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Mostrando las entradas etiquetadas como Oscuridades

No mires debajo de la cama

¿Los oyes? Ya vienen. Están empezando a temblar las patas de la mesa, el rodapié se desconcha y escupe polvo blanco, la lámpara se mece siniestra del techo. Estoy en la cama y me agazapo bajo la sábana. Hace días que grito tu nombre en sueños, sueños de ciudades llenas de puentes que no puedo cruzar. Soy una pieza de ajedrez ahogada y no consigo avanzar ni un paso. ¿Los oyes? Se acercan. Tengo algo dentro, algo oscuro que se mezcla con mis entrañas y que palpita de forma diferente, más mecánica y menos viva. Quiere escaparse por mi garganta y se pelea con mi interior, subiendo hasta la cabeza y haciendo que me maree. Serpentea por mis conductos provocando náuseas, arcadas y sudores. Me quiere muerta. Soy un monstruo. ¿Los oyes? Ya llegan. No puedo hacer nada, el ataque es inminente y mis defensas están en rojo. Hace tiempo que dejé de luchar, que abandoné las almenas y me escondí en el fuerte, el lugar ideal para un débil. Dejé las cadenas tensadas, las puertas cer...

K.O.s

Parece que todo está en orden. Analizo una y otra vez el cuarto, deteniéndome en cada detalle, en cada elemento estático que impertérrito me devuelve una mirada sin ojos. La cama perfectamente hecha, la manta extendida en una esquina formando un ángulo concreto, el libro en la mesilla de noche con el giro justo para que parezca casual, el botellín de agua lleno y un reloj pulsando las horas. Del otro lado, repisas guardando equilibrio sobre la pared, con la colección de objetos que sobre ellas viven limpios y a su modo ordenados: libros agrupados por intuición literaria, algunas velas cuidadosamente repuestas tras cada uso, un par de cajas que almacenan esas cosas que no encuentran hueco en ningún lugar, doce o trece discos, álbumes de fotos cronológicamente dispuestos, y unas muñecas rusas de tonos vivos. Al fondo dos armarios de puertas correderas. Voy hacia ellos y las abro, primero descubro un lado y luego otro, y dentro también encuentro la cuadrícula ideada, la ropa doblada y ...

Eco

Hace días que no me salen las palabras, que estoy parada inerte ante el papel en blanco sin tener nada que contar, porque todo lo he contado ya. Y no me gusta repetirme. Ahora cuando siento sensaciones todas tienen un regusto amargo y carcomido, similar a la comida precalentada, como si todo estuviera ya sentido, como si los sentimientos se guardaran en cajas y se mandaran por encargo: meter al microondas tres minutos y consumir, intentar digerir. Ahora la vida no se me va con lo que escribo, simplemente se va, se va y me susurra mientras se aleja, no te preocupes, volveré tal cuál me recuerdas, porque todo lo que habías de vivir ha pasado ya. Ahora entiendo que la mitad de la vida está hecha de los recuerdos de la otra mitad, que poco a poco se acercan los años en los que no ocurrirá nada, solamente se pensará en el pasado, con esa mirada crítica y pesimista que sigue alegando que todo pasado fue mejor. Hoy me acusa dentro la teoría del eterno retorno, pero un eco adusto me i...

Premonición

Entra al baño de su apartamento y ni se molesta en cerrar la puerta, está sola. Se sienta en la tapa del inodoro y se sorprende de que sus rodillas estén tan altas y flexionadas, entonces repara en los tacones de ocho centímetros que ya ni recordaba que calzaba. Se los quita y los lanza a una esquina, dejando al aire sus talones con heridas; las visibles. Apoya los brazos en el lavabo sentada aún y entierra la cabeza en ellos. El peinado se le ha deshecho, el rímel corre por sus mejillas formando una acuarela expresionista y tizna de negro el mármol blanco, una metáfora en color de lo que ha sentido esa noche, y otras. Abre el grifo y escucha el agua caer, que moja las puntas de su cabello y salpica con breves gotas los antebrazos. Su rumor líquido la relaja, es el único sonido que resuena a esas horas de la madrugada. Intenta respirar pausadamente cómo le han enseñado tantas veces: inspira, espira, inspira, espira, deja la mente en blanco. Pero el aire que insufla le escuece en e...

