viernes, 22 de abril de 2016

Ya no duele

Empiezo a escribir estas líneas en la estación en la que un día nos encontramos, un domingo en que el destino quiso premiarme con tu compañía. Tú volvías de Madrid, justamente hacia donde yo voy ahora, y traías contigo, como siempre, bellas imágenes de tu viaje, dos discos llenos de canciones que yo ya amaba, y un montón de sentimientos y emociones que me fuiste contando en el trayecto Murcia-Lorca. Una hora no da para nada cuando se trata de ponerse al día. Pero el destino iba también a permitir que meses después pudiéramos contarnos más, con las paredes en las que nos conocimos como profesor y alumna como testigos, en aquellos días felices, hace casi nueve años, cuando en el aula sonaba un “cómo duele” desgarrado con acento de Guatemala; aunque, en aquel momento, aún no dolía.

Estación de tren de Murcia. Foto de @laklle.
Recuerdo las clases de dibujo de aquellos dos años, tan cálidas y felices, porque conseguiste, no sólo enseñarme muchísimo de la materia y hacerme disfrutarla, sino también algo mucho más importante: enseñarme a ser mejor persona. Transmitías bondad, generosidad, simpatía a manos llenas. Ir al aula de dibujo técnico, en aquellos días asfixiantes de bachillerato, era como respirar aire fresco y estar un poco en casa. Se me saltan las lágrimas mientras escribo esto en el tren, porque no sé si en aquel momento eras consciente de lo importante que fue tu docencia para mí, ni de si lo eres ahora, tantos años después. Fuiste un ejemplo de profesor y amigo, de cómo la enseñanza no tiene porqué ser rígida y fría, sino todo lo contrario. Recuerdo el sol entrando radiante por las grandes ventanas, nosotros en la mesa trabajando con el compás, jugando con las perspectivas, tratando de mantener la lámina lo más limpia posible, escuchando tus consejos claros y tan útiles para selectividad. En aquel examen final, además de por mí, quería hacerlo lo mejor posible por ti, para que estuvieras orgulloso y vieras lo mucho que me habías enseñado. Mi agradecimiento como alumna. Ojalá lo consiguiera.

En aquellos días, y todos estos años después, diste también viento a mis alas creativas, animándome siempre a perseguir mis sueños, a luchar por ellos. Guardo como un tesoro, porque lo es, aquella carta que me regalaste al acabar el curso, con tu caligrafía acostada, dejando para siempre marcadas en papel mis pasiones: las matemáticas, el arte, las letras, la poesía. Me sirvió mucho para recordar quién era yo cuando estaba perdida en mis momentos más sombríos de carrera. Te tomaste la molestia de conocerme, de conocernos, de querer saber de tus alumnos más allá de sus cualidades en la asignatura. No se me ocurre mejor halago para un profesor que poder decir, con total sinceridad, que, antes de nada, eras persona. Y, además, una de las mejores y más buenas que he conocido. Qué afortunados somos todos los alumnos que hemos pasado por tu aula.

Si hace ocho años debía agradecerte por ser tan buen profesor, estos meses te agradezco que hayas sido tan buen compañero. Las paredes del instituto ahora eran diferentes, yo me sentía más grande, pero a la vez mucho más pequeña, y tener un brazo protector, y una palabra de aliento y desahogo siempre en el momento justo, me ha salvado.

Ahora que un tren me lleva hacia un destino mágico, hacia una paleta de colores nueva que espero poder seguir compartiendo contigo en la distancia, es necesario que la máquina se pare un momento a repostar en esta estación decorada con pájaros de todos los colores en sus paredes, para pintarte un lienzo con mis palabras.


