lunes, 30 de noviembre de 2015

Miradas

Ahí quedaste. La vida te colocó una venda en los ojos que borraba todo rastro de mí, y ahora puedes ver un mundo en el que simplemente ya no existo. Caminar tranquilo por la calle sabiendo que no te darás de bruces con mi presente, hablar con la gente habiendo olvidado que un día nos tuvieron en común, volver a los sitios que compartimos juntos sin tener que guardar prudencia, sin miedo a toparte con mi recuerdo, y rehacer tu vida como si yo nunca hubiera estado en ella. Se consumió el cristal de tus gafas que antes me buscaban, se te emborronó la mirada y la venda mental hizo el resto.

Ahí quedé. La misma vida que a ti te cegó de mí, conmigo no fue tan gentil. No me ofreció visión selectiva para el corazón, sino un par de binoculares que analizan de cerca una obra. El escenario está prácticamente vacío, es una habitación desamueblada casi en su totalidad, fría y gris. Sólo una cama, en la que están los fantasmas que fuimos, de espaldas, sin mirarse. Cada vez que me coloco las lentes veo lo mismo. Ella se acerca a su borde de la cama, mueve las piernas, levanta los brazos y murmura algo. No alcanzo a oírlo desde aquí. Él no se inmuta, parece que cada vez su lado del colchón está más lejos. Ella parece seguir susurrando palabras ininteligibles, hasta que se da la vuelta y comienza a buscarlo. Pero él se aleja más y más. Ella intenta llegar a él, lucha por tocar su hombro, le grita, pero el espacio entre ellos se estira. La veo abrir la boca y llevarse las manos a la cabeza, llorar desesperada, dar golpes en la cama mientras le es imposible llegar a él. Sus miradas nunca llegan a cruzarse por más que ella intenta buscar su rostro.

Ahí quedó. Todo lo que no fuimos y lo que no llegaste a saber de mí. En unos binoculares rotos que sólo enfocan nuestro final, nuestro herido declive. En las gafas vendadas que la vida te supo regalar como actuación de cierre, antes de bajar el telón. En nuestras miradas, extintas, traspasándose de espaldas, que no se volverán a encontrar jamás.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Siempre nos quedará París

La mujer se levantó del sofá para preparar más té; la primera tetera se había acabado y yo no había sabido disimular cuando ella me había preguntado si quería más: dije que sí. Me encanta el té moruno, es sin duda mi infusión favorita, y el más bueno de todos es el que prepara un marroquí. Lo consumen casi desde que nacen, aprenden a prepararlo desde muy jóvenes, y lo hacen durante toda su vida, a diario. Les sale, por supuesto, de manera especial. Con tantísimo sabor a hierbabuena, dulce, dulcísimo, a la par que los dulces bañados en miel que siempre lo acompañan, con forma de triángulo y rellenos de almendra, o rollos retorcidos crujientes, o tortitas esponjosas que untan con más miel. Dulces. Dulces como el ambiente, como el hogareño suelo lleno de alfombras de colores vibrantes, como el niño y la niña de ojos enormes y brillantes que me miraban con interés, como las historias de un lugar lejano que contaba el anfitrión, como el paquete de hojas de té verde que me regalaron. Todo en aquella jornada fue dulce. Hasta que el sol se acostó tras las montañas y volví a mi casa, llena de azúcar y de sensaciones buenas que se expandieron por mi cuerpo y anidaron allí varios días. Vuelven a mí cuando las recuerdo.

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La mesa del desayuno siempre era un espectáculo. Los cinco días que pasé en aquella casa de la campiña francesa amanecieron igual. Era un despliegue magnífico. Panes tostados, mermeladas y confituras de muchos sabores, galletas, cereales de varias clases, queso y jamón (no serrano, pero algo era), frutas, zumos, leche, y un montón de cosas más. El primer día me sobrecogió un cierto agobio. No sabía por donde tirar. Vi una caja de algo que supuso mi salvación en pleno desconcierto ante tanta opulencia. Era un cruce entre bizcocho y galleta, alargado, relleno por el centro de chocolate. Me zampé media caja y me bebí dos vasos de leche mientras la madre me sonreía desde la cocina. Su pelo trenzado se recogía en la cima de la cabeza y parecía que llevara un cesto de madejas de lana gris sobre ella. El padre desayunaba conmigo en la mesa, un Santa Claus francés que bebía café y se sonrojaba. Sara le rascaba la tripa a su gato y masticaba tostadas. Aquellos desayunos fueron felices, y dulces. Muy dulces. Sentía un cosquilleo en el estómago cada vez que los escuchaba hablar y los comprendía, y a mí, más que hablarme, me susurraban con cariño. Dulces, muy dulces. El último día lloré al despedirme.

