Todo importa
Del verano uno espera muchas cosas. Que el mar le salve, que la distancia le cure, que las vacaciones en casa le surtan de recuerdos imborrables que se convertirán como cada año en anécdotas que huelen a familiaridad. Volver después, a donde sea que uno vuelva, que puede ser un lugar físico o mental, pero volver nuevo y mejorado, listo para empezar de cero. Este año no sabíamos qué esperar. A decir verdad, yo solo esperaba sobrevivirlo, de la mejor manera que se pudiera. Pero también lo he vivido, por primera vez, siendo muy consciente de las dimensiones del verbo. Me he encontrado, como tantas veces desde que pudimos volver a entrever la normalidad, aunque sesgada por esa parte de la mascarilla que hace sombra entre los ojos y la nariz, un verano apacible, en una calma densa y pesada, que puede que preceda a la peor de las tormentas. Pero en eso no quiero pensar. De momento, la calma. En esa calma he respirado por primera vez ese despacio del que todo el mundo hablaba, cuando el virus...