En un rincón hippie, hace dos días escuché, entre un zumo y un café, la historia de toda una vida. La historia de una persona valiente y fuerte, pero extremadamente sensible, sacada de otra época, quizá más romántica y menos gris. Una persona llena de luz, de ilusiones y de sonrisas, pero también de pasajes oscuros y tristes, escondidos en el fondo de un desván. Sus manos están llenas de líneas que trazan un mapa de una geografía muy especial. Almería, Granada, Valencia, Burdeos, Murcia. Ciudades que lo vieron crecer y cambiar, a veces agazapado, otras teniendo al mundo frente a frente. Ese mundo al que a veces es tan difícil mirar a los ojos sin sentir miedo. Entre pinceles y azules, entre experiencias y sonidos franceses, se formó una persona maravillosa, al que un día no le bastó el azul del cielo del Mediterráneo y se lanzó al Atlántico, surcando el mar en una caravana de colores, amor y paz, que él mismo pintó. De alguno de aquellos viajes, me trajo una cubanita maravillosa, con unas maracas en sus manitos de madera y un pañuelo verde anudado en la cabeza, que guardo como otro tesoro; siempre que la veo me hace sonreír. Me imagino a ese hombre valiente y libre, caminando por las calles soleadas de La Habana, disfrutando de sus olores y colores, de su sosiego y su calma; a un hombre nuevo entre esos coches antiguos que después inmortalizó en sus lienzos llenos de arte. Nunca he estado en Cuba, pero, a través de sus ojos, de sus fotografías, dibujos y palabras, puedo soñarla. Un hombre de otra época, de otro país, libre, que irradiaba más luz que el sol. Si pudiera, hubiera hecho que aquella luz nunca se apagara, que bastante difícil había sido la vida ya. Pero, aunque lamentablemente llegó la tormenta también a aquel lugar de la costa, el hombre valiente y libre era bueno y, como buena persona, tenía miles de amigos que lo querían, miles de paraguas bajo los que refugiarse a pasar la tormenta, a esperar a que llegara de nuevo la calma. Se volvió a llenar de risas, de ilusiones, de mapas que dibujar en su piel, y se volvió a lanzar al mar subido en su maleta, que cada vez es más grande y está más llena de experiencias y sueños. El hombre valiente, sensible, bueno, al que jamás le volverán a cortar la libertad.


Te lo advertí, Pedro; cualquier cosa que le cuentes a un escritor podrá ser usada en una de sus historias. Hoy, la historia eres tú. Gracias, por abrirme hace nueve años la puerta de tu aula, por abrirme después los brazos a la amistad, y por abrirme también tu alma bleu. Aunque sea poco, aquí está mi pluma llena de tinta verdeazul, mis letras conmovidas, y mi voz temblorosa de emoción, para insuflar tus alas siempre que lo necesites, porque una buena persona se merece lo mejor.

El paisaje se vuelve cada vez más verde a medida que avanza la locomotora, el tren llega ya casi a su destino, a esta nueva parada, en la que tendré de banda sonora a Sabina y también a tus consejos, a los buenos deseos que me has dado antes de marchar. Y es que hay heridas que cicatrizan lento, otras que lo hacen al instante, otras que necesitan amor y cariño a raudales para sanar. A mí me curan las palabras, soltarlas y escribirlas para que cicatricen ahí, sobre el papel. También me curan las historias de los demás, compartir el dolor y la soledad; pero, sobre todo, compartir la felicidad y los horizontes limpios de nuevas vidas, nuevas esperanzas. Aunque el mejor cicatrizante es saber, como me dijo hace poco un hombre valiente y libre, que tu mejor cura eres tú mismo. Y por eso, ya no duele.

Por muchos horizontes más, por muchos colores más, por muchos trenes más, por muchos sueños más.

La mujer de verde.

viernes, 25 de marzo de 2016

Atardeceres

Una luz rosada comienza a inundar la habitación, y despego la vista del ordenador para pegar los ojos en el cristal y ver cómo atardece en casa. Los atardeceres más bonitos de mi mundo son los que ocurren aquí. Dejo vaho en el cristal y las nubes naranjas, rosas y violetas se nublan. En una casa lejana hay una fogata donde están quemando hojas secas. El fuego en la distancia me hipnotiza, es un punto centelleante que rompe la calma de la escena. No se oye nada; sólo, de tanto en tanto, un rumor de pájaros que vuelan libres. Yo también quiero volar. La quietud es perfecta, y me quedo absorta varios minutos respirándole a la ventana y absorbiendo el atardecer de mi hogar.

