martes, 31 de diciembre de 2013

Punto y aparte

"He aguantado en la línea de salida
hasta oír ese disparo que marcara una señal.
Pero el pánico al fracaso me detiene,
unas veces se gana y otras se pierde.

He aprendido a lamerme las heridas,
renacer de mis cenizas y volver a comenzar.
¿Para qué gastar el tiempo en convencerte?
Unas veces se gana y otras se pierde."
Eva Amaral.




La cajita de música a la que había que darle cuerda para que sonara se ha quedado enganchada, y las notas de La vie en rose no paran de bailar. Ellas se acercan al cristal empañado y dibujan con los dedos líneas y símbolos que danzan en el mismo compás. Las yemas se les hielan, a una y a otra, y sus huellas dactilares se quedan pegadas en la ventana. Afuera hace frío y se escucha música más moderna, pero de cortinas para adentro una atmósfera parisina envuelve la estancia, la estufa de leña calienta como un sol benefactor, el reloj de péndulo oscila en la pared marcando la cuenta atrás. Ellas siguen con los dedos llenando de señales el cristal, y se contemplan la una a la otra en su reflejo, salpicado sólo por las luces de la calle. Entonces empiezan a sonar los disparos, uno, dos, tres, cuatro, hasta doce. Y en esa última bala el reloj emite un tictac más fuerte, los ojos de ambas se cruzan, y una los cierra para siempre. La mitad de las huellas desaparecen de la ventana y una mancha grande y borrosa ocupa su lugar. La madera se ha consumido y en la estufa sólo quedan algunas brasas casi extintas. La que queda viva toma aliento, se aleja del cristal, recoge las cenizas, le da cuerda al reloj, y se prepara para volver a comenzar. De fondo sigue dibujándose en el aire, tal vez como un buen presagio o como una cruel burla, una vida color de rosa.

sábado, 28 de diciembre de 2013

#12 El mismo fuego. (Biblioteca de cámara)


Es éste un libro que he leído con gran cariño pero no por ello con gafas subjetivas. Después de unos días sumergiéndome en sus páginas con cuidado y esmero, puedo decir, objetivamente, que es un placer que esas historias hayan salido de los cajones de juventud donde se hallaban reposando.

Se trata de diez relatos enmarcados bajo la exclamación de Fausto: "¡Siempre el mismo ardor y siempre el mismo fuego!", título que le viene muy a tono, pues aunque sean historias dispares y variopintas, cuando terminas de leerlas dejan en el lector, a mi juicio, un poso común: quimeras. Y es que los personajes de estas páginas viven entre la insatisfacción y los anhelos, en un estado a veces onírico, a veces simplemente falso; la realidad y la ficción se mezclan en habitaciones llenas de espejos, de vidas paralelas y ajenas usurpadas, de frustraciones.

Aunque breves, son historias que sorprenden y no dejan indiferente; tras muchas de ellas me quedé pensando que encantada compraría un libro más largo que continuara lo aquí empezado.
No desvelaré nada del contenido, ¡hay que leerlo!, pero destacaré, por ejemplo, "El corazón helado", historia que me sobrecogió y apenó, y me dio mucho en qué pensar; "Soñando Praga" y "Al final del pasillo", ambas para mí un recordatorio de que no hay que contentarse sino salir a soñar y buscar la vida que uno desea; y "Divergencia" y "Su canción", originales y misteriosas, las que más me engancharon.

Si algo quiero también destacar (además del estilo, a veces más casual, a veces más cuidado, según requiriera la ocasión, que me ha gustado), es que de las páginas de esta novela se desprende cultura, y no sólo literaria, sino musical, ajedrecística, o periodística (el escritor es periodista, en algún relato tenía que reflejarse).

En conclusión, en mi humilde y honesta opinión, es un libro que entretiene, que sorprende, y que deja una cierta incomodidad reflexiva, positivamente hablando, pues invita a sincerarse con uno mismo y valorar cuánto se tiene en común con estos personajes que viven frustrados o engañados. También es un libro que da ganas y alas para escribir.


Así pues, ¡enhorabuena, paisano! A mí, me ha encantado.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Cerraduras

Como el nieto mayor que era, me tocó a mí ir a cerrar la casa.
El abogado nos había repartido días antes varios sobres y otras cosas de valor, lo único que restaba era decidir qué hacer con el caserón, y ninguno de nosotros tuvo la osadía de sugerir venderlo. Acordamos, pues, cerrarlo a cal y canto, dejar que el tiempo pasara sobre él y sobre nosotros, y esperar a que la presencia, aún muy presente, de nuestro abuelo se desvaneciera para tratar de tomar otra decisión.

Me dirigí esa tarde hacia el lugar, con la argolla llena de llaves que me había dado el magistrado. Era una argolla envejecida, enorme, como la que solían llevar los amos de llaves enganchadas a la cintura, y de ella colgaban varias de aquellas, algunas simples, otras barrocas y ricamente engalanadas, un par aún desconocidas para mí. Tras atravesar la verja, me planté delante del portón y empuñé la llave más grande. Un gruñido chirriante me invitó a entrar, descubriéndome una estancia que recordaba muy bien, aunque hacía demasiado tiempo que no la pisaba con esos pies ni con esa estatura. Las tardes en casa del abuelo hacía mucho que eran cosa del pasado.
No quise demorarme ni darle oportunidad a los recuerdos de hacer más mella en mí, así que fui de habitación en habitación, apenas dirigiendo miradas de soslayo al interior, escogiendo cuidadosamente la llave correspondiente y silenciando paredes con un giro de muñeca. Hasta que subí al piso superior y llegué a la sala de la biblioteca.
Estaba atardeciendo y el sol de invierno de las seis se colaba horizontalmente por los ventanales, iluminando las baldas intermedias de los estantes y protegiendo en la oscuridad al resto de libros mudos. El globo terráqueo que descansaba en sus pies de madera junto al diván parecía más una luna, con media cara visible y la otra oculta. Avancé para correr las cortinas y al caminar sobre la moqueta burdeos sentí las pisadas lentas de mi abuelo; presentí su bastón, más usado por agregar porte y distinción que por necesidad, dando suaves golpes rítmicos en el suelo; noté una presencia que se inmiscuyó en mi memoria y en las tardes de cuentos y viajes por el mundo en aquel salón. Por primera vez desde que supe la noticia de su muerte, me permití llorar.

Aunque habíamos acordado no sacar nada de la casa por el momento, flaqueé y me decidí a pecar. Tampoco iban a darse cuenta mis primos de que faltaba un libro. Me acerqué cuidadosamente al estante donde sabía que estaba, y con una delicadeza casi sagrada, extraje el tomo de su sitio natural. El lomo tenía una fina capa de polvo, pero en la cubierta se veía el título y su autor en letras doradas, victoriosas, proclamando la novela favorita de abuelo y nieto en esas tardes de invierno y aventuras. Llamarme como él quizá fue un punto especial que se ganó la pluma de Dumas. Lo abrí y hojeé algunas de las páginas amarillentas y muy delgadas de tanto uso.
Con el ejemplar en la mano, volví a la puerta caminando de espaldas y con el corazón de puntillas, abriendo mucho los ojos para retener en la memoria para siempre ese instante, la luz tenue desvaneciéndose sobre los libros, la alargada sombra de mi abuelo recostada en el sillón, la esperanza de que hubiera encontrado, como nuestro héroe Dantés, una forma ingeniosa de escapar de la muerte y todo esto fuera sólo un mal sueño. 

Cerrando cerraduras puse también el pestillo a años de ausencia y arrepentimientos, con cada llave que metía en su respectivo ojo echaba la vista atrás y dejaba que me invadieran los buenos momentos con mi abuelo. Cerrando puertas cerré también pasados truncados y encontré perdón.
Cuando terminé y me vi de nuevo en la entrada principal, sólo quedaban conmigo el libro, el manojo de llaves, y una paz infinita. Salí y agarré con determinación la aldaba, completando con un ruido seco lo que había venido a hacer allí. Di dos vueltas a la llave sintiendo que mi vida también daba un giro y regresé sobre mis pasos hasta la calle, tentado de tirar la argolla y sus cansadas llaves al río más cercano, para que nadie pudiera nunca más penetrar en aquel santuario ahora en calma. 

En lugar de eso, cuando llegué a mi casa coloqué la novela entre otros libros y escondí las llaves y todo lo que significaban detrás, a la espera paciente y atemporal de que disponen las historias, hasta que yo estuviera preparado para regresar y escribir una nueva página.

martes, 24 de diciembre de 2013

Incondicional

"Entonces se ignoran, mientras sus sombras se miran."


Con cada mínimo detalle que hubiera sucedido de forma diferente, con cada palabra pronunciada en otro sentido, con cada gesto que se hubiera hecho de otra manera, con cada pequeña acción que no se hubiera llevado a cabo, y con la infinidad de posibles acciones que sí que podrían haber pasado.
Con la infinitud de combinaciones que podrían haberse dado, con la inmensidad de decisiones que tuvimos tiempo de tomar y no tomamos, con la maquiavélica e insana dimensión del espacio de elección en el que no nos movimos, y con tantísimas posibilidades que no quisimos.

