viernes, 28 de febrero de 2014

A tu nombre le falta mi voz

A tu nombre le falta mi voz.
A tu aliento le falta mi eco.
A tus manos les falta mi cuerpo.
Faltan tantas cosas que ya no queda nada,
ningún resquicio donde resarcirme
de tanta pérdida
desbocada.
Desbocada.
Como un caballo al que le desregalan
unos dientes para morder del árbol
del pecado
tu manzana.

A tu futuro le sobra mi pasado.
A tu espalda le sobran seis arañazos.
A tus cartas les sobra mi remitente.
Y aún, aún en este vacío tan candente
las sobras de una pasión
refulguran
asfixiadas.
Asfixiada.
La llama que no quisimos ver lamida
ha mutado y a sí misma hoy se llama,
se pone en espera,
y se apaga.

domingo, 23 de febrero de 2014

La ratonera

Al principio no fui capaz de desentrañarlos y los ruidos simplemente se sucedían a distintas horas del día, pero poco a poco he ido dándoles forma y asignándoles una historia.

Podemos decir que habito en una suerte de caja rectangular, en la que a veces me siento como un ratón compartiendo espacio con otros roedores, los pasillos de mi edificio son largos y llenos de puertas que amplían esa sensación de ratonera. Esos otros ratones hacen algunos ruidos, y aunque antes me importunaban, he tomado por costumbre adornarlos y transformarlos en sonidos llenos de literatura, nostalgia y sonrisas.

Desde el techo me llegan pulsaciones de tacón de aguja, normalmente a mediodía, durante un rato bastante largo. He pensado alguna vez en sacar mi vena filantrópica y regalarle a la desconocida un par de mullidas zapatillas, pero no puedo dejar de deleitarme en ese latido tan armónico y bien pausado, como si en verdad estar en su casa con tacones durante dos horas fuera la cosa más cómoda del mundo. Me gusta imaginarme a una mujer espigada, de edad madura, que deja el maletín en la mesa al entrar y se pone un delantal para hacerse la comida sin descalzarse. El estilo se lleva hasta en la sopa.
En la pared de la derecha se oye poca cosa, pero de vez en cuando, en las horas más insospechadas, a veces incluso de madrugada, una lavadora vibra como loca haciendo temblar mi tabique. Desde aquella peli sobre una vida y unos cuantos minutos y desde mis horas belgas en la lavandería, le tengo mucho cariño a las lavadoras; aunque a veces confieso que me da miedo que el bambaleo me tire la casa abajo. Fantaseo con que ese tambor esté lleno de calcetines, cientos de calcetines, todos mezclados y buscando a su par, algunos solteros esperando un nuevo matrimonio, otros viejos con agujeros pensando en si será ése su último lavado. Creo que allí debe vivir una chica joven que hace locuras y pone lavadoras a las tantas mientras cocina pasta aún borracha.
A la izquierda, vive un televisor que sólo parece emitir los partidos de fútbol. Gracias a él sé cuando está mi hermano en el sofá de mi (verdadera) casa agitando en alto el papel de la quiniela, seguramente blasfemando e insultando al árbitro por haberle hecho perder otros cuatro euros. Yo sigo siendo paciente, me ha prometido que cuando acierte y se haga millonario me comprará todas las libretas de Paperblanks que quiera. El caso es que cada vez que oigo el aparato encendido me imagino a un hombre mayor que ha decidido aislarse del mundo televisivo, de sus shows y sus mentiras, de las noticias, de las malas y las buenas, y que sólo usa la caja boba para distraerse viendo a unos cuántos tíos correr tras una pelota mientras él desconecta y se bebe una Estrella Levante muy fría. A veces imito al personaje que he creado y brindo con él y con el rumor de su televisor.
Por último, la pared de en frente, mi favorita. Los sonidos que provenían de ella han cambiado durante estos meses: antes tenía voces extranjeras y ruidos de muelles y jadeos; ahora, suena algo mucho más especial y único. Cada día, muy temprano, me despierto con un golpeteo extraño, colindante a mi cama. Un ruido arítmico: unos cuantos golpes breves, normalmente tres, un espacio corto de silencio, los golpes secos de nuevo, y así durante un rato. No tengo ni la más remota idea de cuál puede ser el verdadero origen de ese ruido, pero sé el recuerdo impagable que me viene a la cabeza cada vez que lo escucho. Una casa en la playa. Un abuelo en el aseo. Una nieta expectante en el pasillo para contemplar el ritual. Una brocha mojada en espuma de afeitar. Una mano de carpintero dibujando círculos en una piel aún joven. Una navaja experta suavizando esa piel. Y entonces, los golpes en el lavabo tras enjuagar los utensilios para eliminar los restos y sacudir el agua. Uno, dos, tres. Y vuelta a empezar para pulir el rasurado. Ahora, diez años después, escucho sonidos parecidos que me recuerdan esos días de sal y cuentos en la terraza tras el afeitado. Y aunque la ropa interior del tendedero en el patio de luces desvela que en ese lado de mi caja de zapatos vive una chica, prefiero seguir soñando con un abuelo que se quita veinte años de encima mientras crea cuentos.