El hogar está donde el corazón está. 

En los últimos siete años, he vivido en siete casas diferentes. En todos ellas he puesto parte de mi alma para convertirlas en mi hogar. Me he movido, por tierra y aire, entre tres ciudades distintas, y en cada una he hallado tantas cosas que me han hecho ser lo que soy ahora, que mi corazón tiene tres raíces. Mañana empieza otra vida en una octava casa y una cuarta ciudad, empieza el proceso de abrir mi interior ante lo que este nuevo lugar tiene que ofrecerme y dejarme fundir con él. Tengo ganas y nervios, pero también miedo por abandonar una vez más la zona de confort. Adaptarse a los cambios siempre es un desafío, necesario además, que te hace crecer enormemente como persona.

El cambio es lo único constante.

Quedan los últimos rastros de luz, los azules tiñen ahora el cielo y el punto de fuego se ha desparramado por la línea del horizonte que lo separa de mi tierra. Me pregunto cómo serán los atardeceres que veré a partir de ahora, qué colores tendrá el cielo al que canta Sabina en sus canciones, si me fascinará tanto como espero una de las ciudades en la que siempre he soñado con vivir. Echo mi aliento sobre el cristal y dibujo una silueta de pájaro trazando una eme de Madrid, le engordo las alas para darle fuerzas y lo suelto, marcándole el norte, pero pidiéndole que nunca se olvide del sur.

Las alas están hechas para volar.

martes, 8 de marzo de 2016

Mujeres solas

Hace unos días, la madrugada del viernes, compartí en una red social un texto sobre una noticia que me hizo apretar los dientes de rabia. Dos chicas jóvenes, de 21 y 22 años, habían sido asesinadas a golpes mientras estaban de vacaciones, y muchos medios de comunicación se habían hecho eco del suceso informando de que "viajaban solas". 

Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, "viajaban solas". Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban "solas". ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser "solas", algo les faltaba... Adivinen qué.

Crudo, real. Mariana no podría haberlo expresado mejor. Los medios dicen que viajaban solas. La realidad es que así era. Porque una mujer, dos mujeres, tres mujeres, no son nada si un hombre, dos hombres, varios hombres, más fuertes que ellas, quieren hacerles daño. Ésta es la jodidamente triste realidad. Están solas. Necesitan un hombre que las proteja. ¿De quién? Del peligro de estar "solas" ante otros hombres.

Leí la noticia, este breve pero intenso texto y otro igualmente crudo y real (¿Qué ropa tenías? ¿Por qué andabas sola? ¿Cómo una mujer va a viajar sin compañía? Te metiste en un barrio peligroso, ¿qué esperabas?), y me fui a la cama harta del mundo. Pensé en las veces en que yo misma he sentido cierto miedo al ir sola por la calle, al llevar un pantalón o un vestido "demasiado corto" en pleno verano asfixiante, porque eres mujer y casi cualquier cosa es provocar; al recogerme de noche con una amiga, cuando mi madre insistía en que nos acompañara un chico, por si pasaba algo (¿al chico no va a pasarle nada porque es un hombre?); al sentir miradas y pisadas a la espalda, insultos disfrazados de piropos, o al revés; y saber que hay cosas que no debes hacer, y menos sola, porque eres mujer.

Dos días después, volví a sentir miedo. Las casualidades.
Llevaba un vestido, un abrigo y unos tacones, eran casi las 3 de la mañana de un sábado noche, y estaba sentada, sin molestar a nadie ni mirar a nadie ni dirigirme a nadie, escribiendo por el móvil, en las escaleras de una de las plazas centrales más transitadas de mi ciudad. A esa hora aún pasaba gente; y también gentuza.

Primero, se me acerca un chico:
-Hola, ¿qué haces? ¿estás bien? - amabilidad fingida y una mirada extraña.
-Sí, estoy bien, gracias.
Se aproxima más y empieza a agacharse a mi lado.
-Es que te he visto, tan sola, y he pensado que igual querías algo...
-He dicho que estoy bien, gracias - sin mirarlo. Borde, pero eficaz. Se va. Tengo un móvil en la mano y estoy usándolo, estoy voluntariamente sentada, si quisiera algo ya me habría levantado yo a pedir ayuda, no quiero que un extraño se siente a mi lado a las 3 de la mañana.

