Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Historias fugaces

El temblor

La vida de uno es, al final, una insignificante muestra a escala diminuta de lo que sucede en el resto del universo. Un suspiro después del Big Bang. La naturaleza sigue su curso, los momentos encajan, la fluidez fluye y todo parece tener sentido. Hay altibajos pero, al final del día, todo está más o menos donde tenía que estar. Se recomponen los sustos, se solucionan los problemas; otros se olvidan. Pero a veces, la tierra tiembla, la vida tiembla y te sacude, se sacude, se quita el polvo y te tira al suelo. Que no lo viste venir. Pero se ha enredado todo, miraste la rueda en vez del horizonte y te caíste. Escuece la mano; se tizna de púrpura, verde y ocre la piel; lagrimean los ojos. Que cómo duele. Como otras veces, sí, pero joder: es que duele igual, las cicatrices anteriores no restan. Quizá dura menos tiempo la herida abierta. Ahora sabes mejor cómo intentar curarla y, sobre todo, aceptas el dolor como parte del éxtasis, la euforia, la felicidad calmada; de todo lo que tenía que ...

Carta al hombre que nunca fuiste

Seguro que estabas borracho y no te acuerdas de esto. Pero la primera vez que fuimos hacia el norte llovía a cántaros y casi nos despedimos del mundo por un volantazo mal dado. Digo que estarías borracho porque te pasabas así cada mes de febrero, del 15 al 28, irremediable e ineludiblemente. Disimulabas tu aliento a Bourbon eyectando espray de menta en tu garganta cada quince minutos. Pero cada otros cinco la mano se introducía en el otro bolsillo de tu pernera y sacabas una petaca en vez del aerosol. Supongo que te tranquilizaba autoconvencerte de que no nos dábamos cuenta. Años después ella me contó que, durante ese viaje, tiraba las botellas del maletero cuando no la veías, pero tú volvías a reponerlas obcecado en la gasolinera más cercana. Aquel era el séptimo febrero que acababas el mes del desamor así, y debió pensar que era suficiente. Así que se decidió a poner tierra de por medio. Nos montó a todos, a ti, tu petaca y tu espray mentolado en el 4x4 y arrancó el motor de ...

Miradas

Ahí quedaste. La vida te colocó una venda en los ojos que borraba todo rastro de mí, y ahora puedes ver un mundo en el que simplemente ya no existo. Caminar tranquilo por la calle sabiendo que no te darás de bruces con mi presente, hablar con la gente habiendo olvidado que un día nos tuvieron en común, volver a los sitios que compartimos juntos sin tener que guardar prudencia, sin miedo a toparte con mi recuerdo, y rehacer tu vida como si yo nunca hubiera estado en ella. Se consumió el cristal de tus gafas que antes me buscaban, se te emborronó la mirada y la venda mental hizo el resto. Ahí quedé. La misma vida que a ti te cegó de mí, conmigo no fue tan gentil. No me ofreció visión selectiva para el corazón, sino un par de binoculares que analizan de cerca una obra. El escenario está prácticamente vacío, es una habitación desamueblada casi en su totalidad, fría y gris. Sólo una cama, en la que están los fantasmas que fuimos, de espaldas, sin mirarse. Cada vez que me coloco las lente...

Callejero

Estaba sentado a los pies de la catedral, y a los pies de él se sentaba una vieja y roída funda de violín, que exhibía abiertamente sus dos mitades de terciopelo granate, una caja torácica casi vacía y partida en canal. Dentro, unas cuantas partituras arrugadas y amarillentas, con olor a libro viejo y a tiempos mejores, y siete u ocho monedas esparcidas aleatoriamente por el interior. El total no sumaba más de tres euros. De momento, hoy no le alcanzaría apenas para un bocata y un café. El órgano vital extirpado de la caja se sentaba a su vez sobre el hombro de su dueño. Era un gastado violín de madera con destellos rojos, delicadamente afinado. Su cuerpo abombado se curvaba bajo los embistes del arco, que el intérprete manejaba con soltura y una puntada de descuido, cómo si respirara pero no pusiera empeño en ello. De él arrancaba notas del vals n°2, la suite para una orquesta variada, en este caso, de viandantes que claqueaban con sus pisadas por la plaza de la catedral, mientras e...

