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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuentos de Otoño

Monstruos

La Luna se exhibe partida exactamente a la mitad, y en esta noche extraña de jueves en la que todo podría haber pasado pero, en realidad, no pasa nada, todo lo que podía haber sido y no fue, vuelves a casa y esta atmósfera incipiente de otoño huele al mismo frío que cuando empezó el principio de aquel final, cuando estaba casi prohibido ver la Luna, que ya nunca sonreía, se le habían mellado todos los dientes, pero ahora nos mella otra cosa, algo a lo que cuesta ponerle nombre, como si en la película ya hubieran matado al monstruo pero algo dentro del héroe sabe que no, que el mal sigue ahí porque a la oscuridad nunca se la destruye del todo, y en este olor a frío, a principio de otoño, a final de invierno, en este olor a monstruo dentro del armario, debajo de la cama, dentro de ti mismo, aún en mitad de este caos aparentemente ordenado, hay que tomar decisiones, porque la vida no se para, y siempre son las mismas piedras pero con distinto nombre, y siempre son los mismos nombres pero ...

Cuando éramos jóvenes

¿Te acuerdas? De cuando la calle era un hogar y la noche una estación, y cualquier bar el mejor tren donde pasar las horas viendo pasar la vida que nos contábamos, la que aún estaba por venir y la que nos aterrorizaba. ¿Te acuerdas? De que cocinábamos cualquier cosa a las cuatro de la mañana, ateridos de alcohol en la cocina de alquiler del piso de alquiler que tocara ese año, borrachos de juventud, pero sobrios de nostalgia. ¿Te acuerdas? De las llaves cayéndose por la rendija del ascensor, la espalda contra la tierra y el techo un cielo de estrellas de noviembre, porque aún no hacía frío y jugábamos a dejarnos llevar. ¿Te acuerdas? Del miedo a que pasara el tiempo, a contemplar desde lejos cómo se precipitaba el año por un acantilado de cambios implacables, pero queríamos ser niños y cerrábamos los ojos. Te acuerdas. Del beso que nunca nos dimos y las palabras que se ahogaron en la garganta porque nadie quería escucharlas, aunque tintinearan en el...

Vainilla

En los bosques, las ramas de los árboles estaban desnudas y ateridas, mirando desde las alturas la alfombra de hojas que la estación de la caída había tejido a su costa, adivinándose tras sus troncos indefensos los picos nevados de las montañas. En las ciudades, la gente empezaba a ponerse nerviosa al volante, se acercaba la hora punta de la salida del trabajo y querían escapar de la circulación cuanto antes, pitaban impacientes, encendidos por las luces navideñas y atosigados por el reloj. En los pueblos, las campanas empezaban a repicar llamando a la misa de tarde, algunos ancianos salían de sus casas con un bastón en la mano y una manta sobre los hombros, y las madres bajaban las persianas para guardar dentro el calor del hogar. En un universo aparte, estaba nuestra playa. Tu silueta se recortaba sobre el horizonte, un perfil que me sé tan de memoria que podría dibujarlo a ciegas sobre la arena, hundiendo el dedo en ella y creando líneas como las que recorro en tu espalda...

Elefante

Mamá, ¿dónde están? ¿Las tiraste? Mis viejas botas grises, las de la hebilla color bronce y la suela marrón de caucho. Llevo horas buscándolas por los armarios. Sí, aquellas que me compré en esa zapatería del barrio que hacía esquina y que cerró hace unos años. No disimules, sabes las que son. Hubo una época en la que no me las quitaba. En los días claros me gustaba ponérmelas con los vaqueros y una camiseta fina porque pensaba que me hacían desentonar un poco; y en los días grises era inevitable que me llamaran desde el zapatero, ¡cálzanos!, arriba el poncho de lana y abajo ellas, pisando charcos. Tal vez las maltraté un poco, les di demasiado uso sin tregua. Por eso se les desgastó totalmente el bajo tacón cuadrado, y llegó un día en que la suela se rió de mí y se despegó, como si la bota estuviera sacándome la lengua. Compré pegamento extra fuerte y las reparé, aunque tú me decías que ya estaban feas, pero mamá ¡y eso qué importaba! En verdad me gustaban más así. Con los años las b...

Cinco minutos con Mario

"El otoño en ti es siempre primavera y necesito huir a un mundo de miradas transparentes.  Debí haberte besado más urgentemente." Carlos Chaouen . ¡Ah, estás ahí! Hola, ¿cómo estás? Te veo genial, muchas gracias por venir. Perdona el retraso. Bueno, no digas nada, déjame hablar. Em... sí, bien, qué embrollo. Se me ha olvidado lo que iba a decirte, así que voy a improvisar. Traía un discurso preparado, no te creas, desde luego sabes que esto es muy importante para mí, lo más importante. Pero los nervios, ya sabes. Por eso he llegado también un poco tarde, estaba torpe, se me caía todo lo que tocaba, he roto medio piso hoy. Sí, no me mires así, sé que tú también estás rota, y que es culpa mía, pero hoy voy a convencerte para que me dejes volver a repararte.  Bien, ejem, ¿por dónde empezar? Lo que pasó, pasó. No voy a mentirte, eres una mujer inteligente y negarlo ahora sería insultarte. Además de inteligente eres preciosa, divertida, generosa... Ya, vale, perdona, no s...

