domingo, 23 de noviembre de 2014

Agujeros de bala

La relatividad de nuestras distancias,
la metamorfosis de los tiempos y los cuerpos.
Antes me abrazabas el alma en carne viva,
ahora en el abrazo suena el metal de las corazas.

Estás lejos, me intento acercar a tientas,
despacio, delicado, sin forzar las rozaduras,
pero en el camino me cojea la herida de la pierna
y el metal hace más ruido.

Llevas puesta tu armadura de malla, tan gris,
y entre su entramado de anillos de hierro y de hielo
intento colar mis suspiros, mis explicaciones,
pero así la piel no se acaricia.

Tu corazón remendado es ahora una fuerza armada
y yo me siento a la vez revólver y agujero de bala.
La lejanía y el miedo en tus ojos de animal amenazado
se clavan en mí como esquirlas de plata.

Encuentro en todas partes los orificios sangrantes,
mi espalda llena de impactos, mis manos inservibles,
las convulsiones, las contracciones, el espasmo final.
Tanta protección no ayuda, sólo rebota y atenaza.

Que si no te quitas ya el chaleco antibalas, me matas.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Por fin

Hoy ha sucedido, por fin.

Llevaba veintisiete años soñando contigo,
aguardando impaciente cada noche en vela
a que una musa con tu rostro cerrara mis ojos,
a que volvieras a poblar las avenidas de mis sueños,
a que pasearas con timidez por los recodos de mi mente.

Llevaba veintisiete años durmiendo sin ti a tu lado,
respirando a ciegas tu perfume entre mis sábanas,
saboreando tu saliva onírica entre el alba y el insomnio,
dejando que ahuyentaras mis pesadillas sin saberlo,
despertando entre sudores calientes que sólo me enfriaban.

Llevaba veintisiete años rozando una utopía,
tocando las teclas de ese piano que recorre tu espalda,
imaginando partituras juntando tus lunares de corchea,
fantaseando que tu cuerpo era la colcha y yo el invierno,
moldeando tus curvas a mi antojo cada noche en cada cuerpo.

Llevaba veintisiete años siendo un juntaletras
triste roto remendado desangrado enmascarado,
un preso encadenado al cielo con las alas extirpadas,
un poeta de nadie pero para todos que disparaba versos,
un náufrago que tiraba botellas vacías al mar de los sueños.

Llevaba veintisiete años sin suceder.

Y hoy, por fin, has sucedido.




En honor al juntaletras más sangrante que conozco.

sábado, 15 de noviembre de 2014

K.O.s

Parece que todo está en orden.
Analizo una y otra vez el cuarto, deteniéndome en cada detalle, en cada elemento estático que impertérrito me devuelve una mirada sin ojos. La cama perfectamente hecha, la manta extendida en una esquina formando un ángulo concreto, el libro en la mesilla de noche con el giro justo para que parezca casual, el botellín de agua lleno y un reloj pulsando las horas. Del otro lado, repisas guardando equilibrio sobre la pared, con la colección de objetos que sobre ellas viven limpios y a su modo ordenados: libros agrupados por intuición literaria, algunas velas cuidadosamente repuestas tras cada uso, un par de cajas que almacenan esas cosas que no encuentran hueco en ningún lugar, doce o trece discos, álbumes de fotos cronológicamente dispuestos, y unas muñecas rusas de tonos vivos. Al fondo dos armarios de puertas correderas. Voy hacia ellos y las abro, primero descubro un lado y luego otro, y dentro también encuentro la cuadrícula ideada, la ropa doblada y ubicada por texturas y colores, y en cada parte de los armarios una estación, frío o calor. En la pared contigua hay dos láminas gemelas que muestran el mismo paisaje pero en distintos momentos del año. Continúo la inspección. La mesa grande de despacho con un sillón color chocolate de respaldo alto, y sobre ella un juego de escritorio de piel, la lámpara, la pila de folios y libretas, la agenda anual. Debajo una papelera. Hay otros elementos por la habitación: una rinconera con cajones y encima algunos libros más, un par de portafotos, también un espejo ovalado con pies de madera y una alfombra de jarapa, por aquí y por allá ciertos objetos especiales y recuerdos de viajes. La ventana está cerrada y el riel sujeta la cortina inmóvil con sus ondas perfectamente simétricas.
Acabo la enumeración.
Todo está en su sitio.
Y sin embargo, eso ya no logra tranquilizarme.
Observo repetidamente esta quietud perfecta, el orden elegido y mil veces ensayado para que nada se salga de lo establecido ni perturbe la calma física. La luz acostumbrada, el ambientador de siempre con esa fragancia suave pero no intrusiva, un espacio no sobrecargado y tampoco vacío, una armonía artificial. Pero esta quietud esconde algo siniestro, el silencio acecha y todo está tan milimétricamente medido por el uso y la costumbre que parece fuera de lugar, como si los objetos estuvieran a punto de saltar sobre sí mismos para liberarse, como si les temblara dentro el hastío y la rutina de estar siempre en la misma posición y sólo ser movidos para ser limpiados, como si algo estuviera a punto de estallar.
Siempre me había calmado mirar alrededor y ver que al menos en este cuarto yo podía mandar sobre el caos de ahí fuera, que aquí podía amansar mi desorden interno y jugar a las metáforas con mi mente y mis pertenencias, pero ahora hasta me cuesta respirar en esta atmósfera de pronto tan rala.
Tal vez he estirado demasiado esa calma y ahora hay un terremoto fraguándose dentro de la materia. O tal vez no es el cuarto lo que tiembla sino mi pulso y lo que va a explotar aquí dentro soy yo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Elefante

