lunes, 30 de septiembre de 2013

Otoños lejanos

Me asomé al que antes era el remanso de tu mirada y encontré un abismo al que caí, desbordándome por el acantilado como la poesía por tus ojos, con un iris becqueriano más desgastado que el amor y más inmenso que el océano.
Me asomé y encontré un deshielo imparable, un cuentagotas infinito de lágrimas que se derretía y amenazaba con inundarlo todo, agonicé por un instante en el frío glacial de tus pupilas que centellearon brillantes y mojadas, y la cascada atronó en tu valle.
Te contemplé por detrás de tu propio reflejo,  atravesé el páramo de tu expresión vacía y aguada y miré más allá, en la lejanía, y entonces regresé y me coloqué justo en frente de ti. Me pregunté entonces cuanto hacía que no te observaba así, desnuda, transparente y traslúcida; la luz se iba colando en tus poros y tus ojos se volvían espejo de lo que yo veía de ti, haciéndote un espejismo aún más inverosímil.

Por fin rompiste a llorar.
Detrás de aquella estatua momentánea de hielo te desmoronaste y no me dejaste seguir quieto, analizándote, buscando explicación al mármol de tu rostro. Rompiste a llorar y supe que el océano me había alcanzado, y me sentí como un bote a la deriva sin brújula ni norte, con la orilla tan lejana como tu mano cerrada en un puño tembloroso. Mi barca había chocado contra tu iceberg. Este era el final, y aunque he llenado páginas en blanco desde aquel Otoño intentando comprenderlo, sé que la lógica no regía tus reglas, sé que eras una nube y yo tu jaula, sé que necesitabas salir al bosque y arrancar las hojas y llover tormentas, todas las tormentas que tenías acumuladas y que te estaban ahogando. Porque tú eras de otro planeta y yo tenía los pies en la tierra, y para el amor hay que levantarlos y dejarse llevar.

domingo, 29 de septiembre de 2013

La foto salió movida

Aún después de tantos años sigo observando aquella fotografía con la esperanza de que sus líneas no estén distorsionadas. Hoy recuerdo mejor los rasgos de la persona que la echó que de la que me acompaña en el retrato, inmortalizado y vago al mismo tiempo. Cuando pulsó el botón me estaba mirando a mí, no a la cámara, ni se esforzaba en apuntar al objetivo; le temblaban las manos mientras sujetaba el aparato y lo único que deseaba era arrojarlo contra el suelo, por decoro supongo que no lo hizo. A cambio, realizó una fotografía borrosa y totalmente difuminada en sus prisas por escapar de la situación. No me dejó una estampa de calidad, pero a cambio imprimió su mirada feroz en mí durante esos segundos eternos en que sostuvo la máquina y sus ojos al nivel de los míos, anonadados ante la imagen que tenía ante sí y que se le pedía hacer eterna. Reflejado en el objetivo vi mi propia sonrisa que se volvió incómodamente falsa ante el fotógrafo, mi acompañante no lo percibió y nunca pudo saberlo al ver el resultado. A mí el flash me cegó la vista y la razón. Eran otros tiempos, llenos de cosas incomprendidas que huían de querer ser explicadas; la vida sólo fluía como los rollos de fotografía, y dejaba inconclusos algunos caminos. Eran años de agitación y prisas, de motivos escondidos tras cortinas y sociedades demasiado pobladas de gente con los mismos intereses. Aquel que sostuvo la cámara era mi pasado en otra vida, y una parte de la presente se la llevó en aquella foto que salió movida, junto con un par de secretos y una copa de vino que derramé del susto sobre mi vestido blanco.

viernes, 27 de septiembre de 2013

#6 Hace cuarenta años. (Biblioteca de cámara)


Este libro me ha encontrado a mí más que yo a él, aunque debería existir un mapa del tesoro que marcara con una cruz el punto de la costa del Mar del Norte donde se forjó esta historia, para ir a buscarlo. Es un libro joya, pequeño pero tan intenso como las olas frías de la ciudad belga de Knokke. Repito que este libro me ha encontrado a mí, las casualidades belgas me persiguen. Pero vayamos al libro: reitero, es una joya, un tesoro en sí mismo.


