viernes, 25 de abril de 2014

El despertar

Se llega hasta la casa a través de un camino de tierra que bordea el mar. En aquel lado, éste es rocoso y encrespado, no hay arena ni nada que recuerde a una verdadera playa, y los márgenes están sembrados de arbustos punzantes y cactus amenazadores. Por eso es raro ver a alguien en las inmediaciones, ni siquiera en verano. Ahora es pleno agosto y el sol pega tan alto y tan fuerte que las sombras que hacen las ramas de las palmeras parecen pintadas con betún en el suelo, casi como si la tierra se hubiera abierto en grietas allí donde las hojas dibujan su silueta. 
El caserón está abandonado, le faltan paredes y algunos trozos del tejado se han desprendido; incluso no tiene puerta. Su fachada ha sido pasto del arte urbano y sirenas, criaturas extrañas y palabras ininteligibles adornan su color viejo y desgastado. Aquí y allá se ven pedruscos, trozos de metal y escombros en general. La erosión y el tiempo han hecho mucha mella en un lugar que, a juzgar por tu porte altivo, debió tener cierto esplendor tiempo atrás. Aunque la playa no sea muy acogedora, desde la casa se divisa un paisaje envidiable: una entrada ancha al mar, kilómetros de agua que sólo se ven salpicados por barcos al final de la línea que la separa del cielo. Camaleónica, la antigua vivienda se integra en el terreno, con la maleza, los palmitos y el océano abierto, haciendo que se pierda toda la hostilidad que quizás produce en una primera impresión.

Al borde del camino, ya limítrofe a la casa, descansan dos bicicletas. Una lleva una cesta de mimbre atada al manillar. Ambas se caldean inertes e impasibles al sol, mientras sus dueños se cobijan en las sombras frescas que les ofrece el interior del caserón.
Suelen ir allí casi todas las tardes desde hace muchos veranos, mientras sus respectivas familias reposan la comida y esperan a que la temperatura se suavice. Nunca les atrajo la idea de sestear, y ya de pequeños jugaban a escaparse por los alrededores de la urbanización, reinventando el escondite, cazando mariposas e insectos, u ocupándose de otros divertimentos infantiles. Un día se aventuraron a coger las bicicletas y, explorando, encontraron aquel rincón recóndito del pueblo costero que sintieron que les pertenecía sólo a ellos. Fue su lugar secreto de niños, y ni siquiera ahora, adolescentes, han dejado de regresar a él con la misma intriga y celosía, como quien guarda un tesoro, en esas horas muertas que el calor aletarga.
Y aunque en verano todos los días parecen iguales, largos y calmados, como si los relojes marcaran un compás diferente, hoy va a ser un día distinto.