El mismo hombre

“No tenían razones para no emborracharse”. Un paseo por el lado salvaje , Nelson Algren Deambula sin pisar las baldosas amarillas en busca de algún bar que le soporte y le expropie de los soportales que le aguantan cada noche el alma. Una persiana subida es un atisbo de vida aún viva a esas horas de la madrugada cuando el cínico suplica y el borracho se desnuda, cuando los gatos se besan en los tejados y la niebla le pone celosa un velo a la luna. En cada nueva vieja barra se desvela y se le revela un antiguo secreto a voces por los altavoces raídos de telarañas del local. A ritmo de blues, las más noches, se encuentra mirando en el fondo de un vaso, fondeando como un buzo a contracorriente, escuchando de un saxo las notas que no toca. Esta noche no le toca hallar respuesta alguna a la ausencia de su boca, y el saxo suena a sexo, y el sexo muere ajeno a todo en los tejados aún poblados por felinos cuando a él le cierran la persiana y corre gatuno a la caza...

Golpe a golpe

El reloj dio las doce y decidí que ya había esperado bastante, así que cogí la gabardina y me lancé a la negrura de la noche. Conocía de sobra por tiempos pasados los sitios menos recomendados de la ciudad, muy recomendables en cambio para mí esa víspera, porque algo había cambiado, algo me había pasado, y necesitaba un hecho drástico para marcar a fuego la línea divisoria. Por eso me encaminé hacia el barrio ruso, que podría haber sido nombrado con cualquier otra nacionalidad de los países del este, y comencé una guerra interior dando el pistoletazo de salida. Unas cuantas rayas de coca por mi nariz fueron las balas que ametrallaron mi cerebro. Con menos dinero y mucho menos miedo, me dirigí hacia el club. No me interesaban las chicas ni las apuestas esa noche, mi destino estaba en el sótano detrás de una pared falsa. Tras dar el santo y seña, la puerta se abrió y una nube tóxica de sudor y sangre me impregnó de arriba a abajo. Tiré la gabardina a una esquina, ya no la iba a necesit...

Psicodelia

Llegó un momento en que la música retumbaba demasiado fuerte dentro de su cabeza, los movimientos frenéticos la mareaban y el olor a cuerpos sudados se mezclaba en todos sus poros. Algo iba mal y la incomodaba. Se sacó otra pastilla del bolsillo y al minuto las luces eran de nuevo fantasía e infinidad. Los sonidos excitaban sus sentidos y su alma se manifestaba en movimientos rítmicos y artísticos. Ella era psicodelia, y la psicodelia era ella. Empezó a viajar de nuevo, a un mundo de colores brillantes y formas geométricas que se materializaban ante sus ojos cerrados, y cuando los abría la realidad giraba y se hacía menos real que nunca. Movía sus brazos con una dificultad no exenta de majestuosidad, y sus pies se confundían con el suelo. Ella se hacía uno con el entorno, y el entorno era tan homogéneo y simétrico que parecía de mentira. El instante era eterno, las voces hablaban por horas y la música se alargaba hasta el techo. Del techo brotaba también humo, crecía en espirales...

Habitación 238

Voy a quedarme con él un tiempo, no quiero obligarle a que se vaya.  Me divierte la idea de que está en mis manos, en mis pies o en mi boca la posibilidad de forzarle a marcharse. Está en cualquier parte de mi cuerpo en realidad, pero sobre todo fantaseo con acercar mis manos y hacerlas chocar. Llenar el silencio de aplausos. Hay algo de tétrico en ello, aplausos en medio de un cuarto vacío; las palmas se multiplicarían por la magia del eco. También hay algo que me pesa en la garganta. Siento sonidos macerándose ahí abajo, hay unos dedos invisibles tocando mis cuerdas vocales, tentándome a expulsarlos y gritarlos, pero con la mente los obligo a parar. No, no quiero hablar, no quiero chillar, aún no estoy tan loca. Quiero que el silencio se quede conmigo un poco más. Además, pronto el ruido aparecerá por sí solo, el ruido siempre tiende a inundarlo todo de forma natural, como si el espacio le perteneciera. Ahora que puedo, quiero disfrutar de su ausencia. Estoy conmigo mi...