Es de esos secretos tan bonitos que hasta he dudado en publicarlo, porque es tan íntimo, tan personal; me imagino a la autora compartiendo esto, abriendo el corazón de una manera tal como no había visto en tiempo, y no puedo más que estremecerme. Es un detalle hermoso que se te clavará dentro y que no podrás dejar ir, se hará un hueco predilecto en tu escondite de historias de amor; porque sí, esta es una historia de amor, de Amor con mayúsculas, un sueño real y breve, como algunos consideran que han de ser las cosas buenas. "Hay que pensar lo que uno ama".


No quiero añadir mucho más, porque el librito es como digo corto y se lee de un tirón; corrijo, no se lee, como se dice en el epílogo, "se aspira, se respira, la narración se sucede como un vals lento". Ojalá no acabara ese vals. Yo ahora, tras releerlo inevitablemente una segunda vez más lenta y degustándolo, me siento hasta confusa, parece que los sentimientos que se mecen en sus páginas se han hecho míos,comparto las emociones y se han almacenado en mí como un recuerdo. Necesitaba leer esto, necesitaba encontrar una demostración innegable de que hay sentimientos que son más fuertes y más importantes incluso cuando son invisibles, casi literarios. Es una delicia de lectura, un libro que estoy poniendo por las nubes porque a mí me ha dejado entre ellas.

Señoras y señores, LÉANLO, por favor.
Y "tratemos de tener la libertad de aquellos cuya suerte está echada."
Nosotros sólo tenemos el presente.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Golpe a golpe

El reloj dio las doce y decidí que ya había esperado bastante, así que cogí la gabardina y me lancé a la negrura de la noche. Conocía de sobra por tiempos pasados los sitios menos recomendados de la ciudad, muy recomendables en cambio para mí esa víspera, porque algo había cambiado, algo me había pasado, y necesitaba un hecho drástico para marcar a fuego la línea divisoria. Por eso me encaminé hacia el barrio ruso, que podría haber sido nombrado con cualquier otra nacionalidad de los países del este, y comencé una guerra interior dando el pistoletazo de salida. Unas cuantas rayas de coca por mi nariz fueron las balas que ametrallaron mi cerebro. Con menos dinero y mucho menos miedo, me dirigí hacia el club. No me interesaban las chicas ni las apuestas esa noche, mi destino estaba en el sótano detrás de una pared falsa. Tras dar el santo y seña, la puerta se abrió y una nube tóxica de sudor y sangre me impregnó de arriba a abajo. Tiré la gabardina a una esquina, ya no la iba a necesitar, y dejé al descubierto con shorts y camiseta de tirantes mi cuerpo trabajado en el gimnasio. Ahora no desentonaba con el ambiente. Tras un intercambio de frases vi mi pseudónimo apuntado en la lista y al rato casi sin darme cuenta me encontraba en el destartalado cuadrilátero. Empecé a dar golpes a diestro y siniestro, sobre todo a diestro porque mi oponente era más lento de ese lado. Esquivaba también sus ataques, o lo intentaba; la droga empezaba a hacer demasiado efecto y mis sentidos mermaban cada vez más. Notaba un líquido en la boca y algunos dientes sueltos, volaban patadas en ambas direcciones y las cuerdas se empezaban a convertir en un instrumento de tortura. Ya no distinguía ni sus rasgos, podría haber sido cualquiera, lo era; era un cualquiera, de cualquier edad y condición, me hubiera dado igual. Sólo quería repartir, dar y recibir, ¡dar y recibir! Eso era, quería recibir algo a cambio, quería una respuesta, quería una acción que sí tuviera una reacción, necesitaba reciprocidad. Y esto la tenía, oh sí, la tenía y dolía y eso me encantaba, me hacía sentirme vivo entre tanto dolor físico y tanta confusión mental. Estaba enajenado, un loco recibiendo una tunda, la paliza de su vida, pero me daba igual; movía los músculos y ellos respondían, y mi opuesto parecía mi espejo. Dar y recibir. Yo sólo quería dar y recibir.