En el interior de la ruinosa construcción, ella observa el mar acodada sobre unos cojines viejos que llevaron allí hace tiempo, mientras él merodea recogiendo guijarros blancos y pulidos para luego apilarlos en una esquina. Comparten un silencio cómplice, el silencio cómodo del que disfrutan los que ya saben todo el uno del otro, el silencio que no estorba sino que acompaña. Allí no hay ruido, el único sonido es el murmullo de las olas y algunos gritos de gaviotas.
Hoy la marea está baja y el mar, inusualmente, parece una balsa. Él sale y se acerca a la orilla sorteando la maleza y las rocas y se moja las manos para después echarse agua por la cara y los brazos; hace tanto calor que casi se evapora a la vez. Entonces, aún agachado, vuelve la vista hacia la casa y la ve allí, con la melena negra mecida por la brisa y la mirada perdida en algún punto del horizonte. No sabe qué es, pero algo en su forma de mirarla cambia y su respiración se hace más fuerte. Embobado, se olvida de qué estaba haciendo y permanece así, viéndola como nunca antes la había visto. Quizás pasan minutos hasta que ella enfoca los ojos y los de ambos se encuentran, y alguna parte de ellos se sobresalta. Ella también lo nota desde donde está, algo ha cambiado. Sólo los separan unos cuantos metros pero parece un abismo; se mantienen inmóviles, asustados, expectantes a la espera de que algo pase. Y en la espera sus respiraciones se agitan más. Ella frunce el ceño observándole allí agazapado, con el mar tras de él creando destellos en su piel morena, y por primera vez toma conciencia de su propio cuerpo y de la necesidad acuciante de que él la mire como la está mirando, de que nunca aparte la vista y la devore con los ojos. Inconscientemente hace un gesto, revela la urgencia, y él regresa despacio, muy despacio, sosteniendo aún la mirada.
Cuando cruza el umbral, el tiempo en el caserón en ruinas se detiene. Se estudian como extraños, como si fuera la primera vez que se encuentran, pero antes de que él llegue a donde ella está, ambos ya saben lo que va a pasar, porque en una milésima de segundo sus cuerpos han descubierto todo lo que lleva tantos años macerándose en su interior.
Ella ya conoce lo suaves que son sus labios y la delicadeza con que va a tocar y a probar cada recoveco a estrenar de su cuerpo, el tacto pajizo de su pelo y su atrayente e incipiente barba pubescente; él se sabe de memoria cada curva de su figura y adivina lo apremiantes que serán sus piernas y su boca, resuenan en su mente los gemidos aún si haberlos escuchado; los dos intuyen que la marea va a subir y el cielo va a juntarse con el mar. Todo eso ya lo saben un instante antes de que ocurra.

Afuera, el tiempo sigue su curso, ajeno a ellos.

lunes, 21 de abril de 2014

¡Impostura!

Dejé claras mis intenciones desde el principio. Yo iba a lo que iba, y se suponía que ella también. Pero había algo extraño en aquellos ratos de conversación en la cafetería de turno, algo que se me escapaba y parecía decirme, aquí hay gata encerrada.

Nos conocimos por medio de un colega común, en una de esas noches difusas entre semana de alcohol y antros sombríos, donde se agazapan en las esquinas barrigudos con maletín. Yo carecía de lo primero pero portaba lo segundo, en la otra mano una copa que apuré de un trago antes de cogerla por el codo y sacarla ansioso de allí. Aquella noche lo hicimos en mi casa. Rompí mi regla en la impaciencia de culminar la jugada rápido. Pero después de aquello no repetí el error, y en las ocasiones siguientes íbamos siempre a algún hostal de poca monta que pagaba yo. Cero romanticismos, cero riesgos de que me pidiera quedarse a dormir.
A ella la pareció bien todo lo que le expuse la mañana después del primer escarceo. Yo sólo buscaba una distracción, no quería ni querría nada más, mis motivos eran míos y mis reglas, para ella, si quería. Aceptó y todo empezó a fluir bien. Quedábamos en un bar o un café para beber algo, tampoco me parecía adecuado ir directamente al asunto, y después nos dirigíamos a la pensión más cercana. Para mí ella era sólo un cuerpo, y yo tenía una sed que calmar que la bebida no me saciaba.
Sin embargo, a medida que siguieron los encuentros, las conversaciones vacías dieron paso a largos monólogos de mi parte, y ella me atendía absorta. Sin darme cuenta, le empecé a hablar mucho de mí, el alcohol me soltaba la lengua y la costumbre me hacía encontrarme en confianza, aunque a la vez percibía esa sensación rara, como si ella tramara algo, aunque en verdad se limitaba a escuchar. Le contaba mis problemas en el trabajo, mis aficiones, criticaba al gobierno y a sus medidas, blasfemaba del país. Del presente pasé al pasado, hablé de mis fracasos, de mis derrotas y traumas, sin quererlo le di una explicación a mi actitud y posición con ella, pero yo ni me enteré: hablaba como quien le habla a una grabadora. Con las semanas, comencé a darle detalles de mis sueños frustrados, del futuro que deseaba en mi cabeza, me enajenaba con el vaso en la mano y su sombra borrosa frente a mí. Siento decirlo pero ella seguía siendo sólo un cuerpo y yo en ocasiones me sentía una Sherezade, que no buscaba sobrevivir una noche más sino liberar primero sus palabras y después sus hormonas. Le conté cientos de cuentos reales durante esas mil y una noches.