Mamá, ¿dónde están? ¿Las tiraste? Mis viejas botas grises, las de la hebilla color bronce y la suela marrón de caucho. Llevo horas buscándolas por los armarios. Sí, aquellas que me compré en esa zapatería del barrio que hacía esquina y que cerró hace unos años. No disimules, sabes las que son. Hubo una época en la que no me las quitaba. En los días claros me gustaba ponérmelas con los vaqueros y una camiseta fina porque pensaba que me hacían desentonar un poco; y en los días grises era inevitable que me llamaran desde el zapatero, ¡cálzanos!, arriba el poncho de lana y abajo ellas, pisando charcos. Tal vez las maltraté un poco, les di demasiado uso sin tregua. Por eso se les desgastó totalmente el bajo tacón cuadrado, y llegó un día en que la suela se rió de mí y se despegó, como si la bota estuviera sacándome la lengua. Compré pegamento extra fuerte y las reparé, aunque tú me decías que ya estaban feas, pero mamá ¡y eso qué importaba! En verdad me gustaban más así. Con los años las botas envejecían en el fondo del altillo, a la piel gris iban saliéndole más y más vetas, y cada otoño cuando tocaba el frío a la puerta iba a buscarlas y ellas me saludaban un poco más ancianas, más curtidas. Eran como las patas de un viejo elefante arrugado, y yo me las calzaba y me metamorfoseaba con él. Avanzaba con paso firme y animal entre los mantos de hojas caídas, con sus colores marrones, ocres y dorados, y entre ellos aparecía y desaparecía el gris veteado de la piel de mi elefante. ¿Dónde están? No me quiero creer que de verdad las has tirado. ¡Te pedí que no lo hicieras! No, no, mamá; no me repitas que sólo almaceno trastos inútiles en casa y que soy incapaz de desechar nada. Esas botas eran diferentes, eran especiales. Me da igual que estuvieran viejas, o rotas, o inservibles; me encantaban. Ahora siento como si hubieras tirado una parte de mí, como si todos los pasos que di con ellas se hubieran borrado un poco, se hubieran encaminado hacia el cementerio de elefantes. Sí, perdona... que dramatizo, sólo eran unas botas, ya sé que tengo más. Pero ningunas serán como aquellas. ¿Que por qué las he recordado justo hoy, después de tanto tiempo? No sé, ha sido un día raro. Tuve pesadillas anoche, ha amanecido nublado, me sentía triste, y entre la atmósfera cargada y una nostalgia extraña que me invadía se me ha hecho tarde para ir a trabajar. He estado media hora plantada delante del vestidor, sin saber qué ponerme, nada me inspiraba confianza, con nada me sentía bien, mira tú que tontería. Y entonces me he acordado de mis viejas botas grises. Por eso he venido a casa después del trabajo, tal vez necesitaba la fuerza de un elefante para enfrentarme al mundo hoy. Vale, mamá, no te preocupes, es culpa mía por no haber vuelto antes a por ellas. Venga, voy a ordenar los armarios. Pero no, no pienso tirar nada más.