miércoles, 8 de abril de 2015

Callejero

Estaba sentado a los pies de la catedral, y a los pies de él se sentaba una vieja y roída funda de violín, que exhibía abiertamente sus dos mitades de terciopelo granate, una caja torácica casi vacía y partida en canal. Dentro, unas cuantas partituras arrugadas y amarillentas, con olor a libro viejo y a tiempos mejores, y siete u ocho monedas esparcidas aleatoriamente por el interior. El total no sumaba más de tres euros. De momento, hoy no le alcanzaría apenas para un bocata y un café.
El órgano vital extirpado de la caja se sentaba a su vez sobre el hombro de su dueño. Era un gastado violín de madera con destellos rojos, delicadamente afinado. Su cuerpo abombado se curvaba bajo los embistes del arco, que el intérprete manejaba con soltura y una puntada de descuido, cómo si respirara pero no pusiera empeño en ello. De él arrancaba notas del vals n°2, la suite para una orquesta variada, en este caso, de viandantes que claqueaban con sus pisadas por la plaza de la catedral, mientras el espíritu de Shostakovich silbaba como un fantasma que acabara de componer la pieza y la estuviera revisando.
Me acerqué embelesado al escuchar esa música conocida, y deslicé la calderilla que llevaba suelta en el bolsillo al pozo sin fondo de la funda. Cuando el tintineo de las monedas actuó de percusión sobre el sonido del violín, el violinista salió de su trance hipnótico y sin parar de tocar alzó la vista. Nuestros ojos se clavaron mutuamente en los del otro, y sentí que cruzaba un terreno muy íntimo, casi que violaba los límites de su privacidad interior y que él, o su violín, había abierto mis cerrojos más escondidos.
Me quedé en ese trance de miradas unos minutos, hasta que acabó la melodía, y como una caja de música que termina el engranaje y vuelve a retomar la marcha, el violinista dejó de mirarme y comenzó otra vez desde el principio.
No sabría deciros qué aspecto tenía, si era joven o anciano, si arrugas cubrían su rostro mimetizándolo con las vetas de la madera o si su piel era lisa como la superficie del violín. No recuerdo qué ropa llevaba, si tenía un aspecto cuidado o harapiento. En realidad, hablo de él pero podría haber sido ella. En realidad, sólo consigo visualizar esos ojos anónimos y penetrantes, impersonales pero tan personales, y, de fondo, las notas de Shostakovich bailando álgidas mientras la tarde caía y el Sol se escondía por detrás del campanario que marcaba la hora de hacía más de setenta años.