domingo, 23 de noviembre de 2014

Agujeros de bala

La relatividad de nuestras distancias,
la metamorfosis de los tiempos y los cuerpos.
Antes me abrazabas el alma en carne viva,
ahora en el abrazo suena el metal de las corazas.

Estás lejos, me intento acercar a tientas,
despacio, delicado, sin forzar las rozaduras,
pero en el camino me cojea la herida de la pierna
y el metal hace más ruido.

Llevas puesta tu armadura de malla, tan gris,
y entre su entramado de anillos de hierro y de hielo
intento colar mis suspiros, mis explicaciones,
pero así la piel no se acaricia.

Tu corazón remendado es ahora una fuerza armada
y yo me siento a la vez revólver y agujero de bala.
La lejanía y el miedo en tus ojos de animal amenazado
se clavan en mí como esquirlas de plata.

Encuentro en todas partes los orificios sangrantes,
mi espalda llena de impactos, mis manos inservibles,
las convulsiones, las contracciones, el espasmo final.
Tanta protección no ayuda, sólo rebota y atenaza.

Que si no te quitas ya el chaleco antibalas, me matas.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Por fin

Hoy ha sucedido, por fin.

Llevaba veintisiete años soñando contigo,
aguardando impaciente cada noche en vela
a que una musa con tu rostro cerrara mis ojos,
a que volvieras a poblar las avenidas de mis sueños,
a que pasearas con timidez por los recodos de mi mente.

Llevaba veintisiete años durmiendo sin ti a tu lado,
respirando a ciegas tu perfume entre mis sábanas,
saboreando tu saliva onírica entre el alba y el insomnio,
dejando que ahuyentaras mis pesadillas sin saberlo,
despertando entre sudores calientes que sólo me enfriaban.

Llevaba veintisiete años rozando una utopía,
tocando las teclas de ese piano que recorre tu espalda,
imaginando partituras juntando tus lunares de corchea,
fantaseando que tu cuerpo era la colcha y yo el invierno,
moldeando tus curvas a mi antojo cada noche en cada cuerpo.

Llevaba veintisiete años siendo un juntaletras
triste roto remendado desangrado enmascarado,
un preso encadenado al cielo con las alas extirpadas,
un poeta de nadie pero para todos que disparaba versos,
un náufrago que tiraba botellas vacías al mar de los sueños.

Llevaba veintisiete años sin suceder.

Y hoy, por fin, has sucedido.




En honor al juntaletras más sangrante que conozco.

sábado, 15 de noviembre de 2014

K.O.s

Parece que todo está en orden.
Analizo una y otra vez el cuarto, deteniéndome en cada detalle, en cada elemento estático que impertérrito me devuelve una mirada sin ojos. La cama perfectamente hecha, la manta extendida en una esquina formando un ángulo concreto, el libro en la mesilla de noche con el giro justo para que parezca casual, el botellín de agua lleno y un reloj pulsando las horas. Del otro lado, repisas guardando equilibrio sobre la pared, con la colección de objetos que sobre ellas viven limpios y a su modo ordenados: libros agrupados por intuición literaria, algunas velas cuidadosamente repuestas tras cada uso, un par de cajas que almacenan esas cosas que no encuentran hueco en ningún lugar, doce o trece discos, álbumes de fotos cronológicamente dispuestos, y unas muñecas rusas de tonos vivos. Al fondo dos armarios de puertas correderas. Voy hacia ellos y las abro, primero descubro un lado y luego otro, y dentro también encuentro la cuadrícula ideada, la ropa doblada y ubicada por texturas y colores, y en cada parte de los armarios una estación, frío o calor. En la pared contigua hay dos láminas gemelas que muestran el mismo paisaje pero en distintos momentos del año. Continúo la inspección. La mesa grande de despacho con un sillón color chocolate de respaldo alto, y sobre ella un juego de escritorio de piel, la lámpara, la pila de folios y libretas, la agenda anual. Debajo una papelera. Hay otros elementos por la habitación: una rinconera con cajones y encima algunos libros más, un par de portafotos, también un espejo ovalado con pies de madera y una alfombra de jarapa, por aquí y por allá ciertos objetos especiales y recuerdos de viajes. La ventana está cerrada y el riel sujeta la cortina inmóvil con sus ondas perfectamente simétricas.
Acabo la enumeración.
Todo está en su sitio.
Y sin embargo, eso ya no logra tranquilizarme.
Observo repetidamente esta quietud perfecta, el orden elegido y mil veces ensayado para que nada se salga de lo establecido ni perturbe la calma física. La luz acostumbrada, el ambientador de siempre con esa fragancia suave pero no intrusiva, un espacio no sobrecargado y tampoco vacío, una armonía artificial. Pero esta quietud esconde algo siniestro, el silencio acecha y todo está tan milimétricamente medido por el uso y la costumbre que parece fuera de lugar, como si los objetos estuvieran a punto de saltar sobre sí mismos para liberarse, como si les temblara dentro el hastío y la rutina de estar siempre en la misma posición y sólo ser movidos para ser limpiados, como si algo estuviera a punto de estallar.
Siempre me había calmado mirar alrededor y ver que al menos en este cuarto yo podía mandar sobre el caos de ahí fuera, que aquí podía amansar mi desorden interno y jugar a las metáforas con mi mente y mis pertenencias, pero ahora hasta me cuesta respirar en esta atmósfera de pronto tan rala.
Tal vez he estirado demasiado esa calma y ahora hay un terremoto fraguándose dentro de la materia. O tal vez no es el cuarto lo que tiembla sino mi pulso y lo que va a explotar aquí dentro soy yo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Elefante

