viernes, 25 de marzo de 2016

Atardeceres

Una luz rosada comienza a inundar la habitación, y despego la vista del ordenador para pegar los ojos en el cristal y ver cómo atardece en casa. Los atardeceres más bonitos de mi mundo son los que ocurren aquí. Dejo vaho en el cristal y las nubes naranjas, rosas y violetas se nublan. En una casa lejana hay una fogata donde están quemando hojas secas. El fuego en la distancia me hipnotiza, es un punto centelleante que rompe la calma de la escena. No se oye nada; sólo, de tanto en tanto, un rumor de pájaros que vuelan libres. Yo también quiero volar. La quietud es perfecta, y me quedo absorta varios minutos respirándole a la ventana y absorbiendo el atardecer de mi hogar.

El hogar está donde el corazón está. 

En los últimos siete años, he vivido en siete casas diferentes. En todos ellas he puesto parte de mi alma para convertirlas en mi hogar. Me he movido, por tierra y aire, entre tres ciudades distintas, y en cada una he hallado tantas cosas que me han hecho ser lo que soy ahora, que mi corazón tiene tres raíces. Mañana empieza otra vida en una octava casa y una cuarta ciudad, empieza el proceso de abrir mi interior ante lo que este nuevo lugar tiene que ofrecerme y dejarme fundir con él. Tengo ganas y nervios, pero también miedo por abandonar una vez más la zona de confort. Adaptarse a los cambios siempre es un desafío, necesario además, que te hace crecer enormemente como persona.

El cambio es lo único constante.

Quedan los últimos rastros de luz, los azules tiñen ahora el cielo y el punto de fuego se ha desparramado por la línea del horizonte que lo separa de mi tierra. Me pregunto cómo serán los atardeceres que veré a partir de ahora, qué colores tendrá el cielo al que canta Sabina en sus canciones, si me fascinará tanto como espero una de las ciudades en la que siempre he soñado con vivir. Echo mi aliento sobre el cristal y dibujo una silueta de pájaro trazando una eme de Madrid, le engordo las alas para darle fuerzas y lo suelto, marcándole el norte, pero pidiéndole que nunca se olvide del sur.

Las alas están hechas para volar.

martes, 8 de marzo de 2016

Mujeres solas

Hace unos días, la madrugada del viernes, compartí en una red social un texto sobre una noticia que me hizo apretar los dientes de rabia. Dos chicas jóvenes, de 21 y 22 años, habían sido asesinadas a golpes mientras estaban de vacaciones, y muchos medios de comunicación se habían hecho eco del suceso informando de que "viajaban solas". 

Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, "viajaban solas". Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban "solas". ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser "solas", algo les faltaba... Adivinen qué.

Crudo, real. Mariana no podría haberlo expresado mejor. Los medios dicen que viajaban solas. La realidad es que así era. Porque una mujer, dos mujeres, tres mujeres, no son nada si un hombre, dos hombres, varios hombres, más fuertes que ellas, quieren hacerles daño. Ésta es la jodidamente triste realidad. Están solas. Necesitan un hombre que las proteja. ¿De quién? Del peligro de estar "solas" ante otros hombres.

Leí la noticia, este breve pero intenso texto y otro igualmente crudo y real (¿Qué ropa tenías? ¿Por qué andabas sola? ¿Cómo una mujer va a viajar sin compañía? Te metiste en un barrio peligroso, ¿qué esperabas?), y me fui a la cama harta del mundo. Pensé en las veces en que yo misma he sentido cierto miedo al ir sola por la calle, al llevar un pantalón o un vestido "demasiado corto" en pleno verano asfixiante, porque eres mujer y casi cualquier cosa es provocar; al recogerme de noche con una amiga, cuando mi madre insistía en que nos acompañara un chico, por si pasaba algo (¿al chico no va a pasarle nada porque es un hombre?); al sentir miradas y pisadas a la espalda, insultos disfrazados de piropos, o al revés; y saber que hay cosas que no debes hacer, y menos sola, porque eres mujer.

Dos días después, volví a sentir miedo. Las casualidades.
Llevaba un vestido, un abrigo y unos tacones, eran casi las 3 de la mañana de un sábado noche, y estaba sentada, sin molestar a nadie ni mirar a nadie ni dirigirme a nadie, escribiendo por el móvil, en las escaleras de una de las plazas centrales más transitadas de mi ciudad. A esa hora aún pasaba gente; y también gentuza.