Se nos queda el mundo pequeño sólo porque nosotros así lo dispusimos, los tiempos verbales fallan porque abusamos del condicional, lo que pudo ser y no fue, que no podrá volver a ser conjugado.
Me falla el dispositivo de razonar porque se sobrecarga de la incomprensión de los límites y las fronteras. Me falta un manual para entender por qué nos empeñamos en negarnos lo que necesitamos, cuando siempre disponemos de la opción de no hacerlo. En algún sitio leí una vez que nos gusta hacer sufrir a lo que queremos, porque en realidad no lo sabemos y sólo nos daremos cuenta después, cuando sea tarde, cuando esté roto. Entonces querremos ser capaces de repararlo, porque en eso consiste también nuestra (¿errónea?) definición de amor: en ser necesario, en que nos sean dependientes. En ser condición y condicionante.

Mientras tanto, el mundo se nos va quedando pequeño, empeñados como estamos ponerle diques al mar. Y durante ese proceso el mar se va secando. Y llega un momento en que es demasiado tarde porque todas las decisiones han sido tomadas, porque la mayoría de posibilidades se han borrado de un plumazo, y ese espacio de elección ya no depende de ti. Ya no puedes decidir ser un incondicional, las condiciones se han establecido a parte y el planeta está sin agua. Ya no eres dueño de tus opciones porque involucran a otros y a sus elecciones. Pero qué pasa si uno no soporta los límites; si no quiere resignarse a estar encerrado entre las regiones que otros han dispuesto; si, pese a todo y pese a todos, quiere ser incondicional. Entonces, ¿qué pasa?

sábado, 7 de diciembre de 2013

Cuando toda la piel sabe a sal


¿Qué nos pasó? Tal vez estamos en el mundo para buscar el amor, encontrarlo y perderlo, una y otra vez. Con cada amor volvemos a nacer y con cada amor que termina se nos abre una herida. Estoy llena de orgullosas cicatrices.
Paula, Isabel Allende


Cuando nos hacemos una herida y a los días (o eternidades) empieza a cicatrizar, suele invadirnos una cierta comezón. Aunque sabemos que no hay que rascarse porque tardará más en regenerarse la piel, lo hacemos. Detrás parece haber una explicación biológica donde intervienen algunas células y terminaciones nerviosas. La irritación es persistente, molesta, intentamos evitar pensar en ello pero cada vez que algo (o alguien) nos roza la herida nos lanzamos a tocarla para intentar aliviar el picor. En el fondo funciona, nos da unos momentos de placer, pero el resultado es mucho peor: necesitamos rascarnos más y más, el alivio momentáneo provoca que la herida vuelva a abrirse, y ahora duele aún más. Entonces esperamos, nos armamos de paciencia para que nuestro cuerpo vuelva a estar listo para curarnos la piel; nos controlamos, o lo intentamos. En muchas ocasiones, aún heridos, aún cicatrizando, volvemos a tropezar con la misma piedra, porque esa piedra nos gusta. Y nuestra sangre vuelve a fluir y nuestras células a rebullir.
La metodología parece no diferir mucho de otro tipo de heridas que no tienen cicatrización física.

Escribió Delibes en boca de uno de sus personajes que las cicatrices de hierro saben a sal.
Yo digo que las de corazón saben a ti.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Más de veintidós mentiras

J.Sabina.

El mar inmenso. El olor de la leche recién hervida. Los días de lluvia. Un vaso caliente de cacao antes de acostarse. Los colores del otoño en los árboles. El verde de las praderas. Los dientes de león. Los deseos de los dientes de león. Las exposiciones gratuitas de arte. Las bicicletas de paseo con cesta. Los aeropuertos. Los orgasmos inesperados. Las sorpresas. Las tartas de chocolate. Más días de lluvia. Las heridas que sólo las madres curan. Los conciertos en teatros. Leer un libro de un tirón. La arena caliente en la playa mientras sopla fuerte la brisa. El atardecer, el amanecer despiertos. Las buenas canciones que suenan mientras compartes una cerveza. Los hombres con barba. Las mantas muy suaves que abrigan hasta el alma. Los poemas que le hablan a uno mismo. Una cena con amigos y una tele de fondo a la que nadie hace caso. Ir al cine a ver la misma película dos veces. Recorrer una biblioteca y escoger un libro al azar. Sentarse en una plaza con un café para llevar y contemplar a la gente pasar. El café muy dulce. Jugar al ajedrez con tu hermano y no dejarle ganar. Quererse uno mismo, mimarse. Conducir y poner la música fuerte cuando nadie te ve y cantar a voz de grito. Ducharse con agua muy caliente durante media hora. Los masajes. Las buenas costumbres. Las historias de mi abuelo. Pasarse una hora al teléfono. Darte el placer de cocinar algo elaborado sólo para ti. Salir a robarle fotografías al mundo. Los abrazos de más de dieciséis segundos. Reír a carcajadas hasta que te duela la barriga. Ceder el asiento del autobús a alguien. Escribir y reescribir. Volver a devorar un libro. Dibujar porque sí, bien o mal, y hacer chapuzas con pinceles. Mancharse las manos de pintura. Hacer locuras. Salir de fiesta hasta las tantas y acabar en un banco hablando de cosas existenciales. Las chimeneas a la orilla de una canción de Sabina. Ir con tu padre de compras para él. Recibir un mensaje o una carta de alguien a quien echabas de menos. Salir a bailar sin importar el qué dirán. Hablar con tus amigas durante horas de lo mismo una y otra vez. Hacer regalos sólo porque te apetece. Que te regalen un libro. Planear viajes, preparar maletas. Recordar inventarios de recuerdos. Dormir en casa.

Más de cien motivos para querer sonreír por las mañanas. Estos son algunos de los míos. Lo mejor, es que podría seguir enumerando cien más. Sólo hay que hacer una lista de los propios, y cada día intentar vivir un par. Hay algunos más accesibles que tenemos a mano sin darnos cuenta, hay otros que no podemos controlar y que debemos esperar con paciencia. Pero seguro que, aunque los míos te hayan parecido aburridos, en el fondo sabes a qué me refiero. La idea está clara, hay cientos de motivos ahí fuera. Sólo hay que recordarlos en esos días en que parece que no existen. 

Y ése es mi consejo de hoy para esta vida que se empeña en quitarnos la sonrisa y a la vez en recordarnos que tenemos mil razones para tenerla. Porque la vida puede ser maravillosa. Eso dicen.
(Patritermómetro subiendo de temperatura poco a poco, grado a grado).

domingo, 1 de diciembre de 2013

Comparanzas

Cuando empieza a doler
entonces escribo.
Cuando lleva un tiempo doliendo
entonces escribo.
Cuando deja de doler
entonces escribo.
Cuando no duele nada
entonces escribo sobre
cuando empezaba a doler,
cuando llevaba un tiempo doliendo
o cuando dejaba de doler.
Marwan.



Como meter los pies en arenas movedizas.
Como protegerse de la tormenta con un chubasquero de papel.
Como beber alcohol para bajar la fiebre.
Como poner en las heridas sal y miel.

Como caminar descalzo entre cristales.
Como montar en la montaña rusa después de un largo sueño.
Como comprar un mapa escrito en árabe.
Como dormir desnudo en pleno invierno.

Como iniciar un viaje a quién sabe donde.
Como nadar en lagunas nocturnas de amnesia e insomnio.
Como tirar la piedra y esconder la mano.
Como llegar a un punto sin retorno.

Como las náuseas, los nervios, la resaca y el frío.
Como un abismo a medias lleno de vacíos.
Como todo este cúmulo de sensaciones dispersas y dispares.
Como estar perdido sin haberlo sabido.
Y sobre todo,
como el final, que en ningún sitio cabe.

sábado, 30 de noviembre de 2013

A dos grados bajo cero


"Ser adulto es estar solo".
Rousseau.

No es invierno aún, pero sí lo es, y la corriente de gente se apretuja por las calles anónimamente para transmitirse calor. Yo me quedo fuera, ausente, observando desde una esquina el remolino de alientos y vahos, de miradas que no se mantienen y de manos que no se dan. Se comparte el calor interesadamente, por eso nadie se siente culpable, porque todos son piezas de un mismo engranaje. Y se necesitan. Si miras hacia arriba se ve la atmósfera cargada y densa allí donde está reunida la muchedumbre.
En el resto de la ciudad, frío.
En el resto de la ciudad, culpabilidad y engranajes rotos.
Algo ha salido mal, la máquina del calor ha dejado de funcionar.
Por eso la gente se estrecha, se reúne, siguen mirándose sin ver pero están cerca, cada uno piensa en sus cosas pero son un colectivo. Yo no puedo formar parte de eso, estoy condenada al invierno.
Y lo acepto, no me importa. Ser adulto es aprender a estar solo. No quiero entrar en las terrazas cerradas con estufas de fuego y sentarme al lado de personas buenas, no quiero esperar en la cola del supermercado y quitar el turno a otros que tengan más prisa y más justicia, no quiero mirar en las plazas las luces que alumbran la noche ni oler las castañas asadas y calientes en la calle, no quiero dejarme arrastrar por las corrientes de aire y de gente; he perdido el derecho a todo eso, a formar parte del todo, de todos.
Ahora soy vagamunda, un narrador del cuento de invierno que se adelanta este año. Acabo de escribir el primer capítulo. Ojalá tenga final feliz. Las perdices sobreviven mal al frío.

martes, 19 de noviembre de 2013

¡Música maestro!