A los pocos minutos, oigo voces gritándome.
Menudas piernas tienes.
Qué haces ahí sentada tan sola.
Si tú quisieras yo te alegraba la noche.
Levanto la cabeza y veo a siete u ocho chicos, entre veinticinco y treinta años. Pasan por delante de mí. Me hacen gestos obscenos, muy obscenos, mientras avanzan por la plaza. Y yo, craso error, pienso en lo que leí dos días antes, pienso en que no me da la gana tener que aguantar sandeces y obscenidades por ser mujer y estar sola, y como no me veo capaz de abrir la boca ni de mantenerla cerrada, cometo un impulso infantil y les saco el dedo mientras los miro con todo el odio del que son capaces mis ojos. Como si eso me protegiera de algo, como si pudiera defenderme. Y alimento al monstruo. Comienzan a gritarme otra vez.
Zorra.
Seguramente no te han follado esta noche.
No eres una tía de verdad porque no respondes con simpatía cuando te dicen qué piernas tienes.
Si te la metiera yo te ibas a enterar.
A medida que escucho sus gritos resuenan palabras en mi cabeza, se me nublan los ojos pero lucho por no darles la satisfacción de soltar una lágrima, veo como se alejan mientras dos de los chicos sujetan a otro que intenta venir hacia donde estoy y sigue gritando cosas muy bonitas, cojo el móvil como si no pasara nada ni me estuvieran insultando en la distancia y abro el bloc de notas. Escribo, para no olvidarlo al día siguiente (como si pudiera):

Una mujer sola
no es nadie.

Durante el incidente, una pareja ha pasado también por delante de mí, los ha mirado y ha negado con la cabeza. A lo mejor en ese momento yo sí que necesitaba ayuda y no un leve gesto de reprobación.
La escena se hubiera dado de igual manera si llego a estar con otra chica. Si hubiera estado acompañada de un chico, no.
Sentí miedo, rabia, asco, ira y tristeza. Claro, una mujer no puede estar sola a las 3 de la mañana en una plaza pública por donde pasa gente y sentirse segura. Un hombre, sí. Es peligroso, ¡cómo se te ha ocurrido, hija! ¡Para que te hubiera pasado algo! ¿Por qué debo tener miedo a que me pase algo? Sé que no debo ir a un bosque de noche sin protección por si hay animales salvajes. Sé que no debo bañarme en el mar cuando está muy revuelto. Sé que no debo andar por la carretera de noche sin un chaleco reflectante. Sé que no debo ir sola porque... soy mujer y pueden... violarme y agredirme... ¿Por qué tengo que temer a los hombres? ¡Una generalización tan abrupta!

Esto no es nada, absolutamente nada, comparado con lo que viven otras mujeres; con lo que sufren niñas, jóvenes, mujeres adultas, a diario. Acoso callejero, acoso laboral, acoso en el hogar, acoso sexual, maltrato, violencia, vejaciones físicas y psicológicas, desigualdad, machismo, miedo.

¿Qué nos faltó al nacer para tener el derecho a no tener miedo? 
A nosotras, nada.
A algunos hombres les faltó, simplemente, humanidad y decencia.

La única manera de solucionar esto es educar. Educar a niños y niñas desde que nacen en la igualdad. No dejes que tu hermano pequeño vea a las mujeres como objetos ni hagas comentarios fuera de lugar por graciosos que puedan parecer, no seas un mal ejemplo para tu hijo silbando a las mujeres que pasan por delante de tu coche, no fomentes la desigualdad en tu trabajo ni impidas que las mujeres accedan a puestos superiores si está en tu mano, no le digas a tu prima qué debe o no debe ponerse, o cómo debe arreglarse para ser más "femenina", no discrimines, hazte eco de las injusticias, no dejes que acosen o insulten a una mujer delante de ti, sé valiente, ayuda a eliminar una desigualdad que la sociedad sigue perpetuando y que nunca debió existir.