Mamá, ¿dónde están? ¿Las tiraste? Mis viejas botas grises, las de la hebilla color bronce y la suela marrón de caucho. Llevo horas buscándolas por los armarios. Sí, aquellas que me compré en esa zapatería del barrio que hacía esquina y que cerró hace unos años. No disimules, sabes las que son. Hubo una época en la que no me las quitaba. En los días claros me gustaba ponérmelas con los vaqueros y una camiseta fina porque pensaba que me hacían desentonar un poco; y en los días grises era inevitable que me llamaran desde el zapatero, ¡cálzanos!, arriba el poncho de lana y abajo ellas, pisando charcos. Tal vez las maltraté un poco, les di demasiado uso sin tregua. Por eso se les desgastó totalmente el bajo tacón cuadrado, y llegó un día en que la suela se rió de mí y se despegó, como si la bota estuviera sacándome la lengua. Compré pegamento extra fuerte y las reparé, aunque tú me decías que ya estaban feas, pero mamá ¡y eso qué importaba! En verdad me gustaban más así. Con los años las botas envejecían en el fondo del altillo, a la piel gris iban saliéndole más y más vetas, y cada otoño cuando tocaba el frío a la puerta iba a buscarlas y ellas me saludaban un poco más ancianas, más curtidas. Eran como las patas de un viejo elefante arrugado, y yo me las calzaba y me metamorfoseaba con él. Avanzaba con paso firme y animal entre los mantos de hojas caídas, con sus colores marrones, ocres y dorados, y entre ellos aparecía y desaparecía el gris veteado de la piel de mi elefante. ¿Dónde están? No me quiero creer que de verdad las has tirado. ¡Te pedí que no lo hicieras! No, no, mamá; no me repitas que sólo almaceno trastos inútiles en casa y que soy incapaz de desechar nada. Esas botas eran diferentes, eran especiales. Me da igual que estuvieran viejas, o rotas, o inservibles; me encantaban. Ahora siento como si hubieras tirado una parte de mí, como si todos los pasos que di con ellas se hubieran borrado un poco, se hubieran encaminado hacia el cementerio de elefantes. Sí, perdona... que dramatizo, sólo eran unas botas, ya sé que tengo más. Pero ningunas serán como aquellas. ¿Que por qué las he recordado justo hoy, después de tanto tiempo? No sé, ha sido un día raro. Tuve pesadillas anoche, ha amanecido nublado, me sentía triste, y entre la atmósfera cargada y una nostalgia extraña que me invadía se me ha hecho tarde para ir a trabajar. He estado media hora plantada delante del vestidor, sin saber qué ponerme, nada me inspiraba confianza, con nada me sentía bien, mira tú que tontería. Y entonces me he acordado de mis viejas botas grises. Por eso he venido a casa después del trabajo, tal vez necesitaba la fuerza de un elefante para enfrentarme al mundo hoy. Vale, mamá, no te preocupes, es culpa mía por no haber vuelto antes a por ellas. Venga, voy a ordenar los armarios. Pero no, no pienso tirar nada más.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Sin combustible

Hay cuatro grupos de personas en el autobús.

Están las parejas que se apretujan entre sí para evitar el frescor gélido del aire acondicionado y exhiben sus besos acaramelados por la ranura que queda entre los dos asientos, con más ruido del que me gustaría, con el inexistente decoro adolescente.

Los grupos de señoras que van del pueblo a la ciudad y chismorrean como gallinas, con sus bolsos cargados y sus peinados recién enlacados en la peluquería del barrio esa misma mañana, provocándome mareo por su agitada conversación y el olor fuerte de la laca.

Los hombres que van o vuelven de trabajar, con el mono de faena empolvado de tierra y las fiambreras del almuerzo, la mirada perdida por la ventana entre los campos que en otro momento del año les tocará segar, pensando quizás en cosechas más fructíferas.

Y por último, ahí estoy yo.
Con frío en el asiento, cobijándome tras mi propia sombra de payaso triste, quitándome las gafas para no poder distinguir los detalles del paisaje y entrever sólo borrosamente el fantasma de tu ciudad, justo donde estamos haciendo escala ahora.

Allí, donde vives sepultada en el silencio desde aquel último día en que nos despedimos.
Allí, donde algunas noches lejanas levantamos con palabras otras ciudades y otros tiempos.
Allí, donde cada vez que el autobús para se baja una parte de mí y corre hasta tu puerta para meter un sobre por debajo, sin remitente ni destinatario, sólo con un vacío abismal dentro que ya no se puede llenar.
Tal vez pienso que compartiendo las ausencias tu presencia se hace más fuerte. 

A veces deseo que el vehículo se quede sin gasolina justo en tu ciudad y tengamos que parar durante más tiempo, que se estropee el motor o se pinchen todas las ruedas y sea imposible continuar el viaje. A lo mejor entonces se produciría el milagro, asomarías la cara por la azotea de tu casa y me verías allí plantado, y pensarías que le he echado valor y he vuelto. Tal vez me perdonarías o tal vez no, pero sin duda ese hecho cambiaría las cosas.

Pero no. El autobús se detiene un minuto y se baja una pareja, se montan dos señoras y un jornalero, y el conductor continúa su marcha, y yo continuo el viaje entre mareos y vértigos, con el cacareo de fondo y los besos de otros en frente, hacia otro destino que ya no eres tú, porque el que está sin combustible soy yo.

sábado, 11 de octubre de 2014

Delta

Río Duero, río Duero, 
nadie a estar contigo baja, 
ya nadie quiere atender 
tu eterna estrofa olvidada,

sino los enamorados 
que preguntan por sus almas 
y siembran en tus espumas 
palabras de amor, palabras.

Gerardo Diego.

La mujer estaba sentada en el borde del banco, con la espalda todo lo recta que su edad le permitía y las piernas juntas, las manos apoyadas simétricamente sobre las rodillas y el bolso de flores colgando del hombro. El resto de su atuendo era negro y gris, al igual que su cabello, recogido en un moño bajo y ahuecado. Debía de pasar sobradamente los setenta y se erguía allí, al filo de las tablillas de madera, con la mirada perdida.
Me fijé en ella un rato después de estar yo misma sentada, apoyada en el muro que separaba el paseo de las inmediaciones del río. Había ido a caminar y tomar el aire, y elegí ese punto concreto por estar próximo a la pequeña cascada que se formaba en la corriente, fruto de un desnivel del terreno que allí presentaba dos alturas, provocando que el sonido del agua al fluir se asemejara casi al de las olas. Era además hermoso contemplar el pequeño salto del río, en el resto de su andadura casi estático, pero allí algo veloz y agitado, con dibujos y texturas en su superficie semejantes a la espuma. Si cerrabas los ojos y corría un poco de viento casi podías imaginarte junto al mar.
Permanecí allí unos minutos, observando el ir y venir de la gente, y reparé en ese elemento inmóvil que no variaba: la anciana mujer, aferrada a sus rodillas, en blanco y negro, con flores naciendo del hombro. Me pregunté a quién esperaría, pues su postura no indicaba estar, como yo, disfrutando simplemente del lugar y el momento. Estaba alerta, expectante, con ojos impacientes bajo las montañas de arrugas. O quizás no. Porque sin darme cuenta fue pasando el tiempo, el sol caía y yo permanecía allí, en el muro de piedra y con el río a mis espaldas, observando el perfil casi inerte de la mujer sólo roto por esporádicos pestañeos. Tal vez no esperaba a nadie, no esperaba nada.
Mientras mis ojos volaban de la cascada blanca de agua a la espalda de la señora, mientras el murmullo de la corriente y las pisadas por el paseo daban sonidos al atardecer, me asaltó, no sé porqué, una visión.

Imaginé a la mujer, mucho más joven, caminando por una playa, con el vello muy rubio en la parte baja de la espalda brillando al sol, y una voz grave susurrando detrás de ella, qué bien le sientas al mar. Y ella girándose, sorprendida, con las mejillas rojas, quemadas y ruborizadas, todo a una. Y él, con un traje de baño a rayas, repitiéndoselo ahora a la cara. Qué bien le sientas al mar. Y después mar adentro, nadando a la par, acercándose a un saliente de roca, buceando entre algunos corales. Y sumergidos, abriendo los ojos en el agua cristalina, mirando hacia el cielo como si fuera otro mundo, y en ese otro mundo chiquillos con bañadores de colores haciendo acrobacias sobre las rocas, su imagen distorsionada y las manos entrando al mar tratando de agarrar peces diminutos. Ese otro mundo fuera del mar viniéndose encima como una ola. Y otra vez fuera, creando dunas en la arena, y el día muriendo en esa realidad lejana y paralela, las manos entrelazadas y una promesa de sal, azul y verde. Y la puesta de sol ateriéndolos, y el abrazo más infinito y más largo del universo.
Y después, el tiempo. Después vi al gran astro apagarse, y una espalda ancha de hombre encogerse. Vi unos pies torpes arrastrándose por la arena, una camisa luchando por entrar en los brazos, aún más torpes, el sombrero cayendo al agua y la marejada alejándolo, las manos cansadas intentando abotonar con acierto, el temblor en el cuerpo y en el alma. Pero no vi ni rastro de ella.