Hoy no he podido existir en el mundo real. Hubiera sido un suicidio, sí. Una muerte de esas cotidianas, del día a día, pero real. Que el dolor mata un poco bastante, de eso estoy segura. Así que me he largado. La forma más fácil de desconectar el cerebro y no centrarme en lo que quería centrarme ha sido enchufarlo a los auriculares. Que viva la música. La banda sonora de este día ha sido larga y variopinta, un poco de todo, como debe ser, pero con mucho de lo evidente y lo más innecesario: sad music, of course. Triste, ¿qué entendemos como triste? En un día como hoy, hasta las historias felices me lo parecen. Pero ha dado igual, diecitantas horas escuchando música sin parar. De un estilo a otro, de un ritmo a otro, del español al inglés, de saltar y tatarear a paralizarme en silencio con lágrimas por dentro de los ojos. La música y su magia de transportarnos y no hacernos sentir tan solos. ¿Cómo no? Si otros han sentido eso mismo que yo antes, si aquel sobrevivió para contarlo, mi vida no puede estar tan destrozada. Me río, me voy a reír. A quien engaño, oír esas líneas no hace otra cosa que erosionarme más. Por Dylan, ¡cómo duele! Qué belleza ésta la de poder hacer poesía del dolor y música de las heridas. Qué belleza tan asesina. Más asesina que el botón del replay, venga, que una vez no ha sido suficiente, vamos a rompernos otra vez, nos va el masoquismo. Pero para asesinos sanguinarios, el modo aleatorio: te pilla desprevenido, después de una cancioncilla simpática que te anima el rato... ¡zas!, ahí la tienes, la canción que habla de él, la que te recuerda a aquella noche, la que te clava en el sitio y te va cortando a pedacitos, con cada frase te encaja un puñal y al final finiquita con una estrofa letal, de esas que son un grito entre estribillo y estribillo, y ahí te quedes, la culpa es tuya por haber puesto el random. Así que bueno, el día está acabando, va siendo hora de echar el cierre e intentar dormir. No quería existir en el mundo real, me pasé al de las canciones, y aunque he evitado la muerte tangible, la música me ha hecho una eutanasia suave y lenta, ahora estoy más vegetal que humana. Veamos que pasa si me quito los cascos e intento recuperar mis pensamientos, demasiado tiempo con sonidos... Pues no se oye nada, ummm, ¡nada! Está bien, que tranquilidad, que paz, que calma, que aburrimiento. Cerremos los ojos, ¿qué es eso que se oye? Mierda, es su voz. No he podido olvidarla. Al carajo, música clásica para soñar. Igual mañana amanezco más inteligencia y razón, y menos corazón. Buenas noches.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La segunda huida

"La herida es poca cosa, pero luego llega siempre el dolor, su abstracta maquinaria, para marcar a fuego nuestra vida, y el humo de ese fuego es lo que somos."
Felipe Benítez Reyes.


Cae la tarde mientras avanza el vagón por las vías de hierro; cada vez anochece más pronto, fuera y dentro. Las locomotoras ya no escupen humo, pero otro fuego está ardiendo. Por la ventanilla se ve otro tren pasar en sentido contrario. Se aleja. Se desvanece. Se fue.

Mañana dice el mundo que la necesita. Ella contesta que no va a estar. Que ya le da igual que le pongan falta, que la expulsen de donde quieran, Eva y Adán hace tiempo que se fueron del paraíso. 
Mañana insiste el mundo en que la necesita. Pero ella ahora sabe que está perdida. Le dice que lo siente, pero que va a fallarle. Cierra los ojos y se apagan las galaxias de su mirada. Una estrella muere en el cielo. El mundo decide dejarla sola.

Huele a viejo y a usado el asiento, su propio olor se mezcla y se carcome. Poco a poco la máquina avanza, la oscuridad la alcanza, y ella se funde con la tela, se mimetiza con el abrigo, se hace un ovillo y su cabello asoma por el cuello como una madeja de lana. Piensa en que podría tejerse una funda para el corazón, el invierno se acerca, cada vez tiene más frío. Piensa en la escarcha y en los calores capaces de fundirla, y decide dejar de pensar y de hacer inventarios.

Han llegado a la estación antes de lo previsto, los viajeros recogen sus pertenencias, bajan, se reparten abrazos y besos, se comparten sonrisas. Qué difícil es a veces entender las cosas sencillas. El viaje ha sido corto, ni siquiera quedaron huellas.
Ahora, ella es ella y su maleta. El próximo tren irá mucho más lejos, será quizás un transiberiano, será quizás otra huida.

sábado, 16 de noviembre de 2013

#11 El Juego de Ender. (Biblioteca de cámara)

"Quiero ir a casa, pensó Ender, pero no sé donde está".

En el 99% de los casos, el libro es siempre mejor que la adaptación al cine. Ésta no es una excepción, pero puedo dar gracias a la película porque por ella me animé finalmente a leer el libro antes de que fuera proyectada en los cines. Absoluto éxito de decisión. O no, porque ahora estoy enganchada a la saga.
Dejando a un lado mis problemas morales con el autor, en 1985 nació un universo complejo y filosófico que tiene mucho que enseñarnos y hacernos pensar. Una ciencia-ficción muy distinta que oscila entre la fantasía y la ética como tejidos principales, en una trama que hila muy fino, tan fino que hace falta otra lectura. La segunda parte de la saga, La Voz de los Muertos, requiere al menos tres. No puedo ni quiero decir nada sin desvelar el argumento, a estas alturas casi todo el mundo lo sabrá, pero es un libro para adultos y jóvenes, sobre todo, para reflexionar. Reflexionar muy y mucho sobre los dilemas morales que se plantean, sobre la guerra y la paz, sobre la importancia de las personas y sus acciones y decisiones, sobre la empatía, sobre el amor y el odio, la amistad y las obligaciones, el dolor, sobre la vida. ¿Quién dijo que la ciencia-ficción no es real? Please, read.

—Tenemos que irnos. Aquí soy casi feliz. 
—Quédate entonces. 
—He vivido demasiado tiempo con el dolor. Sin él, no sabré quién soy.



Recomendación: Leerlo a la vez que un gran amigo con quien merezca la pena comentarlo más que con nadie, devorar el libro en dos días y después correr al cine el día del estreno, sonreír al ver a gente que debió leerlo en el 85, salir del cine y criticar la película como si no hubiera mañana, empezar el siguiente libro y engancharse a una saga que te haga suspender todos los exámenes. Hecho ✓

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Deslocura I

-Está escapando a mi control, son demasiadas conexiones.
-Tal vez deberías darle un poco de tiempo, tomar distancia.
-No puedo tomar distancia, me moriría de dolor y desasosiego, la ignorancia me desconsuela mucho más, no soportaría no saber, y el tiempo no hace más que ponerme contra la pared.
-Debes decidir cuál es tu posición en este juego.
-Lo sé, lo sé. Pero me resisto a explicar las reglas.
-No lo hagas, nadie tiene porqué entender nunca sobre qué estamos debatiendo, al fin y al cabo esto es una cosa tuya. No tienes ni porqué explicártelas a ti.
-Pero las conexiones...
-Confía en mí, nadie se dará cuenta. Ni siquiera te das realmente cuenta tú.
-Es un secreto a voces.
-Las voces están sólo en tu cabeza.
-¿Cómo ésta?
-Exacto, como yo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Gravedad cero

- Pasarán más años, mil años, e igual sentiré que el tiempo se ha detenido aquí. Que vuelvo a tener miedo, más miedo, y no sé a quien voy a acudir entonces, estoy perdiendo mi gravedad.
- Estaré, para lo que necesites.
Los pasos se desvanecieron a lo lejos por la calle.
- Te necesito a ti.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Cinco minutos con Mario

"El otoño en ti es siempre primavera y necesito huir a un mundo de miradas transparentes. Debí haberte besado más urgentemente."
Carlos Chouen.