Desperté al día siguiente en un callejón sin salida. Una metáfora de lo más meditada sino fuera porque los dueños del local simplemente me arrojaron a  la calle de al lado. Tenía la mandíbula rota y descompuesta, manchas de sangre en lo que quedaba de mi ropa, el cuerpo amoratado y los huesos destrozados, ni rastro de mi cartera ni de mis llaves. Perfecto. Ahora podía volver a empezar, desde el más absoluto cero. Lo sé, soy un imbécil, pero ¿qué le voy a hacer? Hay cosas que sólo limpian un par de golpes, hay noches en que la poesía no me salva.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sidi Ifni

Crecí en las rodillas de mi abuelo escuchando fábulas de animales y cuentos fantásticos, y esa es una larga historia que merece ser contada con más calma y detenimiento. Cuando yo cambié y cambiaron mis circunstancias, es decir, cuando me aumentaron los años y a él le pesaban más, los cuentos infantiles terminaron y esa nostalgia de la niñez me invadió aún sin yo saberlo. Sin embargo, mi abuelo es un contador de historias nato, y al pasar los lustros, un día me di cuenta de que, sin quererlo, en realidad quizá me había estado relatando sus propias vivencias, si bien adornadas y hechizadas. Entonces me propuse abrir más las orejas y hacerlas tan grandes como las del lobo que se come a la abuela, y así devorar yo al mío a fuerza de escucharle siempre que pudiera. Por eso, puedo hacerme ahora eco de algunas maravillas que sin la memoria de nuestros mayores no conoceríamos, no con ese lado humano y entrañable, no con ese olor a anciano pero a la vez a tan joven, no con ese brillo en los ojos que sólo tienen los que cuentan una historia real vivida en las propias carnes.

Contaré entonces hoy el cuento de cómo mi abuelo cumplió el servicio militar en plena África, en una ciudad llamada Sidi Ifni, en la costa sudoeste de Marruecos a la altura de las Islas Canarias. Habían empezado los sesenta y Santa Cruz de la Mar Pequeña se mantenía como capital de aquel territorio español de nombre con sonido egipcio: zarandeada entre manos españolas y marroquíes durante toda su historia, con incluso una guerra de por medio, en el cincuenta y ocho había sido Ifni finalmente bautizada como provincia española de ultramar, y Sidi Ifni su centro capital. Allí se plantó después de muchos mareos en barco mi abuelo, con el cargo de asistente de teniente. Me gusta imaginar que ondeaba la bandera mecida por la brisa Atlántica, con los dos peces y la palmera coronada por la Luna, cuando mi abuelo pisó puerto. Si aquel era territorio español, no debía parecerlo a primera vista, un paisaje sembrado de mezquitas y detalles árabes. Pero conforme se adentraran en la ciudad, descubrirían la Plaza de España y la arquitectura de estilo andaluz, oirían sonidos castellanos a la par que musulmanes. Seguramente, al fin y al cabo no somos tan distintos.
Avanzarían los meses de servicio militar lentos y pesados para él, con mi abuela esperándole y la distancia echándose encima. Pero conozco ciertas anécdotas, de las seguras miles que vivió, y eso me hace sonreír divertida pensando en un abuelo joven y fuerte, envasando experiencias en frascos de recuerdos para luego contar a sus nietos.

