martes, 21 de febrero de 2012

Alto y claro, pero sin gritar.

Ideas. Eso nunca nos lo impondrán.

jueves, 16 de febrero de 2012

Ardientes

Ardientes los ojos llorosos, que no saben cómo olvidar.
Vinagre ácido en las heridas, más y más supuras con sal.
Cuando creyó que había llegado, volvió a sobrepasar el final.
Que borre de una vez por todas la estela con las olas el mar.
Que lo borre todo para siempre...
Que lo borre, ardiente, el mar...

miércoles, 15 de febrero de 2012

No es posible

que cruja tanto.

lunes, 13 de febrero de 2012

Carne de cañón (2)


Cantaba el silbato del teniente a cargo a primeras horas de la mañana, recordando más que avisando, de que tras tal sonido todos debían andar en pie y en posición de firmes, o de fingidos… más bien.
El joven siempre se había preguntado sobre el peligro de llamar de tal modo, pues si bien los pulmones del déspota mandatario, carcomidos de alquitrán, no eran precisamente de trompetista profesional, el enemigo bien podría tener un oído más fino aún que sus navajas, y ser advertido de los movimientos matutinos de su pelotón.
Pero día tras día, en esa sucesión no numerable de la que hacía gala la rutina, no sucedía nada imprevisto, y al ruido acudían todos en tropel, arrastrando un entusiasmo que no tenían, a escuchar los planes de la jornada.
A veces aprovechaba el teniente para regañar, dígase cariñosamente, sobre ciertos comportamientos innobles que se derrochaban entre los soldados. Pero la mente de nuestro hombre apagaba su batería, negándose a llenarla de malos pensamientos tan temprano…
Además, el tenía su propio discurso interior; un mantra que le perseguía más rápido que las balas en el terrero de juego…
“Cuando dispares, será otro el que sostenga la pistola por ti, y tú sólo verás la línea de fuego fluyendo por tu mano, directa a la íntima agonía de otra vida que desaparece en la letanía de la batalla…”.

Triste mensaje en una triste mente en una triste guerra, triste arma que en este caso también son las palabras… Tristes, tristes. Y pese a lo que diga el poema hernandiano, triste el hombre que muere de mal de amores… cuando el hombre es un guerrero, y la amada una dama pálida que viste de negro. Nótese como fluye como el fuego la melodía de sonidos… A veces pareciera que las palabras tristes están destinadas a rimar, a juntarse en una misma persona y en un mismo lugar. ¿Ven? Otra vez.


No se oye nada.
Ni el viento mecer una hoja, ni un pájaro aletear sus alas, ni una lagartija correr a guarecerse en su madriguera…
Allí no hay vida, no hay vida viva.
Sólo esos robots de carne que sostienen metralletas…
Al muchacho le recuerdan a los de alguna película que tal vez vislumbró de soslayo en la cárcel, pero ni goza de buena memoria, ni tendría en el momento la oportunidad de regodearse en el film. La sala de ocio de una cárcel no es un lugar seguro para un recién cumplidos dieciocho años.

domingo, 12 de febrero de 2012

Carne de cañón (1)

La guerra puede ser muy humana y muy animal.
En ella, entre las filas de combatientes, pululan como pájaros en el cielo distintos tipos de aves. El águila real, el jefe, el que mueve los hilos y despluma convenientemente a su pobre ejército del aire. Los rapaces, los altos cargos que roban del nido ajeno, intentando escapar a costa de amarrar a otros inocentes. Y los indefensos gorriones, los bastardos peones a las órdenes de una causa que quizá no consideran la suya, que trafican con sus sentimientos y emociones, haciéndolos transparentes para ahuyentar un dolor que sabe a miedo y a pólvora.
En este campo de batalla sin nombre, porque al fin y al cabo todos son iguales, se había encontrado varias veces nuestro hombre, anciano ya. Ciudadano sin esperanza ni bandera, que como tantos otros sólo era soldado a sueldo de una patria: la vida. Y el sueldo bien podía ser el aire para respirar.

La guerra le arrastró sin quererlo ni proponérselo.
Su paradójica historia comienza como la de muchos que tampoco tenían más alternativas. Sin profesión, ni devoción, ni opción, el ejército era un camino fácil y seguro aunque precario, para conseguir algo así como un techo, un alimento y un motivo por el que hacer algo en la vida. Pero… ¿quién lo hubiera dicho? Siempre cabe la posibilidad de que se desate una guerra… Y entonces, el motivo se convierte simplemente en sobrevivir.

¡Pum, pum, pum! El sonido de las balas le ametralla los oídos, le envenena el alma. Le crece un odio que antes no conocía, le carcome la sangre en las venas, tiñéndola de gris ceniza… Como la que llueve sobre ellos.

Al principio, el hombre se engañó durante un tiempo pensando, que a fin de cuentas, nada tenía él que perder. Huérfano de la sociedad, sin posesiones, con un pasado entre rejas, quizá morir fuera su salida más fácil. Pero, aún en los límites de la miseria, el ser humano tiende a buscar respuestas a las preguntas que no la tienen. Y aunque él fuera un despojo sin ánimos, en el fondo de su ser empezaba a germinar la semilla del…”porqué”.
“¿Por qué luchas por unas razones que no compartes?”.
“¿Por qué arriesgas tu vida defendiendo a quienes no conoces y matando a otros tantos?”.
“¿Por qué te dejas guiar por una cabeza que no se juega su pellejo sino que os hostiga a los demás?”.

Durante el desarrollo de la contienda y el paso de las semanas, el árbol de la duda fue afianzando sus raíces. Ya no era suficiente que le prometieran un plato caliente al volver de las trincheras, él empezaba a prometerse a sí mismo que se vengaría de quienes lo obligaban a pelear como una máquina programada, sin sentimientos ni emociones.
“No seas estúpido… No sabes lo que significa eso, ¿acaso no recuerdas tu vida anterior? ¿Cuándo has apreciado tú el valor del amor, del cariño o la amistad? Si alguna vez tuviste la oportunidad, la tiraste por el desagüe con lo que hiciste… Creía que te lo habían grabado a fuego en la cárcel.”

Cuando le asaltaban esos pensamientos, se entregaba con más fiereza que nunca a las armas, masacrando cuerpos y arrastrando heridas. Pero en la soledad de la noche, mientras hacía las guardias de vigía en el paso fronterizo, su conciencia lloraba en silencio, porque no podía ver más allá de las luces del puesto contrario ni de la negrura de su corazón.
“¿Por qué…? ¡Basta! No lo sé…”.

sábado, 11 de febrero de 2012

Carne de cañón (0).

Veía pasar la vida ante sus ojos y no podía hacer nada para detenerla.
Un día y otro, un momento y dos más, cien instantes que pulsaban las agujas de un reloj que ahora contaba los segundos hacia atrás.
No quería morirse, aún no. Era demasiado tarde para eso. ¿Qué molestias tenía que tomarse ahora la muerte para vencerle? Ya había demostrado que era capaz de resistir a bastantes improperios y calamidades. A demasiados. Pero ya no.

jueves, 2 de febrero de 2012

Finally!

Leuven