¡Ah, estás ahí! Hola, ¿cómo estás? Te veo genial, muchas gracias por venir. Perdona el retraso. Bueno, no digas nada, déjame hablar. Em... sí, bien, qué embrollo. Se me ha olvidado lo que iba a decirte, así que voy a improvisar. Traía un discurso preparado, no te creas, desde luego sabes que esto es muy importante para mí, lo más importante. Pero los nervios, ya sabes. Por eso he llegado también un poco tarde, estaba torpe, se me caía todo lo que tocaba, he roto medio piso hoy. Sí, no me mires así, sé que tú también estás rota, y que es culpa mía, pero hoy voy a convencerte para que me dejes volver a repararte.  Bien, ejem, ¿por dónde empezar? Lo que pasó, pasó. No voy a mentirte, eres una mujer inteligente y negarlo ahora sería insultarte. Además de inteligente eres preciosa, divertida, generosa... Ya, vale, perdona, no se trata de comprarte con piropos. Pero no los olvides. Viniendo hacia aquí he visto a una pareja bailando al lado del río. No había música, al menos no en el aire, seguro que en sus cabezas sí. Me ha hecho sonreír, me ha recordado a cuando íbamos a bailar y seguíamos hasta que encendían las luces y apagaban la música para echarnos, pero tú y yo seguíamos porque éramos felices y no queríamos que acabaran esas noches. Perdona que me emocione, no seas tan fría mujer, seguro que tú también lo echas de menos... Vale, vale, tranquila. Sigo con lo que he venido a decirte. Pues bien, pues eso, que lo que pasó, pasó, y ya no puedo hacer nada por evitarlo, fueron una serie de acontecimientos que ya te expliqué en su día y que no pude remediar, pero ahora sí puedo, y por eso he venido a pedirte perdón, y a decirte que ya está en mi mano que las cosas vuelvan a ser como antes, ¿recuerdas? Cuando todo estaba bien y tenías siempre tu hermosa sonrisa en la boca, no ese gesto que me haces ahora, no, no me hagas eso. Quiero volver a estar como antes, no sé vivir sin ti. Sé que me equivoqué en muchas cosas y lo siento, pero ahora soy un desastre, soy una tristeza andante que se arrastra. Podemos volver a ser los de antes, ¿a qué sí? ¿Y los niños? Van a estar tan contentos. Tengo muchas ganas de volver a verlos, de que vayamos al parque los viernes por la tarde y al lago los domingos, juntos como siempre, nada va a volver a separarnos, ¿vale? Dime que sí. Hay tantas cosas que quiero hacer contigo, tantas que aún no hemos hecho y que me faltan; me pesan todos los besos que aún tengo que darte, todas las noches que no paso durmiendo a tu lado, todas las caricias que te debo y las palabras de amor; me pesan las cosquillas que quiero hacerte para que te sigas riendo conmigo, los planes incumplidos, me pesan como un muerto los sueños que tuvimos, y yo cada vez estoy más muerto, hay algo que me arrastra hacia abajo, ya no sé donde está el norte y el sur. Perdóname, déjame volver a mi vida de antes, a nuestra vida. Déjame salir de este eterno otoño y volver a tu primavera. No, no te levantes por favor, no te vayas, ¡no puedes dejarme así! No, no llames al camarero, pago yo pero no puedes irte aún. Tengo más cosas que decirte, mil estrellas para prometerte y promesas que esta vez cumpliré, confía en mí. No te vayas por favor. No sé ser yo sin ti, ¡por favor!, no te vayas...

sábado, 9 de noviembre de 2013

The magic trousers


They are getting too old, but why should that be a reason for throwing them away?

My magic trousers. I know that you hate them. You've hated them from the first time when I was wearing the pair, but you didn't tell me that time, there was no confidence enough between us. But after time, it grew and you were sincere, even when I didn't ask you for it. I hate them, I don't like at all the colour and the shape on you, you said. But they were too confortable and close-fitting, and I kept using the trousers a lot. That's how they became magic. Because everything happened while I was on them.
They got wet hundred times because of the rain and the snow, they stand me in the bike and with my falls, they celebrated parties and goodbyes, they travelled with me and helped me to reach the top of that castle, they sat on the green grass and got dirty, they were washed in my favourite laundry while I was reading books, they walked and walked on my legs, sometimes even they slept with me. And overall, they were there that night of the delirium, and the trousers took something from the train station and from all those magic days, and that's why now they represent that confort, that perfect happiness, that calm that the combination of all those circunstances gave me.

It might sound stupid, clothes are not that important, but now everytime I see them in the closet I remember those adventures on them, and I imagine your disgusted face saying, oh no, come on!, not again those trousers, you have hundred more! And I smile and put my nostalgic face like if I'm again on that brigde.

But now they are getting too old, eroded and used. And I resist to stop using them, they remain me so good memories, and I feel so safe and confident about me when I'm wearing my magic trousers, that I think I will use them forever. There are some things that one just can't live without, and I feel that if I abandon them in the wardrobe, I will be also leaving something else behind. And I have already left too much.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Inventario


Hay períodos en la vida que pasan muy rápido, casi sin darnos cuenta, semanas en las que los acontecimientos se suceden y no podemos casi ni meditarlos, corren y corren y nosotros corremos tras ellos, viviéndolos a veces tan deprisa que no nos da tiempo a disfrutar las sensaciones que nos dejan.
Creo que después de un buen día o  de un suceso importante que nos hizo felices, deberíamos siempre tener una jornada de reflexión, una especie de domingo tranquilo para relamernos de las emociones de la víspera, una calma que nos ayude a fijar los recuerdos y a disfrutarlos otra vez antes de que se desvanezcan sus detalles, una tarde de sofá y manta y cerrar los ojos para que por ellos pase de nuevo la película que hemos vivido recientemente. Yo procuro hacerlo siempre. Lo llamo hacer un inventario emocional. Para asegurarme de que lo cumplo, intento despertarme antes de la hora normal, y aprovecho ese rato en la cama para hacer el ejercicio de memoria y conservar esos momentos frescos, repasarlos y saborearlos, como si fueran un buen sueño que no queremos olvidar. Durante los días siguientes me dura mucho más la felicidad, y me sorprendo a veces sonriendo porque sí por la calle, cuando me viene algún momento evocado dichoso, alguna conversación que me hizo reír o me emocionó, alguna persona que me alegró o a la que yo alegré.
Las cosas buenas que nos pasan hay que mantenerlas y protegerlas, el paso del tiempo las deteriorará mucho menos si las tratamos con el cariño y la devoción que se merecen.
¿Y sobre las cosas malas? En esas no debemos detenernos con tanto tiento. Será mejor mirarlas desde la distancia, cuando otras las han tapado y el tiempo hace que ya no duelan tanto, para desde lejos poder apreciar con más sabiduría y experiencia las lecciones que de ellas podemos extraer, las situaciones de las que debemos aprender. Creo que tenemos derecho a querer borrar los días malos de nuestro calendario personal, derecho a esconder en cajas lo más negro para que no aparezca en nuestro inventario de sonrisas. Sí, ¡venga!, empieza a almacenarlas.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Champiñones

Todos los sábados el mundo te amanecía como un champiñón, blanquita, suave y aterciopelada. Removías las sábanas como limpiando telarañas y aparecías con tu pelo hecho selva. Yo estaba ya despierto, deshojándole rayos al sol. Era nuestro día compartido de la semana, tú te levantabas pletórica y yo me insuflaba de ti. Desayunábamos rápido y salíamos al bosque. Danzabas con tu cesta entre los árboles, mirando los colores otoñales en las hojas y en la tierra, recolectando algunas para tu colección. Yo te miraba a ti y a tus pies bailar caminando, y cuando entre ellos se cruzaban las raíces nudosas prestaba más atención. Descubría entre ellas los frutos del otoño, te los señalaba y tú te inclinabas para recoger los hongos. Tu mano delicada se fundía con la tierra y se volvía naturaleza. Respirabas verde y espirabas oxígeno. Sentirse vivo era una obligación allí. Después de algunas horas volvíamos a casa con la cesta hasta arriba, te dirigías al fregadero y limpiabas la cosecha con tus manos. Yo me acercaba a ayudarte, me añadía a tus manos y entre ellas, convertidas en terciopelo, se colaba la suavidad de las setas, el agua quitaba la suciedad y dejaba una combinación mágica entre tu piel y la piel. Habría podido quedarme así para siempre, con nuestras manos juntas bajo el agua, convirtiéndonos en uno de la forma más pura posible.

