miércoles, 27 de junio de 2012

La vereda

Le tiemblan las entrañas y la voz, tiene la frente caliente y su paso es cansado. Se le ha acabado el tiempo.

Te pedí que le dijeras que era el momento, que cuidaras de que no se hiciera demasiado tarde, pero no me escuchaste. Nunca fuiste precavido, eres desconsiderado y desordenado hasta la médula. Eres un jodido desastre y ahora se ha estropeado todo.

Mírala. Mira como camina por la vereda, a tientas, arañándose con los rosales, aspirando flores muertas. La corona de su cabeza es de espinas, y los cardos le han herido los tobillos, sus sandalias son de sangre. 
Mírala, el icono de la muerte, la serpiente exhausta del paraíso, el pecado del olvido que ya no tiene a quien tentar. Mira lo que has conseguido, si tan sólo me hubieras escuchado...

Le tiemblan las rodillas y su piel ahora es de alambre; la vereda es aún más gris. Se alarga hasta el ocaso de los días sin fin.

Mira su legado, su sombra negra y desenfocada, mira el rastro que ha dejado tras de sí. Sólo tenías que parar el puto reloj, sólo tenías que avisarla. No fuiste capaz, maldito inútil. Deberías correr por la vereda tras ella, te lo mereces. Pero no seré yo el diablo, tampoco eso podría salvarla.

Me voy, me voy para siempre, antes de que sea tarde para mí, antes de que me empiece a arder la frente y el corazón como si estuviera en el mismo infierno. Ojalá te pudras tú allí.

lunes, 18 de junio de 2012

Deeping

Alcanzando el fondo del propio fondo.

miércoles, 13 de junio de 2012

El trabajo más difícil es el más gratificante

Personal, íntimo, mío, dos puntos y a parte.

Elegí estudiar Matemáticas por varias razones, pero la mayoría de ellas las he descubierto con el tiempo. 
Fue difícil condicionar de esa forma mi futuro. Sé que todo el mundo ha reflexionado ya muchas veces sobre ello, pero sólo cada cual puede darle la profundidad que tiene para él esa decisión. Yo me planté con 17 años y escribí Matemáticas en mi matrícula, mientras por dentro le lloraba a las Letras y a la Historia que dejaba de lado. He intentado que no se olviden de mí, sin embargo. Yo nunca me olvidaré de ellas, porque son más de la otra mitad de mí.

Las Matemáticas son algo que no tiene definición, a mi entender, porque ellas mismas lo son todo, son la propia definición. Su origen griego me da la razón: mathematiké, lo que se aprende. Conocimiento. ¿Cómo querer conocer otra cosa, si las Matemáticas implican aprenderlo todo? 

Sin embargo, quizá porque yo no soy una alumna ejemplar ni tampoco mis profesores (no todos) los mejores, en la Universidad no me han transmitido esto. Puedo decir con sinceridad, que en solo dos o tres asignaturas me han inculcado amor por esto a lo que me resisto a llamar ciencia, pues es arte.
Así pues, la dificultad a lo largo de estos tres años, desde que señalé aquella casilla, ha ido creciendo, de la mano del agobio y la extenuación, del agotamiento. Y conforme aumentaban estos valores negativos, bajaban también los positivos: las ganas, el entusiasmo, la satisfacción personal, la autoestima.
Los motivos de querer conocer los secretos del lenguaje del Universo se iban apagando, extinguidos por el agua de las lágrimas de rabia, de dolor, de flaqueza.

En fin, que es un camino duro, vaya. Pero sé que es el único camino, porque las Matemáticas lo son todo. No tengo aún saberes suficientes en mi mente como para poder escribir un ensayo que les haga justicia, lo haré algún día; pero ya puedo intuir su luz. He estudiado montañas de teoremas, de explicaciones, de razones establecidas por la propia razón; he visto mil ejemplos y aplicaciones tan reales de las Matemáticas como la propia vida. Y aún queda mucho por ver, infinitos resultados. El camino es duro y largo, pero lo merece, y también hay muchas cosas y personas buenas en él. Ya queda menos.

Sin embargo, en los días más negros, como hoy, que ha terminado la primera tanda de exámenes, la frustración e insatisfacción tienen un sabor más que amargo en mi boca, y me planteo una vez más tirar la toalla y buscar otras raíces. Pero en esos momentos, reflexiono sobre lo escrito arriba, y sé que ya no puedo pararlo. Porque aunque las maldiga y las odie a momentos, las Matemáticas se han hecho esenciales para mí. 

Como dije arriba, elegí estudiarlas por algunos motivos, pero ya he obtenido más de una respuesta. Varias, en realidad. El otro día leí en el pasillo de los profesores esta frase de Mario Benedetti: "Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas". La tiene uno de los catedráticos puesta en un corcho en su puerta.
Cuando creímos tener todas las respuestas... cambiaron todas las preguntas. Tremenda sentencia, que no es más que el día a día, el conocimiento por el conocimiento, la investigación del saber, el afán de seguir más allá.
Y es que si hay algo que me atrae de las Matemáticas, es la búsqueda de respuestas. El Porqué, los Porqués.

Ya sé porque estoy aquí. Porque quiero intentar alcanzar lo intemporal, lo eterno, lo que es cierto ahora y lo fue en el comienzo, y lo seguirá siendo siempre. No hay duda posible, no hay incertidumbre, se trata de poder aferrarme a algo que sé que no va a fallar, porque es cierto o falso, porque puede demostrarse, porque es matemático. Quiero poder entender los entresijos del propio caos, y ordenarlo, y así ordenarme a mí misma.

Las Matemáticas no van a fallar, así que yo tampoco puedo equivocarme.

Porque el trabajo mas difícil es el más gratificante.


viernes, 8 de junio de 2012

Insomnio

Los gallos empezaron a cantar bien entrada la noche, a las cuatro menos diez de la madrugada. Las pausas eran constantes, acompasadas por los latidos de mi reloj. Éste enumeraba ovejas que a su vez balaban suspiros de Luna, esquivando tapias y casquetes de bala. Los insomnes a veces matamos corderos, y no necesitamos ningún disfraz de lobo.

Los gallos se empeñaban en gritarles irritantes a las estrellas, entes de perspectiva temporal infinitamente distinta. Envidio su edad eterna a los ojos humanos, envidio la carrera celestial de la que hacen gala, sus etapas estelares, su inmensidad ígnea. Pero no envidio los agujeros negros, ellos también me cantan acuciantes en la noche.

Los gallos se respondían unos a otros en medio del silencio glacial del resto del lugar; a otro tiempo musical, mi respiración, mi impaciencia onírica. Parecían lobos aullando, lobos hambrientos de ovejas.
Pero eran gallos, y querían adelantar el amanecer.
Y yo aún seguía despierta.