Me estremecí y volví en mí, ya no había luz natural y las farolas se habían encendido, el río seguía fluyendo nocturno y en mi ensimismamiento la mujer había desaparecido. Me levanté del muro como quien se despierta de un sueño y miré alrededor. A lo lejos la vi, arrastrándose torpe por la calle, el hombro cansado sujetando el bolso de flores, y un temblor de estrellas sobre ella.
Regresé varias veces a aquel enclave a la misma hora, y en un par de ocasiones más coincidí con la mujer. La misma ropa oscura, el mismo porte recto sobre el banco de madera, la misma atención fija en sólo ella sabía qué, y sobre todo, el mismo sonido del río arrullándola, trayéndole recuerdos, tal vez, de un lejano mar al que ya no podía volver.

sábado, 4 de octubre de 2014

Olor a sábado

Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas,
pero mi senda se pierde
en el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
y el dolor de mi tristeza
va mojando los recuerdos
en la fuente de la idea.



Canción otoñal, Federico García Lorca.


Hace unos días me topé de bruces con un recuerdo de mi infancia. No sé qué fue lo que retuvo ese pensamiento en el aire, pero de pronto se formó una composición ante mis ojos y me llegó un olor del pasado, y la combinación de ambas sensaciones me transportó irremediablemente a una situación vivida mucho tiempo atrás, repetida casi con periodicidad cada sábado.

Me vi a mí misma con cinco o seis años ante el escaparate de una tienda, un cubo de cristal incrustado en mitad del pequeño centro comercial, cuyas paredes hasta el techo exhibían cientos de peluches ahogados contra el vidrio. Uno con otro, los juguetes peludos y mullidos se aplastaban entre ellos, luchando por un espacio para mostrarse al público, a niños como yo que pasaban por allí y se detenían ante los cristales, posando los ojos de un peluche a otro, ensimismados. Lo cierto es que de pequeña nunca me gustaron los peluches, tampoco lo hacen especialmente ahora. Escucho en la lejanía la suave letanía de mi madre diciendo que eran una fuente incansable de polvo y bacterías, y en verdad, cuando me regalaban uno, yo no sabía muy bien qué hacer con él más que colocarlo encima de la cama como adorno y observar cómo a su vez él me observaba impertérrito, casi aterradoramente. Al cabo de unas semanas el peluche en cuestión era sentenciado a una caja en el altillo del armario. No, nunca me gustaron los peluches; prefería, en caso de tener que hacerlo, abrazar un buen cojín.
El caso es que cada sábado yo empleaba unos minutos ante el escaparate poblado de ositos, perros y demás fauna rellena de algodón, mientras mi padre guardaba cola en el puesto del salazón. Cuando le llegaba el turno, yo me acercaba corriendo porque me encantaba ver cómo le señalaba a la dependienta el trozo exacto de estornino que quería, el corte preciso, la cantidad justa. Después íbamos a la carnicería, donde siempre acababa comprando más de lo que mi madre le había indicado, y esa noche cenábamos algo rico que no estaba planeado en el menú. Si hacía falta entrábamos el supermercado, y a veces dábamos una vuelta por las zapaterías. Camino a la salida pasábamos ante el puesto de copias de llaves, con su olor a óxido quemado; por el pequeño tiovivo que funcionaba a monedas y en el que aunque mi padre me lo ofrecía, nunca me apetecía realmente montarme; por delante del asador de pollos de los padres de mi compañero del colegio, el penúltimo de la lista alfabética, aún lo recuerdo, donde se nos hacía la boca agua y mirábamos con ojos lastimeros y salivando a los ejemplares dorándose en las vitrinas, sabiendo que mamá ya tenía la comida preparada y no podíamos pedir uno; y también por la taquilla del cine, deteniéndonos siempre para coger el panfleto con la cartelera de la semana, aunque rara vez íbamos. Después tocaba la vuelta a casa en el coche recalentado al sol, por aquella época el Golf blanco, con las ventanillas bajadas y la radio, y el periódico y las bolsas de la compra en el asiento de atrás.

Esos eran los olores de los sábados, antes de que mi hermano naciera y de que mis padres compraran la casa de campo. Olor a carretera y a calor, a salado y a comida, a gente entrando y saliendo, a trasiego y a movimiento. Después los sábados pasaron a tener olor a tierra, a árboles frutales, a jazmín, a granja de gallinas, a avestruces. Mucho después el olor cambió para convertirse en aroma a hogar, a regreso, a lápiz y apuntes, a comida casera, a tierra pero a una tierra distinta; y otros sábados sólo olía a ciudad y a soledad. Pero esas son otras historias. Además, hoy es sábado pero aún no sé muy bien a qué huele.

martes, 30 de septiembre de 2014

Septiembre

De repente, las playas se han quedado desiertas; 
ha refrescado un poco y se acortan las tardes. 
Hoy comienza septiembre, y la melancolía
del final del verano, puntualísima, acude 
a su cita conmigo. Hay que volver mañana
a la ciudad. En ella, me esperan las rutinas
y las viejas costumbres que me fueron haciendo
ser el que soy. Muy pronto se irán quedando en nada
los sueños que he soñado junto al mar, los propósitos
de libertad, de cambio, que, en las noches de julio
y agosto fabulé, tan fervorosamente
como en la adolescencia, a la vez que mis ojos
con asombro miraban la inquieta muchedumbre
de los astros del cielo. En la ciudad, no hay duda, 
me encontraré de nuevo cuando llegue con ése
que se quedó en mi casa mientras yo estaba fuera, 
con ése que se niega a cambiar y conoce 
como nadie mis gustos, mis horarios, las cosas
que me atan a mí mismo. Él me pondrá al corriente
de los tontos asuntos que habrá que ir resolviendo
en los próximos días. Así, sin mucha pena
y sin gloria ninguna, transcurrirá el otoño. 
Y después, de muy malas maneras, implacable,
tomará posesión de mi vida el invierno.