domingo, 27 de octubre de 2013

El discurso

Discurso de Antonio Muñoz Molina, premios Príncipe de Asturias 2013

Escribir empieza siendo casi siempre un sueño o un capricho o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierte en un oficio. Un oficio, cualquier oficio, requiere una inclinación poderosa y un largo aprendizaje. Un oficio es una tarea que unas veces resulta agotadora o tediosa por la paciencia y el esfuerzo sostenido que exige, pero que también depara, cuando las cosas salen bien, momentos de plenitud, y permite entonces la recompensa de un descanso que es más placentero porque se siente bien ganado, al menos hasta cierto punto. Digo hasta cierto punto porque todo el que se dedica plenamente a un oficio sabe que siempre hay una distancia grande entre las mejores posibilidades de un proyecto y su realización, igual que hay descubrimientos con los que no se contaba. Un oficio es una tarea práctica: uno hace algo que le gusta y que a costa de aprendizaje y empeño ha logrado hacer con cierta garantía de solvencia, pero no lo hace para sí mismo, por mucho que esa tarea la haga a solas y que en el simple hecho de llevarla a cabo haya una satisfacción privada. El resultado que se obtiene de ella alcanza una existencia objetiva, independiente de quien la realizó, y pasa a integrarse beneficiosamente en las vidas de sus destinatarios: un instrumento musical o una partitura, una herramienta, una mesa, una historia, un cuaderno, un cuadro, un cuenco de barro, una fotografía, un hallazgo científico, un paso de danza, la cura de una enfermedad, un prodigio deportivo, un plato bien cocinado, una pirámide de alcachofas en el escaparate de una frutería.
Hay algunas singularidades en el oficio de escribir, como las hay en cualquier otro. La primera es que la necesidad humana que satisface es una de las más intangibles, aunque también una de las más universales: la de saber historias y la de contarlas, es decir, dar una forma inteligible al mundo mendiante las palabras. Una historia, de ficción o no, propone un modelo universal de un cierto campo de la experiencia a partir de la observación de los datos particulares de la vida. Del mismo modo actúa el científico, elaborando modelos teóricos derivados de la observación y la experimentación, que sirvan, doblemente, para explicar y predecir. En las sociedades primitivas o antiguas el mito es el modelo de explicación y predicción de los comportamientos humanos. Nuestra variedad moderna del mito es la ficción, en todas sus variedades, desde las más banales, más toscas, más comerciales y efímeras, hasta las más hondas y exigentes, desde la telenovela y el videojuego a Don Quijote o Moby-Dick o a un cuento de mi querida Alice Munro.
Nos dedicamos, pues, a un oficio más antiguo y más útil de lo que parece. También a un oficio mucho más incierto. Porque en él, y esta es su segunda singularidad, la experiencia no ofrece ninguna garantía, y puede haber una divergencia escandalosa entre el mérito y el reconocimiento.
Quien escribe sabe que ha de dedicar a su oficio tantas horas y tantos años como un artesano al suyo, y que sin esa dedicación no logrará completar nada de valor. Pero también sabe que la entrega, por sí misma, no garantiza la calidad del resultado, porque la experiencia y la dedicación pueden conducirlo al amaneramiento anquilosado y a la parodia de sí mismo. Y también sabe que lo mejor unas veces es reconocido de inmediato y otras veces es ignorado, y que lo que parecía mejor a veces se desmorona al cabo de muy poco tiempo, y que una extraña justicia tardía alumbra mucho tiempo después, sin compensación posible, al talento verdadero que no brilló en vida.
El desaliento ante las incertidumbres del oficio se acentúa más en tiempos de incertidumbres tan amargas como estos. Es difícil hablar de la perseverancia y el gusto del trabajo en un país en el que tantos millones de personas carecen angustiosamente de él. Es casi frívolo divagar sobre la falta de correspondencia entre el mérito y el éxito en literatura en un mundo donde los que trabajan ven menguados sus salarios mientras los más pudientes aumentan obscenamente sus beneficios, en un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia, donde la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar; un país donde las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y conocimiento.
Aun así, y dejando las responsabilidades de la ciudadanía en el lugar que les corresponde, el único remedio aceptable que conozco contra el desaliento del oficio es el oficio mismo. Escribir poniendo artesanalmente en cada palabra los cinco sentidos. Escribir sin concederse la menor indulgencia. Escribir aceptando y disfrutando la soledad y agradeciendo el entramado de otros oficios fundamentales que lo convierten en uno de los oficios menos solitarios y más colectivos del mundo, como es solitario y colectivo el del músico y el del científico; agradeciendo el oficio del editor, del corrector de pruebas, del traductor, del librero, del crítico, el de otros escritores de los que uno aprende admirándolos, el oficio del que enseña a leer y del que trasmite en un aula el amor por la literatura; agradeciendo el oficio más placentero de todos, que es el del lector. Escribir con el miedo a no tener lectores y con el miedo a perderlos, sobreponiéndose lo mismo a los elogios que a las heridas. Escribir porque a pesar de todas las negaciones y las imposibilidades la escritura, como cualquier oficio, es sobre todo un acto de afirmación. Escribir porque sí.
En 1981 se entregaron por primera vez estos premios y vuestra alteza presidió en ellos su primer acto público. Aún se vivía entonces bajo el trauma sombrío y reciente de una tentativa de golpe de estado. En su discurso de agradecimiento, el poeta José Hierro aludió con alegría y alivio, pero también con plena conciencia del peligro, al “aire de libertad que respiramos”. Ese aire, a pesar de todos los pesares, lo seguimos respirando 32 años después, que constituyen el período más largo de libertad que se ha conocido en la historia entera de nuestro país. Es importante recordar estas cosas ahora, cuando el porvenir parece en muchas cosas tan incierto como entonces. En este tiempo se ha hecho adulta la generación entera que nacía por entonces, que es la de mis hijos. Sus vidas son ya más difíciles de lo que imaginábamos hace sólo unos años, pero es importante recordar que también aquellos tiempos de 1981 nos parecían amenazadores cuando nosotros los vivíamos. Y sin embargo no hemos dejado de respirar el aire de libertad que celebraba José Hierro. Sin esa respiración no habría sido posible la generación literaria a la que yo pertenezco. Incluso nos hemos acostumbrado tanto a ella que corremos el peligro de no saber ya apreciarla. Es nuestra responsabilidad salvar lo que ganamos gracias a que muchas personas hicieron y hacen bien sus oficios, privados y públicos; y también reflexionar con urgencia sobre todos los errores, todas las inercias y descuidos que necesitamos corregir. En esa tarea los oficios de las palabras podrán ser más útiles que nunca.

viernes, 25 de octubre de 2013

Peces de ciudad

Ay pequeña, corre, vuela, 
a sacarme de esta oscura noche gris,
a meterme tu vida por las venas,
a morirte por querer verme vivir.
J.S.

Ahora cuando te pienso lo hago con otro nombre, con otro que no me recuerde lo que depara el futuro inminente y que no se asocie a ti. Cuando te hayas ido lo recuperarás, pero entonces serán sólo letras que sonarán a despedida y ausencia, y no querré pronunciarlas nunca más.

Hoy al despertarme intuí la niebla y ella me intuyó a mí, un mal presagio, me lancé en picado a la ciudad y sólo podía ver los pies de la gente dirigiéndose a sus destinos, que apenas se diferencian en una letra de desatinos. El desatino del destino se me mostraba gris esta mañana, y la noche no había tenido mucha más luz. Entre los borbotones de niebla notaba mi cuerpo fluir, intentando abrirse paso con una dificultad achacable al peso grave que había ganado la víspera. Quien diga que las emociones no tienen masa miente, a mí me empujaban hasta el suelo como si llevara cadenas de plomo. La ciudad, tu ciudad, no hacía más que apretarme los grilletes. Había entrado sin darme cuenta en un oscuro túnel, en el que sólo sentía tu presencia, a ratos muy cercana, en otros montándose en un tren que se dirigía hacia una luz en la que yo no tenía derecho a pensar. Me tapé los oídos buscando mis manos entre la niebla para acallar el ronroneo oxidado de la urbe, y al quedar mi mente en blanco sonaron en ella los peces de ciudad, chapoteando, clamando por alguna isla desierta para naufragar. Que aunque sea de otra canción, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Desafié a los barcos de la carretera intentando no ahogarme entre una niebla cada vez más densa que no me dejaba respirar; me di cuenta de que ahora sólo me rodeaba a mí. Intenté mezclarme con la gente y fingir saber a donde iba. Hace días que no lo sé. Cuando el mundo se pone patas arriba sólo conozco dos soluciones: esperar, o huir. A veces pasa que en la espera estamos aceptando una huida hacia atrás, pero los peces tienen tan poca memoria que no lo recuerdan. Los peces de ciudad sólo pueden esperar, los de mar saben nadar. Enfundada en el hálito nublado de la mañana llegué sin proponérmelo a aquella plaza, y un montón de imágenes inundaron mi mente subiendo la marejada. Tuve que sentarme mareada en el banco y al tocar su madera sentí el roce de tu piel, temeroso, esencial e invisible, inhóspito y cariñoso a una vez, y supe que estaba perdida, verdaderamente perdida en ese túnel sin saber dar un paso en cierto, convencida por otro lado de que la salida no era para mí. No puedo dejar que me convenzas tú, cuando ni lo entiendes ni lo sabes. Me gustaría, claro, me encantaría que me lo pidieras, pero no se puede vivir de condicionales ni de imposibles. Y tomé la decisión.

Ahora cuando te pienso lo hago sólo a medias, porque he decidido tanto esperar como huir. Aguardaré a que vuelva el viento del norte cuando haya terminado de atravesar el mar, y cuando marque la nueva dirección dejaré que te vayas y entonces yo también me iré. Y no haré nada para evitarlo, porque algunos desatinos son inevitables, pero más lo es el destino. Y yo voy a convertirme en un pez de mar.

lunes, 21 de octubre de 2013

#10 Un viejo que leía novelas de amor. (Biblioteca de cámara)


El viejo de la novela de Luis Sepúlveda no lee novelas de amor cualesquiera, lee novelas de amor "del verdadero, del que hace sufrir". Y las lee con una pasión tan devoradora como la de las bestias salvajes. Las lee con cariño, cuidado, emoción y un sentimiento que, al menos a mí, me hacía descubrirme ante él: todos los libros merecerían ser leídos con tal devoción. Antonio José Bolívar Proaño es, lo que se denomina, un buen lector.
Más allá de esa ternura y de las explicaciones que la rodean (¡lean el libro!), la historia se hace clara cuando sabemos que el autor se basó en su experiencia personal, y que escribió la novela tras convivir durante meses en la selva ecuatoriana con los indios shuar, los otros grandes protagonistas junto con Antonio José Bolívar y la propia naturaleza.
Podemos decir que esta es una novela de aventuras pero con una clara intención crítica y reflexiva sobre la destrucción de la selva amazónica, la codicia del hombre y las injusticias que en nombre de aquel se perpetúan en el paraje.
No diré más, el libro es corto, se lee de un tirón, es absorbente, conmovedor y emocionante. Conviértanse en "El lector que leía la novela de un viejo que leía novelas de amor".

jueves, 17 de octubre de 2013

#9 El color púrpura. (Biblioteca de cámara)


Esto es una Historia, en mayúscula y con todas las letras, una preciosidad que he disfrutado leyendo, pese a lo amargo, real y crudo de sus páginas. Un clásico, me atrevería a decir, que debería leer todo el mundo.

