miércoles, 27 de agosto de 2014

Mafalda

"Yo, lo que quiero que me salga bien es la vida."
Quino.

Eme se despierta con una cortina suave y lisa enmarcándole el rostro,
pero ella tiene el espíritu rizado y salvaje.
Eme se levanta sin rumbo y le echa un vistazo al estante de los recuerdos,
sacudiéndose un poco el polvo del corazón.
Eme desayuna y se va sintiendo más entera, aunque sea sólo por fuera,
el desasosiego aguarda dentro en un cajón.
Eme sabe bien que para desentonar con todo el mundo sólo debe sonreír,
las esquinas de sus ojos lo hacen por ella.
Eme tiene estilo hasta al andar y, sin saberlo, por donde pasa deja huella,
una persona sola en un cruce de caminos.
Eme dibuja Mafaldas en los bordes de un pentagrama aún muy vacío,
donde a veces el hastío no le permite tocar.
Eme baila y con las vueltas se sacude la nostalgia de algo que aún anhela,
mi filósofa de la música que también sueña.
Eme es una niña que nació siendo mujer y que ahora silenciosamente encierra
mil secretos que la vida se empeñó en crear.
Eme cuela acordes entre las cuerdas de su guitarra, entre barrotes de esa jaula,
y recompone en silencio una vieja canción.
Eme se merece recuperar la ilusión, una página en blanco, nueva, a estrenar,
por ella y para ella, sin peros ni laberintos.
Eme se acaba otro quinto y mira a la vida a la cara, cansada pero inagotable,
con esa actitud envidiable que la hace única.

Que a veces, quiero ser como ella, pero todas quiero que Eme sea lo que Eme quiera.
Que a veces, lo urgente no deja tiempo para lo importante, y esto es importante:
que no tenga miedo, que empiece de nuevo, que encuentre su sitio y se deje llevar,
que el tiempo le dé por fin una tregua para ser feliz y escapar.

Por eso pido, aunque sea por un rato, 
paren el mundo,
que se quiere bajar.

martes, 19 de agosto de 2014

Cuento de verano VI

Cerró las ventanas, pero a través de los cristales se colaban los rayos arrojados por los faros de los coches, deslizándose entre los arbustos que separaban el apartamento de la carretera, rebotando contra las lámparas de dentro, hacía rato apagadas, y reflejándose en los metales y superficies deslizantes, creando un juego de luces hipnótico y aleatorio. Tras la sucesión intermitente y escasa de coches se adivinaban los mástiles de los barcos del puerto, esperando trémulos y lánguidos al amanecer del siguiente día.

El único punto de luz fijo en el interior de la casa era la llama de un cigarro. El fuego devoraba el papel creciendo en cada calada, sostenida por unos dedos terminados en coral. Con las aspiraciones el punto de luz iluminaba un poco más y acertaba a alumbrar unos ojos surcados de arrugas, quizás ya viejos, pero esa noche jóvenes, perfilados de negro y muy brillantes. La boca humeante se giró hacia las ventanas, el moño bajo y medio despeinado rotando perfectamente sobre el eje del cuello desnudo, y dirigió mirada y pitillo hacia la figura que había limitado el ruido exterior. Rompió el silencio.
-Sabía que, tarde o temprano, acabarías volviendo.
La voz era potente, ligeramente temblorosa pero cortante, con un eco cavernoso que sugería que llevaba años madurando en lo más hondo de su garganta esas palabras.
La figura a oscuras sujetó una cortina con la mano, como ayudándose a mantenerse en pie, e inició a su vez un giro de cabeza.
-El puerto ha cambiado mucho -dijo mirando de soslayo por el ventanal-, aunque no tanto como tú.
-Ya sabes, embarcaciones que se renuevan, que se desechan y cambian por otras, modelos más modernos y espigados, barcos más potentes y rápidos, más caros. Peces gordos que se comen a los pequeños, bancos en el mar con diferencias abismales, bancos en la tierra que crean abismos. Somos un reflejo de lo que vivimos, yo sólo me dejo llevar.
- Llevar con la marea... Por eso ahora vistes ropa de marca y te peinas de esa manera, incluso hueles diferente, en cierto modo a poder, pero carcomido.
- Palabras agradables de reproche para una primera conversación después de... ¿cuántos años?
Sacudió la ceniza en la penumbra como sin darle importancia a los datos, la envergadura de la ausencia venía marcada en los dedos palpitantes y los destellos de los ojos. Continuó.
- Mi olor no me sustituye ni mi imagen me representa, sabes perfectamente quién soy.
El hombre se colocó entonces totalmente recto hacia ella, y en la oscuridad observó sus ojos fulgurantes, como dos brasas de carbón a punto de extinguirse que hacen un último esfuerzo para respirar.
- Te veo ahí, escondida tras la llama del cigarro, el mismo que llevas sosteniendo tantos años, y aunque asoman marcas nuevas en tu piel, sé que esas no son las que te han transformado, las que me hacen no reconocerte.
Se sintió perdido, se arrepintió entonces de haber vuelto, de haber realizado esa llamada desde una cabina del puerto y que ella hubiera contestado al otro lado, sí, aquí estoy, a escasos metros de ti, en el mismo lugar en el que me dejaste. Perdido por creerse ante una extraña.
- No tienes derecho a decirme que he cambiado, si lo he hecho ha sido por tu ausencia, no por mi presencia. No transmutes la historia, no me deformes a mí por el paso de los años. No tienes, no, ningún derecho.