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Hacía un frío tremendo fuera, pero en el tren se viajaba caliente. Era uno de dos plantas, de esos que hacían a diario mil veces el recorrido Brussel-Leuven y que tenían algunos vagones atípicos: en lugar de llevar los asientos de frente o de espaldas a la dirección del recorrido, eran laterales, de manera que había dos filas enfrentadas. Yo me dedicaba a estudiar a los viajeros que tenía delante durante los aproximadamente veinticinco minutos que duraba el recorrido. Aquel día había una chica que llevaba los muslos envueltos en papel transparente, bajo el cual se veían dos nuevos grandes tatuajes; un hombre joven que escuchaba música con unos cascos escondidos bajo el gorro; un par de chicos que comentaban en voz baja algo que yo no lograba descifrar; una señora con bolsas; y, justo en frente de mí, una chica de mi edad con velo. Después de analizarlos con disimulo, me acomodé en el asiento y me relajé, hasta que me sacó de mi ensimismamiento con grandísimo sobresalto un soberano estornudo que procedía de dos asientos a la izquierda de mí. Di un brinco en el asiento pasmada y, al levantar la vista durante el movimiento, vi que la chica del velo actuaba de espejo y se sobresaltaba a la vez que yo. Fijamos los ojos la una en la otra, respirando fuerte, aún sobrecogidas del susto, y sin mediar palabra (tampoco nos hubiéramos entendido) nos echamos a reír. La risa. Eso lo entiende todo el mundo. Tenía una mirada y una sonrisa dulces. Fue una sensación muy agradable, en aquellos días en que me sentía, más que nunca, ciudadana del mundo.

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El viernes 13 de noviembre de 2015 me llegó, a eso de las once de la noche, un mensaje al WhatsApp. Que si había oído lo de París. Yo estaba tomando una cerveza con un amigo y por tanto no estaba muy pendiente del móvil; lo dejé pasar, después buscaría qué había pasado. Una hora después recogí a mi hermano para volver a casa. Cuando íbamos andando hacia el coche me preguntó que si había oído lo de París. Joder con París. ¿Qué ha pasado?, pregunté. Y entonces me lo contó. Abrí Twitter inmediatamente para ver qué más se sabía en ese momento. Barbarie, horror, terror, locura, miedo. Yo también sentí miedo. Llegamos al coche, introduje la llave en el contacto y encendimos la radio para seguir oyendo las noticias. Mientras conducía y escuchaba con pavor cómo hablaban de la situación de los rehenes, me pareció sentir un leve ruido metálico. Se lo dije a mi hermano; él no había escuchado nada. Llegamos a casa y cuando paré el motor y saqué la llave, noté que el llavero no estaba. Eso era. Joder. Me recorrió un escalofrío. La figura del llavero se había soltado y estaba a mis pies. El llavero de mi coche es una pequeña torre Eiffel que compré la última vez que estuve en París, de ésas que te malvende un pobre inmigrante, tres por un euro, a los pies de la estructura. Juro que pasó así y que era la primera vez que se soltaba. Soy una persona racional, pero creo en las señales. Y aquella noche me acosté a las mil viendo el canal 24 horas, me enteré casi en directo del asalto a la sala de conciertos y del número de víctimas que iba pasmosamente creciendo, y me dormí desesperanzada, mientras el llavero de la Torre Eiffel, que al día siguiente se convertiría en el símbolo de la paz, me miraba sombrío desde la mesa. ¿Dónde estaban las llaves para abrir el candado que había encerrado a la humanidad esa noche? ¿Dónde?

