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Mostrando las entradas etiquetadas como Guerras y batallas

Carta al hombre que nunca fuiste

Seguro que estabas borracho y no te acuerdas de esto. Pero la primera vez que fuimos hacia el norte llovía a cántaros y casi nos despedimos del mundo por un volantazo mal dado. Digo que estarías borracho porque te pasabas así cada mes de febrero, del 15 al 28, irremediable e ineludiblemente. Disimulabas tu aliento a Bourbon eyectando espray de menta en tu garganta cada quince minutos. Pero cada otros cinco la mano se introducía en el otro bolsillo de tu pernera y sacabas una petaca en vez del aerosol. Supongo que te tranquilizaba autoconvencerte de que no nos dábamos cuenta. Años después ella me contó que, durante ese viaje, tiraba las botellas del maletero cuando no la veías, pero tú volvías a reponerlas obcecado en la gasolinera más cercana. Aquel era el séptimo febrero que acababas el mes del desamor así, y debió pensar que era suficiente. Así que se decidió a poner tierra de por medio. Nos montó a todos, a ti, tu petaca y tu espray mentolado en el 4x4 y arrancó el motor de ...

Deslocura I

-Está escapando a mi control, son demasiadas conexiones. -Tal vez deberías darle un poco de tiempo, tomar distancia. -No puedo tomar distancia, me moriría de dolor y desasosiego, la ignorancia me desconsuela mucho más, no soportaría no saber, y el tiempo no hace más que ponerme contra la pared. -Debes decidir cuál es tu posición en este juego. -Lo sé, lo sé. Pero me resisto a explicar las reglas. -No lo hagas, nadie tiene porqué entender nunca sobre qué estamos debatiendo, al fin y al cabo esto es una cosa tuya. No tienes ni porqué explicártelas a ti. -Pero las conexiones... -Confía en mí, nadie se dará cuenta. Ni siquiera te das realmente cuenta tú. -Es un secreto a voces. -Las voces están sólo en tu cabeza. -¿Cómo ésta? -Exacto, como yo.

Sidi Ifni

Crecí en las rodillas de mi abuelo escuchando fábulas de animales y cuentos fantásticos, y esa es una larga historia que merece ser contada con más calma y detenimiento. Cuando yo cambié y cambiaron mis circunstancias, es decir, cuando me aumentaron los años y a él le pesaban más, los cuentos infantiles terminaron y esa nostalgia de la niñez me invadió aún sin yo saberlo. Sin embargo, mi abuelo es un contador de historias nato y, al pasar los lustros, un día me di cuenta de que, sin quererlo, en realidad quizá me había estado relatando sus propias vivencias, si bien adornadas y hechizadas. Entonces me propuse abrir más las orejas y hacerlas tan grandes como las del lobo que se come a la abuela, y así devorar yo al mío a fuerza de escucharle siempre que pudiera. Por eso, puedo hacerme ahora eco de algunas maravillas que sin la memoria de nuestros mayores no conoceríamos, no con ese lado humano y entrañable, no con ese olor a anciano pero a la vez a tan joven, no con ese brillo en los ...

Carne de cañón (2)

Cantaba el silbato del teniente a cargo a primeras horas de la mañana, recordando más que avisando, de que tras tal sonido todos debían andar en pie y en posición de firmes, o de fingidos… más bien. El joven siempre se había preguntado sobre el peligro de llamar de tal modo, pues si bien los pulmones del déspota mandatario, carcomidos de alquitrán, no eran precisamente de trompetista profesional, el enemigo bien podría tener un oído más fino aún que sus navajas, y ser advertido de los movimientos matutinos de su pelotón. Pero día tras día, en esa sucesión no numerable de la que hacía gala la rutina, no sucedía nada imprevisto, y al ruido acudían todos en tropel, arrastrando un entusiasmo que no tenían, a escuchar los planes de la jornada. A veces aprovechaba el teniente para regañar, dígase cariñosamente, sobre ciertos comportamientos innobles que se derrochaban entre los soldados. Pero la mente de nuestro hombre apagaba su batería, negándose a llenarla de malos pensamientos ...