Me sitúan las palabras de mi abuelo en los dormitorios de los soldados, con él de pie aguantando el tipo en mitad de la madrugada, más real que imaginario, cumpliendo guardia en las imaginarias. Le tocó varias veces tragarse aquellas noches en vela porque se le metió entre ceja y ceja a un sargento, de esos cascarrabias, enfurruñado por el trato amigable que le dispensaba a mi abuelo el teniente bajo cuyo mando estaba.
Al ser su asistente, tenía que atenderle en las tareas personales y ocuparse de los asuntos que requiriese, como por ejemplo, lustrarle los zapatos o hacer la compra. Así se beneficiaba mi abuelo, previa autorización amable de su teniente, de los descuentos reservados a más altos cargos. Iba al supermercado del cuartel, montado en una tienda en pleno suelo marroquí, y junto a los productos para su mandatario se procuraba para sí mismo buenas latas de calamares en su tinta y pan, guisos en conserva y otras exquisiteces vetadas para los bolsillos pobres del ejército raso. Sin ostentación ni fanfarronería, mi abuelo daba cuenta de sus alimentos en el comedor junto al resto, y ver las buenas cosas que podía comprar hacía rechinar los dientes al sargento de turno, que con rabia y desdén le mandaba entonces a encargarse de las temidas imaginarias, que escapaban de la obligación de un asistente de teniente.
Hasta que un día mi abuelo se cansó y, animado por sus compañeros, contó a su superior como un niño a su maestra el trabajo injusto al que estaba siendo obligado. Pero el sargento, empecinado, siguió haciendo de las suyas un poco más, con la sorna de los que se creen por encima de otros. Sin embargo, aunque en otras esferas no, en el ejército la frontera de éstas está bien delimitada, y como sargento va por detrás de teniente aunque empiece con s, mi abuelo no tuvo que tener más insomnios y siguió masticando calamares en Sidi Ifni mientras el otro fruncía el ceño, vencido, y el océano Atlántico se llevaba los murmullos de unos cuantos españoles perdidos en viejas literas, con fotografías de mujeres hispanas y morenas bajo el colchón.


Sonrío al imaginar la escena, los colores azules, amarillos y naranjas del lugar, las palmeras y la arena, los tonos mustios de sus uniformes y los rostros compungidos, las espaldas rectas, más convencidas que la voluntad, firmes por cumplir con una patria a la que ya sólo le ponían nombre, y echando de menos su hogar. Pero devuelvo la curvatura de mis labios a una línea al darme cuenta de que es una escena que se repite, y no en una sala de cine, sino ahora mismo, en muchas guerras, en muchas ciudades, en muchas batallas de antemano perdidas. Mi abuelo volvió, sano y salvo, lleno de historias y de cicatrices bajo la piel. ¿Qué cuentos contaron a sus nietos aquellos abuelos que no lo hicieron?

domingo, 22 de septiembre de 2013

Otoños pasados

Eras como una de esas canciones más bien largas que a mitad de estar sonando cambian de ritmo y se vuelven algo totalmente nuevo, como un paréntesis en una melodía que depara giros y notas distintas y atípicas, casi desafinadas, notas de música y de frescura. 
Eras como un relámpago en mitad de un día de sol, un imprevisto, algo tan fuera de lugar y a la vez tan dentro de todo, no encajabas y eso te hacía pertenecer a aquello que te repudiara, eras inevitable, y dudo que lo supieras pero yo tampoco quería evitarte.
Eras, eras, el verbo ser te inundaba y tú no te dabas cuenta. Eras con toda tu esencia una fragancia única e inimitable, y tu gracia residía en que nadie se hubiera atrevido a juntar esos elementos químicos para formar tu olor, por eso eras un don en sí mismo, casi un milagro.
Eras absolutamente imperfecto, te desordenabas el pelo y daban ganas de dedicarte miles de esas frases de adolescentes que se mueren de amor, de esas que lo describen cuando aún ni lo conocen, de esas en las que no me convertí aunque te espiara a lo lejos. Eras mi desamor y eso enamoraba, un sentimiento suicida y encantador, eras inalcanzable y platónico como un satélite que no puede girar sobre mí. Eras todo eso y mucho más, pero hoy los rasgos no importan, sólo tus huellas.