Eloy Sánchez Rosillo



Muchas gracias a Miguel por presentarme a Septiembre, sabiendo que en verdad ya le conocía y me reconocía en él. 
Poder leerse en los versos de otro siempre salva, como salva una buena canción. Gracias de nuevo.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Cuento de verano VII

Desde el balcón blanco de la casa que había alquilado se veía el mar a tan sólo unos metros, y la superficie de éste brillaba lanzando destellos por toda su extensión. Los kilómetros de agua se sucedían hasta perderse en un horizonte salpicado de montículos de tierra, pequeñas islas vírgenes con nombres que evocaban historias del lugar. Pelícano, Isla Blanca, La Extranjera, Isla Reto.
El destino es lo de menos, le dijo a la anónima mujer que lo atendió en la inmobiliaria. Sólo quería marcharse lejos unas semanas, a cualquier sitio frente al mar, donde no hubiera aglomeraciones de gente ni ruido.

Ahora observaba la quietud de la zona desde el balconcillo del primer piso en el pequeño adosado, rodeado de macetas pobladas de geranios rojos e hibiscus con las corolas a punto de reventar. Mecía la hamaca quejumbrosa y en la mano sostenía una copa de tinto, doce grados en el interior del vaso y más de treinta en el exterior. No se movía una brizna de viento, y el sol se posaba sobre los cactus del terreno vecino dibujando sombras punzantes y espinosas en el suelo. El silencio galopaba sobre las leves olas que chocaban contra las rocas, dispuestas formando un muro que separaba tierra y agua, acariciándolas y pintándolas de suave espuma. El hombre mecía la copa de vino aunándose al susurro del mar. Y pensaba.
Pensaba en el año que terminaba ese mes de agosto, en el ciclo extraño y vertiginoso que había comenzado hacía casi doce meses atrás y que ahora se completaba. Pensaba y temblaba, dudando a veces de que aquellos recuerdos fueran suyos, de que fuera él el hombre que miraba a través de los ojos del pasado, como si esas cosas sobre las que meditaba no le hubieran ocurrido jamás, como si pertenecieran a otro. 

Una gaviota se detuvo en la balaustrada del balcón y aleteó un par de veces antes de retomar el vuelo, pero el hombre ni se inmutó. Su mente volaba ahora lejos de allí, deteniéndose en otros lugares y en otros nombres, tal vez demasiados.
Su nariz aspiraba un aroma lejano a leche y canela, perdiéndose en los olores de aquel septiembre tardío que le sobrevino al agosto anterior; olores a playa vacía y atardeceres cada vez más tempranos cogido a su mano, olor a sal enfriándose en la piel de ella bajo el jersey de entretiempo, y después olor a fiebre y sudor bajo las sábanas. Olor a felicidad efímera. De pronto, el mes se había acabado y ella se tuvo que marchar, cuando él ya había olvidado lo dolorosas que eran las despedidas. Una cigarra perdida a la que le sorprendió el chaparrón del otoño, eso había sido él. El olor del adiós.
Llegó así la estación de la lluvia, de borrar el verano, y su cabeza se paseó entonces bajo los paraguas de otras, intentando sobrellevar de la mejor forma el temporal. En realidad nunca consiguió capearlo; por mucho que llenara su agenda de teléfonos faltos de significado y escribiera a tinta azul las cifras de la soledad, ese azul siempre le recordaba irremediablemente al mismo mar. El trabajo, el metro, los bares, las mujeres. Todo tenía un acuoso filtro azul.
El año nuevo le pilló desprevenido, congelado de frío en una sala atestada de gente que no conseguía abrigarle. Recibió la última campanada con la desamparante sensación de no sentirse parte de ningún lugar. Sentado en el balcón blanco, evocó también ese olor a champán y dulces de navidad, al perfume de las chicas que se retocaban en el baño, el olor a decadencia cuando al día siguiente se despertó en la cama con otra a la que no sabía ponerle nombre. Y aunque empezaba la época de rebajas, decidió dejar de rebajarse. Se consagró al trabajo, a hacer horas extras, a trabajar en casa los festivos. De vez en cuando llamaba a algún amigo y salían a quemar la noche y agotar las reservas de alcohol de algún antro, pero siempre volvía a casa solo.
El rompeolas seguía abrazando espumas, y el hombre, ajeno a la inmensidad del sol que apretaba en lo alto, recordaba esos meses de oscuridad y bruma, del abrigo negro tres cuartos que colgaba cada día en la percha de su despacho y no le quitaba el frío. Volvieron las golondrinas y él seguía rememorando otras primaveras. Hasta que, sin esperarlo, encontró de nuevo ese olor. Una tarde, un café, un amigo en común, dos besos de presentación en las mejillas, y el olor a leche y canela en su piel. Una mujer diferente pero la misma sensación, la misma inquietud indómita corriendo por la sangre, el mismo vértigo. Fueron unos meses buenos, la primavera había vuelto y alumbraba la oscuridad; se abrían flores nuevas y otras se cerraban. Pero ni siquiera aquello duró mucho, y la cigarra volvió a ahogarse en una tormenta de verano.

Ahora estaba allí, compartiendo una copa consigo mismo, con el tumulto de emociones y recuerdos subiendo y bajando en esa montaña rusa frente al mar, con más vértigo y náuseas que nunca, intentando ordenar en cajas el pasado para hacer frente de una vez al presente.
Cerró los ojos e intentó dejar de respirar durante un rato todos esos olores que la marea se empeñaba en seguir arrastrando, sostuvo la respiración y cuando sus pulmones no aguantaron más, absorbió una bocanada de aire nuevo y se concentró en ese olor. Notó por fin el aroma de los geranios y los hibiscus, el del océano abierto frente al blanco balcón, el del vino evaporándose al sol. Reconoció su propio olor, el del hombre que era y el que había sido, y abrió los ojos. Mirando el mar azul, advirtió un tono distinto en él. El filtro acuoso que lo hacía brillar había cambiado, Isla Reto se intuía levemente más cerca y el reflejo del sol enfilaba en el agua un camino directamente hacia ella. Se terminó de un trago la copa de vino y sonrió, al fin.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Mafalda

"Yo, lo que quiero que me salga bien es la vida."
Quino.

Eme se despierta con una cortina suave y lisa enmarcándole el rostro,
pero ella tiene el espíritu rizado y salvaje.
Eme se levanta sin rumbo y le echa un vistazo al estante de los recuerdos,
sacudiéndose un poco el polvo del corazón.
Eme desayuna y se va sintiendo más entera, aunque sea sólo por fuera,
el desasosiego aguarda dentro en un cajón.
Eme sabe bien que para desentonar con todo el mundo sólo debe sonreír,
las esquinas de sus ojos lo hacen por ella.
Eme tiene estilo hasta al andar y, sin saberlo, por donde pasa deja huella,
una persona sola en un cruce de caminos.
Eme dibuja Mafaldas en los bordes de un pentagrama aún muy vacío,
donde a veces el hastío no le permite tocar.
Eme baila y con las vueltas se sacude la nostalgia de algo que aún anhela,
mi filósofa de la música que también sueña.
Eme es una niña que nació siendo mujer y que ahora silenciosamente encierra
mil secretos que la vida se empeñó en crear.
Eme cuela acordes entre las cuerdas de su guitarra, entre barrotes de esa jaula,
y recompone en silencio una vieja canción.
Eme se merece recuperar la ilusión, una página en blanco, nueva, a estrenar,
por ella y para ella, sin peros ni laberintos.
Eme se acaba otro quinto y mira a la vida a la cara, cansada pero inagotable,
con esa actitud envidiable que la hace única.

