miércoles, 29 de octubre de 2014

Sin combustible

Hay cuatro grupos de personas en el autobús.

Están las parejas que se apretujan entre sí para evitar el frescor gélido del aire acondicionado y exhiben sus besos acaramelados por la ranura que queda entre los dos asientos, con más ruido del que me gustaría, con el inexistente decoro adolescente.

Los grupos de señoras que van del pueblo a la ciudad y chismorrean como gallinas, con sus bolsos cargados y sus peinados recién enlacados en la peluquería del barrio esa misma mañana, provocándome mareo por su agitada conversación y el olor fuerte de la laca.

Los hombres que van o vuelven de trabajar, con el mono de faena empolvado de tierra y las fiambreras del almuerzo, la mirada perdida por la ventana entre los campos que en otro momento del año les tocará segar, pensando quizás en cosechas más fructíferas.

Y por último, ahí estoy yo.
Con frío en el asiento, cobijándome tras mi propia sombra de payaso triste, quitándome las gafas para no poder distinguir los detalles del paisaje y entrever sólo borrosamente el fantasma de tu ciudad, justo donde estamos haciendo escala ahora.

Allí, donde vives sepultada en el silencio desde aquel último día en que nos despedimos.
Allí, donde algunas noches lejanas levantamos con palabras otras ciudades y otros tiempos.
Allí, donde cada vez que el autobús para se baja una parte de mí y corre hasta tu puerta para meter un sobre por debajo, sin remitente ni destinatario, sólo con un vacío abismal dentro que ya no se puede llenar.
Tal vez pienso que compartiendo las ausencias tu presencia se hace más fuerte. 

A veces deseo que el vehículo se quede sin gasolina justo en tu ciudad y tengamos que parar durante más tiempo, que se estropee el motor o se pinchen todas las ruedas y sea imposible continuar el viaje. A lo mejor entonces se produciría el milagro, asomarías la cara por la azotea de tu casa y me verías allí plantado, y pensarías que le he echado valor y he vuelto. Tal vez me perdonarías o tal vez no, pero sin duda ese hecho cambiaría las cosas.

Pero no. El autobús se detiene un minuto y se baja una pareja, se montan dos señoras y un jornalero, y el conductor continúa su marcha, y yo continuo el viaje entre mareos y vértigos, con el cacareo de fondo y los besos de otros en frente, hacia otro destino que ya no eres tú, porque el que está sin combustible soy yo.

sábado, 11 de octubre de 2014

Delta

Río Duero, río Duero, 
nadie a estar contigo baja, 
ya nadie quiere atender 
tu eterna estrofa olvidada,

sino los enamorados 
que preguntan por sus almas 
y siembran en tus espumas 
palabras de amor, palabras.

Gerardo Diego.

La mujer estaba sentada en el borde del banco, con la espalda todo lo recta que su edad le permitía y las piernas juntas, las manos apoyadas simétricamente sobre las rodillas y el bolso de flores colgando del hombro. El resto de su atuendo era negro y gris, al igual que su cabello, recogido en un moño bajo y ahuecado. Debía de pasar sobradamente los setenta y se erguía allí, al filo de las tablillas de madera, con la mirada perdida.
Me fijé en ella un rato después de estar yo misma sentada, apoyada en el muro que separaba el paseo de las inmediaciones del río. Había ido a caminar y tomar el aire, y elegí ese punto concreto por estar próximo a la pequeña cascada que se formaba en la corriente, fruto de un desnivel del terreno que allí presentaba dos alturas, provocando que el sonido del agua al fluir se asemejara casi al de las olas. Era además hermoso contemplar el pequeño salto del río, en el resto de su andadura casi estático, pero allí algo veloz y agitado, con dibujos y texturas en su superficie semejantes a la espuma. Si cerrabas los ojos y corría un poco de viento casi podías imaginarte junto al mar.
Permanecí allí unos minutos, observando el ir y venir de la gente, y reparé en ese elemento inmóvil que no variaba: la anciana mujer, aferrada a sus rodillas, en blanco y negro, con flores naciendo del hombro. Me pregunté a quién esperaría, pues su postura no indicaba estar, como yo, disfrutando simplemente del lugar y el momento. Estaba alerta, expectante, con ojos impacientes bajo las montañas de arrugas. O quizás no. Porque sin darme cuenta fue pasando el tiempo, el sol caía y yo permanecía allí, en el muro de piedra y con el río a mis espaldas, observando el perfil casi inerte de la mujer sólo roto por esporádicos pestañeos. Tal vez no esperaba a nadie, no esperaba nada.
Mientras mis ojos volaban de la cascada blanca de agua a la espalda de la señora, mientras el murmullo de la corriente y las pisadas por el paseo daban sonidos al atardecer, me asaltó, no sé porqué, una visión.