Carne de cañón (1)

La guerra puede ser muy humana y muy animal. En ella, entre las filas de combatientes, pululan como pájaros en el cielo distintos tipos de aves. El águila real, el jefe, el que mueve los hilos y despluma convenientemente a su pobre ejército del aire. Los rapaces, los altos cargos que roban del nido ajeno, intentando escapar a costa de amarrar a otros inocentes. Y los indefensos gorriones, los bastardos peones a las órdenes de una causa que quizá no consideran la suya, que trafican con sus sentimientos y emociones, haciéndolos transparentes para ahuyentar un dolor que sabe a miedo y a pólvora. En este campo de batalla sin nombre, porque al fin y al cabo todos son iguales, se había encontrado varias veces nuestro hombre, anciano ya. Ciudadano sin esperanza ni bandera, que como tantos otros sólo era soldado a sueldo de una patria: la vida. Y el sueldo bien podía ser el aire para respirar. La guerra le arrastró sin quererlo ni proponérselo. Su paradójica historia comienza como l...

Carne de cañón (0).

Veía pasar la vida ante sus ojos y no podía hacer nada para detenerla. Un día y otro, un momento y dos más, cien instantes que pulsaban las agujas de un reloj que ahora contaba los segundos hacia atrás. No quería morirse, aún no. Era demasiado tarde para eso. ¿Qué molestias tenía que tomarse ahora la muerte para vencerle? Ya había demostrado que era capaz de resistir a bastantes improperios y calamidades. A demasiados. Pero ya no.

Me lo merecía

Ni Ley de Murphy ni tonterías. Yo me lo guiso, yo me lo como. Yo me guiso el añarazo de la frente, los moratones de las piernas, el bulto en la derecha del tamaño de mi estupidez, los ojos hinchados y la nariz llena de mocos. Pero eso no me lo como, por Dios. Yo me guiso también el arrepentimiento y la rabia de lo sucedido, pero no hay forma de digerirlo. Y yo me guiso que no me cojan el teléfono: ¡para adentro también! Y así fue como me peleé por primera vez conmigo misma, y perdí. Vuelvo a la cocina, a guisarle a él su comida. Y yo me guiso que no me cojan el teléfono, cómo era, 017... 018... ¿016? Da igual, no van a cogerlo, no me lo merezco.

Random

Encuentra el punto exacto en el que debes parar.  Cuando las emociones te sobrecarguen, cuando notes que empieza a alejarse tu mente y no puedes controlarla, cuando sientas que estás llegando a esa frontera antes de la explosión, sujeta tu cuerpo justo en ese punto antes de lo irremediable, y no llegues más allá. Detente en seco. Libera de golpe a tus músculos de la tensión y no dejes que tu cabeza quede a merced de la locura. Encuentra el punto exacto en ti, previo a la tormenta, y desconéctalo. (Cambios de temperatura, del azul al rojo ).

Más lejano que la vida, más cercano que la muerte

Era un paisaje más desértico que la superficie de la Luna, o eso parecía a primera vista. Como en aquélla, diríase que el lugar giraba en torno a algo más grande, más importante; es decir, que estaba encuadrado en un emplazamiento no prioritario. Cuando te fijabas más, empezabas a distinguir en la negrura bultos disformes,  como siluetas de esculturas abstractas de algún artista moderno. Su distribución se asemejaba azarosa, pero conforme te acercabas acertabas a establecer una sucesión de puestos, un orden atípico pero, al fin y al cabo, un orden. ¿Qué eran esas cosas? Amplía la imagen y congela. Las figuras se hacen más estrechas, alargadas, altas. Una planicie destaca en su perfil, como si no tuvieran relieve, sino que hay algo  contenido dentro de ellas. En ese momento un movimiento recorre el suelo del lugar, se estremecen sus elementos y la mirada del observador también. Algo extraño está sucediendo… Ya, ya pasó. Vuelve a enfocar y mantén la vista fija. Es el ...