Pero entonces, un día apareció en el bar vestida de blanco, me dijo que estaba enamorada de mí y que tenía que casarse conmigo, que estábamos hechos a medida el uno para el otro, que sabía todo de mí y yo me había metido dentro, en todos los sentidos y ahora no podía dejarme salir.

Me largué de allí corriendo.

viernes, 18 de abril de 2014

Gracias, coronel

Así es -suspiró el coronel-. La vida es la cosa mejor que se ha inventado.

jueves, 17 de abril de 2014

Carta en el buzón de espera.

Me prometiste que no pasaría nada, pero aquí me encuentro, con la desazón pintada en el rostro. Llevo demasiado tiempo esperando, y no ceso de preguntarme, ¿a qué esperas tú?
Dijiste que todo estaría bien, que sería rápido, que en breve volverías a mi lado de nuevo; en vez de eso, me desvanezco cada día un poco más, noto que mi cuerpo disminuye densidad, como un globo perdiendo aire, soltando lastre. He pinchado y descarrilo, la inquietud habita mis avenidas por lo demás desiertas.
No me gusta la respuesta que me da el silencio cuando le interrogo exclamando, ¿se habrá olvidado de mí? Esa respuesta callada me hace languidecer. Entonces siento que me esfumo, que a ratos soy sólo humo, un mero recuerdo, una vaga presencia que camina de puntillas mientras la habitación se hace inmensa y me traga.
Si tú no estás para mirarme no existo en los espejos. Si no me tocas no soy carne, si no me hueles no expulso aliento, si no me escuchas no tengo voz. Tal vez he olvidado quién soy mientras esperaba para volver a serte.
Y es esa espera la que me asesina, consciente e impasible, como un dibujante que corrige trazos y los difumina con el dedo, o los borra y vuelve a dejar el papel en blanco. Mis esquinas se vuelven diáfanas, mis rasgos inconclusos; existo a medias, soy casi un ser incorpóreo que lucha por hacerse materia imaginando que cruzas de una vez la puerta. En lugar de eso los fantasmas atraviesan las paredes, mueven las cortinas con una cadencia siniestra, imitan tus labios deletreando cosas que no quiero oír, cierran grilletes negros en torno a mis tobillos traslúcidos para que no pueda escapar. Me están ganando.
No, no fueron mentiras. No. Pero entonces, dime, a qué estás esperando, por qué siento que el pasado se borra. Dime, por qué ya no te acuerdas de mí. 


Encontré estas líneas en una nota a medio doblar al lado de un sobre vacío, no le dio tiempo a escribir el destinatario; debió desvanecerse suspirando con los dedos las últimas palabras, y desapareció.




Epílogo (in)esperado

Pero del buzón de su casa, aquél que no bajó a revisar antes de evaporarse, sobresalía una postal. En el reverso de la fotografía del paseo del puerto se leían unas líneas apresuradas, que formaban carriles evocando el bidegorri.


Tú y yo reescribiremos las fechas, y el miércoles, que viene, será de ceniza. Porque sólo quedará eso cuando nos juntemos. Porque saltarán chispas, y está latente, bajo nuestros corazones, el fuego ardiente y desesperado que originará el desastre. Te quiero, y nada se diluye, porque nuestro amor no es una acuarela, sino una escultura sincera. Espérame, estoy corriendo, te estoy recorriendo. No habrá censura. Ya llego. Espéranos.

domingo, 13 de abril de 2014

Susurros

Hilas.
Como una aguja que cose heridas
y pincha, a veces pincha,
pero un pinchazo suave
placentero
intenso y loco
orgánico y orgásmico,
como si la condición natural de la piel
fuese ser cosida por ti,
como si la recepción natural de la herida
fuera tu hilar.

