viernes, 28 de marzo de 2014

Prosopopeya gris

Afuera el frío tiritaba y se olía el asfalto recién pavimentado de la calle de atrás, que emanaba sus efluvios aún calientes dejando un espesor incómodo y sobrante en el aire escarchado. Una maleta gris, empujada en sentido contrario, había venido de allí. Había subido de uno en uno los escalones del portón, marcando un ceremonioso golpe doble en cada paso, hasta llegar a la llanura del recibidor. Entonces lo atravesó, serpenteando despacio como si sus dos ruedas se deslizaran temerosas entre raíces nudosas de árboles centenarios, dejando hilos brillantes y babosos de alquitrán como si de un caracol se tratase, adoptando su misma religiosa paciencia. Los raíles semitransparentes y negruzcos se detuvieron frente al ascensor. La maleta entró, iniciándose en una subida a cámara lenta hasta el quinto piso en una de esas, a veces anheladas situaciones, en las que el viaje a las alturas dura media vida. Cuando se abrió la compuerta se lanzó al vacío del pasillo en un salto mortal, y dudó entre derecha o izquierda, entre huir o afrontar. La inclinaron a siniestra y empezó a soltar los fuelles de sus costuras, a resignarse a dejar espacio para todo lo que nunca podría caber allí, a descodificar sus cerrojos. La plantaron ante una puerta de pino con la letra mayúscula oxidada y deseó fundirse con ella y volverse madera, echar raíces en aquel corredor y hacerse un nudo con el pasado, que fueran otras maletas y no ella las que serpentearan entre troncos de savia seca. En lugar de eso la puerta cedió, y el frío de la calle se hizo fuego en comparación con el aliento gélido que exhalaba aquel lugar. La violaron, obligándola a aceptar dentro de ella un infinito que no podía abarcar, como si aquella fuera una forma de enterrar los recuerdos. Cuando sentía que iba a reventar, algo tiró de ella y se la llevó por donde había venido, ahora con las ruedas por detrás, contemplando lo que se alejaba y no lo que venía, pasmada, mortuoria, vegetativa, terminal. Reavivó del vahído al pisar la calle de nuevo y recibir el pesado soplo del asfalto, y deseó quedarse embarrada en él, que la argamasa se convirtiera en una arena movediza y la absorbiera, sepultándola para siempre, como en aquella película de amor en que los enamorados se funden en una muerte de cemento, para estar juntos para siempre. Pero ella era una simple maleta, que albergaba ahora un sinfín de recuerdos, sí, pero, nada más. Enfiló la calle con cierta dignidad, no exenta de patetismo y desamparo, como un reo que acaba de colmarse en su última cena y se dirige, inexorablemente, a su destino fatal.

domingo, 16 de marzo de 2014

Yo, y el otro

"También dijo una cosa Paquito Medina de la que pienso acordarme mientras viva:
- Cuando te ocurre algo malo tienes que pensar que se te pasará; aunque tú no lo creas, se te pasará, y a veces te acordarás de las cosas como si le hubieran pasado a otro.
- ¿Y tú por qué lo sabes?
- Porque me lo dijo mi padre una vez."
Elvira Lindo, Manolito Gafotas.


Es curioso cómo las coincidencias hilan entre sí de las formas más insospechadas.
Hace una semana me sumergía ávidamente, en mi intento desesperado de huir del mundo real y buscar un refugio, en las páginas de una novela cualquiera que encontré en la Feria del Libro, alentada porque su título me recordaba a una de mis canciones favoritas. Resultó no ser una novela cualquiera, sino nada más y nada menos que una de Muñoz Molina, un imprescindible de las letras españolas. Huelga decir que me encantó. Suele darme "igual" la biografía personal de los autores que leo, que a veces es mejor no saber ciertas cosas que transmiten desencanto. Por eso, solía hojear lo que escribe casi a diario en su web sin investigar mucho más. 
Después de ese hallazgo, brillante pero nostálgico, cogí un Mendoza, porque siempre consigue hacerme sonreír y necesitaba algo ligero y divertido. Y en esas andaba cuando recordé los libros que más me hacían reír de pequeña, y que seguramente sean los primeros responsables de esta afición-amor-necesidad-dependencia-fascinación-devoción por la lectura: Manolito Gafotas. Y como sucede con algunas de esas cosas importantes que marcan periodos de tu vida, aunque sean nimios, y dejan poso en la memoria en forma de pantallazos o relámpagos, vino a mi mente la enseñanza que transcribo arriba. No sé porqué, pero más allá de las anécdotas que le suceden al pobre Manolito, de las aventuras, los problemas, los personajes entrañables... De entre todo eso, mi cabeza se quedó, en aquellos tiempos infantiles, con ese diálogo, que podría haber pasado desapercibido entre las múltiples caídas irreverentes y maravillosas del protagonista.
Cuando llegué a casa días después, fui a la estantería donde respiran polvo esos libros que la edad ha abandonado, a buscar el de la serie en que aparecía aquel episodio, y nada más abrir el primero me encontré la dedicatoria: "Para Antonio Muñoz Molina, mi vida". Toma ya. Que resulta que el Molina y la Lindo están casados. Y que le dedicó un tomo de esos que me dieron la vida hace años. Y que ahora las letras de él son las que me salvan la vida. Que resulta que necesitaba que me recordaran que lo malo pasará y al cabo de un tiempo parecerá, efectivamente, que le sucedió a otro.