Primero, se me acerca un chico:
-Hola, ¿qué haces? ¿estás bien? - amabilidad fingida y una mirada extraña.
-Sí, estoy bien, gracias.
Se aproxima más y empieza a agacharse a mi lado.
-Es que te he visto, tan sola, y he pensado que igual querías algo...
-He dicho que estoy bien, gracias - sin mirarlo. Borde, pero eficaz. Se va. Tengo un móvil en la mano y estoy usándolo, estoy voluntariamente sentada, si quisiera algo ya me habría levantado yo a pedir ayuda, no quiero que un extraño se siente a mi lado a las 3 de la mañana.

A los pocos minutos, oigo voces gritándome.
Menudas piernas tienes.
Qué haces ahí sentada tan sola.
Si tú quisieras yo te alegraba la noche.
Levanto la cabeza y veo a siete u ocho chicos, entre veinticinco y treinta años. Pasan por delante de mí. Me hacen gestos obscenos, muy obscenos, mientras avanzan por la plaza. Y yo, craso error, pienso en lo que leí dos días antes, pienso en que no me da la gana tener que aguantar sandeces y obscenidades por ser mujer y estar sola, y como no me veo capaz de abrir la boca ni de mantenerla cerrada, cometo un impulso infantil y les saco el dedo mientras los miro con todo el odio del que son capaces mis ojos. Como si eso me protegiera de algo, como si pudiera defenderme. Y alimento al monstruo. Comienzan a gritarme otra vez.
Zorra.
Seguramente no te han follado esta noche.
No eres una tía de verdad porque no respondes con simpatía cuando te dicen qué piernas tienes.
Si te la metiera yo te ibas a enterar.
A medida que escucho sus gritos resuenan palabras en mi cabeza, se me nublan los ojos pero lucho por no darles la satisfacción de soltar una lágrima, veo como se alejan mientras dos de los chicos sujetan a otro que intenta venir hacia donde estoy y sigue gritando cosas muy bonitas, cojo el móvil como si no pasara nada ni me estuvieran insultando en la distancia y abro el bloc de notas. Escribo, para no olvidarlo al día siguiente (como si pudiera):

Una mujer sola
no es nadie.

Durante el incidente, una pareja ha pasado también por delante de mí, los ha mirado y ha negado con la cabeza. A lo mejor en ese momento yo sí que necesitaba ayuda y no un leve gesto de reprobación.
La escena se hubiera dado de igual manera si llego a estar con otra chica. Si hubiera estado acompañada de un chico, no.
Sentí miedo, rabia, asco, ira y tristeza. Claro, una mujer no puede estar sola a las 3 de la mañana en una plaza pública por donde pasa gente y sentirse segura. Un hombre, sí. Es peligroso, ¡cómo se te ha ocurrido, hija! ¡Para que te hubiera pasado algo! ¿Por qué debo tener miedo a que me pase algo? Sé que no debo ir a un bosque de noche sin protección por si hay animales salvajes. Sé que no debo bañarme en el mar cuando está muy revuelto. Sé que no debo andar por la carretera de noche sin un chaleco reflectante. Sé que no debo ir sola porque... soy mujer y pueden... violarme y agredirme... ¿Por qué tengo que temer a los hombres? ¡Una generalización tan abrupta!

Esto no es nada, absolutamente nada, comparado con lo que viven otras mujeres; con lo que sufren niñas, jóvenes, mujeres adultas, a diario. Acoso callejero, acoso laboral, acoso en el hogar, acoso sexual, maltrato, violencia, vejaciones físicas y psicológicas, desigualdad, machismo, miedo.

¿Qué nos faltó al nacer para tener el derecho a no tener miedo? 
A nosotras, nada.
A algunos hombres les faltó, simplemente, humanidad y decencia.

La única manera de solucionar esto es educar. Educar a niños y niñas desde que nacen en la igualdad. No dejes que tu hermano pequeño vea a las mujeres como objetos ni hagas comentarios fuera de lugar por graciosos que puedan parecer, no seas un mal ejemplo para tu hijo silbando a las mujeres que pasan por delante de tu coche, no fomentes la desigualdad en tu trabajo ni impidas que las mujeres accedan a puestos superiores si está en tu mano, no le digas a tu prima qué debe o no debe ponerse, o cómo debe arreglarse para ser más "femenina", no discrimines, hazte eco de las injusticias, no dejes que acosen o insulten a una mujer delante de ti, sé valiente, ayuda a eliminar una desigualdad que la sociedad sigue perpetuando y que nunca debió existir.

Porque yo también tengo derecho a viajar sola, a pasear sola, a estar sola, sin tener miedo.