Ángeles de noche

Pero tú tranquila, ya vendrán tiempos peores. J.Sabina. Si un día me encuentras por la calle, no me sigas, porque estaré perdida y no te llevaré a ningún lugar. Iré arrastrando los pies, como si llevara cadenas en los tobillos, pesados grilletes invisibles de odio, injusticias y hierro oxidado. Andaré buscando callejones oscuros, recovecos de una ciudad en la que no me reflejo, de la que no respiro. Porque soy mi propio demonio y estoy buscando mi propio infierno. No dependo de nadie, ni siquiera de mí, porque hasta mi sombra me deja sola cuando estoy en la oscuridad. Me refugio en los rincones sin memoria, en los deshechos de un lugar en el que sólo puedo deshacerme por dentro, del que quiero deshacerme por fuera. Las luces de neón iluminan mi negra noche, los locales cierran cuando yo abro mis heridas para exponerlas a las estrellas. Ellas titilan, yo tirito. Inspiro el humo de los coches, espiro cigarrillos, me destruyo a cada respiración. Si un día me encuentras,...

Night Mares

Esa noche andaba despistada en otras cosas y dejé la ventana abierta, olvidando mis diarias precauciones. Me acosté y me cubrí de sueños con el edredón, pero un día más no sirvió para ahuyentar las pesadillas. Éstas llegaron volando, tímidas al principio, feroces ya entrada la oscuridad, e hicieron llover otra tormenta de miedos. Afuera también llovía, y el agua resbalaba por la pared, colándose por el agujero abierto y creando una atmósfera húmeda en el cuarto. Pero yo tenía un sueño pesado, ahogada como estaba en mis temores, sufriendo una alucinación de ésas que no sabes si son realidad o imaginación. Mientras, el lugar también se ahogaba: el agua iba empapando la moqueta, las cortinas eran olas mecidas por el viento, la cama se acunaba en la marea. Afuera el torrente no paraba y yo seguía luchando entre tinieblas, demasiado alterada para reaccionar al caos que sufría mi habitación. Las bisagras del ventanal chirriaban y golpeaba éste sus muros contiguos, los gritos del vendaval mo...

La vereda

Le tiemblan las entrañas y la voz, tiene la frente caliente y su paso es cansado. Se le ha acabado el tiempo. Te pedí que le dijeras que era el momento, que cuidaras de que no se hiciera demasiado tarde, pero no me escuchaste. Nunca fuiste precavido, eres desconsiderado y desordenado hasta la médula. Eres un jodido desastre y ahora se ha estropeado todo. Mírala. Mira como camina por la vereda, a tientas, arañándose con los rosales, aspirando flores muertas. La corona de su cabeza es de espinas, y los cardos le han herido los tobillos, sus sandalias son de sangre.  Mírala, el icono de la muerte, la serpiente exhausta del paraíso, el pecado del olvido que ya no tiene a quien tentar. Mira lo que has conseguido, si tan sólo me hubieras escuchado... Le tiemblan las rodillas y su piel ahora es de alambre; la vereda es aún más gris. Se alarga hasta el ocaso de los días sin fin. Mira su legado, su sombra negra y desenfocada, mira el rastro que ha dejado tras de sí. Sólo ...

Deeping

Alcanzando el fondo del propio fondo.

Insomnio

Los gallos empezaron a cantar bien entrada la noche, a las cuatro menos diez de la madrugada. Las pausas eran constantes, acompasadas por los latidos de mi reloj. Éste enumeraba ovejas que a su vez balaban suspiros de Luna, esquivando tapias y casquetes de bala. Los insomnes a veces matamos corderos, y no necesitamos ningún disfraz de lobo. Los gallos se empeñaban en gritarles irritantes a las estrellas, entes de perspectiva temporal infinitamente distinta. Envidio su edad eterna a los ojos humanos, envidio la carrera celestial de la que hacen gala, sus etapas estelares, su inmensidad ígnea. Pero no envidio los agujeros negros, ellos también me cantan acuciantes en la noche. Los gallos se respondían unos a otros en medio del silencio glacial del resto del lugar; a otro tiempo musical, mi respiración, mi impaciencia onírica. Parecían lobos aullando, lobos hambrientos de ovejas. Pero eran gallos, y querían adelantar el amanecer. Y yo aún seguía despierta.