Sin combustible

Hay cuatro grupos de personas en el autobús. Están las parejas que se apretujan entre sí para evitar el frescor gélido del aire acondicionado y exhiben sus besos acaramelados por la ranura que queda entre los dos asientos, con más ruido del que me gustaría, con el inexistente decoro adolescente. Los grupos de señoras que van del pueblo a la ciudad y chismorrean como gallinas, con sus bolsos cargados y sus peinados recién enlacados en la peluquería del barrio esa misma mañana, provocándome mareo por su agitada conversación y el olor fuerte de la laca. Los hombres que van o vuelven de trabajar, con el mono de faena empolvado de tierra y las fiambreras del almuerzo, la mirada perdida por la ventana entre los campos que en otro momento del año les tocará segar, pensando quizás en cosechas más fructíferas. Y por último, ahí estoy yo. Con frío en el asiento, cobijándome tras mi propia sombra de payaso triste, quitándome las gafas para no poder distinguir los detalles del paisaj...

El hábito no hace al conserje

La joven del tercero se cambiaba de ropa cerca de la ventana, con la persiana subida y las cortinas abiertas, incitando a la lascivia y queriéndose saber observada, no cabía duda. Acaso no había de saber ella que, por la magia del reflejo en los cristales, su silueta viajaba de ventana en ventana, y así llegaba hasta el ventanuco del pasillo, desde donde yo observaba, no por placer sino por pura coincidencia, su cuerpo esbelto y pecaminoso, sus movimientos incitantes al quitarse una prenda tras otra. Cómo no iba a ser esa una conducta reprochable, si se empeñaba en repetir ese ritual cada día a las mismas horas y a enturbiar mi paz interior con sus curvas creadas por el mismísimo diablo. En el corredor del segundo piso había cada jueves y viernes un insoportable hedor a marihuana. Que yo no he fumado nunca, pero uno sabe a qué huele eso. Una ligera neblina desenfocaba la puerta a los avernos de aquel piso en que vivían tres estudiantes, que también montaban jaleo varias noches a la ...

Tarde para cambiar.

Supe que había llegado demasiado tarde, que todo había cambiado, que ella no había estado ni estaba sola. Lo supe por la vajilla, escurriéndose a pares en la encimera: dos tazas, cuatro platos, dos copas. Por los albornoces colgando inertes en el baño, sugiriéndome formas de morir más halagüeñas que esta muerte lenta que me estaba sucediendo. Por los cepillos de dientes, verde y naranja, besándose sin pudor tras el cristal del vaso. Por las revistas variopintas apiladas en el bajo de la mesa, de temas que ella nunca leería. Por los dos paraguas enlazados en la entrada, fundiéndose en uno que salvaría de la mayor de las tormentas; pero no a mí. Por las breves notas pegadas en el frigorífico. Lo supe por el desorden ordenado reinante, atípico en su habitual orden desordenado. En general, por detalles imperceptibles que se habían creado y por otros que ya no estaban. Por el olor diferente, el color sensorial trastocado del lugar, las nuevas vibraciones, la atmósfera desconocida... ...

¡Impostura!

Dejé claras mis intenciones desde el principio. Yo iba a lo que iba, y se suponía que ella también. Pero había algo extraño en aquellos ratos de conversación en la cafetería de turno, algo que se me escapaba y parecía decirme, aquí hay gata encerrada. Nos conocimos por medio de un colega común, en una de esas noches difusas entre semana de alcohol y antros sombríos, donde se agazapan en las esquinas barrigudos con maletín. Yo carecía de lo primero pero portaba lo segundo, en la otra mano una copa que apuré de un trago antes de cogerla por el codo y sacarla ansioso de allí. Aquella noche lo hicimos en mi casa. Rompí mi regla en la impaciencia de culminar la jugada rápido. Pero después de aquello no repetí el error, y en las ocasiones siguientes íbamos siempre a algún hostal de poca monta que pagaba yo. Cero romanticismos, cero riesgos de que me pidiera quedarse a dormir. A ella la pareció bien todo lo que le expuse la mañana después del primer escarceo. Yo sólo buscaba una distra...

