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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuentos de Verano

Todo importa

Del verano uno espera muchas cosas. Que el mar le salve, que la distancia le cure, que las vacaciones en casa le surtan de recuerdos imborrables que se convertirán como cada año en anécdotas que huelen a familiaridad. Volver después, a donde sea que uno vuelva, que puede ser un lugar físico o mental, pero volver nuevo y mejorado, listo para empezar de cero. Este año no sabíamos qué esperar. A decir verdad, yo solo esperaba sobrevivirlo, de la mejor manera que se pudiera. Pero también lo he vivido, por primera vez, siendo muy consciente de las dimensiones del verbo. Me he encontrado, como tantas veces desde que pudimos volver a entrever la normalidad, aunque sesgada por esa parte de la mascarilla que hace sombra entre los ojos y la nariz, un verano apacible, en una calma densa y pesada, que puede que preceda a la peor de las tormentas. Pero en eso no quiero pensar. De momento, la calma. En esa calma he respirado por primera vez ese despacio del que todo el mundo hablaba, cuando el virus...

El verano de una vida

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,  y un huerto claro donde madura el limonero;  mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;  mi historia, algunos casos que recordar no quiero.  Antonio Machado. Mi infancia es el mar. Los primeros recuerdos que tengo huelen a sal, en un paisaje donde el sol despuntaba sobre el horizonte de la costa de Almería y las palmeras hacían sombra en una arena que entonces era mucho más virgen que ahora. Sus alrededores no estaban tan disfrazados de edificios y, de hecho, el más alto de la zona se erguía solitario en una colina, vigilando imponente San Juan de los Terreros y guardando entre sus paredes mi infancia. Allí compartí techo con mi familia durante doce maravillosos veranos, los primeros doce de mi vida. En un balcón del segundo piso yo también vigilaba el pueblo costero, correteando por el suelo de la terraza con los pies rojos del tinte que dejaban las baldosas. Mi infancia son las plantas de...

Callejero II

Comenzaba a despuntar en el horizonte la silueta de mi vieja ciudad, aquella que tan bien sabía reconocer. Nos acercábamos por la carretera con el coche recalentado sobre el asfalto ardiente, después de las inclemencias de todo el día, y a lo lejos reconocí los torreones de la catedral, engullidos por el desarrollo más vanguardista de la urbe, los edificios cada vez más y más altos a su alrededor; pero en el centro siempre ella, impertérrita al avance de la civilización moderna, como el punto de fuga de un cuadro que comenzó siendo realista y acabó en abstracto.  La quietud que nos había acompañado durante el viaje no desapareció cuando dejamos la carretera principal para adentrarnos de lleno en el entramado de calles de la ciudad. Era un domingo por la tarde de principios de verano, y la gente que podía permitírselo, y alguna que no, huía al mar y a la montaña, dejando la vida urbana para los animales callejeros y las familias más pobres. El silencio en los barrios era sepulc...

Cuento de verano VII

Desde el balcón blanco de la casa que había alquilado se veía el mar a tan sólo unos metros, y la superficie de éste brillaba lanzando destellos por toda su extensión. Los kilómetros de agua se sucedían hasta perderse en un horizonte salpicado de montículos de tierra, pequeñas islas vírgenes con nombres que evocaban historias del lugar. Pelícano, Isla Blanca, La Extranjera, Isla Reto. El destino es lo de menos, le dijo a la anónima mujer que lo atendió en la inmobiliaria. Sólo quería marcharse lejos unas semanas, a cualquier sitio frente al mar, donde no hubiera aglomeraciones de gente ni ruido. Ahora observaba la quietud de la zona desde el balconcillo del primer piso en el pequeño adosado, rodeado de macetas pobladas de geranios rojos e hibiscus con las corolas a punto de reventar. Mecía la hamaca quejumbrosa y en la mano sostenía una copa de tinto, doce grados en el interior del vaso y más de treinta en el exterior. No se movía una brizna de viento, y el sol se posaba sobre lo...

Cuento de verano VI

Cerró las ventanas, pero a través de los cristales se colaban los rayos arrojados por los faros de los coches, deslizándose entre los arbustos que separaban el apartamento de la carretera, rebotando contra las lámparas de dentro, hacía rato apagadas, y reflejándose en los metales y superficies deslizantes, creando un juego de luces hipnótico y aleatorio. Tras la sucesión intermitente y escasa de coches se adivinaban los mástiles de los barcos del puerto, esperando trémulos y lánguidos al amanecer del siguiente día. El único punto de luz fijo en el interior de la casa era la llama de un cigarro. El fuego devoraba el papel creciendo en cada calada, sostenida por unos dedos terminados en coral. Con las aspiraciones el punto de luz iluminaba un poco más y acertaba a alumbrar unos ojos surcados de arrugas, quizás ya viejos, pero esa noche jóvenes, perfilados de negro y muy brillantes. La boca humeante se giró hacia las ventanas, el moño bajo y medio despeinado rotando perfectamente sob...