Aunque no quiero desvelar mucho, diré que es una novela epistolar que reproduce cartas entre dos mujeres, dos hermanas, que se encuentran separadas por un océano y por muchos motivos. Se centra sobre todo en una de ellas, Celie, que recrea la historia de su vida en los Estados Unidos de principios del siglo XX. ¿Qué tiene de especial Celie? Ah: Celie es negra, es pobre, es fea, es una mujer, "vamos, que no eres nada".


Esta novela es una joya, una fotografía que retrata muchas y muy duras situaciones, que abre los ojos a un mundo que al menos yo no conocía en esta medida. Es un grito de guerra en boca de muchas mujeres, de mujeres distintas, mujeres negras y sometidas, torturadas, difamadas, hartas. Cada una de ellas con una personalidad, con unos principios y valores, con una actitud ante lo que la vida le presenta.

No es agradable de leer, no en todas sus páginas; no es para todos los públicos ni para todas las sensibilidades, y a la vez, debería ser para todo el mundo. He encontrado en este libro un poco de humor, un poco de filosofía, un poco de amor, un poco de sexualidad, un poco de religión, un poco de Historia, un poco de amistad, y mucho de injusticias. Todo lo anterior en pequeñas dosis esparcidas entre las palabras de Celie y su hermana Nettie, entre suspiros y lágrimas, y algunas sonrisas. Y sobre todo, esperanza. Mucha esperanza. La manera en que ambas hermanas se escriben a lo largo de tanto tiempo exhibe una conexión tan íntima y esperanzadora, tan llena de amor fraternal, que enternece y cala.

No he visto aún la película, y no sé si la veré, pero el libro, el libro merece ser releído. Gracias a mi buen amigo Jeff  por descubrírmelo :)


miércoles, 16 de octubre de 2013

Un techo cualquiera


Había impresa una huella de zapato, justo pegada al conducto de ventilación, en el tono grisáceo de la suciedad  y la prisa.  Su contorno contrastaba con la inmaculada pintura blanca, que se notaba bien retocada. La marca debía ser, por tanto, reciente. Era una suela grande, seguramente de hombre, de un calzado formal, pie izquierdo. Alguien había caminado por el techo, como queriendo escapar.
Yo contemplaba la extensión blanca, rota por la pisada contigua a las rejillas del aire, tumbado en la camilla. Mientras me conectaban toda clase de vías y cables, me miré por encima de la barriga los pies descalzos y deseé poder dar un salto antigravedad y posar mi planta sobre la mancha que se exhibía encima de mi cabeza. A continuación, imaginé, usaría mi pie derecho aún en el aire como palanca para abrir la placa de metal y dejar libre el conducto. Posado en el techo como si éste fuera el suelo, saltaría entonces dentro del agujero cuadrado y la gravedad volvería a seguir las leyes físicas. Dejaría abajo a los médicos y a los aparatos y me arrastraría por el conducto, que de una forma mágica, se ensancharía para permitir mi paso holgadamente. Aún de forma más mágica, el conducto desembocaría en una suerte de ventana iluminada y abierta. La salvación vendría en forma de aire fresco y de libertad. 
Mientras el fantasma de mi imaginación saltaba de la camilla y se preparaba para emprender el recorrido soñado, un enfermero me inyectó un líquido y mantuvo su vista clavada en mis ojos, que empezaron a cerrarse a medida que el fantasma se hacía más corpóreo y me observaba desde el techo con el cuerpo invertido, los pies posados en la blancura, uno sobre la antigua mancha, y su cabeza casi tocando la del enfermero. Cuando la anestesia llegaba casi enteramente a su definitiva absorción y apenas distinguía las luces, eché un último vistazo antes de caer en el letargo y la sombra de veintiún gramos de masa ya no estaba, pero en su lugar había dejado una segunda pisada junto a la rejilla. Bueno, fue mi último pensamiento, al menos uno de los dos ha salido vivo de aquí.

lunes, 14 de octubre de 2013

#8 Amor o lo que sea. (Biblioteca de cámara)


Otro libro que me encuentra a mí porque sabe que le necesito, que lo que voy a leer en sus páginas no es más que el miedo inminente a lo que los próximos años me deparan:


La vida verdadera, la mediocridad, el afrontar solo la realidad... ¿qué habíamos hecho hasta ahora? Esta es la historia de una chica y de su camino a la madurez real tras acabar la universidad y empezar a trabajar.
En ese camino se dará de bruces con dos sentimientos/elementos/obsesiones de la sociedad: el amor y el éxito.
Sobre el primero, el título lo dice todo: "amor o lo que sea". El de Blanca será un amor distinto, que viviremos y desmitificaremos a un tiempo. Sobre el éxito, una serie de complots y argucias en el mundo editorial dejarán un regusto amargo en la protagonista, bajo mi punto de vista, perdida en unos engranajes que no se esperaba. Es un despertar de la inocencia asustado y nostálgico, y a la vez irrefrenable. 
Una originalidad del libro, que lo hace ameno y reflexivo, es que intercala extractos de biografías de escritores y sus tejemanejes con ese amor o lo que sea.

Lo incluyo en mi Biblioteca de cámara, a parte de porque me ha encantado y se me ha hecho muy fácil de leer, porque creo que cuenta una historia que prácticamente todo el mundo vive, en menor o mayor medida, cuando sale del círculo de seguridad que dan los estudios, la familia, esa vida planeada en la que sabes exactamente que se espera de ti, y te enfrentas cara a cara a unas preguntas que tienes que resolver por ti mismo: ¿qué hago ahora, qué es lo que sé hacer, qué es lo que quiero hacer?

El futuro es un monstruo que da miedo.

sábado, 12 de octubre de 2013

Borrador

Corría el año..., y digo corría porque en verdad llegó y se apresuró a marcharse veloz, y hasta yo me daba cuenta encerrado como estaba entre las paredes de aquella mi entonces casa. Me dedicaba a devorar libros y ensayos, todo cuanto me mandaban, y a redactar críticas mordaces para la revista o el periódico de turno, con una acritud la más de las veces fingida; aquel era mi sello de identidad.
Las páginas que leía eran casi siempre como vasos de agua en mal estado, de agua que no quita la sed y hace que necesites beber y beber cada vez más y seguir bebiendo con la esperanza de que al final te sacie, o te mate. Yo me embebía en aquellas páginas: durante unas horas o días perdía el rastro de mí mismo y me sumergía dispuesto a ahogarme en un mar de letras y palabras empapadas de mediocridad mayoritariamente, decencia otras, y majestuosidad en ocasiones puntuales. Al acabar el último párrafo volvía en mí para luego abstraerme, ahora con una mano y un ojo distintos, y sentenciaba en un texto mi opinión más áspera y corrosiva. Era un crítico respetado y a la vez abucheado, pero los medios me querían porque mis disparos creaban muchos comentarios y levantaban ampollas que daban que hablar. La controversia se pagaba bien.

Algunos de los escritores a los que yo atacaba, heridos y despechados, acertaban cual psicólogos de lleno en mi trastorno: lo único que yo tenía eran celos. Pero nunca lo hubiera reconocido. No celos tal que así, no celos de esa masa variopinta y a la vez homogénea que conformaba el mundillo de los escritores, con ese tufilllo sospechoso y pasajero, sino celos de esos pocos, los elegidos, tocados por el dedo del dios de la palabra, que sabían, verdaderamente, escribir. A esos yo los admiraba y maldecía en silencio, y cuando caía en mis manos alguna novela o pieza brillante, sacaba toda la artillería pesada para analizar al detalle sus puntos flacos, y si no los había, inventarlos y adornarlos de forma que los lectores los creyeran reales. Hasta tal punto llegaba mi maldad envidiosa.
Sí, era un celoso empedernido e incurable, y en la oscuridad de mi despacho daba rienda suelta a mi pecado, obstinado como estaba en pagar mi inutilidad como escritor con aquellos que sí sabían ejercer el oficio. Tal vez ese era uno de mis problemas, considerarlo un oficio y no una pasión. Pues si bien yo había sido un apasionado de los libros y la lectura desde muy joven, el día que me senté delante de un folio en blanco, dispuesto a dar rienda suelta al que tenía que ser por fuerza mi talento innato, dispuesto a obtener la gloria y la fama que seguro el destino me habían sentenciado, me di de bruces con la realidad de que me temblaban las manos y de que no tenía ni idea de por donde empezar.
Tras muchos intentos fallidos, me aboqué en la tarea de alimentarme de los escritos de otros y así intentar, tarde o temprano, romper mi mala pata con la pluma. La cosa no surtía efecto, y mientras yo me compadecía de algunos árboles por procurar papel para textos nefastos, y envidiaba a otros por producir celulosa que albergara bellezas semejantes, el tiempo pasaba y yo necesitaba un trabajo. Así fue como acabé siendo lo que soy. Algunos dicen que me entrego con verdadera pasión, otros que es un oficio que me va como anillo al dedo. Yo sostengo que todos son unos inútiles, que esto es sólo una profesión temporal, y mientras busco adjetivos que rimen con porquería y con destrozo, encorvado en mi guarida como un villano, esperando que la inspiración toque a mi puerta.