¿Puedo retratarte sin sonar cursi, puedo hablar de cómo te movías sin ser pomposa, puedo escribir al amor sin florituras, puedo morirme por ti sin volverme de nuevo una niña? Si te describo te recuerdo, si te escribo te poseo. Así que esta noche me quedo contigo y con tu memoria, con el retrato de ti que me pertenece porque lo he pintado con mis propias letras, seguramente inconcluso, incompleto e inexacto, pero si así es como te veía, así es como te quise, así es como te quiero.

Por eso esta noche me quedo contigo, y me dedico a llenar libretas de más frases adolescentes, y rebobino el casette que me grabaste en mi antiguo equipo de música, y vuelvo a escuchar aquella canción que a mitad de estar sonando cambia de ritmo y que me recuerda a ti y a tus estaciones, y empiezan a caer las hojas por la ventana mientras el sol apenas calienta y el relámpago no viene a escena, y la canción alcanza el punto en que la melodía estalla y el cantante grita y yo estallo y yo grito y el Otoño aparece y tú no desapareces porque nunca viniste, porque tú eras de otro planeta y yo tenía los pies en la tierra, y para el amor hay que levantarlos y dejarse llevar.

sábado, 21 de septiembre de 2013

¿Puedo volver a nacer?

Solía entrar a mi habitación a despedirse de noche, a veces mientras yo estaba sentada en la mesa terminando las tareas o cuando ya me encontraba en la cama. Según la situación, bien cogía un lápiz de color y hacía garabatos en los márgenes, bien sacaba un libro del estante y conversaba con los personajes de los cuentos, o desordenaba estos y los esparcía por el cuarto. Intentaba llamar mi atención pero yo la ignoraba, ajena. Siempre luchaba con mis peluches antes de irse con la cabeza gacha, fingía que la atacaban y los cogía forcejeando y gruñendo, para al final ganar sin excepción la batalla. Hasta que un día la perdió, y mi infancia salió la última noche por la ventana sin que yo pudiera despedirme, como ella tantas veces había intentado. Mi infancia saltó y se destrozó al caer, y ahora camina con un bastón tan viejo como mis dientes de leche; lo sé porque la he visto alguna vez, agazapada detrás de algún juguete roto, rencorosa y triste porque el final llegó de golpe sin darnos tiempo a palabras tiernas de despedida. No comprende que yo no quería decirle adiós.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Cuando la ciudad es una trampa y tu país su aliado

Recorro las calles de mi ciudad de adopción con más prisa que ningún año, porque este año es peor que ningún otro, y los números dicen que esta función es creciente. Las prisas me ayudan porque me impiden apreciar ciertas cosas, pero aún así, de soslayo, no puedo evitar ver lo que mis ojos, culpables por pasivos, no quieren mirar.

Antes me era más fácil deleitarme en los edificios bellos, en sus fachadas y cornisas, en las pequeñas cúpulas de algunas azoteas; en las estatuas  y jardines, en la altura de los árboles y en las iglesias; en los escaparates y en el olor de las panaderías, en el clamor de los bares y el discurrir de la gente; en los paseos, en el río, en la catedral y su plaza, en los detalles de Murcia, qué hermosas eres, qué hermosa eras; era más fácil disfrutar del murmullo de la ciudad. Fácil. Vivir en la comodidad es fácil. La seguridad es fácil. Tener un techo y dinero en el bolsillo es fácil. Creer que dispones de futuro es fácil. La vida es más fácil de lo que creemos, para unos cuantos. Y esos cuantos son cada vez menos.

¿Quieres ver una diferencia entre algo fácil y algo difícil?
Pedir en la calle es difícil.
Hincarse de rodillas con una estampa de la virgen y la mano abierta es difícil.
Sentarse en la acera con un cartel de cartón que ponga tengo dos hijos y pido trabajo es difícil.
No poder dar de comer a tu familia es difícil.
Perder tu hogar es difícil.
La vida, para unos muchos, es difícil.