El padre de Paquito Medina, en paz descanse, tenía razón. Tenía hasta demasiada razón. A veces tengo la impresión de que hay algunas cosas, atención, cosas buenas, no malas, que siento tan lejanas que pareciera que no era yo el sujeto. Algunas tal vez sepultadas bajo otras cosas malas que vinieron después, otras que en algún momento perdieron el brillo y fueron suplantadas por nuevas que resultaron ser lobos con piel de cordero, ciertas que simplemente se desvanecieron. No sé hasta qué punto es bueno que me empeñe en bloquear así al pasado, ni si quiero que sea otro el que vivió lo que yo viví, un otro que actúa de kamikaze y que no me pide explicaciones porque sólo habita en mi cabeza, agazapado, esperando a echar niebla sobre algunos de mis recuerdos para que no me hagan (tanto) daño.

Dijo García Márquez que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla. Supongo que en nuestras manos y en nuestra madurez está decidir qué recuerdos conservamos y decidimos afrontar, con sus partes buenas y sus partes malas, y cuáles desterramos al limbo del olvido, donde suele ser demasiado tarde para recuperarlos. No lo sé. Quizá dentro de unos años ni siquiera quiera recordar porqué hablaba de esto, y parezca que, tristemente, lo pensó otro.

jueves, 13 de marzo de 2014

Hungarian dream

I dreamt with it last night. I dreamt with that day when you gave me one of your wiser advices. It was a cold frozen midday and we were in one of our lovely post meals in the middle of the forest. (There does not exist a word in any other language than Spanish for "sobremesa"). We were talking about a difficult situation for me. And you said: Don't do it because of the rest, do it or do not do it for you, because whenever you do something you're not confortable with, or that it's against your values, you will feel miserable.
It's that the word which is stuck in my head from that moment: miserable. It's such a powerful word. And like our conversation was, as always, hopelessly, in English, when the advice comes to my mind is in the same language and pronunciation, and the reminder of the word so is. Miserable.

I've needed to think about this advice too many times from that day. That means it was a really good and useful one, but it also implies that I've had to wonder about myself and what it's good for me too much. But I've found out that the worst it's not having to take in count that tip. The truly bad part is when I forget to follow it, and then I discover myself with the word running in circles around me, like a vulture, telling me I've acted wrong, remembering me I've commited a mistake. To feel miserable because one's acts and decisions is one of the worst feelings I've ever had. Because there's no one you can blame, you can't justify yourself, it's just your fault.

So, yesterday night I had this dream, and our dialogue returned to my mind. I woke up confused, and I'm still. Cause I don't know what it means in this moment: if I've done something I should feel miserable with, or if I'm gonna do it very soon. Sometimes dreams are a sign by our conscience to sow an alert in us; others, dreams try to give us hints to figure out what we've let happen without realizing. 

I will wait till the next dream, or nightmare, or sleepless night, to solve this case. But anyway, the crows are already flying in my clouds, whispering the same damn word. Miserable... Miserable... Miserable.

jueves, 6 de marzo de 2014

Ojalá que llueva

"This morning, with her, having coffee."
Johnny Cash, when asked for his description of paradise.


Ya no recuerdo cómo pensé en empezar estas líneas, porque en verdad sé que ahora poco importa lo que pueda añadir. Esta condensación de palabras se pega a mi piel como se adhieren a un enamorado los malos presagios, y alguien dijo que el asesino sabe más de amor que el poeta.

Lo pensaba esta mañana, a solas conmigo y sin mí, mirando por la ventana mientras sostenía la taza de café, muy amargo, y volaba a mi frente aquella frase de Johnny Cash. El paraíso ahora está muy lejos, quién sabe si siquiera llegó a existir entre nosotros; eso es lo que me cuentan las gotas de agua que intuyo moverse entre las nubes, abrazadas a su esponjosidad y resistiéndose a caer, negándonos una lluvia que limpie esta ciudad y esta sensación de asfixia desde que ya no estás. 

Desde mi segunda planta se adivinan los mendigos tomando posiciones en las esquinas y en los portales, agazapándose en peldaños que son pie de ventanas de bancos y oficinas, esas que anuncian que un futuro mejor es posible, que los sueños se hacen realidad. Un hombre sujeta una caja de cartón con piedras para que no se vuelen sus escasos euros; en el cartel en que apoya su espalda raída, el famoso de turno muestra una sonrisa blanqueada y finge credibilidad. Todo el escenario que diviso me parece una farsa. No quiero bajar ahí. Ahora ese mundo no tiene sentido, si es que alguna vez mereció tenerlo.

Dando vueltas con la cucharilla, se forman torbellinos en el líquido que vaticinan tormenta. Sin leerlos, sé que los posos del café advierten que nunca volverás, que las líneas de las palmas de mis manos no eran simétricas a las tuyas, ni siquiera compatibles. Apuro el último trago deseando que sepa a whisky maltés, y dejo que mis ojos vaguen por el horizonte, si acaso esperando que las nubes se apiaden de mí y vuelva a llover café en el campo.