Anclas

Mónica sostiene el cigarrillo entre los dedos y lo hace bailar como la experta fumadora que es, entreabriendo a cada minuto los labios, suspirando bocanadas de oes que su media sonrisa, torcida en una mueca, se encarga de acentuar como la primera vocal de su nombre. Guille ahuyenta el humo y sus pensamientos en la otra esquina de la mesa, esgrimiendo su perfil taciturno ante un Andrés más enfrascado en la cerveza que tiene ante sí que en el gesto adusto de la nariz de su colindante. A mi lado está Mar, con las rodillas flexionadas contra su pecho, en una postura que habría resultado tierna para alguien de menos edad y más dulzura en el rostro. Mar es una tormenta en mitad del océano y nosotros el resto de la tripulación de un barco que naufragó hace mucho tiempo. Alguien rompe el silencio. Qué fue de aquel, de Martínez, ¿os acordáis? Otro le contesta que hace poco lo ha visto en no se cuál panadería llevándose cuatro baguettes, que debe tener familia o gustarle congelar el pan. Br...

El despertar

Se llega hasta la casa a través de un camino de tierra que bordea el mar. En aquel lado, éste es rocoso y encrespado, no hay arena ni nada que recuerde a una verdadera playa, y los márgenes están sembrados de arbustos punzantes y cactus amenazadores. Por eso es raro ver a alguien en las inmediaciones, ni siquiera en verano. Ahora es pleno agosto y el sol pega tan alto y tan fuerte que las sombras que hacen las ramas de las palmeras parecen pintadas con betún en el suelo, casi como si la tierra se hubiera abierto en grietas allí donde las hojas dibujan su silueta.  El caserón está abandonado, le faltan paredes y algunos trozos del tejado se han desprendido; incluso no tiene puerta. Su fachada ha sido pasto del arte urbano y sirenas, criaturas extrañas y palabras ininteligibles adornan su color viejo y desgastado. Aquí y allá se ven pedruscos, trozos de metal y escombros en general. La erosión y el tiempo han hecho mucha mella en un lugar que, a juzgar por tu porte altivo, debió t...

Cuento de verano V

Las ramas de los árboles caducos estaban tan secas que parecían espantapájaros, y los pájaros espantados preferían posarse en los viejos cables telefónicos. Por la obsoleta carretera hacía meses que no pasaba un coche. Algunos plásticos negros de los antiguos invernaderos se arrastraban por el suelo como sombras en la noche, aunque estaba empezando a llegar el atardecer. La tierra marrón y árida comenzaba a colorearse de un naranja opaco, pero por el horizonte venían destellos tan ardientes como el magma. Un volcán sin cráter había estallado hacía minutos, y las llamas de lava corrían más rápido que el Sol corre hacia su escondite entre las montañas. Los matorrales y arbustos notaron el calor en las raíces, los pinos de las laderas se agitaban y las piedras se caldeaban. El fuego avanzaba a pasos de gigante y el paisaje era un enano sin piernas. La anterior calma que precedía al ocaso se había visto sacudida. Las fauces del fuego comenzaron a devorar los postes eléctricos, las d...

Cuento de verano IV

La decadencia. Llegó sin avisar una tarde de agosto, aunque en verdad sí había mandado algunos avisos que no quisimos ver. Pero ese día tocó a la puerta con una realidad innegable y tuvimos que reconocerla y llamarla por su nombre. Y cuando se le pone nombre a las cosas ya no hay forma de ignorarlas. Éramos sólo dos y otras veces dos solos, compañía o soledad. Y las grietas se fueron abriendo paso entre nosotros, en los muros de la casa que habíamos construido. Creímos que bastaba habitarla para conservarla, que bastaba hacerla latir para mantenerla sana. Pero la costumbre convirtió en ruinas los cimientos y la falta de estímulos enfermó el corazón. El declive nos sorprendió en medio de telarañas y silencios, conviviendo con insectos de patas tan largas como la distancia que nos separaba. Nos creíamos tan cerca, y ese día algo nos abrió los ojos y nos despertó. Y al despertar vimos cortinas de humo entre los dos, sillas que no se sostenían y una cama partida por la mitad, ve...