Mantuvieron un rato la mirada, la de ella apagándose tras la llama indómita del cigarro, la de él suspirando y recogiendo la luz de los faros de los coches que seguían rebotando en las paredes a través de los cristales. Y un momento después dejaron de verse, de notar las arrugas del otro en las comisuras de los labios, de entender otra vez que esos mismos labios que ahora decían palabras agrias una vez fueron el aliento mutuo, anhelado y necesitado. Dejaron de verse y pasaron a imaginarse, como en un sueño etílico, cada cual vio el fantasma del pasado del otro, lo que una vez fue, lo que pudo haber seguido siendo, y como en un trance se acercaron y besaron los recuerdos, desnudaron la memoria y la dejaron caer sobre la cama en carne viva, con el corazón que una vez fue joven a flor de piel. Hicieron el amor que un día sintieron y que seguía escondido detrás de los recovecos de sus cuerpos, de una historia mucho más larga, y mientras el cigarrillo se doblaba en cenizas en el suelo y los mástiles de los barcos bailaban al compás de las olas, supieron que en realidad él nunca se había ido, aunque hubiera vuelto demasiado tarde.

lunes, 18 de agosto de 2014

Eco

Hace días que no me salen las palabras, que estoy parada inerte ante el papel en blanco sin tener nada que contar, porque todo lo he contado ya. Y no me gusta repetirme.
Ahora cuando siento sensaciones todas tienen un regusto amargo y carcomido, similar a la comida precalentada, como si todo estuviera ya sentido, como si los sentimientos se guardaran en cajas y se mandaran por encargo: meter al microondas tres minutos y consumir, intentar digerir.
Ahora la vida no se me va con lo que escribo, simplemente se va, se va y me susurra mientras se aleja, no te preocupes, volveré tal cuál me recuerdas, porque todo lo que habías de vivir ha pasado ya.
Ahora entiendo que la mitad de la vida está hecha de los recuerdos de la otra mitad, que poco a poco se acercan los años en los que no ocurrirá nada, solamente se pensará en el pasado, con esa mirada crítica y pesimista que sigue alegando que todo pasado fue mejor.
Hoy me acusa dentro la teoría del eterno retorno, pero un eco adusto me impide ver su positividad, y me reitero a mí misma que hay cosas que no quiero volver a sentir, a sufrir, porque hoy soy cobarde y no me apetecen más cicatrices que nunca terminarán de cicatrizar.
Hoy vuelven las mismas nubes de los mismos colores, los mismos arrepentimientos, la misma búsqueda sin éxito de respuestas a unas preguntas nada claras.
Hoy se detiene el hoy, el ayer, el mañana, y todo es lo mismo, el mismo vacío existencial, la misma corriente sanguínea que late por pura biología pero sin alma, sin un delta al que abrirse cuando acabe el río, mientras se va aligerando el caudal.
Ahora los tiempos verbales no existen, porque todo es estático en su repetición, y aunque consigo ver el patrón, el modelo, la malla, no atino a discernir un pequeño error en el entramado que permita escapar por él y abrir camino a un algo mejor.

Que no me gusta repetirme, y no paro de repetirlo todo. Y ya estoy cansada.