Se deslizaban los dedos por su espalda como hormigas en estampida hacia la cima de su hormiguero, corriendo, presurosas por volver a casa. Y se movía veloz también la noche en las cortinas, ondulando al son de la luna de final de mes. Muy rápido pasa el tiempo para aquellos que se aman con reloj en la negrura estival. Los dedos seguían, descubriendo tal vez rutas distintas en los surcos de su anatomía, serpenteando senderos de arena y piel, en el desierto de su desnudez. Y afuera se oía el silencio. Mueve aquí, mueve allá, embelesada la mano en el vaivén de la cortina que los esconde de las miradas curiosas de las nubes nocturnas, a las que nadie ve pero que siempre están ahí. Como el silencio, que nadie escucha; sólo los sabios, o los que aman. Y sí, era cierto, se amaban, pero la eterna disputa del final en las historias de amores de verano se inclinaba, como de costumbre, del lado de la balanza de la despedida. En vez de mover tanto la mano, podría ha...