Espejismo al óleo

Él tocó a la puerta, dos golpes secos, y ella tuvo miedo de abrir y dejar a la sequía entrar de nuevo. Pero esta vez no era una tierra árida y reseca la que pedía permiso para regresar, aunque el golpeteo sonara hueco y corto; de alguna forma el manantial se había llenado y lo supo nada más verse en el reflejo de sus ojos acuosos por las lágrimas y por el pasado, que estallaba detrás de las pupilas desvelando más secretos de los que son capaces de confirmar las palabras. Con otro golpe seco cerró la puerta tras de él, los diques estaban a punto de rebosar en forma de tormenta pacífica esta vez, y ella esperaba con el paraguas cerrado, como una bandera blanca ondeando al viento; una declaración de intenciones, una intención declarada, clara y limpia. Si hubo tiempo que perder, no lo supieron, porque todos los relojes se pararon, y sólo horas después, cuando tuvieron que volver al mundo real, vieron como ni siquiera ellos estaban de su parte y les habían mentido, haciéndolos cre...

Transoceánico

Y el mar, el dulce mar tan trágico, a su propia distancia sometido, sabrá dejar escrito que el viaje nunca fue nuestro tesoro. Luis García Montero. Tengo dos relojes en una de las paredes de mi casa. Uno marca esta hora, exacta; el otro, seis horas menos. Mientras me preparo la comida te imagino desperezándote, sepultada bajo kilos de mantas polares, de esas de pelo tan suave como tu piel. Como, y jugando con los cubiertos te veo refrescarte en el baño, lavarte los dientes y vestirte con cinco capas de ropa, abrir las cortinas y contemplar una blancura espesa y limpia. Yo recojo los platos, y fregándolos te diviso desde lejos retirando la nieve de la entrada, empuñando la pala con decisión y gracilidad, resbalándote graciosamente sobre el suelo helado. Tú actúas todo el rato con normalidad, no te sientes observada, pero yo no puedo parar de pensarte. Paso la tarde en el trabajo viendo tu película diaria: te presiento saliendo de casa y dirigiéndote al barrio latino...

Un techo cualquiera

Había impresa una huella de zapato, justo pegada al conducto de ventilación, en el tono grisáceo de la suciedad  y la prisa.  Su contorno contrastaba con la inmaculada pintura blanca, que se notaba bien retocada. La marca debía ser, por tanto, reciente. Era una suela grande, seguramente de hombre, de un calzado formal, pie izquierdo. Alguien había caminado por el techo, como queriendo escapar. Yo contemplaba la extensión blanca, rota por la pisada contigua a las rejillas del aire, tumbado en la camilla. Mientras me conectaban toda clase de vías y cables, me miré por encima de la barriga los pies descalzos y deseé poder dar un salto antigravedad y posar mi planta sobre la mancha que se exhibía encima de mi cabeza. A continuación, imaginé, usaría mi pie derecho aún en el aire como palanca para abrir la placa de metal y dejar libre el conducto. Posado en el techo como si éste fuera el suelo, saltaría entonces dentro del agujero cuadrado y la gravedad volvería a seguir las ley...

Borrador

Corría el año..., y digo corría porque en verdad llegó y se apresuró a marcharse veloz, y hasta yo me daba cuenta encerrado como estaba entre las paredes de aquella mi entonces casa. Me dedicaba a devorar libros y ensayos, todo cuanto me mandaban, y a redactar críticas mordaces para la revista o el periódico de turno, con una acritud la más de las veces fingida; aquel era mi sello de identidad. Las páginas que leía eran casi siempre como vasos de agua en mal estado, de agua que no quita la sed y hace que necesites beber y beber cada vez más y seguir bebiendo con la esperanza de que al final te sacie, o te mate. Yo me embebía en aquellas páginas: durante unas horas o días perdía el rastro de mí mismo y me sumergía dispuesto a ahogarme en un mar de letras y palabras empapadas de mediocridad mayoritariamente, decencia otras, y majestuosidad en ocasiones puntuales. Al acabar el último párrafo volvía en mí para luego abstraerme, ahora con una mano y un ojo distintos, y sentenciaba en un ...