Que a veces, quiero ser como ella, pero todas quiero que Eme sea lo que Eme quiera.
Que a veces, lo urgente no deja tiempo para lo importante, y esto es importante:
que no tenga miedo, que empiece de nuevo, que encuentre su sitio y se deje llevar,
que el tiempo le dé por fin una tregua para ser feliz y escapar.

Por eso pido, aunque sea por un rato, 
paren el mundo,
que se quiere bajar.

martes, 19 de agosto de 2014

Cuento de verano VI

Cerró las ventanas, pero a través de los cristales se colaban los rayos arrojados por los faros de los coches, deslizándose entre los arbustos que separaban el apartamento de la carretera, rebotando contra las lámparas de dentro, hacía rato apagadas, y reflejándose en los metales y superficies deslizantes, creando un juego de luces hipnótico y aleatorio. Tras la sucesión intermitente y escasa de coches se adivinaban los mástiles de los barcos del puerto, esperando trémulos y lánguidos al amanecer del siguiente día.

El único punto de luz fijo en el interior de la casa era la llama de un cigarro. El fuego devoraba el papel creciendo en cada calada, sostenida por unos dedos terminados en coral. Con las aspiraciones el punto de luz iluminaba un poco más y acertaba a alumbrar unos ojos surcados de arrugas, quizás ya viejos, pero esa noche jóvenes, perfilados de negro y muy brillantes. La boca humeante se giró hacia las ventanas, el moño bajo y medio despeinado rotando perfectamente sobre el eje del cuello desnudo, y dirigió mirada y pitillo hacia la figura que había limitado el ruido exterior. Rompió el silencio.
-Sabía que, tarde o temprano, acabarías volviendo.
La voz era potente, ligeramente temblorosa pero cortante, con un eco cavernoso que sugería que llevaba años madurando en lo más hondo de su garganta esas palabras.
La figura a oscuras sujetó una cortina con la mano, como ayudándose a mantenerse en pie, e inició a su vez un giro de cabeza.
-El puerto ha cambiado mucho -dijo mirando de soslayo por el ventanal-, aunque no tanto como tú.
-Ya sabes, embarcaciones que se renuevan, que se desechan y cambian por otras, modelos más modernos y espigados, barcos más potentes y rápidos, más caros. Peces gordos que se comen a los pequeños, bancos en el mar con diferencias abismales, bancos en la tierra que crean abismos. Somos un reflejo de lo que vivimos, yo sólo me dejo llevar.
- Llevar con la marea... Por eso ahora vistes ropa de marca y te peinas de esa manera, incluso hueles diferente, en cierto modo a poder, pero carcomido.
- Palabras agradables de reproche para una primera conversación después de... ¿cuántos años?
Sacudió la ceniza en la penumbra como sin darle importancia a los datos, la envergadura de la ausencia venía marcada en los dedos palpitantes y los destellos de los ojos. Continuó.
- Mi olor no me sustituye ni mi imagen me representa, sabes perfectamente quién soy.
El hombre se colocó entonces totalmente recto hacia ella, y en la oscuridad observó sus ojos fulgurantes, como dos brasas de carbón a punto de extinguirse que hacen un último esfuerzo para respirar.
- Te veo ahí, escondida tras la llama del cigarro, el mismo que llevas sosteniendo tantos años, y aunque asoman marcas nuevas en tu piel, sé que esas no son las que te han transformado, las que me hacen no reconocerte.
Se sintió perdido, se arrepintió entonces de haber vuelto, de haber realizado esa llamada desde una cabina del puerto y que ella hubiera contestado al otro lado, sí, aquí estoy, a escasos metros de ti, en el mismo lugar en el que me dejaste. Perdido por creerse ante una extraña.
- No tienes derecho a decirme que he cambiado, si lo he hecho ha sido por tu ausencia, no por mi presencia. No transmutes la historia, no me deformes a mí por el paso de los años. No tienes, no, ningún derecho.

Mantuvieron un rato la mirada, la de ella apagándose tras la llama indómita del cigarro, la de él suspirando y recogiendo la luz de los faros de los coches que seguían rebotando en las paredes a través de los cristales. Y un momento después dejaron de verse, de notar las arrugas del otro en las comisuras de los labios, de entender otra vez que esos mismos labios que ahora decían palabras agrias una vez fueron el aliento mutuo, anhelado y necesitado. Dejaron de verse y pasaron a imaginarse, como en un sueño etílico, cada cual vio el fantasma del pasado del otro, lo que una vez fue, lo que pudo haber seguido siendo, y como en un trance se acercaron y besaron los recuerdos, desnudaron la memoria y la dejaron caer sobre la cama en carne viva, con el corazón que una vez fue joven a flor de piel. Hicieron el amor que un día sintieron y que seguía escondido detrás de los recovecos de sus cuerpos, de una historia mucho más larga, y mientras el cigarrillo se doblaba en cenizas en el suelo y los mástiles de los barcos bailaban al compás de las olas, supieron que en realidad él nunca se había ido, aunque hubiera vuelto demasiado tarde.

lunes, 18 de agosto de 2014

Eco

Hace días que no me salen las palabras, que estoy parada inerte ante el papel en blanco sin tener nada que contar, porque todo lo he contado ya. Y no me gusta repetirme.
Ahora cuando siento sensaciones todas tienen un regusto amargo y carcomido, similar a la comida precalentada, como si todo estuviera ya sentido, como si los sentimientos se guardaran en cajas y se mandaran por encargo: meter al microondas tres minutos y consumir, intentar digerir.
Ahora la vida no se me va con lo que escribo, simplemente se va, se va y me susurra mientras se aleja, no te preocupes, volveré tal cuál me recuerdas, porque todo lo que habías de vivir ha pasado ya.
Ahora entiendo que la mitad de la vida está hecha de los recuerdos de la otra mitad, que poco a poco se acercan los años en los que no ocurrirá nada, solamente se pensará en el pasado, con esa mirada crítica y pesimista que sigue alegando que todo pasado fue mejor.
Hoy me acusa dentro la teoría del eterno retorno, pero un eco adusto me impide ver su positividad, y me reitero a mí misma que hay cosas que no quiero volver a sentir, a sufrir, porque hoy soy cobarde y no me apetecen más cicatrices que nunca terminarán de cicatrizar.
Hoy vuelven las mismas nubes de los mismos colores, los mismos arrepentimientos, la misma búsqueda sin éxito de respuestas a unas preguntas nada claras.
Hoy se detiene el hoy, el ayer, el mañana, y todo es lo mismo, el mismo vacío existencial, la misma corriente sanguínea que late por pura biología pero sin alma, sin un delta al que abrirse cuando acabe el río, mientras se va aligerando el caudal.
Ahora los tiempos verbales no existen, porque todo es estático en su repetición, y aunque consigo ver el patrón, el modelo, la malla, no atino a discernir un pequeño error en el entramado que permita escapar por él y abrir camino a un algo mejor.