Así que ahora corro más que ando cuando vuelvo a casa, porque es más fácil vivir sin ver lo que es difícil y uno no puede solucionar. ¿No puedo? Supongo que no, porque dar un vaso de agua no es erradicar la sed aunque la calme unas horas, y menos a esta escala. Yo no puedo. En estos momentos, ya no sé quién puede.
Así que ahora corro y corro cobarde intentando escapar de la desesperanza que me invade cuando veo esos ojos suplicantes, que siempre han estado ahí, en mayor o menor medida, pero que ahora se han multiplicado escandalosamente. Y es que debería ser un escándalo que una madre se siente en las escaleras de un banco a pedir dinero, debería salir en primera plana de los periódicos que un hombre llore contra el suelo sosteniendo una cajita medio vacía de monedas y céntimos, debería ser titular que alguien se suicide por la “crisis”, por su crisis personal, por los millones de afectados de este cataclismo.

Así que cada día recorro las calles de una ciudad llena de esquinas nómadas, de portales anónimos que huelen a desolación, de ruinas humanas y vagabundos del mundo, que vagan, que se mimetizan con el agujero en el que aguardan a que la urbe los devore, que me miran lanzando al aire una pregunta, ¿por qué a mí? Y en cada uno de esos cuerpos casi sin vida, porque les han arrebatado la dignidad, me veo a mí misma reflejada, veo a mis familiares, a mis amigos, a cualquiera, veo un futuro muy negro y despiadado. Y lo único que me queda es esperar a que llegue el máximo de la función para que la pendiente empiece a bajar, y podamos empezar de una vez a movernos hacia la tan anunciada mejora.
Pero, mientras tanto, ¿qué hacemos?

domingo, 15 de septiembre de 2013

Soliloquio desnudo

Me piden que desnude la voz. Que me exhiba propia, yo, sin adornos ni baratijas, sin piedras preciosas ni altruistas. Me exigen una transparencia incorpórea y grave. Pero ¿y si detrás de mi desnudez no hay nada?
El vacío es en sí mismo una existencia, un monstruo de ojos negros y sangre caliente, la peor pesadilla que si fuera mujer llevaría tacones de aguja y un abismo en la mirada. El acantilado tiene las piernas esbeltas y morenas y es insoldable. He olvidado cómo saltar.

Te pido que desnudes la voz. Que seas sincero, tú, sin adornos ni perfecciones, sin mejoras inverosímiles. Te exijo que te hagas transparente y eterno, porque sé que detrás de tu desnudez está el infinito.
El infinito que es nuestra existencia, un lobo disfrazado de felino que no sabe a quien morder, un aullido agudo que resuena en las montañas, anciano como la Luna pero sin edad. El eco tiene paciencia y sabe esperar. El salto es impaciente, la desnudez ingrávida, el cielo sólo una promesa desleal.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El último tren

Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía.
J.Vasconcelos.

Podría decir que no me gustan los aeropuertos, y empezar con un cliché triste y melancólico lleno de despedidas agridulces y tópicos hollywoodenses, pero lo cierto es que iré contra corriente y diré la verdad: me encantan los aeropuertos. Son como una puerta mágica, como un portal que te lleva a un destino soñado, son un milagro con alas, son la ventana abierta a un viaje real. Para los viajes no reales, aunque muchas veces se tatúan en la memoria como si lo fueran y nos hacen sentir más que la realidad, tenemos los libros.

Los aeropuertos juegan un papel significativo como medio de transporte en la imaginación, y es que te hacen levantar los pies del suelo, y así tus pensamientos también vuelan. No conozco una sensación igual que estar elevado entre las nubes y detenerte en el tiempo, mirar por la ventanilla y dejar vagar la mente, dibujar formas y sueños entre el algodón del cielo. El aeropuerto es la estación que te permite entrar a ese parque de atracciones y sensaciones.