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Mucho se ha escrito y se escribirá sobre estos atentados, y yo no voy a inventar nada nuevo que decir. Tampoco voy a ser una bárbara que pida venganza y exija que se les devuelva lo mismo, que quiera que bombardeen de vuelta como ya han hecho y harán, y desee que sigan jugando a la guerra, mientras los inocentes mueren y los poderosos pulsan el botón desde su sillón, como siempre. Tampoco voy a ir de entendida de algo tan complejo que no acierto a vislumbrar ni la punta del iceberg, aunque pienso que si se hurga un poco en la historia se encuentra el verdadero origen de esto, la semilla que una vez más se regó con dinero, armas y petróleo; esos poderosos pulsando más botones desde sus sillones y riéndose de todos nosotros. Tampoco quiero ser una hipócrita, y no reconocer que a mí también me da miedo y que yo también me pregunto cómo podríamos ayudar a todos esos refugiados si nuestro propio país está lleno de inmigrantes y españoles en condiciones de pobreza; pero sé que esa gente viene huyendo de algo que el mundo ha desatado, y sé que las fronteras existen por motivos políticos y económicos, y no humanos, y que esta situación es insostenible y vergonzosa. Sí querría decir, ya que estoy soltando el lastre que he macerado estos días en los que me hierve la sangre, algo que ya se ha dicho hasta la saciedad y que nunca parece ser suficiente: todos somos iguales. Igual de vulnerables, igual de débiles, igual de frágiles. Todos tenemos los mismos derechos. Y los mismos deberes. Fanáticos los hay de todas las religiones; de todas. Gente buena, también. Pero tampoco hay que ser ingenuo: no podemos esperar que un niño adore Europa si ve cómo sus padres y él son echados a patadas, que no nazca odio de él si vive cómo un misil americano destroza su país, que no se aferre al Corán si es lo único que tiene. Pero esto no justifica nada, no hay nada que justifique lo que ha pasado en Francia, en Siria y lo que va a seguir pasando. Y yo, por supuesto, no sé cuál es la solución. Sólo puedo informarme, enfadarme, entristecerme, y escribir.

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A veces me pregunto si la especie humana es sólo una.
Los asesinos que sembraron el terror el pasado viernes, ¿son de la misma especie que la familia musulmana que compartió conmigo su té y sus historias; son de la misma especie que Sara y sus padres, quienes me mostraron la hospitalidad francesa dándome su techo; son de la misma especie que la chica que mezcló su risa con la mía sin importar que su pelo estuviera cubierto y el mío no?
No. No son de la misma especie.
He vuelto a enganchar el llavero de la Torre Eiffel; he vuelto a evitar ver el telediario estos días para intentar desintoxicarme un poco de tanto odio y tanta desolación; he vuelto a soñar con la libertad, la igualdad, y la fraternidad.
Este texto empezó muy dulce, pero acaba muy amargo. El té que me estoy tomando necesita mucha más azúcar, el mundo necesita más dulzura y más paz.
¿Siempre nos quedará París? 
Sí. 
Siempre nos quedará París.

jueves, 5 de noviembre de 2015

El camino de tu tinta comienza hoy a caminar

El camino de tu tinta comienza hoy a caminar
esculpiendo artículos casi con aire de poesía,
que sirven de almohada a esa literatura sentida
sintiendo ella un nuevo corazón convencido desde el instante en que te decidiste a
acertar.

A acertar aceptándote a ti misma con un futuro que reverdece
y a mi fuero si te miro escribir mientras miras
de improviso, sin poses de foto, para observar
la realidad
que tienes que sentir desde la piel hasta tu frente,
pasando por cada uno de tus verdes
nervios, con tantos colores y estilos como una suerte
de tintas,
parte de la misma naturaleza que cualquier ecosistema
que hoy siente que es ella misma
viéndose como la niña
que nunca has dejado de ser realmente
ella, y que hoy comienzas a escribir tus sueños como cuando soñabas soñar
mientras no podías salir de los teoremas.

El camino de tu tinta siempre lleva a un agua que no sé por qué pero me inspira
a escribir caminando por la calle mientras
mi camino más lentamente,
una vida
propia que se torna y se hace saborear.

Quiero ir a tus firmas de libros a conocerte.

El camino de tu tinta hoy comienza a caminar.

Jjseavier.






Gracias, amigo.
Desde mi corazón lleno de tinta verde preparada para soñar,
desde mi pluma cansada pero ahora repuesta de nuevas fuerzas,
desde las decisiones tomadas y el camino que ahora empieza,
desde todas las ilusiones escritas y esperando a ser escritas,
De verdad, gracias.
Patricia.