jueves, 24 de diciembre de 2015

Vainilla

En los bosques, las ramas de los árboles estaban desnudas y ateridas, mirando desde las alturas la alfombra de hojas que la estación de la caída había tejido a su costa, adivinándose tras sus troncos indefensos los picos nevados de las montañas.
En las ciudades, la gente empezaba a ponerse nerviosa al volante, se acercaba la hora punta de la salida del trabajo y querían escapar de la circulación cuanto antes, pitaban impacientes, encendidos por las luces navideñas y atosigados por el reloj.
En los pueblos, las campanas empezaban a repicar llamando a la misa de tarde, algunos ancianos salían de sus casas con un bastón en la mano y una manta sobre los hombros, y las madres bajaban las persianas para guardar dentro el calor del hogar.
En un universo aparte, estaba nuestra playa.

Tu silueta se recortaba sobre el horizonte, un perfil que me sé tan de memoria que podría dibujarlo a ciegas sobre la arena, hundiendo el dedo en ella y creando líneas como las que recorro en tu espalda. Tu figura a contraluz estaba oscura y se fundía con el rompeolas, que esa tarde no tenía olas que romper. El viento ni siquiera suspiraba, la vida allí estaba inmóvil, ajena al devenir del resto del mundo. Y detrás de tu cuerpo se escondía el sol.
El último atardecer de aquel otoño hechizó el mar y lo convirtió en un espejo perfecto: la línea que lo separa del cielo brillaba, y, bajo ella, se reflejaban siamesas las nubes en el agua, nubes a las que la luz solar teñía en su despedida de malvas y ocres. Las suaves ondas del mar casi parecían plateadas, un espejo de metal, cristal y sal que se perdía en el infinito.
El silencio era la única presencia que compartía con nosotros aquel paisaje desértico, vacío y libre, en el que me sentía una exploradora que acababa de encontrar un paraíso perdido y, en él, un tesoro, que me esperaba sentado contemplando el mar. Estaba de pie detrás de ti, respirando con los ojos muy abiertos y con miedo a romper la magia.

Como si se accionara una fuente o empezara a brotar un arroyo, del rompeolas empezó a escucharse un murmullo de agua. Una tenue brisa voló sobre el atardecer y agitó la marea, y trajo hasta mí un aroma a vainilla. 

Olía a helado de septiembre; a paseos por la ciudad y a una vida nueva; a distancias que se acortaban, igual que se acortan las horas de luz con la llegada del otoño; a días que se sucedían sin tener que decirnos ni hola, ni adiós; a hojas vacías en la agenda por estar muy ocupada viviendo como para escribir; a sal, tequila y limón.
Olía a playa de octubre; a vino en la orilla, y a sabores nuevos y lejanos; a vainilla entre mis sábanas después de que pasaras por ellas; a velas de cumpleaños y deseos de planes juntos; a decisiones, noches sin dormir y nervios; a tu mano en mi cara aguantándome la sonrisa; a conversaciones largas que calmaban el alma; a despedidas que insistíamos en negarnos; al verbo echar cada vez más de menos. 
Olía al tímido sol de noviembre; a desayunos de chocolate y mar; a estar en el sofá los domingos, y que esa fuera sin duda la mejor oferta; a vainilla en tu piel desnuda y mía; a café y té en vasos inclinados, mientras prometíamos no dejarnos caer; a replantearse si un hogar no es un lugar sino una persona, y a querer volver siempre a ella.
Olía a la niebla triste de diciembre; al paso del tiempo, que se empecina en colocarnos años y daños; a tus dedos enredados en mi pelo y tu respiración en mi nuca; a cervezas, risas y besos; a tu forma adorable de recortarte la barba con cuidado y paciencia; a volver a definir la palabra amor y sentir que ahora puede ser de verdad; a esperar bajo la manta la llegada del invierno.
Olía, en fin, a ti.

La brisa cesó segundos después, pero el aroma se quedó instalado en el último atardecer de ese otoño, mientras tu perfil seguía delante de mí, a unos metros, frente a un cielo cada vez más apagado y un mar que se plegaba sobre sí mismo. Te eché una foto, intentando capturar ese instante leve y retenerlo para siempre, atraparlo en una burbuja y poder mirarlo cuando quisiera, tener la posibilidad de recuperar en la memoria ese paisaje con olor a vainilla, como si los olores se pudieran fotografiar.