Ardientes

Ardientes los ojos llorosos, que no saben cómo olvidar. Vinagre ácido en las heridas, más y más supuras con sal. Cuando creyó que había llegado, volvió a sobrepasar el final. Que borre de una vez por todas la estela con las olas el mar. Que lo borre todo para siempre... Que lo borre, ardiente, el mar...

Carreteras secundarias

Un pozo sin fondo, vaciado de petróleo. Una mano que emerge ennegrecida de él. Un cadáver que se pudre en las tinieblas de lo hondo. Una estación sin letrero, sin destinos y sin ley. En los suburbios del desierto, donde muere el horizonte, las colinas serpentean grises sobre el atardecer. Allí ya no hay luz, no hay vida, no hay hombres. Los fantasmas habitan los túneles del ayer. Y de ese pasado feroz, queda un rastro mugriento, que envilece las luces de la antigua estación. La barra del bar está fría y helada, tiemblan los asientos, mueren los perros, las sirenas suenan al anochecer. Las luces de neón ya no brillan como antes, se apagó hasta la oscuridad; se la comieron los coyotes de las carreteras secundarias. En ese mundo cruel y sin colores, saco la mano por el pozo, que me quiere absorber. Saco la mano y la olisquea un lobo, saco la mano y me la enfría el viento, saco la mano y me intento sujetar al borde. Pero la mano me suelta a mí misma y empiezo a caer, caer, caer.....

Post mortem

Perdí las huellas dactilares. De arrancarme la piel a tiras, de morderme el cuerpo, de exprimirme la sangre. Perdí mis huellas dactilares y con ellas olvidé el pasado. Desanduve en mi memoria los caminos recorridos, borré los errores y hasta sus enseñanzas. Por perder, perdí hasta el aliento. Y la respiración. Los latidos de mi reloj. Los tic-tac del corazón. Mis pies pisaron cristales. Perdí la conciencia y el subconsciente. Perdí tantas cosas que dejé de llamarlo perder y lo llamé ganar. Y a lo poco que recibí después de aquello lo llamé milagro. Nunca un milagro se había parecido tanto a la nada. Nunca el vacío había estado tan lleno ni mi vaso roto tan colmado. Tras el túnel vino la luz. Después de perder las huellas dactilares perdí algo más que mi identidad; pero luego recuperé mucho, quizá demasiado. Y no sólo la cordura. Encontré el Origen. El Porqué de la Verdad. La Verdad es algo que se parece mucho a la Mentira pero que se diferencia de ella en una cos...

Relatividad

Lo dijo Einstein, y aunque esté lejos de ser un genio como él, ahora lo digo yo: No sé si estoy loca, o si los locos son los demás. No necesito una Teoría para saber que la locura es relativa, y que depende estrictamente de las causas que la originan: hay locuras justificadas que clasificaría de estado humano necesario, y hay locuras exageradas ajenas a cualquier causalidad que son un trastorno psicológico. Múltiples elementos de nuestra vida diaria pueden despertar nuestra locura, a cada cual la suya. Es más, casi todas las personas tenemos, al menos, dos personalidades, pero sólo una tiene la mirada aviesa y escurridiza del loco. El eterno caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Pero... ¿quién de los dos está más loco? La respuesta siempre es... el que está detrás del espejo. El mío tiene grietas y está muy roto, así que no lo tengo claro. ¿Y tú, lo tienes claro? A mí los ecos y los fantasmas me confunden... Pero en cualquier caso, es mejor tener cuidado: con no enloquecer y c...

Sí hay de que tener miedo.

Sal corriendo, y tus lágrimas formarán el nuevo río de la vida y de la muerte.

De cables y acero.

Máquina autómata que dice palabras huecas de miedo y silencio . Amasijo de hierros que programó un ciego falto de oídos y de corazón. Engranaje de tuercas que ya no dan vueltas porque les falta el aceite, la sal y el limón. Cacharro con tapas y nariz de hojalata que chirría en clave palabras... de miedo y silencio.