Que no me gusta repetirme, y no paro de repetirlo todo. Y ya estoy cansada.

domingo, 27 de julio de 2014

El hábito no hace al conserje

La joven del tercero se cambiaba de ropa cerca de la ventana, con la persiana subida y las cortinas abiertas, incitando a la lascivia y queriéndose saber observada, no cabía duda. Acaso no había de saber ella que, por la magia del reflejo en los cristales, su silueta viajaba de ventana en ventana, y así llegaba hasta el ventanuco del pasillo, desde donde yo observaba, no por placer sino por pura coincidencia, su cuerpo esbelto y pecaminoso, sus movimientos incitantes al quitarse una prenda tras otra. Cómo no iba a ser esa una conducta reprochable, si se empeñaba en repetir ese ritual cada día a las mismas horas y a enturbiar mi paz interior con sus curvas creadas por el mismísimo diablo.
En el corredor del segundo piso había cada jueves y viernes un insoportable hedor a marihuana. Que yo no he fumado nunca, pero uno sabe a qué huele eso. Una ligera neblina desenfocaba la puerta a los avernos de aquel piso en que vivían tres estudiantes, que también montaban jaleo varias noches a la semana según me informaban otros vecinos; la música actual la carga el demonio. Aunque tenía otras muchas cosas que hacer, cuando intuía el tufillo el día previsto, me iba con mi escoba a barrer la segunda planta, no porque quisiera embriagarme de los efectos de la droga, sino por obligada responsabilidad moral y profesional. Quién sino yo había de verificar que en efecto aquellos chicos se estaban alejando de la buena senda del Creador, por si en algún momento había de dar parte a sus padres o a las autoridades.
Desde el patio de luces, cuando salía a vaciar el cubo de la fregona, observaba la colada de los vecinos, algunas más indecentes que otras, pero todas con algún elemento reprobable a ojos del Señor. Sujetadores de encaje, tangas y braguitas minúsculas, vestidos muy cortos, camisetas con escote, pantalones demasiado insinuantes, y un largo etcétera de prendas salidas del infierno de la moda. De esa guisa no se puede entrar en el Reino de los Cielos.
También desde el patio era testigo mudo y auditivo de otro tipo de acciones aún peores. Entre las paredes pobladas por los tendederos resonaban a distintas horas del día los ecos de la procreación, los gemidos rebotaban en la fachada hasta perderse en la altura del edificio, culminando en eso tan sucio y vergonzoso que llaman orgasmo. Oía los crujidos de los colchones, las quejas de los muelles y los golpes en la pared. Desde la esquina donde almacenaba los productos de limpieza para el rellano escuchaba, con distinta frecuencia y origen, los jadeos, los gritos contenidos, y todo ese torbellino de impetuosidades que me hacían sudar y removerme. Notaba en mi sangre palpitaciones y no podía hacerlas parar, y corría a refugiarme en la portería para dar rienda suelta a lo que mi carne exigía. A veces pensaba en que merecía un castigo por sentir esas cosas, pero en seguida se me pasaba. La penitencia era para otros, para los que entregaban su cuerpo a la lujuria y era por su culpa por la que yo me veía abocado a cometer una pequeña falta. No era yo el perdido, lo eran ellos.
También había otros desatinos y blasfemias en el bloque en el que yo velaba: parejas que discutían a voces y luego tenían sexo también a voces; familias que no se soportaban y pasaban por delante de mi mesa con la mirada cargada de odio; hombres en paro que se pasaban el día rascándose la barriga ante el televisor, origen de miles de males. Pero sin duda, los peores de todos, eran la pareja de enfermos del cuarto, los desviados. Me traían sin cuidado las nuevas intenciones del renovado pontífice: aquello era y sería siempre sacrilegio, un hombre con un hombre es una aberración, un insulto antinatural a la creación, al origen de la vida, a Eva y Adán.

Me crecía casi omnipotente, dueño del destino de todos aquellos infames, con sus fechorías y secretos entre mis manos, como si Dios me hubiera asignado la honorable tarea de escuchar sus pecados y redimir sus almas a través de mi juicioso y sabio tímpano.
Sí, sin duda yo era una suerte de redentor, con uniforme de conserje como hábito y un alzacuellos espiritual que me permitía verlos como a mis fieles, sabiéndome en la posición honorable de poder purgar sus conductas con mi crítica desaforada y justa, tal que el patio de luces fuera un confesionario y ellos unas ovejas descarriadas que, sin saberlo, necesitaban suplicar el perdón de su pastor.




(Aclaración que creo innecesaria, pero por si acaso, más vale prevenir que curar:
Entiéndase este texto como una crítica satirizada a la hipocresía de algunas personas con creencia cristiana. Las palabras, aunque escritas por mí, no son obviamente compartidas. No pretendo tampoco generalizar ni insultar a la moral religiosa, es sólo un personaje, bastante indeseable por cierto, salido de mi imaginación, aunque quizá sea más real de lo que me gustaría).

lunes, 21 de julio de 2014

Anclas

Mónica sostiene el cigarrillo entre los dedos y lo hace bailar como la experta fumadora que es, entreabriendo a cada minuto los labios, suspirando bocanadas de oes que su media sonrisa, torcida en una mueca, se encarga de acentuar como la primera vocal de su nombre. Guille ahuyenta el humo y sus pensamientos en la otra esquina de la mesa, esgrimiendo su perfil taciturno ante un Andrés más enfrascado en la cerveza que tiene ante sí que en el gesto adusto de la nariz de su colindante. A mi lado está Mar, con las rodillas flexionadas contra su pecho, en una postura que habría resultado tierna para alguien de menos edad y más dulzura en el rostro. Mar es una tormenta en mitad del océano y nosotros el resto de la tripulación de un barco que naufragó hace mucho tiempo.

Alguien rompe el silencio. Qué fue de aquel, de Martínez, ¿os acordáis? Otro le contesta que hace poco lo ha visto en no se cuál panadería llevándose cuatro baguettes, que debe tener familia o gustarle congelar el pan. Brillante deducción, apunta el primero con ironía. El resto calla y mira al horizonte que se esconde tras la barra del bar. Le pido una calada a Mónica. De nuevo silencio y de fondo el tintineo de los vasos y copas del resto de clientes, escasos, escalados.
Se suceden breves conversaciones parecidas, que casi no pueden catalogarse como tales y que se secan en las gargantas antes incluso de ser lanzadas al aire. El otro día vi a fulanito, os acordáis de aquella otra, nosequién se divorció, la madre de éste sigue en el hospital, no he vuelto a saber nada de esa mujer. El hastío corona nuestras cabezas como nubarrones de un otoño gris, la erosión de la monotonía, de volver una y otra vez sobre los recuerdos ya analizados en ese mismo bar durante demasiadas tardes, sobre la misma gente conocida, el humo negro de los cigarros de Mónica y la tempestad de Mar formando más nubes sobre nosotros, el alcohol suave en las venas agriándonos el carácter.