Y qué es la vida sino un libro que escribimos día a día, y qué es un libro sino un viaje página a página, y qué es la vida sino el más grande de los viajes y el más bello de los vuelos.
Si con cada capítulo cambiamos de vagón, mañana me toca montarme en el último tren de esta historia y dejar al avión repostando combustible. Y en unos meses me tocará aguantar las ganas de decirle al revisor que pare, que me quiero bajar, que me cambio de tren y de vida, que no aguanto más esta parte del viaje. Pero en todos los viajes hay turbulencias y el consejo es permanecer agarrado firmemente al asiento, porque no podemos permitirnos caer. Quizá en unos cuantos meses más, me toque por fin recoger mis maletas y bajarme en la siguiente estación, quizá por fin pueda despedir este tren y planear nuevos aeropuertos. Y estoy segura que esos "por fin" en algún momento se volverán un "ojalá aún no", y la melancolía teñirá el pasado, porque todo pasado siempre fue mejor. Pero en este presente, sólo quiero continuar escribiendo, aprendiendo, impregnarme de libros y de conceptos, llenar páginas y páginas, secar tintas y poner el punto final a este capítulo del viaje de mi vida, porque ya es hora.
Mañana me embarco en el que espero sea el último tren con ese destino, llena de inquietud, claro, pero también de esperanzas.


sábado, 7 de septiembre de 2013

Suspiro africano

Caía la tarde y los niños correteaban haciendo ruido por la aldea. A esa hora el calor era pesado y el sudor se pegaba a la piel, pero los pequeños jugaban con las cabras en el corral, las barrigas hinchadas y las moscas entre los ojos. Los animales eran escuálidos pero daban leche y eso ayudaba a la materna. Mamadou ponía un poco de orden en el alboroto cuando los ancianos protestaban chocando las manos y moviéndolas con gestos de disgusto. No era el mayor de sus hermanos pero sí el más sensato, y haciendo honor a su nombre se ganaba el elogio de los viejos, demasiado cansados para siquiera moverse apoyados en la pared de piedra. Esa tarde Mamadou sabía que su padre volvía antes de remover la tierra porque se presentían lluvias para la noche, así que aguardaba impaciente el momento de verle aparecer para ir veloz a la aldea vecina. Allí había una casa donde vendían café y a su Baba le encantaba, aunque fuera muy caro para poder beberlo a menudo. Mamadou juntaba lo que podía y cuando tenía suficiente le traía el café en una pequeña bolsa de plástico, lo mantenía contra su cuerpo para conservar el calor y volvía corriendo a su chabola. El padre siempre se lo agradecía con una sonrisa inmensa mientras le hacía un agujero diminuto a la bolsa y se lo bebía. Eso era para Mamadou la felicidad, el olor a café y los dientes blancos de su padre brillando.

lunes, 2 de septiembre de 2013

#5 El nombre que ahora digo. (Biblioteca de cámara)

"La guerra, la guerra era un laberinto de mujeres vestidas de negro, de perros perdidos y niños que jugaban a la guerra, de niños que jugaban a los muertos, a ser muertos como su vecino al que le había caído un cascote de metralla mientras tomaba una sopa con restos de patatas y anguila o pagel o rodaballo, un pez que asomaba su raspa entre el caldo naranja, un estanque tintado de pimentón o sangre. Un pez que no nadaba, que miraba con su ojo muerto los ojos muertos del vecino, el trozo gris de metralla del que goteaba una sangre espesa y oscura, lenta, vaga, aburrida la sangre de tanta guerra, de tanto fluir por cabezas, pechos y espaldas, cansada de salpicar paredes, mesas, árboles, adoquines y tapias. La guerra era una soledad con bombas, voces y banderas, una soledad de niños y de muertos. De ojos, de peces sin vida. Un relámpago que estababa dentro de mi cabeza. La guerra era yo".
Antonio Soler.