La foto salió movida

Aún después de tantos años sigo observando aquella fotografía con la esperanza de que sus líneas no estén distorsionadas. Hoy recuerdo mejor los rasgos de la persona que la echó que de la que me acompaña en el retrato, inmortalizado y vago al mismo tiempo. Cuando pulsó el botón me estaba mirando a mí, no a la cámara, ni se esforzaba en apuntar al objetivo; le temblaban las manos mientras sujetaba el aparato y lo único que deseaba era arrojarlo contra el suelo, por decoro supongo que no lo hizo. A cambio, realizó una fotografía borrosa y totalmente difuminada en sus prisas por escapar de la situación. No me dejó una estampa de calidad, pero a cambio imprimió su mirada feroz en mí durante esos segundos eternos en que sostuvo la máquina y sus ojos al nivel de los míos, anonadados ante la imagen que tenía ante sí y que se le pedía hacer eterna. Reflejado en el objetivo vi mi propia sonrisa que se volvió incómodamente falsa ante el fotógrafo, mi acompañante no lo percibió y nunca pudo sabe...

¿Puedo volver a nacer?

Solía entrar a mi habitación a despedirse de noche, a veces mientras yo estaba sentada en la mesa terminando las tareas o cuando ya me encontraba en la cama. Según la situación, bien cogía un lápiz de color y hacía garabatos en los márgenes, bien sacaba un libro del estante y conversaba con los personajes de los cuentos, o desordenaba estos y los esparcía por el cuarto. Intentaba llamar mi atención pero yo la ignoraba, ajena. Siempre luchaba con mis peluches antes de irse con la cabeza gacha, fingía que la atacaban y los cogía forcejeando y gruñendo, para al final ganar sin excepción la batalla. Hasta que un día la perdió, y mi infancia salió la última noche por la ventana sin que yo pudiera despedirme, como ella tantas veces había intentado. Mi infancia saltó y se destrozó al caer, y ahora camina con un bastón tan viejo como mis dientes de leche; lo sé porque la he visto alguna vez, agazapada detrás de algún juguete roto, rencorosa y triste porque el final llegó de golpe sin darn...

Suspiro africano

Caía la tarde y los niños correteaban haciendo ruido por la aldea. A esa hora el calor era pesado y el sudor se pegaba a la piel, pero los pequeños jugaban con las cabras en el corral, las barrigas hinchadas y las moscas entre los ojos. Los animales eran escuálidos pero daban leche y eso ayudaba a la materna. Mamadou ponía un poco de orden en el alboroto cuando los ancianos protestaban chocando las manos y moviéndolas con gestos de disgusto. No era el mayor de sus hermanos pero sí el más sensato, y haciendo honor a su nombre se ganaba el elogio de los viejos, demasiado cansados para siquiera moverse apoyados en la pared de piedra. Esa tarde Mamadou sabía que su padre volvía antes de remover la tierra porque se presentían lluvias para la noche, así que aguardaba impaciente el momento de verle aparecer para ir veloz a la aldea vecina. Allí había una casa donde vendían café y a su Baba le encantaba, aunque fuera muy caro para poder beberlo a menudo. Mamadou juntaba lo que podía y cuando ...

Suena el timbre

Se quita las gafas, se suelta el pelo, los libros vuelan. El mundo me, le, se sonríe.