Corría el año... vaya, no recuerdo ni que año era. Joder, otra vez he vuelto a empezar mal. ¡A la basura!

viernes, 11 de octubre de 2013

#7 Bélgica. (Biblioteca de cámara).




No añadiré nada más, no hace falta. Bélgica empieza a ser mi Ítaca, como para Chantal Maillard. Palabras y memoria.

sábado, 5 de octubre de 2013

Mi equipo favorito


Ocupé mi asiento con una mezcla de nervios y congoja; nervios pasivos, no por estar, sino por lo contrario. Estaba en la butaca y a la vez no estaba, y me convertí en una suerte de espectador y también actor, pues conforme pasaban los minutos iba siendo más consciente de que aquello también me incumbía a mí, aunque no tanto. O quizá sí.
Si existe una cosa contagiosa, cuando es sincera, es la felicidad. Puedo decir que fui feliz el rato que estuve sentada en ese lugar, lloré por dentro y reí por fuera, y la mayoría de esos gritos eran de un éxtasis contento, agradecido y también un poco frustrado. Pero que a todas las cosas malas hay que sacarles el lado positivo y convertirlas en no tan malas. Y ese asiento no fue el atisbo de silla eléctrica que al principio esperaba en parte, fue un mullido sillón donde sentí justo eso: la felicidad contagiada y compartida. Si hay algo más bello que ser feliz, es poder compartirlo.
Así pues, disfrazada de testigo mudo, fui partícipe de una película que pasaba ante mis ojos y en la que yo misma actuaba, donde las exigencias de guión eran claras y ahora parecían pedir un The end. Era una película que englobaba todos los géneros, un nuevo de cine, donde cabía la comedia, el romance, el drama (mucho drama), las aventuras, la ciencia, y la ciencia ficción, la guerra y el terror; la vida, en su máxima expresión. Y en aquella sala improvisada de cine escuché, con los ojos anegados en lágrimas, las voces que habían puesto banda sonora a un período que podría llamar de muchas formas, pero que hoy llamaré, la felicidad con "mi equipo favorito".
Espectadora y actriz, moví las manos, el corazón y la sonrisa clamando por unos recuerdos que, no siendo aún capaz de poner en esa perspectiva temporal que me hará valorarlos todavía más, resonaron con fuerza en mis sienes, y me hicieron echar la vista atrás para ver todo el camino recorrido. Aun teniendo heridas en los pies de tanto correr, esa película demostraba que en nuestro equipo, en las buenas y en las malas, al principio o al final, había habido siempre un compañero que te cambiara los zapatos o hiciera un trecho tirando de ti. Por que sí, la felicidad no es nada si no es compartida, y a las tormentas se sobrevive mejor en compañía.
Intenté extraer la enseñanza de aquella lección mientras miraba de soslayo, intentando que no se dieran cuenta de mi emoción, las cabezas pensantes y privilegiadas de mis amigos, de mi equipo favorito, del equipo favorito. Y no pude llegar a una única conclusión, al igual que tampoco pude echarme a llorar, porque eso evidenciaría que aquel acto era una despedida. Y no lo era. Era una escena de alegría, de continuidad, un día para recordar toda la vida y repetir desde otra butaca en cuanto llegue el momento.
Así, que por ahora, me dejaré de moralejas, y en lugar de eso, seguiré aprendiendo, aprendiendo también a ser feliz. Por eso cuando me levanté del asiento y las luces del cine se volvieron a encender, sólo tuve clara la tarea que tenía yo para esa noche: compartir, una vez más, con mis compañeros de equipo, la felicidad.
Y eso hicimos.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Otoños lejanos

Me asomé al que antes era el remanso de tu mirada y encontré un abismo al que caí, desbordándome por el acantilado como la poesía por tus ojos, con un iris becqueriano más desgastado que el amor y más inmenso que el océano.
Me asomé y encontré un deshielo imparable, un cuentagotas infinito de lágrimas que se derretía y amenazaba con inundarlo todo, agonicé por un instante en el frío glacial de tus pupilas que centellearon brillantes y mojadas, y la cascada atronó en tu valle.
Te contemplé por detrás de tu propio reflejo,  atravesé el páramo de tu expresión vacía y aguada y miré más allá, en la lejanía, y entonces regresé y me coloqué justo en frente de ti. Me pregunté entonces cuanto hacía que no te observaba así, desnuda, transparente y traslúcida; la luz se iba colando en tus poros y tus ojos se volvían espejo de lo que yo veía de ti, haciéndote un espejismo aún más inverosímil.

Por fin rompiste a llorar.
Detrás de aquella estatua momentánea de hielo te desmoronaste y no me dejaste seguir quieto, analizándote, buscando explicación al mármol de tu rostro. Rompiste a llorar y supe que el océano me había alcanzado, y me sentí como un bote a la deriva sin brújula ni norte, con la orilla tan lejana como tu mano cerrada en un puño tembloroso. Mi barca había chocado contra tu iceberg. Este era el final, y aunque he llenado páginas en blanco desde aquel Otoño intentando comprenderlo, sé que la lógica no regía tus reglas, sé que eras una nube y yo tu jaula, sé que necesitabas salir al bosque y arrancar las hojas y llover tormentas, todas las tormentas que tenías acumuladas y que te estaban ahogando. Porque tú eras de otro planeta y yo tenía los pies en la tierra, y para el amor hay que levantarlos y dejarse llevar.

domingo, 29 de septiembre de 2013

La foto salió movida

Aún después de tantos años sigo observando aquella fotografía con la esperanza de que sus líneas no estén distorsionadas. Hoy recuerdo mejor los rasgos de la persona que la echó que de la que me acompaña en el retrato, inmortalizado y vago al mismo tiempo. Cuando pulsó el botón me estaba mirando a mí, no a la cámara, ni se esforzaba en apuntar al objetivo; le temblaban las manos mientras sujetaba el aparato y lo único que deseaba era arrojarlo contra el suelo, por decoro supongo que no lo hizo. A cambio, realizó una fotografía borrosa y totalmente difuminada en sus prisas por escapar de la situación. No me dejó una estampa de calidad, pero a cambio imprimió su mirada feroz en mí durante esos segundos eternos en que sostuvo la máquina y sus ojos al nivel de los míos, anonadados ante la imagen que tenía ante sí y que se le pedía hacer eterna. Reflejado en el objetivo vi mi propia sonrisa que se volvió incómodamente falsa ante el fotógrafo, mi acompañante no lo percibió y nunca pudo saberlo al ver el resultado. A mí el flash me cegó la vista y la razón. Eran otros tiempos, llenos de cosas incomprendidas que huían de querer ser explicadas; la vida sólo fluía como los rollos de fotografía, y dejaba inconclusos algunos caminos. Eran años de agitación y prisas, de motivos escondidos tras cortinas y sociedades demasiado pobladas de gente con los mismos intereses. Aquel que sostuvo la cámara era mi pasado en otra vida, y una parte de la presente se la llevó en aquella foto que salió movida, junto con un par de secretos y una copa de vino que derramé del susto sobre mi vestido blanco.

viernes, 27 de septiembre de 2013

#6 Hace cuarenta años. (Biblioteca de cámara)


Este libro me ha encontrado a mí más que yo a él, aunque debería existir un mapa del tesoro que marcara con una cruz el punto de la costa del Mar del Norte donde se forjó esta historia, para ir a buscarlo. Es un libro joya, pequeño pero tan intenso como las olas frías de la ciudad belga de Knokke. Repito que este libro me ha encontrado a mí, las casualidades belgas me persiguen. Pero vayamos al libro: reitero, es una joya, un tesoro en sí mismo.


Es de esos secretos tan bonitos que hasta he dudado en publicarlo, porque es tan íntimo, tan personal; me imagino a la autora compartiendo esto, abriendo el corazón de una manera tal como no había visto en tiempo, y no puedo más que estremecerme. Es un detalle hermoso que se te clavará dentro y que no podrás dejar ir, se hará un hueco predilecto en tu escondite de historias de amor; porque sí, esta es una historia de amor, de Amor con mayúsculas, un sueño real y breve, como algunos consideran que han de ser las cosas buenas. "Hay que pensar lo que uno ama".