Éstas son historias inventadas a las que no les he puesto rostro y de lo cual me alegro. Cada vez que salgo de mi estudio, antes oteo por la mirilla y compruebo que no haya luz en el pasillo, espero y aguzo el oído para asegurarme de que no se oyen pasos en la lejanía, pues no quiero desbrozar mis cuentos sonoros y prefiero continuar compartiendo mi ratonera con esas vidas anónimas, para sentir que la mía también sigue siéndolo y poder preguntarme: ¿y ellos, qué deducen ellos de mis sonidos? ¿Se imaginan, por un momento, quién soy?

sábado, 22 de febrero de 2014

#13 La ladrona de libros. (Biblioteca de cámara)


Huyo de las etiquetas de "Best Seller" y de las adaptaciones cinematográficas, pero el título de este libro me perseguía desde hacía tiempo; a veces el título consigue por sí mismo lo que no hace una sinopsis. Y si está en este rincón, es porque me ha encantado. No puede no hacerlo un libro que incluye cosas como ésta:

"He odiado las palabras y las he amado, y espero haber estado a su altura".
Fuera, el mundo aullaba. La lluvia estaba sucia.

Para mí, lo original de este libro (a parte de la narradora, una dama muy letal), es que no trata la Segunda Guerra Mundial de forma directa, no muestra su crueldad y su horror gratuita y forzadamente, sino que el conflicto y su crudeza se dejan entrever a través de los ojos inocentes de la protagonista, de las historias que se suceden en las calles de su ciudad, en los personajes que la acompañan en esta época tan dura que se nos retrata.
Esos personajes son un desfile variopinto de voces, muchas de ellas entrañables. Me quedo con la mujer que temblaba en la biblioteca, con el niño que se pintó el cuerpo con carbón, y con el padre que tocaba el acordeón y ahuyentaba pesadillas. Me emociona recordar esas voces, porque son muchas páginas llenas de amor, de amistad, de lealtad, sobre todo, de humanidad. De algo que la mayoría de veces las historias sobre el nazismo se olvidan de contar de una forma tan desde el suelo, desde una familia y su día a día.
Y si eso no es suficiente, volvamos al título: ladrona de libros. Libros, el hilo conductor de la novela, tratados como el mayor de los tesoros, que se convierten en la salvación de unas cuantas almas. No sé si alguna vez he visto una forma igual de venerar a los libros así. Es simplemente maravilloso.
Es una historia que te hace llorar por la nobleza que habita en los corazones de los que la viven, por el trasfondo histórico del que no añado nada porque si empiezo no termino de condenar sus atrocidad, por su principio y su final. Podría decir mucho más, ¡pero mejor leedla!


martes, 11 de febrero de 2014

Reset

Creo que tampoco estoy pidiendo nada del otro mundo, ¿no? Sólo necesito un poco de paz, por favor; de tranquilidad. No estoy solicitando una eutanasia, sólo quiero un sueño temporal, pero uno de verdad, en el que pueda descansar enteramente.

He probado a bloquear el whatsapp, a desactivar mi cuenta de facebook,  desinstalar twitter y cerrar el resto de mis redes sociales. He apagado el móvil y dejado al ipad sin batería, he bajado los plomos y me he metido en la cama tapada hasta arriba. Pero el problema radica en que al disco duro de mi cabeza no se le acaban las pilas y no puede dejar de pensar, de evaluar, de sentir. Este ordenador que es mi cuerpo está agotado de ordenar y de ordenarse; se encuentra bajo mínimos, en números rojos, pero por algún motivo que desconozco, por mucho que note mi cansancio extremo, es incapaz de traspasar ese 1%, aunque la pantalla no tenga ya brillo y pida a gritos con un mensaje de urgencia que me conecte al cargador.
No tengo cargador, al menos no uno que funcione bien. Recupero mis fuerzas con soluciones de poca monta que sólo duran unas horas, pues la energía no es de buena calidad, no es limpia ni renovable, y siento que me contamino por dentro cada vez que intento superar la extenuación con unas horas más de vida (operativa).
Así que, por favor, sólo pido que me dejen reposar y dormir. Suplico una hibernación, quiero poder desconectarme, aunque sólo sea un rato. Necesito que mis circuitos se renueven, que les entre oxígeno fresco y ganas nuevas de respirar. Imploro que mi sistema se pare del todo por unas horas, porque la máquina está llegando a su límite y noto las tuercas chirriar en mitad del conglomerado de aparatos llenos de cables que me rodean, de cables enrollados que no saben donde empiezan y donde acaban, que colapsan los enchufes y calientan el eje eléctrico central.
Esta sobrecarga va a provocar un incendio, el 1% no lo soporta más y manda mensajes de error a cada instante, y por más que se active el modo de ahorro de energía, en estos momentos no hay nada que ahorrar. Las reservas están extintas, las conexiones quemadas, y el piloto de emergencia encendido.