Ellos se empeñan en seguir quedando de tanto en tanto para, dicen, ponernos al día, comentar qué hay de nuevo en nuestras vidas, pasar el rato. Yo accedo por pura inercia, por la costumbre, pero no sé dan cuenta de que hace mucho que no tenemos nada que contarnos, nada no reiterativo que añadir.
Andrés y su promesa de que beberemos unas pintas me hacen recular los días en que me niego a acudir al bar, siempre el mismo, desde hace varios lustros. Cuando me siento en el banco de madera desgastado y huelo los mismos olores de siempre, el aftershave de Guille y la colonia barata de Mar, la ranciedad vieja del local, me arrepiento de haber ido. Después me pierdo entre los trazos hechos a cuchillo en la mesa, los nombres garabateados que me sé de memoria, las parejas que hace décadas plasmaron su amor adolescente en las tablas de aquel bar, cuando también nosotros éramos jóvenes y vivíamos las batallas en lugar de rememorarlas.

Me dedico a despegar la etiqueta de la cerveza aspirando lo que respira Mónica, tragando lo que bebe Andrés, oliendo lo que despide Guille, ahogándome en las aguas de Mar.
Somos una tripulación fantasma, perdida en las aguas del tiempo que creímos se detenía para nosotros cuando en realidad nos estaba atrapando, y ahora no sabemos escapar de él.
Somos anclas que recalaron en un puerto y olvidaron su condición de navegantes, las algas se han encaramado a nuestros cuerpos como lapas, dejando un esqueleto submarino que ya no se puede levar.
Somos fósiles marinos de ciudad, moluscos con la caracola cementada a este bar oxidado lleno de cofres que hace siglos se vaciaron de tesoros por descubrir y nunca volvieron a llenarse.

A veces, días como hoy, mientras Mónica dibuja una o con tilde en el aire y Mar mira aburrida alternativamente a Andrés y Guille mientras se abraza las rodillas, me despego de ellos por un instante y dirijo la vista hasta el horizonte sepultado tras la barra, creyendo intuir un ojo de buey por el que se observa un cielo claro, un tímido rayo de luz que indica que puede reanudarse el viaje a bordo de este velero sin velas. Segundos después, me pega la realidad en la cara, y por la ventana sólo veo los grises nubarrones que vaticinan la llegada de las primeras nubes de otro otoño.

viernes, 4 de julio de 2014

Premonición

Entra al baño de su apartamento y ni se molesta en cerrar la puerta, está sola. Se sienta en la tapa del inodoro y se sorprende de que sus rodillas estén tan altas y flexionadas, entonces repara en los tacones de ocho centímetros que ya ni recordaba que calzaba. Se los quita y los lanza a una esquina, dejando al aire sus talones con heridas; las visibles. Apoya los brazos en el lavabo sentada aún y entierra la cabeza en ellos. El peinado se le ha deshecho, el rímel corre por sus mejillas formando una acuarela expresionista y tizna de negro el mármol blanco, una metáfora en color de lo que ha sentido esa noche, y otras.

Abre el grifo y escucha el agua caer, que moja las puntas de su cabello y salpica con breves gotas los antebrazos. Su rumor líquido la relaja, es el único sonido que resuena a esas horas de la madrugada. Intenta respirar pausadamente cómo le han enseñado tantas veces: inspira, espira, inspira, espira, deja la mente en blanco. Pero el aire que insufla le escuece en el recorrido desde la garganta hasta sus pulmones, son dagas que le arañan la laringe, como si en vez de en su cuarto de baño se encontrara corriendo en mitad de una tormenta de nieve y el viento gélido le cortara la respiración.
Busca en el bolso que aún lleva colgado los tranquilizantes y se lleva el bote a la boca. Se mete varios y los traga con agua ayudándose de la palma ahuecada de su mano. El grifo del lavabo sigue llorando. Ella llora, repinta el lienzo de su rostro, respira ahogadamente, vuelve a enterrarse entre sus brazos.

Al cabo de un rato comienza a sentir una calma extraña, no de sosiego; es una especie de parón, un mareo selectivo. Los objetos están quietos, ella también, el mundo se ha parado en seco y sólo continúan existiendo el grifo y el agua cayendo. Intenta alargar la mano y pone el tapón del lavabo. A los pocos minutos, éste empieza a desbordarse y su vestido se moja, siente un poco de frío pero en seguida lo ignora; el frío y el miedo han dejado también de existir.
Decide tomarse unos cuantos sedantes más, y en un instante de lucidez, mira hacia la puerta que había dejado abierta, se levanta tambaleante, y la cierra. La madera está bien sellada, su madre se encargó de arreglar las rendijas para que no se colara el frío mientras usaba el baño. El agua sigue fluyendo y su murmullo la relaja tanto, tanto... Necesita más. Abre al máximo el grifo del bidé y el de la bañera.

Al erguirse por última vez contempla el lugar donde debiera estar su reflejo en el espejo del armario, y no alcanza a ver absolutamente nada. Abre la vitrina y saca otro tarro de pastillas. Se toma doce esta vez, una detrás de otra, sus propias campanadas con cascadas de fondo, cascadas de agua borboteantes, cristalinas, el agua que todo lo limpia y todo lo cura. El agua estancándose en la habitación, subiendo por las paredes, y ella hecha un ovillo en el suelo, formando parte intrínseca del cuadro, respirando ahora oxígeno mezclado con dos de hidrógeno.
Entonces, de nuevo, el silencio.





Se despierta empapada en la cama y escucha un estruendo de tuberías encima de su cabeza. Sus vecinos han debido tirar de la cisterna.

miércoles, 25 de junio de 2014

Recuerdos de Bélgica 2: Laundry time

Ahora que miro atrás, me maravillo de que fuera capaz de acometer aquella empresa y no odiarla. Al contrario, me encantaba. Mi espalda aún se resiente; mis recuerdos y buenos momentos, no.

Y es que en Bélgica, especialmente donde yo vivía, lo de tener lavadora en casa es un mito urbano. Y ya si es un piso o residencia de estudiantes, apaga y vámonos. Por eso hay decenas de pequeñas lavanderías desperdigadas por toda la ciudad, abiertas todos los días del año, con precios razonables.
Yo tuve la "suerte" de tener una no muy lejos de casa, con el añadido de estar al lado de un supermercado bastante barato. También había un gimnasio, pero eso ni lo pisé; ya me parecía bastante ejercicio tener que echar el viaje cargada hasta allí. Porque la otra cara de la moneda, la de la mala suerte, era que mi vivienda se encontraba en una parte en pendiente de la zona; y muy, muy en pendiente.
Así, el camino hacia la lavandería era un paseo principalmente agradable: cuesta abajo, al hombro una bolsa grande del Ikea hasta los topes de ropa, sábanas y toallas, y en la mano contraria un carrito de la compra muy bohemio, con ilustración de la Tour Eiffel incluida. Al principio, en la otra mano llevaba el paraguas; al final me resigné a mojarme. Se convirtió en una rutina feliz pasar por delante de la gasolinera, con su eterno anuncio de bollos recién hechos (a ver quién se lo creía); torcer y bordear un bloque de estudios con las ventanas abiertas insinuando a los estudiantes dentro, haciendo de todo menos estudiar; observar la fachada de una de las casas, verde y viva, completamente invadida por una enredadera que a la vez daba sensación de vida y de ahogamiento, un rostro de hojas que la engullía; después, cruzar por una colina hecha jardín y embarrarme las botas de agua (más de una vez resbalé) hasta llegar a la explanada de césped contigua al establecimiento. En cambio, la vuelta a casa, ahora con el carro cargado, cuesta arriba, y casi siempre con el viento y la lluvia en la cara, era un pequeño infierno. Pero ese infierno estaba en Bélgica, y merecía la pena.