Cuento de verano III

Home is where the heart is. Empezaste a hacer las maletas otra vez. Quién sabe cuantas maletas habrás llenado a lo largo de tu vida, cuantos destinos habrás decidido tomar. Yo hace tiempo que paré de contar despedidas. Con tu metodología sistemática doblabas la ropa y colocabas algunas piezas del rompecabezas pulcramente ordenadas. El resto lo dejabas atrás. Las piezas que ya no encajarían allí donde ibas. Nunca desplazabas recuerdos, los detalles físicos se perdían, y en aquel entonces yo no sabía si viajabas con algo en la memoria. Todo tenía lugar a lo largo de más o menos una semana. De pronto empezabas a mostrarte taciturna, impaciente, los días te iban poniendo de peor humor; dabas vueltas por las habitaciones, encerrada como en una jaula, salías a correr más de lo normal. Hasta que una mañana agarrabas el teléfono y dabas parte al dueño de la casa de que cesaba el alquiler, colgabas y me mirabas susurrando lo siento.  Después gritabas diciendo que no aguantabas ...

Cuento de verano II

Se levantó con un buen humor inusual. Cogió su taza favorita y la llenó de agua caliente y unas hojas de té. Cuando agarró el tarro de azúcar se lo acercó a la nariz para asegurarse de que no lo estaba confundiendo otra vez con la sal, pero se ensimismó y respiró sin querer cerca del borde. Los granos blancos volaron silenciosamente y se esparcieron por todas partes, pero no le importó. Abrió las cortinas que ondeaban con la brisa vespertina y sacudió la alfombra por la ventana. Hacía años que no hacía la cama, le encantaba ver la sábana blanca desparramada por la superficie. Se lavó la cara con agua salada y decidió que eran suficientes preparativos. Acercó la mesa a la ventana y se sentó en la silla. La altura del alféizar era perfecta y podía contemplar todo el mar. Entonces cerró los ojos y respiró. Aspiró el olor del té, de la sal y del agua. Abrió los ojos y dio un sorbo.  Estaba preparada. Extendió ante sí un gran papel blanco y eligió uno de los lápices, de l...

Cuento de verano I

Hoy es uno de esos días en que el cielo se confunde con el mar, en que no existe horizonte y por la ventana se ve una extensión azul interminable, como si el fin del mundo hubiera llegado y todo se plegara sobre sí mismo.  El fin del mundo llegó hace tiempo. Hoy zarpó otro barco y decidí que la calma había llegado a puerto y que también debía llegar a mi cama, así que he puesto la caja en la puerta. El marrón contrasta con su pintura azul y con la pared blanca. Dentro de ella están todas esas cosas que quizás ya hayas olvidado y que yo quiero olvidar. Esa caja es la barca de la memoria, de la memoria física; de la otra podría llenar flotas enteras. Hoy tomé esa decisión y mientras las nubes flotan en el agua cierro la puerta por dentro, y la caja queda fuera, y su contenido fuera de mí. Las postales de París, la servilleta de aquel bar, el autoretrato en carboncillo, el primer juego de sábanas, el CD que grabaste para mi coche, las entradas del concierto donde nos besa...

Girasol

Es un día de verano, y el gran astro brilla alto, quemándonos la piel. Tú y yo, mano a mano, caminando, se nos clavan las espigas en los pies; seguimos el sendero del campo, buscando alguna sombra para cobijarnos. Y mano a mano, sé que te empiezo a querer. La explanada luce limpia, indómita, repleta de trigo y cereal; la naturaleza se revela paciente, adormecida en la tarde estival. El calor nos hace risueños, transparentes, entorna los párpados, nos sosiega el corazón. En mitad del paraje me siento, te sientas, te recuestas, y abres tus ojos al sol. Se descubren en ellos tus colores: amarillo ocre en torno a un centro marrón, verdes sesgados, motas de azul; me parecen un girasol. La luz irradia de ellos, la paleta de Van Gogh. Me sonrío y me tumbo a tu costado, bendito verano, heliocéntrico amor. En medio de un mar de herbáceas, del Perú vienen en volandas las pipas de esta canción. Arrancamos las semillas, las ponemos a tostar en nuestros cuerpos ya tostado...

Vigilia de verano

Se deslizaban los dedos por su espalda como hormigas en estampida hacia la cima de su hormiguero, corriendo, presurosas por volver a casa. Y se movía veloz también la noche en las cortinas, ondulando al son de la luna de final de mes. Muy rápido pasa el tiempo para aquellos que se aman con reloj en la negrura estival. Los dedos seguían, descubriendo tal vez rutas distintas en los surcos de su anatomía, serpenteando senderos de arena y piel, en el desierto de su desnudez. Y afuera se oía el silencio. Mueve aquí, mueve allá, embelesada la mano en el vaivén de la cortina que los esconde de las miradas curiosas de las nubes nocturnas, a las que nadie ve pero que siempre están ahí. Como el silencio, que nadie escucha; sólo los sabios, o los que aman. Y sí, era cierto, se amaban, pero la eterna disputa del final en las historias de amores de verano se inclinaba, como de costumbre, del lado de la balanza de la despedida. En vez de mover tanto la mano, podría ha...