Porque yo también tengo derecho a viajar sola, a pasear sola, a estar sola, sin tener miedo.

jueves, 7 de enero de 2016

Caligrafía de rey

Tengo veinticuatro años y una inabordable cantidad de palabras escritas sobre el papel a mis espaldas.
No recuerdo cuándo fue la primera vez que tracé una letra con un lápiz, pero me imagino que lo primero que mi madre me enseñó a escribir fue mi nombre. Mi nombre es de los difíciles, tal vez me llevó algún tiempo hacerlo perfectamente, pero sin duda fue algo socorrido. Recuerdo escribirlo por todas partes, con bolígrafos y rotuladores de colores; supongo que todos lo hacemos, queremos dejar nuestra identidad impresa, marcamos nuestra presencia con un nombre.
Fuera del colegio, los primeros textos que seguramente empecé a redactar fueron las cartas a los Reyes Magos; mis padres las conservan aún, y en ellas se ven faltas de ortografía y una letra irregular, redonda y gorda, muy marcada. En las cartas se aprecia como cada Navidad la caligrafía mejoraba, hasta que pasé a escribir también las cartas de mi hermano pequeño cuando él aún no sabía hacerlo. En una fecha las cartas se detienen, se rompe esa magia.
Mi siguiente legado escrito son cuentos infantiles para el colegio, y después para el instituto. Una letra más adolescente, muy recta: hacía trampa, utilizaba plantillas con líneas debajo del folio para guiarme. Era un proceso lento y cuidado. Yo era extrañamente paciente escribiendo, me importaba el aspecto además del contenido, y me ayudaba de la regla para subrayar los títulos.
Después, el aspecto empezó a darme igual y mi letra empeoró notablemente, hasta el punto de, según algunos, volverse a veces ilegible. Empezó la carrera por escribir más en menos tiempo, la urgencia en los exámenes por llenar más folios y, ya en la universidad, la necesidad obligada de alcanzar a anotar todo lo que salía de la boca y de la mano del profesor, que era más rápida en la pizarra de lo que lo era la mía en el papel.
Millones de páginas escritas. Apuntes, apuntes, apuntes. Cartas, postales, notas, diarios, agendas. Cientos de árboles talados para que yo, a lo largo de veinticuatro años, digamos someramente unos veinte, haya dibujado una caligrafía cambiante con la tinta de mi vida. Muy cambiante.

Me gusta contemplar la caligrafía de los demás. Hasta hay un arte que pretende deducir la personalidad que se esconde detrás del trazado escrito de alguien. No entiendo de eso, ni sé si me lo llegaría a creer. Sólo sé si me gusta cómo escribe alguien o no, si me inspira confianza su letra, si se me hace apetecible leerla, si encuentro bello un texto escrito de su mano; o, por otro lado, si es desagradable, sucia, demasiado picuda, demasiado curva, demasiado inclinada. Cuestión de gustos. A veces ver la letra de alguien es un aliciente en lo que me gusta de esa persona; otras veces, un detrimento.
Hoy en día, apreciamos muy poco la caligrafía de la gente, pues ahora todos escribimos igual: Times New Roman, Arial, Calibri, Monotype Corsiva, Georgia, Comic Sans MS. Estamos perdiendo una de nuestras señas de identidad, la manera única y personal en que nuestras manos trazan símbolos que componen las palabras que nos permiten comunicarnos. Nos volvemos más fríos, más planos, más anónimos.
En esta era tecnológica en que nos hayamos inmersos, al margen de los beneficios evidentes que nos han permitido los procesadores de textos, a mí sigue emocionándome profundamente ver una carta escrita a mano, una nota en la nevera, unas palabras detrás de una fotografía, una dedicatoria en la primera página de un libro.
La escritura a mano es caliente, late sobre el papel, nos hace personas. Escribirle a alguien es hermoso, especial, y, por eso, no hay nada que me emocione más ver trazado que mi propio nombre. Ese nombre que de pequeña me empecinaba en firmar allá donde hubiera un hueco; que incluso arañé en la madera de mi mesa de escritorio con unas tijeras, regañina asumida de mi madre; que es lo primero que escribo siempre en un examen, en una solicitud, en un trabajo. Mi nombre, pero escrito por una persona que me quiera.

