lunes, 31 de agosto de 2015

Editorial: al amor

Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijamas con sordina,
la adrenalina en camas separadas.
Joaquín Sabina.


¿Qué es el amor? Las canciones de amor, los poemas de amor, las novelas de amor, las películas de amor; la creación gira en torno al amor. Creo, me aterra, pero creo, que cada vez está más cerca el día en que tendremos que recordarlo a través de esos medios, a través de esa acuarela diáfana que lo retrata y lo ensalza, lo endulza y lo perdona, y le quita todo lo sucio del amor de verdad, el que hay a pie de calle, el que miente y al que siempre le salen tres patas. No sé en qué nos estamos convirtiendo, o tal vez siempre fuimos así y son mis ojos los que se han librado del velo de la inocencia y ahora no pueden volver a ver la pureza del sentimiento; no lo sé. Pero siento que cada vez pensamos más en el yo y no en el otro, que el egoísmo está a la orden del día, que ya no hay respeto, y que la empatía ya no se entiende, y sin empatía no puede existir el amor. No pueden coexistir comportamientos tan contrarios, la gente ha dejado de ser gente para la gente. La mayoría somos sólo una foto al otro lado de la pantalla, pues al final del día es lo que queda. La era de Internet y de las comunicaciones nos ha hecho dejar de ser conscientes de la humanidad del que tenemos al lado, más cerca o más lejos, pero de su humanidad. Ahora sabemos que hay millones de personas ahí fuera; las vemos, las palpamos a través de cifras virtuales, vemos los números y sabemos que detrás de ellos hay caras de verdad, y por tanto da igual dañar a una o a otra más, nos siguen quedando millones y millones con los que probar suerte. Y qué es el amor sino suerte. Suerte de encontrar a alguien mínimamente compatible contigo en unos kilómetros a la redonda mínimamente asumibles; suerte de sentir las mariposas iniciales, los primeros nervios y mareos, la primera cita y las siguientes; suerte de que explote la pasión, y de que siga viva unos meses, quizá años, incluso cuentan que hay algunas que duran toda la vida. Suerte. Y si no la tienes, te tocará vivir otras cosas que no se parecen en nada al amor, a ése de las canciones, los poemas, las novelas o las películas (que acaban bien). Y tu historia acabará mal. O no llegará ni a empezar. Y aquel de quien creas enamorarte ya tendrá pareja, y serás el otro o la otra, o no te corresponderá, o jugará contigo, te tratará sin miramientos sabiendo que hay otras miles de posibilidades, o serás uno más en su lista de fracasos, o te mentirá, una y otra vez, te hará sentir primero especial y luego se olvidará de ti, te bloqueará y te borrará, te prometerá cosas que jamás cumplirá, quizás porque ya se las ha prometido a cien antes que a ti y tú no fuiste el afortunado ni la afortunada. O tal vez sí lo fuiste, y te libraste de algo ruin y feo, porque, para qué engañarnos, el amor ya sólo existe en las canciones, los poemas, las novelas y las películas de amor. Y después, la soledad, las preguntas que erosionan, qué he hecho mal, estaré toda mi vida solo, sola, por qué no me merezco encontrar a alguien. Tal vez sea verdad el eterno cliché de la autoayuda, y primero haya que encontrarse a uno mismo y autocompletarse. Sí. Tal vez, dialogando con nosotros mismos, reconociéndonos en nuestros errores y en nuestros dolores, aprenderíamos a diagnosticar cuáles son las cosas que hacen daño, que verdaderamente nos hacen sufrir, y nos daríamos cuenta de que el primer paso para sentir y recibir amor es dárselo a uno mismo, quererse y querer a los demás, y no hacerle a alguien lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Filosofía barata. Tal vez así la gente volvería a mirar a la gente como gente, de forma consciente, no a través de una pantalla en la que sale un nombre y una foto en pequeño, donde nos creemos dueños de nuestras palabras, venenosas como dardos, y de nuestros silencios sangrantes. A quién vamos a engañar, lo único que creo de todo lo que he escrito es que el amor ya no existe, y si existe, está corrompido, y cada vez se corrompe más y más. Hablo del amor de pareja, claro, no del amor a la naturaleza, a tus padres o a tu equipo de fútbol; eso es otra historia. Vale, lo sé. Hay parejas felices, parejas que se quieren, matrimonios que llevan años fielmente casados, relaciones intensas, verdaderas, sensaciones de infarto a las que algún nombre hay que ponerle, por ejemplo, amor. Porque siempre hay excepciones. Pero el amor a gran escala, el amor como definición universal, ése ha muerto. Sé que éste es un texto extremadamente pesimista y negro, pero ésta es la sensación que tengo. Mi abuela me decía el otro día, la gente ya no se quiere como antes. Y no puedo estar más de acuerdo. Si éste es el mundo en el que tengo que amar, que me extirpen de una vez el corazón.

miércoles, 26 de agosto de 2015

No mires debajo de la cama

¿Los oyes? Ya vienen.

Están empezando a temblar las patas de la mesa, el rodapié se desconcha y escupe polvo blanco, la lámpara se mece siniestra del techo. Estoy en la cama y me agazapo bajo la sábana. Hace días que grito tu nombre en sueños, sueños de ciudades llenas de puentes que no puedo cruzar. Soy una pieza de ajedrez ahogada y no consigo avanzar ni un paso.

¿Los oyes? Se acercan.

Tengo algo dentro, algo oscuro que se mezcla con mis entrañas y que palpita de forma diferente, más mecánica y menos viva. Quiere escaparse por mi garganta y se pelea con mi interior, subiendo hasta la cabeza y haciendo que me maree. Serpentea por mis conductos provocando náuseas, arcadas y sudores. Me quiere muerta. Soy un monstruo.

¿Los oyes? Ya llegan.

No puedo hacer nada, el ataque es inminente y mis defensas están en rojo. Hace tiempo que dejé de luchar, que abandoné las almenas y me escondí en el fuerte, el lugar ideal para un débil. Dejé las cadenas tensadas, las puertas cerradas y las llaves en el fondo del mar, consciente en cualquier caso de que el mal siempre encuentra grietas. O las hace.

¿Los oyes? Aquí están.

Tienen tu cara y todos me miran, perplejos. Qué has hecho, qué nos has hecho. Me juzgan. Encogida bajo la sábana pareciera que me burlo de ellos, representando su versión más popular. Ni siquiera me falta la argolla del tobillo. No eres libre, pequeña, ni nunca lo serás. Miro su expresión y leo en sus ojos acuosos el reflejo de la culpa. De mi culpa.

¿Los oyes? No.
Los fantasmas no hablan.