No quiero añadir mucho más, porque el librito es como digo corto y se lee de un tirón; corrijo, no se lee, como se dice en el epílogo, "se aspira, se respira, la narración se sucede como un vals lento". Ojalá no acabara ese vals. Yo ahora, tras releerlo inevitablemente una segunda vez más lenta y degustándolo, me siento hasta confusa, parece que los sentimientos que se mecen en sus páginas se han hecho míos,comparto las emociones y se han almacenado en mí como un recuerdo. Necesitaba leer esto, necesitaba encontrar una demostración innegable de que hay sentimientos que son más fuertes y más importantes incluso cuando son invisibles, casi literarios. Es una delicia de lectura, un libro que estoy poniendo por las nubes porque a mí me ha dejado entre ellas.

Señoras y señores, LÉANLO, por favor.
Y "tratemos de tener la libertad de aquellos cuya suerte está echada."
Nosotros sólo tenemos el presente.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Golpe a golpe

El reloj dio las doce y decidí que ya había esperado bastante, así que cogí la gabardina y me lancé a la negrura de la noche. Conocía de sobra por tiempos pasados los sitios menos recomendados de la ciudad, muy recomendables en cambio para mí esa víspera, porque algo había cambiado, algo me había pasado, y necesitaba un hecho drástico para marcar a fuego la línea divisoria. Por eso me encaminé hacia el barrio ruso, que podría haber sido nombrado con cualquier otra nacionalidad de los países del este, y comencé una guerra interior dando el pistoletazo de salida. Unas cuantas rayas de coca por mi nariz fueron las balas que ametrallaron mi cerebro. Con menos dinero y mucho menos miedo, me dirigí hacia el club. No me interesaban las chicas ni las apuestas esa noche, mi destino estaba en el sótano detrás de una pared falsa. Tras dar el santo y seña, la puerta se abrió y una nube tóxica de sudor y sangre me impregnó de arriba a abajo. Tiré la gabardina a una esquina, ya no la iba a necesitar, y dejé al descubierto con shorts y camiseta de tirantes mi cuerpo trabajado en el gimnasio. Ahora no desentonaba con el ambiente. Tras un intercambio de frases vi mi pseudónimo apuntado en la lista y al rato casi sin darme cuenta me encontraba en el destartalado cuadrilátero. Empecé a dar golpes a diestro y siniestro, sobre todo a diestro porque mi oponente era más lento de ese lado. Esquivaba también sus ataques, o lo intentaba; la droga empezaba a hacer demasiado efecto y mis sentidos mermaban cada vez más. Notaba un líquido en la boca y algunos dientes sueltos, volaban patadas en ambas direcciones y las cuerdas se empezaban a convertir en un instrumento de tortura. Ya no distinguía ni sus rasgos, podría haber sido cualquiera, lo era; era un cualquiera, de cualquier edad y condición, me hubiera dado igual. Sólo quería repartir, dar y recibir, ¡dar y recibir! Eso era, quería recibir algo a cambio, quería una respuesta, quería una acción que sí tuviera una reacción, necesitaba reciprocidad. Y esto la tenía, oh sí, la tenía y dolía y eso me encantaba, me hacía sentirme vivo entre tanto dolor físico y tanta confusión mental. Estaba enajenado, un loco recibiendo una tunda, la paliza de su vida, pero me daba igual; movía los músculos y ellos respondían, y mi opuesto parecía mi espejo. Dar y recibir. Yo sólo quería dar y recibir.

Desperté al día siguiente en un callejón sin salida. Una metáfora de lo más meditada sino fuera porque los dueños del local simplemente me arrojaron a  la calle de al lado. Tenía la mandíbula rota y descompuesta, manchas de sangre en lo que quedaba de mi ropa, el cuerpo amoratado y los huesos destrozados, ni rastro de mi cartera ni de mis llaves. Perfecto. Ahora podía volver a empezar, desde el más absoluto cero. Lo sé, soy un imbécil, pero ¿qué le voy a hacer? Hay cosas que sólo limpian un par de golpes, hay noches en que la poesía no me salva.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sidi Ifni

Crecí en las rodillas de mi abuelo escuchando fábulas de animales y cuentos fantásticos, y esa es una larga historia que merece ser contada con más calma y detenimiento. Cuando yo cambié y cambiaron mis circunstancias, es decir, cuando me aumentaron los años y a él le pesaban más, los cuentos infantiles terminaron y esa nostalgia de la niñez me invadió aún sin yo saberlo. Sin embargo, mi abuelo es un contador de historias nato, y al pasar los lustros, un día me di cuenta de que, sin quererlo, en realidad quizá me había estado relatando sus propias vivencias, si bien adornadas y hechizadas. Entonces me propuse abrir más las orejas y hacerlas tan grandes como las del lobo que se come a la abuela, y así devorar yo al mío a fuerza de escucharle siempre que pudiera. Por eso, puedo hacerme ahora eco de algunas maravillas que sin la memoria de nuestros mayores no conoceríamos, no con ese lado humano y entrañable, no con ese olor a anciano pero a la vez a tan joven, no con ese brillo en los ojos que sólo tienen los que cuentan una historia real vivida en las propias carnes.

Contaré entonces hoy el cuento de cómo mi abuelo cumplió el servicio militar en plena África, en una ciudad llamada Sidi Ifni, en la costa sudoeste de Marruecos a la altura de las Islas Canarias. Habían empezado los sesenta y Santa Cruz de la Mar Pequeña se mantenía como capital de aquel territorio español de nombre con sonido egipcio: zarandeada entre manos españolas y marroquíes durante toda su historia, con incluso una guerra de por medio, en el cincuenta y ocho había sido Ifni finalmente bautizada como provincia española de ultramar, y Sidi Ifni su centro capital. Allí se plantó después de muchos mareos en barco mi abuelo, con el cargo de asistente de teniente. Me gusta imaginar que ondeaba la bandera mecida por la brisa Atlántica, con los dos peces y la palmera coronada por la Luna, cuando mi abuelo pisó puerto. Si aquel era territorio español, no debía parecerlo a primera vista, un paisaje sembrado de mezquitas y detalles árabes. Pero conforme se adentraran en la ciudad, descubrirían la Plaza de España y la arquitectura de estilo andaluz, oirían sonidos castellanos a la par que musulmanes. Seguramente, al fin y al cabo no somos tan distintos.
Avanzarían los meses de servicio militar lentos y pesados para él, con mi abuela esperándole y la distancia echándose encima. Pero conozco ciertas anécdotas, de las seguras miles que vivió, y eso me hace sonreír divertida pensando en un abuelo joven y fuerte, envasando experiencias en frascos de recuerdos para luego contar a sus nietos.

Me sitúan las palabras de mi abuelo en los dormitorios de los soldados, con él de pie aguantando el tipo en mitad de la madrugada, más real que imaginario, cumpliendo guardia en las imaginarias. Le tocó varias veces tragarse aquellas noches en vela porque se le metió entre ceja y ceja a un sargento, de esos cascarrabias, enfurruñado por el trato amigable que le dispensaba a mi abuelo el teniente bajo cuyo mando estaba.
Al ser su asistente, tenía que atenderle en las tareas personales y ocuparse de los asuntos que requiriese, como por ejemplo, lustrarle los zapatos o hacer la compra. Así se beneficiaba mi abuelo, previa autorización amable de su teniente, de los descuentos reservados a más altos cargos. Iba al supermercado del cuartel, montado en una tienda en pleno suelo marroquí, y junto a los productos para su mandatario se procuraba para sí mismo buenas latas de calamares en su tinta y pan, guisos en conserva y otras exquisiteces vetadas para los bolsillos pobres del ejército raso. Sin ostentación ni fanfarronería, mi abuelo daba cuenta de sus alimentos en el comedor junto al resto, y ver las buenas cosas que podía comprar hacía rechinar los dientes al sargento de turno, que con rabia y desdén le mandaba entonces a encargarse de las temidas imaginarias, que escapaban de la obligación de un asistente de teniente.
Hasta que un día mi abuelo se cansó y, animado por sus compañeros, contó a su superior como un niño a su maestra el trabajo injusto al que estaba siendo obligado. Pero el sargento, empecinado, siguió haciendo de las suyas un poco más, con la sorna de los que se creen por encima de otros. Sin embargo, aunque en otras esferas no, en el ejército la frontera de éstas está bien delimitada, y como sargento va por detrás de teniente aunque empiece con s, mi abuelo no tuvo que tener más insomnios y siguió masticando calamares en Sidi Ifni mientras el otro fruncía el ceño, vencido, y el océano Atlántico se llevaba los murmullos de unos cuantos españoles perdidos en viejas literas, con fotografías de mujeres hispanas y morenas bajo el colchón.


Sonrío al imaginar la escena, los colores azules, amarillos y naranjas del lugar, las palmeras y la arena, los tonos mustios de sus uniformes y los rostros compungidos, las espaldas rectas, más convencidas que la voluntad, firmes por cumplir con una patria a la que ya sólo le ponían nombre, y echando de menos su hogar. Pero devuelvo la curvatura de mis labios a una línea al darme cuenta de que es una escena que se repite, y no en una sala de cine, sino ahora mismo, en muchas guerras, en muchas ciudades, en muchas batallas de antemano perdidas. Mi abuelo volvió, sano y salvo, lleno de historias y de cicatrices bajo la piel. ¿Qué cuentos contaron a sus nietos aquellos abuelos que no lo hicieron?