Mi abuelo Manolo fue pocos años al colegio y ha trabajado muchísimo toda su vida. No ha tenido la oportunidad de llenar todos los folios que ya he llenado yo, aunque me triplique la edad. Pero ha escrito, sin duda, lo suficiente: se ha escrito a sí mismo. Ha apuntado las medidas de los muebles que fabricaba con sus manos, ha hecho inventarios en su fábrica y rellenado facturas, le ha mandado cartas a mi abuela mientras cumplía servicio militar en Sidi Ifni, y ha escrito en el aire los cuentos que me contaba de niña.
Yo lo he visto escribir pocas veces; lo hace pausadamente, con esmero, como si se esforzara en recordar. He podido ver su letra en su cuaderno de películas, donde anota todos los clásicos del Oeste que tiene grabados; en sus cajas de medicamentos, donde especifica cómo debe tomar las pastillas; en anotaciones en las instrucciones de algunos aparatos. No haría falta decirlo, pero me encanta su letra. Es bonita, tierna e imperfecta, casi temblorosa, y me hace sentir bien. Sobre todo, cuando cada 5 de enero, veo Patricia escrito por él.
Nunca me ha gustado especialmente la Navidad, pero cuando tenía la edad en que andaba garabateando mi nombre con colores, tenía un rey mago favorito, Melchor. Mi abuelo, si se la dejara, tendría la barba blanca, como él. Después de la inocente infancia, me di cuenta de que mi único rey favorito era y es mi abuelo.
Cada noche de Reyes desde que tengo memoria, y salvando algunos años en los que me ha sido imposible estar, vamos a casa de mis abuelos a recoger lo que sus majestades hayan querido (o podido) dejarnos de regalo. Ya hace bastante tiempo en que aparecen mágicos sobres blancos, pequeños, en la repisa de la chimenea. Uno para cada hija, uno para cada nieto.
La verdad, y aunque pueda sonar pretendido y adornado, es que lo que haya dentro del sobre me da exactamente igual. Lo que me importa es que allí está mi nombre escrito con la caligrafía de mi abuelo, un año más, y que, por tanto, él sigue allí, en su casa, y sigue acordándose de cómo sostener un bolígrafo y trazar con sus manos, que tanto han trabajado, las líneas que forman las letras que su hija un día me enseñó a escribir para formar mi nombre. Y me emociona.

Este año también me emocionó ver cómo mi abuelo se probaba una chaqueta polar azul tras abrir uno de sus regalos. La torpeza latente de la edad en sus movimientos al ponérsela, la vejez rodeando todo su cuerpo sin que haya abrigo que lo resuelva, el peso maldito del tiempo que nos coloca una soga en el cuello y nos va impidiendo respirar. Y yo aguantaba la respiración para no mostrar la ansiedad que me produce ver cómo las agujas del reloj se mueven ahora tan malditamente rápido.
Últimamente estoy pecando demasiado de vaciar de tanto en tanto mi alma aquí, mis propias experiencias tal cual, sin distorsionar. Supongo que hay cosas que son demasiado puras, emociones que no soy capaz de disfrazar y que necesito soltar, porque lo que en realidad me gustaría sería escribir todo este texto a mano y regalárselo a mi abuelo, ir a su casa sin que sea 5 de enero y leerle lo que siento al ver cada año un sobre con mi nombre escrito con su caligrafía de rey. Pero no puedo. Decirlo sería concederle una victoria a la muerte, reconocer ante ella que le tengo miedo, recalcar un paso del tiempo que no quiero asumir y las despedidas que no quiero que lleguen nunca, y romper a llorar delante de mi abuelo. Y no puedo.
Seguiré escribiendo aquí, con fuente Georgia, tamaño 16, fría, plana, anónima, las sensaciones que no quiero que pasen de mi mano al papel para que no pulsen sus latidos en él, y que así no tengan la posibilidad de morirse jamás.