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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuentos de Invierno

Vainilla

En los bosques, las ramas de los árboles estaban desnudas y ateridas, mirando desde las alturas la alfombra de hojas que la estación de la caída había tejido a su costa, adivinándose tras sus troncos indefensos los picos nevados de las montañas. En las ciudades, la gente empezaba a ponerse nerviosa al volante, se acercaba la hora punta de la salida del trabajo y querían escapar de la circulación cuanto antes, pitaban impacientes, encendidos por las luces navideñas y atosigados por el reloj. En los pueblos, las campanas empezaban a repicar llamando a la misa de tarde, algunos ancianos salían de sus casas con un bastón en la mano y una manta sobre los hombros, y las madres bajaban las persianas para guardar dentro el calor del hogar. En un universo aparte, estaba nuestra playa. Tu silueta se recortaba sobre el horizonte, un perfil que me sé tan de memoria que podría dibujarlo a ciegas sobre la arena, hundiendo el dedo en ella y creando líneas como las que recorro en tu espalda...

Punto y aparte

" He aguantado en la línea de salida hasta oír ese disparo que marcara una señal. Pero el pánico al fracaso me detiene, unas veces se gana y otras se pierde. He aprendido a lamerme las heridas, renacer de mis cenizas y volver a comenzar. ¿Para qué gastar el tiempo en convencerte? Unas veces se gana y otras se pierde." Eva Amaral. La cajita de música a la que había que darle cuerda para que sonara se ha quedado enganchada, y las notas de La vie en rose no paran de bailar. Ellas se acercan al cristal empañado y dibujan con los dedos líneas y símbolos que danzan en el mismo compás. Las yemas se les hielan, a una y a otra, y sus huellas dactilares se quedan pegadas en la ventana. Afuera hace frío y se escucha música más moderna, pero de cortinas para adentro una atmósfera parisina envuelve la estancia, la estufa de leña calienta como un sol benefactor, el reloj de péndulo oscila en la pared marcando la cuenta atrás. Ellas siguen con los dedos llenando...

Cerraduras

Como el nieto mayor que era, me tocó a mí ir a cerrar la casa. El abogado nos había repartido días antes varios sobres y otras cosas de valor, lo único que restaba era decidir qué hacer con el caserón, y ninguno de nosotros tuvo la osadía de sugerir venderlo. Acordamos, pues, cerrarlo a cal y canto, dejar que el tiempo pasara sobre él y sobre nosotros, y esperar a que la presencia, aún muy presente, de nuestro abuelo se desvaneciera para tratar de tomar otra decisión. Me dirigí esa tarde hacia el lugar, con la argolla llena de llaves que me había dado el magistrado. Era una argolla envejecida, enorme, como la que solían llevar los amos de llaves enganchadas a la cintura, y de ella colgaban varias de aquellas, algunas simples, otras barrocas y ricamente engalanadas, un par aún desconocidas para mí. Tras atravesar la verja, me planté delante del portón y empuñé la llave más grande. Un gruñido chirriante me invitó a entrar, descubriéndome una estancia que recordaba muy bien, aunque...

A dos grados bajo cero

"Ser adulto es estar solo". Rousseau. No es invierno aún, pero sí lo es, y la corriente de gente se apretuja por las calles anónimamente para transmitirse calor. Yo me quedo fuera, ausente, observando desde una esquina el remolino de alientos y vahos, de miradas que no se mantienen y de manos que no se dan. Se comparte el calor interesadamente, por eso nadie se siente culpable, porque todos son piezas de un mismo engranaje. Y se necesitan. Si miras hacia arriba se ve la atmósfera cargada y densa allí donde está reunida la muchedumbre. En el resto de la ciudad, frío. En el resto de la ciudad, culpabilidad y engranajes rotos. Algo ha salido mal, la máquina del calor ha dejado de funcionar. Por eso la gente se estrecha, se reúne, siguen mirándose sin ver pero están cerca, cada uno piensa en sus cosas pero son un colectivo. Yo no puedo formar parte de eso, estoy condenada al invierno. Y lo acepto, no me importa. Ser adulto es aprender a estar solo. No quiero ent...

Huele a granizo

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El granizo es hielo pequeñito,         que se derrite muy rápido,                 como cubitos en un vaso,                         como cristales en la piel.                                 Los caballos han empezado a correr.                                                               Pero el granizo destruye a su paso,                                         araña tierras, espolea los caballos,         ...

Verso libre y encerrado

Tengo frío en los pies, aunque llevo calcetines altos. Se me ha caído tanto pelo que podría hacer una alfombra con él. Una alfombra donde tumbarme a esperar a la Muerte. Madrugo, me desvisto, me sujeto a otra ropa para no caer. Espero, espero, espero, me impaciento, me hundo.  Dióxido de carbono en los pulmones, drogas en el cerebro.  Me cuelgan las mejillas que no se acuerdan de como sonreír. Los ojos me escuecen llenos de lluvia en las pestañas. Lluvia radiactiva, venenosa, como la sangre de mi corazón. Se me rompe el cuello si lo giro mucho hacia atrás. Sólo puedo mirar hacia delante, y allí no veo nada, nada, nada. Sólo oscuridad, penumbra, abismo, tinieblas ácidas. Por la ventana se cuelan voces que hablan en inglés. Entiendo lo que dicen, más que a veces entiendo tu español. Tus palabras no se corresponden con tus actos. Madrugo y me desnudo, despacio, con asco de tocar mi piel. No pasa el tiempo allá afuera,  y y...

En mitad de un relámpago

La lluvia son las lágrimas de los niños que no se pueden pagar una entrada de cine. Las lágrimas son las hijas de la lluvia, los finales desgastados de un rollo de filme. El cine es una máquina de hacer nubes para niños y no tan niños, que siempre lloran. Y llorar es gastar esa película, que estalla en tu vida, en mitad de un relámpago.