Melancolía y Madrid

Estoy sentado en mi café favorito de la calle Princesa cuando te veo pasar. El viento y tu prisa mecen tu cabello y las compras que cuelgan de tus manos, firmas caras y ostentosas. Cuánto habrás cambiado. Al principio ni me inmuto, tu persona se ve borrosa a través de los cristales sucios que son ventana tras mi taza, y pienso que los ojos me están jugando una mala pasada, o tal vez el corazón. Pero eres tú, y danzas en tacones por la calle de en frente, siendo más princesa que ella misma, con la elegancia innata y casual que siempre has tenido.  Me quedo congelado en el asiento. Preguntas. Años. Ausencias. Dudas. Si querrás verme. Si te acordarás de mí. Minutos. Pérdidas. Madrid. Certezas. Yo quiero verte. Yo no he podido olvidarme de ti. Deslizo unas monedas a la mesa desgastada y me desgasto en un segundo mientras corro a alcanzar la puerta, un segundo de esos que parecen horas, ahora todo va a cámara lenta. El frío incipiente de esta tarde oscura de invierno me golpea en...

Comecocos.

Me desperté sudando tras la pesadilla. Las sábanas de seda estaban enredadas en mis piernas y me estorbaban como si fueran de esparto. Había tenido uno de esos sueños demasiado reales, y quizás no tan imposibles. Estaba en el Gran Teatro una noche más, y entraba dispuesta a ver la última ópera venida de Alemania, maravilla del espectáculo y la voz. Avanzaba por el corredor en silencio, y a mi paso, dejaba caer el contenido de mi bolso de piel, uno a uno: la barra de labios de Chanel, el monedero incrustado en pedrería, los binoculares en tono burdeos, el pañuelo bordado, el frasquito de perfume... Cada pocos metros metía la mano y sacaba uno, que volaba por el aire como a cámara lenta hasta hacerse añicos en el suelo, o deslizarse grácilmente y en silencio. Nadie parecía verme. Tras el corredor, llegaba a la cafetería del teatro, una suerte de Café chic con decoración de los años veinte, como el mismísimo comedor del Titanic. Allí me sentaba en una mesa, y notaba que el resto de prese...

Western breve

Nació con la mirada aviesa y fatalista, pero no era una mala mujer. Ya fuera por aburrimiento o por un pesimismo innato, se empecinaba en verle un final descarriado a todo lo que discurriera ante sus ojos. Cada mañana, mientras barría el soportal que daba entrada a su casa, observaba las camionetas deslizarse entre los baches de la carretera de en frente y, sin malicia pero con seguridad, imaginaba como alguna habría de, inevitablemente, precipitarse hasta el arcén y estrellarse contra algún árbol, de esos de tronco nudoso y centenario que conformaban la avenida de piedras. Veía las mercancías balancearse en los traseros de los camiones, y al instante sus ojos las colocaban en el suelo, rotas y desparramadas, en un destino fatal. Fatal era también la suerte de los vecinos, o eso creía ella. La una por un motivo, el colindante por otro, pero sin duda a todos habría de acontecerles algo malo, sólo era cuestión de tiempo, porque la mala suerte era algo innato a la vida y al ser humano....

Nunca estaréis a salvo.

El sol brillaba alto despuntando la azotea, y él se empezó a desperezar. Por la ventana entraban abundantes rayos de luz que irradiaban la estancia y le cegaban los ojos aún dormidos. Por la posición del astro debían ser más de las dos, pensó, y lanzó el primer improperio del día. Se deslizó de la cama hasta el suelo como una serpiente y encendió el televisor. Con las noticias de fondo se aguó la cara y el cuerpo en el baño sin espejo. Ya no tenía. Le daba miedo mirarse en los ojos y no ver nada. Porque hacía tiempo que no sentía nada. Se atusó la barba mientras bebía zumo de un cartón y escuchaba la voz monótona del presentador. Nuevas medidas en el Congreso, últimas exigencias desde Bruselas, novedades viejas sobre juicios de corrupción, un incendio aquí, una caída en la bolsa allá. - Tras haberles contado las noticias destacadas del día, volvemos sobre el suceso con el que abríamos el telediario, y que tiene conmocionada a toda Inglaterra. Sin mediar más palabra, apareció e...