Imaginé a la mujer, mucho más joven, caminando por una playa, con el vello muy rubio en la parte baja de la espalda brillando al sol, y una voz grave susurrando detrás de ella, qué bien le sientas al mar. Y ella girándose, sorprendida, con las mejillas rojas, quemadas y ruborizadas, todo a una. Y él, con un traje de baño a rayas, repitiéndoselo ahora a la cara. Qué bien le sientas al mar. Y después mar adentro, nadando a la par, acercándose a un saliente de roca, buceando entre algunos corales. Y sumergidos, abriendo los ojos en el agua cristalina, mirando hacia el cielo como si fuera otro mundo, y en ese otro mundo chiquillos con bañadores de colores haciendo acrobacias sobre las rocas, su imagen distorsionada y las manos entrando al mar tratando de agarrar peces diminutos. Ese otro mundo fuera del mar viniéndose encima como una ola. Y otra vez fuera, creando dunas en la arena, y el día muriendo en esa realidad lejana y paralela, las manos entrelazadas y una promesa de sal, azul y verde. Y la puesta de sol ateriéndolos, y el abrazo más infinito y más largo del universo.
Y después, el tiempo. Después vi al gran astro apagarse, y una espalda ancha de hombre encogerse. Vi unos pies torpes arrastrándose por la arena, una camisa luchando por entrar en los brazos, aún más torpes, el sombrero cayendo al agua y la marejada alejándolo, las manos cansadas intentando abotonar con acierto, el temblor en el cuerpo y en el alma. Pero no vi ni rastro de ella.

Me estremecí y volví en mí, ya no había luz natural y las farolas se habían encendido, el río seguía fluyendo nocturno y en mi ensimismamiento la mujer había desaparecido. Me levanté del muro como quien se despierta de un sueño y miré alrededor. A lo lejos la vi, arrastrándose torpe por la calle, el hombro cansado sujetando el bolso de flores, y un temblor de estrellas sobre ella.
Regresé varias veces a aquel enclave a la misma hora, y en un par de ocasiones más coincidí con la mujer. La misma ropa oscura, el mismo porte recto sobre el banco de madera, la misma atención fija en sólo ella sabía qué, y sobre todo, el mismo sonido del río arrullándola, trayéndole recuerdos, tal vez, de un lejano mar al que ya no podía volver.

sábado, 4 de octubre de 2014

Olor a sábado

Hoy siento en el corazón
un vago temblor de estrellas,
pero mi senda se pierde
en el alma de la niebla.
La luz me troncha las alas
y el dolor de mi tristeza
va mojando los recuerdos
en la fuente de la idea.



Canción otoñal, Federico García Lorca.


Hace unos días me topé de bruces con un recuerdo de mi infancia. No sé qué fue lo que retuvo ese pensamiento en el aire, pero de pronto se formó una composición ante mis ojos y me llegó un olor del pasado, y la combinación de ambas sensaciones me transportó irremediablemente a una situación vivida mucho tiempo atrás, repetida casi con periodicidad cada sábado.

Me vi a mí misma con cinco o seis años ante el escaparate de una tienda, un cubo de cristal incrustado en mitad del pequeño centro comercial, cuyas paredes hasta el techo exhibían cientos de peluches ahogados contra el vidrio. Uno con otro, los juguetes peludos y mullidos se aplastaban entre ellos, luchando por un espacio para mostrarse al público, a niños como yo que pasaban por allí y se detenían ante los cristales, posando los ojos de un peluche a otro, ensimismados. Lo cierto es que de pequeña nunca me gustaron los peluches, tampoco lo hacen especialmente ahora. Escucho en la lejanía la suave letanía de mi madre diciendo que eran una fuente incansable de polvo y bacterías, y en verdad, cuando me regalaban uno, yo no sabía muy bien qué hacer con él más que colocarlo encima de la cama como adorno y observar cómo a su vez él me observaba impertérrito, casi aterradoramente. Al cabo de unas semanas el peluche en cuestión era sentenciado a una caja en el altillo del armario. No, nunca me gustaron los peluches; prefería, en caso de tener que hacerlo, abrazar un buen cojín.
El caso es que cada sábado yo empleaba unos minutos ante el escaparate poblado de ositos, perros y demás fauna rellena de algodón, mientras mi padre guardaba cola en el puesto del salazón. Cuando le llegaba el turno, yo me acercaba corriendo porque me encantaba ver cómo le señalaba a la dependienta el trozo exacto de estornino que quería, el corte preciso, la cantidad justa. Después íbamos a la carnicería, donde siempre acababa comprando más de lo que mi madre le había indicado, y esa noche cenábamos algo rico que no estaba planeado en el menú. Si hacía falta entrábamos el supermercado, y a veces dábamos una vuelta por las zapaterías. Camino a la salida pasábamos ante el puesto de copias de llaves, con su olor a óxido quemado; por el pequeño tiovivo que funcionaba a monedas y en el que aunque mi padre me lo ofrecía, nunca me apetecía realmente montarme; por delante del asador de pollos de los padres de mi compañero del colegio, el penúltimo de la lista alfabética, aún lo recuerdo, donde se nos hacía la boca agua y mirábamos con ojos lastimeros y salivando a los ejemplares dorándose en las vitrinas, sabiendo que mamá ya tenía la comida preparada y no podíamos pedir uno; y también por la taquilla del cine, deteniéndonos siempre para coger el panfleto con la cartelera de la semana, aunque rara vez íbamos. Después tocaba la vuelta a casa en el coche recalentado al sol, por aquella época el Golf blanco, con las ventanillas bajadas y la radio, y el periódico y las bolsas de la compra en el asiento de atrás.

Esos eran los olores de los sábados, antes de que mi hermano naciera y de que mis padres compraran la casa de campo. Olor a carretera y a calor, a salado y a comida, a gente entrando y saliendo, a trasiego y a movimiento. Después los sábados pasaron a tener olor a tierra, a árboles frutales, a jazmín, a granja de gallinas, a avestruces. Mucho después el olor cambió para convertirse en aroma a hogar, a regreso, a lápiz y apuntes, a comida casera, a tierra pero a una tierra distinta; y otros sábados sólo olía a ciudad y a soledad. Pero esas son otras historias. Además, hoy es sábado pero aún no sé muy bien a qué huele.