Giras.
Te enredas en un tejemaneje de estrellas
girándote en torno a mi eje,
y ruedas sin ruedas
psicodélica
coloreada e indómita
salvaje y horizontal,
generando una avalancha de riesgos
que estoy dispuesto a tomar,
consciente mi inconsciencia de que eres tú,
la mejor meta eres tú.

Aunque seas demolición.

P.

miércoles, 2 de abril de 2014

Peces de estación

Tiene el pelo ralo y le empieza a escasear por la frente, lo lleva peinado hacia atrás y sus cabellos parecen hilos de pescar de distintos tonos grisáceos, tirados por algún marinero desde su cabeza hasta el mar de su cuello. Un bigote espeso le corona el labio superior que ahora se tuerce en un gesto que nunca reconocería como compungido. Usa gafas de cristal grueso y patillas color antiguo, tras ellas se entrecierran unos ojos casi celestes enmarcados de arrugas y pesares. Chaqueta marrón de ante, de esas con muchos bolsillos, pantalón azul de chándal, zapatillas Nike manchadas de tierra; el conjunto de los domingos. De uno de los bolsillos extrae un paquete de Winston y se enciende un cigarrillo. Se lo lleva a la boca una y otra vez, creando ondas de humo que se asemejan a su cabello y que encuadran su cara entre las nubes de la tarde. Mira al horizonte mientras espera en la estación.

Acaba de ayudar a su hija a subir al tren. Le ha colocado la maleta, la ha acompañado hasta el asiento y le ha dado un beso fugaz acompañado de un "que vaya bien la semana", "gracias papá, la tuya también". No añade que la echará de menos, ni que la quiere, ni que se hace diez años más viejo cada vez que la ve marchar.
Ahora espera en el andén, en frente de la máquina que se lleva a su pequeña, ya no tan pequeña, y fuma tabaco y despedidas mientras pasan los minutos hasta que la locomotora arranque. Se mantiene erguido, intenta guardar la compostura, pero de vez en cuando mira nervioso el gran reloj forjado y, cuando se da cuenta de que es casi la hora, se acerca a la ventana del tren. Golpea el cristal pero ella no le ve, está concentrada tecleando algo en su móvil, y el cristal le devuelve su propio rostro cansado entremezclado con los rasgos borrosos de la versión más joven que un día fue. Él agita la mano inútilmente y hace amago de subir de nuevo al vagón para volver a despedirse. Pero en lugar de eso se aleja, cabizbajo, luchando por mantener el aplomo.
Desde mi posición de observador ajeno ya no le veo, ha salido de mi ángulo de visión. Pero sé que en realidad no se ha ido. Le intuyo encorvado al final de la estación, aspirando un cigarro tras otro con dedos cada vez más temblorosos, aguardando a que el tren se ponga en marcha y acelere hasta convertirse en un punto remoto entre las vías de hierro. Entonces volverá a casa, sintiéndose derrotado aunque también orgulloso, a un hogar medio vacío, a hacer frente a la ardua tarea de volver a acostumbrarse a su ausencia.

Veo esta historia repetida cada semana desde hace casi cinco años. Los rostros, las edades, los comportamientos son distintos, pero en el fondo son iguales. Y de cada historia que imagino, de cada emoción que analizo, extraigo una misma sensación que recojo y se multiplica dentro de mí conforme pasan los meses. La sensación es que el tiempo nos toma el pelo, y es él quien lanza cañas de pescar trenzadas de hilos grises y canosos a una velocidad injusta y apresurada, es él quien enciende el combustible de los trenes con un fuego especial que los acelera demasiado, es él quien tizna los pulmones de adioses y cambios inasumibles.

Sólo ralentízate, al menos esta vez, le digo al tiempo cuando a la semana siguiente vuelvo y mi madre me espera impaciente en la estación, rodeada de otros tantos que reparten abrazos y saludos. A lo lejos distingo una chaqueta marrón de ante que aprisiona entre sus brazos a alguien que ha bajado del tren. Y la vida vuelve, por unos días, a sonreír.


COLABORACIÓN: Distintas velocidades pero el mismo amor.
La historia desde otros ojos con la voz de mi amigo el gran José Javier.