunca me habían gustado las historias de ciencia ficción y me resistía a emplear la palabra <<zombi>>. Pero esas criaturas no aceptaban otra descripción.  Trepaban por la pared del edificio y llegaron hasta las ventanas, donde esperábamos expectantes. Entonces empezaron a intentar romperlas, y nosotros salimos corriendo.

Ahora saltábamos inverosímilmente de un balcón a otro, de una ventana a otra, de una habitación a otra, en dirección opuesta en la que Ellos habían aparecido. Dentro de la irrealidad de la situación, conseguí hacerme a la idea de que se trataba de una serie de edificios encadenados, enlazados a través de repisas y terrazas, como una prenda de ropa sin costuras. Avanzábamos veloces por el bloque imposible sin mirar atrás, así que no tenía idea del avance de los monstruos. Sólo veía sombras humanas delante de mí, y por las respiraciones entrecortadas y los jadeos a mi espalda, sabía que el resto de mis inesperados compañeros me seguía.
Como en un videojuego, efectuamos acrobacias increíbles durante un largo espacio de tiempo, hasta que nos metimos en un edificio especialmente oscuro.
Todo era confusión, vuelos de tablas y clavos para intentar tapiar de nuevo la zona. Nadie hablaba, trabajábamos en silencio y con determinación. Cuando aseguramos todo el lugar, nos sentamos en corro a esperar. Mi cabeza estaba vacía, no sabía en qué pensar.

Y al cabo de un rato, la pesadilla volvió a comenzar.

Oímos cómo se arrastraban, cómo aspiraban nuestro olor, cómo intentaban desesperadamente encontrarnos. Y uno de los nuestros no pudo más. Se escabulló hacia dentro del entramado de puertas y se encerró él solo en una habitación. Nosotros empezamos la huida de nuevo, y a lo lejos, escuchamos sus gritos, pero ya no podíamos hacer nada por él. Se había condenado él solo.
La persecución duró horas.
En ningún momento mi cerebro registró miedo, sólo ignorancia y curiosidad. No podía sentir terror, porque dudaba de que lo que estaba ocurriendo fuera real. Me hallaba en un estado de inconsciencia. Sólo corría y corría.
Hasta que tropecé, y me abrí una brecha en la pierna. En el momento en que la sangre fluyó por mis manos, me di cuenta de que aquello no era ninguna tontería, de que la herida me dolía de verdad, de que había un zombi vivo (o más bien muerto) inclinado al acecho detrás de mí, y de que aquello iba a ser el fin…


De pronto estaba allí, en aquella habitación, inmóvil por miedo a que el sonido de mis movimientos rasgara el aire. Estaba allí y me di cuenta, de que lo que estaban tocando mis piernas, era sólo la tela de las sábanas de mi cama.

sábado, 6 de agosto de 2011

En un universo paralelo al nuestro

Que tristeza, que decepción,
dos cuerpos inertes sobre el colchón.
Ni tuyo ni mío, ni amor ni calor.

Sólo ausencia.
Ausencia de besos, de más buenos versos,
de caricias desnudas en la habitación.

Sólo impaciencia,
por hallar la manera, de agotar esta espera,
de borrar la dolencia, ceniza y carbón.

Aguja en vena, aguja de un reloj,
que cuenta las vidas, dos vidas, mil vidas,
que llevamos perdidas en la habitación.

Reloj.
Compás de agonía,
parsimonía sombría,
la cama vacía.
No te mires, ¿no me miras?
Ni la sangre se calienta en este cuarto con estufas frías,
y mucho menos el corazón.

Contrarreloj.
Menos uno, menos dos,
los grados que bajan,
los sueños que matan,
miradas que espantan,
(la ausencia y la presencia, la impaciente adolescencia),
y desamor en vena...

Buenas noches y adiós.
Never look back, my love!

viernes, 5 de agosto de 2011

Sí hay de que tener miedo.

Sal corriendo, y tus lágrimas formarán el nuevo río de la vida y de la muerte.

jueves, 4 de agosto de 2011

De cables y acero.

Máquina autómata que dice palabras huecas de miedo y silencio.
Amasijo de hierros que programó un ciego falto de oídos y de corazón.
Engranaje de tuercas que ya no dan vueltas porque les falta el aceite, la sal y el limón.
Cacharro con tapas y nariz de hojalata que chirría en clave palabras... de miedo y silencio.

Sé que ya es pedir demasiado, sé que yo no soy Amanda

(Como un salto en el vacío.)
Llegaste y me has dejado colgada del hilo de tus palabras,
hoy soy absurda trapecista que caerá si deja de escucharlas.
Un destello exagerado en el alma me agoniza si te escapas:
miedo a que se apague esa luz y a que el tiempo debilite estas nuevas alas.

(Como querer sentirte mío.)
Lo único que anhelo es que me invites a bailar contigo: suelta ya amarras.
Por favor, cántame tus sílabas, con nuestra melodía insonora de guitarra,
pues son hermosas sólo porque se deslizan por tu saliva, y eso me salva.
Susúrramelas en voz alta, en voz baja, ahora que te pienso, o al alba.

(Como temblar si vuelve el frío.)
Y si la noche se hace inmensa, si se apaga el eco rítmico que emanas,
no querré más cielos infinitos; el agua no dará vida si tú te marchas.
Entonces morirán las flores, no habrá mariposas entre la lavanda;
pero yo soñaré que tú compusiste aquella canción, que me llamaste Amanda.


miércoles, 3 de agosto de 2011

A veces

A veces pienso que comienzo demasiadas veces con un ‘a veces’ los escritos, y también creo que estoy haciendo de la escritura mi propio retrato de Dorian Gray.
Así pues, Patricia Gray se pronuncia, blasfema, y exclama, en una calle londinense tétrica y maloliente, que siente un odio visceral, así y con todas las letras del abecedario. Bueno, en concreto con sólo nueve, pero el sentimiento es igual de intenso.
Oh, el Londres sombrío de época es sólo mi habitación mal iluminada. Que decepción. Pues bueno, otra más, ¿queda sitio en el baúl de las pantallas de televisión rotas? Porque es ver el mismo canal una y otra vez, hasta que el mando de la tele se acaba rompiendo, porque por más que cambias de cadena, el programa sigue, y sigue, y sigue y tu vida es la misma, la misma, la misma… Y de nuevo el mismo presentador de la sonrisa perfecta y las comisuras temblorosas, con varios kilos de más de agua de colonia barata en las solapas de la usadísima chaqueta. Y con kilos de más en la conciencia también, de esos que pesan hasta hacer estragos.

Y dijo Shakespeare: “En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser.”
Pero yo a estas alturas de mis derrumbes metafísicos, en un desintento nada loco, he renunciado a lo que espero ser por lo que me dicen que sea.