Una vez que llegaba a la lavandería, empezaba un ritual que en verdad echo de menos. Primero, seleccionar una máquina vacía, siempre la que tuviera un número que me gustase, a veces soy un poco supersticiosa; meterlo todo corriendo procurando que nadie, si lo había, viera mi ropa interior, en un absurdo arranque de pudor femenino; pagar y a girar. Segundo, tras inspeccionar el lugar y concluir que nadie parecía un ladrón de sujetadores españoles, echaba a correr al super, compraba, y en el último momento añadía al carrito, aunque intentara controlarme,  un paquete de waffles o de galletas de chocolate. Y el tercer paso, el más maravilloso y anhelante: me sentaba delante de las lavadoras, con el antojo dulce del día en el paladar y un libro en la mano, aunque he de reconocer que casi nunca conseguía leer mucho. Acababa quedándome ensimismada, contemplando los giros hipnóticos del centrifugado, recordando irremediablemente aquella estupenda película, y pensando que yo pediría, por favor, sesenta y cinco minutos más. Pero entonces sonaba el pitido que anunciaba el fin de la colada, y el cuarto y último paso consistía en rezar para acertar a la primera el tiempo que necesitaría la secadora para hacer su trabajo. Acababa yéndome con la ropa medio mojada, porque, en fin... se iba a humedecer de nuevo por el camino.

También conocí a gente en aquella lavandería. Recuerdo a un chico español, de Valencia, con el que hablé de la crisis, de las becas, de política; hasta intercambiamos el facebook por si necesitábamos algo, nunca vienen mal contactos natales en tierra extranjera. También a una joven alemana, muy simpática, creo que se llamaba Julie, con la que estuve toda la hora charlando de cosas sin importancia. Había indios y asiáticos que te preguntaban por el funcionamiento de las máquinas, negros afables con música en los oídos (perdón por no usar el eufemismo, pero yo considero que todos somos de color), ancianas que doblaban con parsimonia la ropa antes de irse y te dedicaban sonrisas. Gente de toda clase, edad y condición. Una única vez coincidí con el dueño, pues allí nunca hay nadie y los únicos vigilantes son las cámaras de seguridad. Era un hombre grande y robusto con un bigote grisáceo y generoso.

En fin, que me gustaba aquel lugar, con sus carteles de instrucciones en flamenco, inglés y francés, su máquina expendedora de detergentes y suavizantes, la tele sin volumen y con subtítulos de los que sólo entendía palabras sueltas, las lavadoras que por momentos parecía que iban a estallar. Eran ratos gratos, de intimidad personal, y también una forma de fundirse con su sociedad y comprender sus hábitos y su carácter. 


No para de venirme este recuerdo belga a la mente estos últimos días de forma inevitable. Porque resulta que me he cambiado de vivienda, y ésta en la que estoy no tiene lavadora. Resulta también que, casualmente, causalmente, estos meses atrás se han abierto, de forma inaudita en Murcia, unas cuantas lavanderías; en concreto, una cerquísima de donde ahora vivo. Y resulta, que lejos de ser un fastidio, estoy encantada, y deseosa de poder acercarme allí, con un libro y una sonrisa, a relajarme obligadamente, durante ese rato en que la vida se para en seco para después girar y te deja contemplarla de otra forma.

Esto es lo que yo recuerdo y cómo lo recuerdo van Belgïe, de ma Belgique.

martes, 17 de junio de 2014

Otra vez

Otra vez a limpiar tus labios de la copa,
las huellas dactilares de tus pasos
y las pisadas en mi piel de tus manos.
Otra vez a recoger del suelo tu ropa,
a borrar tu perfume con otro que lo tape
y que siempre huele a fracaso.
Otra vez a morderme hasta sangrar a mí mismo la boca,
a sujetar el teléfono y exigirme cállate,
a intentar frenar el desenfreno.

Otra de muchas, escasa,
incoherente, anhelada,
sólo otra.

Otra vez a pretender quitar tu marca del sofá,
a llevar los muebles del corazón al desguace
y que salga a devolver y en negativo.
Otra vez a esquivar pesadillas en la noche,
la noche desestrellada y la falta de sueño,
los sueños encerrados en jaulas de cera.
Otra vez esa mirada insincera y en números rojos,
otra vez a barrer los despojos
que apenas quedan entre tú y yo.

Otra de cientos, más de cien mentiras,
la verdad hecha pedazos,
la hipocresía.

Otra vez la madrugada extinguiéndose
y yo a medias entre un poco y la nada,
la interminable insuficiencia destartalada.
Otra vez el mismo fuego que se congela,
la incomprensión, la incurable dolencia
que aún no sé aprender a tratar.
Otra vez tu saliva tibia entre mis dedos,
otra vez yo intercambiando en el poema los papeles
para intentar que duela menos.

Otra de tantas, única como todas,
pero, al fin y al cabo,
sólo otra.

sábado, 14 de junio de 2014

Tarde para cambiar.

Supe que había llegado demasiado tarde, que todo había cambiado, que ella no había estado ni estaba sola.

Lo supe por la vajilla, escurriéndose a pares en la encimera: dos tazas, cuatro platos, dos copas. Por los albornoces colgando inertes en el baño, sugiriéndome formas de morir más halagüeñas que esta muerte lenta que me estaba sucediendo. Por los cepillos de dientes, verde y naranja, besándose sin pudor tras el cristal del vaso. Por las revistas variopintas apiladas en el bajo de la mesa, de temas que ella nunca leería. Por los dos paraguas enlazados en la entrada, fundiéndose en uno que salvaría de la mayor de las tormentas; pero no a mí. Por las breves notas pegadas en el frigorífico.
Lo supe por el desorden ordenado reinante, atípico en su habitual orden desordenado. En general, por detalles imperceptibles que se habían creado y por otros que ya no estaban. Por el olor diferente, el color sensorial trastocado del lugar, las nuevas vibraciones, la atmósfera desconocida... Por esas cosas que se sienten pero que no pueden explicarse, al menos con palabras.

Pero sobre todo, lo supe por su forma de mirarme, de deslizar sus pupilas a través de las mías como si ya no pudieran verme, jamás igual que antes. Los ojos de un fantasma que me traspasaban como si yo no estuviera allí, quizás en verdad no estaba, y que graznaban en silenciosas cuchilladas, imitando al cuervo de Allan Poe, nunca más.


Amaral.