Champiñones

Todos los sábados el mundo te amanecía como un champiñón, blanquita, suave y aterciopelada. Removías las sábanas como limpiando telarañas y aparecías con tu pelo hecho selva. Yo estaba ya despierto, deshojándole rayos al sol. Era nuestro día compartido de la semana, tú te levantabas pletórica y yo me insuflaba de ti. Desayunábamos rápido y salíamos al bosque. Danzabas con tu cesta entre los árboles, mirando los colores otoñales en las hojas y en la tierra, recolectando algunas para tu colección. Yo te miraba a ti y a tus pies bailar caminando, y cuando entre ellos se cruzaban las raíces nudosas prestaba más atención. Descubría entre ellas los frutos del otoño, te los señalaba y tú te inclinabas para recoger los hongos. Tu mano delicada se fundía con la tierra y se volvía naturaleza. Respirabas verde y espirabas oxígeno. Sentirse vivo era una obligación allí. Después de algunas horas volvíamos a casa con la cesta hasta arriba, te dirigías al fregadero y limpiabas la cosecha con tus man...

Otoños lejanos

Me asomé al que antes era el remanso de tu mirada y encontré un abismo al que caí, desbordándome por el acantilado como la poesía por tus ojos, con un iris becqueriano más desgastado que el amor y más inmenso que el océano. Me asomé y encontré un deshielo imparable, un cuentagotas infinito de lágrimas que se derretía y amenazaba con inundarlo todo, agonicé por un instante en el frío glacial de tus pupilas que centellearon brillantes y mojadas, y la cascada atronó en tu valle. Te contemplé por detrás de tu propio reflejo,  atravesé el páramo de tu expresión vacía y aguada y miré más allá, en la lejanía, y entonces regresé y me coloqué justo en frente de ti. Me pregunté entonces cuanto hacía que no te observaba así, desnuda, transparente y traslúcida; la luz se iba colando en tus poros y tus ojos se volvían espejo de lo que yo veía de ti, haciéndote un espejismo aún más inverosímil. Por fin rompiste a llorar. Detrás de aquella estatua momentánea de hielo te desmoronaste y ...

Otoños pasados

Eras como una de esas canciones más bien largas que a mitad de estar sonando cambian de ritmo y se vuelven algo totalmente nuevo, como un paréntesis en una melodía que depara giros y notas distintas y atípicas, casi desafinadas, notas de música y de frescura.  Eras como un relámpago en mitad de un día de sol, un imprevisto, algo tan fuera de lugar y a la vez tan dentro de todo, no encajabas y eso te hacía pertenecer a aquello que te repudiara, eras inevitable, y dudo que lo supieras pero yo tampoco quería evitarte. Eras, eras, el verbo ser te inundaba y tú no te dabas cuenta. Eras con toda tu esencia una fragancia única e inimitable, y tu gracia residía en que nadie se hubiera atrevido a juntar esos elementos químicos para formar tu olor, por eso eras un don en sí mismo, casi un milagro. Eras absolutamente imperfecto, te desordenabas el pelo y daban ganas de dedicarte miles de esas frases de adolescentes que se mueren de amor, de esas que lo describen cuando aú...

Primera última cita

- Hacía mucho que no compartíamos un helado. - No sé, me he acostumbrado a pasear solo. - No es sólo eso lo que me preocupa. - Las preocupaciones van y vienen, y dejan lugar constantemente a otras que nos parecen mayores, y las antiguas se vuelven nimiedades. - Mi preocupación está muy presente física y emocionalmente aquí y ahora. - Tal vez el error radica en el lugar en el que nos hallamos y en el tiempo. Tal vez no sea nuestro momento ni dónde deberíamos estar. - Antes no decías eso, te has vuelto tan amargo como el tabaco que no puedes parar de fumar. - El humo me calcina los pulmones y me hace olvidarme así del corazón. - ¿Es esa la estela negra que quieres ir dejando a tu paso? No te reconozco. - Definitivamente hacía mucho que no compartíamos un helado, los árboles están empezado a amarillear, como mis dedos y mis dientes. - No me gusta esto, no me gustas así, pero yo aún te quiero. - El bosque empezará a perder sus hojas y nuestros pasos se desvanecerán e...

Octubre es el mes de hierro del Otoño

Odio soñar con otros hombres cuando duermes conmigo.   Me gusta taparme con el edredón grueso y despertarme con menos peso en la piel. Prefiero escuchar música que me entristece en esos días del mes, y en los demás. Me gusta engañarme a mí misma y creerme que soy valiente. Me alivia el aire fresco que pega en la cara cuando me encuentro enferma.  Quiero que me cuiden cuando lo estoy, lo necesito. Sé que no estoy sola, pero me gusta autocastigarme. Me gustas, yo no me gusto, y odio algunas cosas. Arriesgo en las decisiones pequeñas, porque las grandes se me quedan grandes. Detesto las cosas que no tienen sentido. Prefiero las cuadrículas. No, es mentira. Dame un buen folio en blanco y crearé. Adoro el verdeazul del mar y su olor. Me gusta el tacto de la arena y como deja las uñas la sal. Amo el Sol y lo que crea. Amo la lluvia y lo que destruye en su propia creación. Sé que no soy nada, y eso es suficiente. Por encima de todo, adoro el Otoño. Tend...