Mientras, a cientos de kilómetros de allí, de algún árbol estaba cayendo la última hoja y comenzando a nevar en alguna cumbre, algún conductor estaba lanzando improperios y accionando la bocina mientras luces de colores empezaban a iluminar las ciudades, los campanarios estaban ya reclamando fieles y las casas siendo cerradas. La vida discurría a ritmos iguales pero diferentes. Pero tú y yo, ajenos al resto del mundo en nuestro kilómetro cero, estábamos inaugurando un nuevo y precioso invierno.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Más de 24 motivos

Puedo ponerme digna y decir: 
Que amigos son los que sacan lo mejor de ti sin pretenderlo, ni ellos, ni tú,
Que no importa ni cómo ni cuándo, ni ciento volando, ni ayer ni mañana...
Que el fin del mundo nos pille bailando,
Que lo pasable no pase de moda...
Que los otoños nos vean crecer,
Que seamos siempre piratas, algo locas y como te digo la "CO te digo la O". 
Pero reconoce que es duro aceptar:
Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima.
Sumo y sigo:
Tenemos memoria, tenemos amigos...
No voy a negar que has marcado estilo.
Tenemos el lujo de no cambiarnos nunca,
Y aunque sé que no es la mejor felicitación del mundo,
Juro que es más sincera que cualquiera.
Adivina, adivinanza,
¡¡¡24 felicidades y 500 besos!!!

Que este día sea muy especial para ti,
que nadie te quite la sonrisa,
que sepas que aquí tienes una amiga,
que aunque no esté, estoy.
Que seas feliz es lo único que vale la pena.

Feliz cumpleaños, Princesa.

Pilar.


Gracias, mi sabinera.
Por estar siempre, por ser como eres, y por poner tu tiempo y tu corazón
en escribirme algo tan Precioso y esPecial para mí,
con P de Pilar, de Patricia y de Pasable ;)
Gracias <3

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Migajas

Empujó suavemente la puerta de la cocina, por miedo a que la madera fuera vieja y se quejara con un chirrido estruendoso. Una vez dentro, la volvió a cerrar con cuidado, y se encontró en medio de una tenue penumbra. Se dirigió hacia las ventanas y descorrió las cortinas de volantes fruncidos, que al moverse soltaron miles de partículas que brillaron con los haces de luz que empezaron a colarse por el cristal. En la estancia había un fuerte olor a plátanos maduros, que en seguida localizó en el centro de la mesa que presidía el lugar; amoratados, arrugados, encogiéndose sobre sí mismos, como si hubieran recibido una soberana paliza. Las paredes estaban recubiertas de armarios color ceniza, cuyas puertas dejaban entrever lo que había dentro a través de un vidrio tintado de verde: una vajilla en crema, tazas de loza, una tetera, enseres diversos y algún jarrón. Los tiradores de los cajones de latón brillaban en medio del resto de tonos mate. En el fregadero, se apilaban una serie de vasos y platos, abandonados a su suerte. Además de oler a fruta pasada, el ambiente exhalaba a cerrado, las superficies estaban cubiertas de una fina capa de polvo, y sus pisadas se iban marcando suavemente sobre el suelo de madera. Localizó una puerta entornada al otro lado de la habitación: la despensa. Con la misma prudencia la abrió y se coló dentro. Una estantería hasta el techo llenaba el pequeño cuarto, y, en ella, cientos de latas: conservas de bacalao y atún, sardinas en escabeche y mejillones en aceite, pimientos, guisantes, alubias, champiñones y otras verduras hervidas y enlatadas, tomate triturado, melocotones en almíbar y dulce de membrillo; sobre todo, dulce de membrillo. Pensó que por una lata de aquello no se notaría su incursión en el lugar. Encontró entre tanta hojalata un paquete abierto de biscotes, y, tras cerciorarse de que no estaba rancio, agarró unos cuantos, abrió la lata de membrillo y untó con él uno de los panes. Fue comiendo en su camino de regreso hasta la puerta de la cocina, con parada incluida en las cortinas que volvió a cerrar, de nuevo con tiento para no hacer ruido, sin percatarse, sin embargo, de que iba dejando, a su paso, un reguero culpable de migas de pan.