Si después del texto de arriba necesitas alguna razón más para aventurarte a leer este libro, añadiré que es una belleza y una historia de amor que cautiva.
La guerra como un juego de niños, el amor como un verdadero campo de batalla. La novela está llena de poesía y de sentimientos, de melancolía y tristeza, de miedo y soledad. Un discurso a dos voces con la Guerra Civil española como trasfondo, con anécdotas y risas, con pasiones y amistad. Leer y disfrutar.

«He perdido mi patria, dejó escrito Gustavo Sintora en el inicio de uno de sus cuadernos. Pero cuando escribió esas palabras, Sintora no se refería a ningún país, a ningún ejército ni territorio, a ninguna bandera. Su patria fue una mujer, una mujer que tenía nombre y ojos de atardeceres.»

domingo, 1 de septiembre de 2013

Primera última cita

- Hacía mucho que no compartíamos un helado.
- No sé, me he acostumbrado a pasear solo.
- No es sólo eso lo que me preocupa.
- Las preocupaciones van y vienen, y dejan lugar constantemente a otras que nos parecen mayores, y las antiguas se vuelven nimiedades.
- Mi preocupación está muy presente física y emocionalmente aquí y ahora.
- Tal vez el error radica en el lugar en el que nos hallamos y en el tiempo. Tal vez no sea nuestro momento ni dónde deberíamos estar.
- Antes no decías eso, te has vuelto tan amargo como el tabaco que no puedes parar de fumar.
- El humo me calcina los pulmones y me hace olvidarme así del corazón.
- ¿Es esa la estela negra que quieres ir dejando a tu paso? No te reconozco.
- Definitivamente hacía mucho que no compartíamos un helado, los árboles están empezado a amarillear, como mis dedos y mis dientes.
- No me gusta esto, no me gustas así, pero yo aún te quiero.
- El bosque empezará a perder sus hojas y nuestros pasos se desvanecerán entre los montones marchitos, nunca más seremos tan eternos como creímos ser, el marrón es el color de la tierra y a ella estamos volviendo irremediablemente, sólo que tú aún no te das cuenta, pero el tiempo pasa y nos encogemos, y yo me doblo y mi alma envejece.
- ¿No escuchas lo que te digo?
- Lo oigo, pero no quiero escucharlo. Saber que aún me quieres es suficiente, no necesito más reproches.
- ¿Y qué pasa si para mí no es suficiente? Me he cansado de este bosque y de estos paseos esporádicos, me he cansado de no entenderte y de saber que prefieres que no te entienda. El humo que te calcina me alcanza hasta a mí y yo no elegí este tú. ¡Vuelve a ser el de antes para mí!
- Tú tampoco escuchas lo que yo digo.
- Es difícil leer entre líneas cargadas de tanta filosofía.
- La vida es filosofía, y en este período en el que estoy no puedo separar ambas cosas, no puedo dejar de hilar con manos de muerto y de intentar desentrañar mis entresijos, un nuevo otoño está alcanzándonos y estoy tan perdido como siempre.
- Pero me tienes a mí.
- Sentirse acompañado no es lo mismo que no estar solo.
- Tus palabras son como las agujas de estos pinos, punzantes y frías.
- Tienes que comprender que lo que siento por ti no ha cambiado, pero necesito hacer esta búsqueda solo. No me vale tu mismo mapa, tengo que encontrar mi propia ruta y empezar a escalar y a sudar mi sangre.
- Entonces no te hago falta.
- Tendrás que esperarme.
- Tu cigarrillo se ha apagado y el helado está derretido. Me voy a casa antes de que sea demasiado tarde.
- Estaré en este mismo bosque mimetizándome con los troncos y alimentándome de su ancianidad.
- Espero volver algún día y encontrarte, y que el amor no caduque como sus hojas.
- Es lo único que te puedo prometer.