A estas alturas, sólo quiero hallar el manual de instrucciones que me diga dónde está el botón para poner en off está pesadilla y poder parar los engranajes, esperando que a su lado haya una pequeña ranura con la inscripción reiniciar en inglés. Y por más que busco, no lo encuentro.

miércoles, 5 de febrero de 2014

En el hueco de tu silencio

Tu ciudad sigue
con sol y sin jactancia
 siempre esperándote
Mario Benedetti.


¿Cómo suplo el hueco de silencio que has dejado?
Me encorvo aquí tan solo, ciego, sordo.
Las paredes de esta casa se pueblan de fisuras
y no hay tiritas en el botiquín
abandonado a su suerte en el lavabo,
donde descansan aún tus restos de carmín
que me resisto a limpiar.
El olvido es una mancha en el espejo del baño;
el espejo, un traidor que me escupe un retrato
cincelado de grietas y de arrugas,
donde una vez se vieron risueños nuestros rostros.
De noche escucho los pasos de otros,
los gemidos de otras,
un televisor encendido
y algunos gritos lejanos.
A veces pienso que el que grita soy yo,
pero estoy tan afincado en el hueco de tu silencio
que no me sé reconocer en otros sonidos que no sean
los que tú escuchaste de mí.
Me afano en poner tildes a los versos,
en corregir gramáticas y necedades,
mientras dejo pasar el tiempo intentando reunir el valor
para barrer tus recuerdos,
pasarle un trapo al espejo
y limpiar de una vez mi soledad.

sábado, 1 de febrero de 2014

Espejismo al óleo

Él tocó a la puerta, dos golpes secos, y ella tuvo miedo de abrir y dejar a la sequía entrar de nuevo.
Pero esta vez no era una tierra árida y reseca la que pedía permiso para regresar, aunque el golpeteo sonara hueco y corto; de alguna forma el manantial se había llenado y lo supo nada más verse en el reflejo de sus ojos acuosos por las lágrimas y por el pasado, que estallaba detrás de las pupilas desvelando más secretos de los que son capaces de confirmar las palabras.
Con otro golpe seco cerró la puerta tras de él, los diques estaban a punto de rebosar en forma de tormenta pacífica esta vez, y ella esperaba con el paraguas cerrado, como una bandera blanca ondeando al viento; una declaración de intenciones, una intención declarada, clara y limpia.

Si hubo tiempo que perder, no lo supieron, porque todos los relojes se pararon, y sólo horas después, cuando tuvieron que volver al mundo real, vieron como ni siquiera ellos estaban de su parte y les habían mentido, haciéndolos creer que podían ralentizar los minutos a su antojo, ahora que era tan necesario.
Pero esa tarde el desierto del espacio-tiempo estaba encerrado tras la puerta, y al otro lado, donde respiraban ellos, todo eran espejismos anhelados: los relojes no existían, ni las excusas, ni las razones, ni los despropósitos, ni siquiera los problemas. A ese lado del refugio sólo brotaba el agua, las sábanas vertían blancura sobre la oscuridad acuciante que clamaba fuera, y la nube de lluvia asomaba de poco a poco por el lagrimal, de forma necesaria y reparadora.
La tarde era un lienzo y ellos los colores. Él jugaba con el cabello de ella, tomando entre sus dedos mechones de pelo a modo de pincel, acariciando sus facciones y difuminándolas, dibujando en su frente besos que florecían y lo llenaban todo de luz. Ella se dejaba hacer, sumida en una tregua de paz de la que no quería firmar el final. La tarde era un lienzo y se negaban a dar la última pincelada.

Pero al final, llegó el final, y la puerta empezó a temblar, no pudiendo soportar más la presión de retener el mundo ahí fuera por más tiempo, por nobles o bellos que fueran los motivos. Que el mundo se para sólo para los que aman sin condición.
El lienzo de la tarde se había vuelto negro noche y en ciertas coordenadas brillaban ya tímidos algunos cuerpos celestes. Cuando resignados se despidieron fue necesario abrir el paraguas para no inundar la habitación, y pensaron que quizás, sólo quizás, podrían trazar un mapa en el cielo y dibujar, uniendo algunas estrellas, una constelación para ellos, donde pudieran algún día volverse a encontrar.