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Tarde para cambiar.

Supe que había llegado demasiado tarde, que todo había cambiado, que ella no había estado ni estaba sola. Lo supe por la vajilla, escurriéndose a pares en la encimera: dos tazas, cuatro platos, dos copas. Por los albornoces colgando inertes en el baño, sugiriéndome formas de morir más halagüeñas que esta muerte lenta que me estaba sucediendo. Por los cepillos de dientes, verde y naranja, besándose sin pudor tras el cristal del vaso. Por las revistas variopintas apiladas en el bajo de la mesa, de temas que ella nunca leería. Por los dos paraguas enlazados en la entrada, fundiéndose en uno que salvaría de la mayor de las tormentas; pero no a mí. Por las breves notas pegadas en el frigorífico. Lo supe por el desorden ordenado reinante, atípico en su habitual orden desordenado. En general, por detalles imperceptibles que se habían creado y por otros que ya no estaban. Por el olor diferente, el color sensorial trastocado del lugar, las nuevas vibraciones, la atmósfera desconocida... ...

Recuerdos de Bélgica 1: un globo en Gante

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La plaza transmitía esa serenidad de los lugares en los que parece no transcurrir el tiempo, aunque hubiera algunos edificios más o menos modernos que revelaban que no seguíamos en pleno XVIII. Las casas con tejados picudos en escalera y veletas protestantes miraban al cielo marcando la dirección del viento con el pico de los gallos, negros, repintandos mil veces para casar con el resto del lugar, limpio e inmaculado. La plaza, grandiosa, estaba rodeada de edificios por sus cuatro costados, y a través de algunos de ellos se abría a otras calles peatonales, en concreto en un par de los flancos donde la desembocadura era mayor. Uno de ellos colindaba con el río, de un tono verde, no por suciedad, sino por las numerosas plantas y los húmedos árboles que se reflejaban en él a las orillas de su cauce. De vez en cuando pasaba una barcaza, o una de esos botes atestados de turistas con un simpático guía que les contara las anécdotas más relevantes, reales o inventadas, del enclave. En co...

Recuerdos de Bélgica 0: un viaje a través de la memoria

Sirva este texto como preludio o explicación a los siguientes escritos de esta nueva sección, una necesidad personal que necesito escribir para mí, lo que a fin de cuentas es este blog. Tuve la suerte, enorme suerte, de vivir en Bélgica durante seis meses que supusieron para mí más que un sueño hecho realidad. Ese tiempo tan intenso y, según mi criterio, bien aprovechado, caló en mí inevitablemente, y es por eso que muchos días me sorprendo a mí misma, sin premeditación, evocando al añorado país belga, relacionando cosas actuales con pasadas allí, arañando la memoria, sin más. Muchas veces he sentido la necesidad de escribir sobre aquello, pero es tan extenso lo que me gustaría contar que no sabía por dónde empezar. Por otra parte, me da miedo olvidar detalles, sensaciones, pormenores, lugares, que todavía ahora, aún habiendo pasado año y medio, siento tatuados en los sentidos. Y aunque sé que es imposible que ciertas cosas se borren de mí, me he decidido, por fin, a darle cierta ...

Autocita

Hoy he quedado. Ha sido algo espontáneo, sin demasiada premeditación, simplemente tenía que surgir. He cancelado todos mis planes y me he permitido el lujo de dejar la cama sin hacer y el piso sin barrer; la cita es más importante. Así que me he levantado, pero sin mucha prisa, y me he dado el baño más largo y calentito del año, mientras de fondo sonaba el genio de Úbeda. Después me he puesto mis pantalones más cómodos de pijama y la camiseta más ancha y vieja que tengo, a mi cita no le importa que pueda parecer desaliñada. Ni siquiera me he arreglado el pelo. He abierto todas las cortinas para que entrara muchísima luz y me he puesto a cocinar, con mimo, sin agobios. He preparado, por las horas y por las ganas, un brunch, con sus huevos revueltos al estilo british con poquita mantequilla, croissants con queso, tostadas con jamón y tomate, unas salchichas, alubias al cariño, y hasta un trozo de quiche que quedaba en la nevera; todo regado de zumo de naranja recién exprimido. Que lo qu...

Las cavilaciones

Cavilar, pensar, repensar, analizar, planear, organizar, cavilar, cavilar, cavilar.  Me gustaría, como una vez escribí , tener un maldito botón que pudiera apagar ciertas zonas de mi cerebro, en concreto esas que se pasan las horas vivas convirtiéndolas en horas muertas que no sirven para nada, horas en que mi materia gris se pinta de gris a sí misma y se hace languidecer, llenándose de cavilaciones innecesarias, de planes mentales que fatigan por el simple y llano hecho de que para conseguir un objetivo ya trazado, hay que ponerse manos a la obra en lugar de seguir calibrando y sopesando opciones, hay que pasar a la acción y dejar a la reflexión descansar. Pero no dispongo de ese botón y soy nula, inútil, un cero a la izquierda, en eso de saber parar de pensar y actuar. A mis neuronas les gusta más sentarse en círculo y pasarse la pelota de una a otra, tantear una y otra vez las posibilidades y jugar a varias voces. Y si... Y si... Y si... ¡Caray! Ese "y si..." ya no podemo...

Coplas a la muerte de su presente

Si cualquier tiempo pasado fue mejor ¿para qué seguir viviendo sabiendo que lo que vendrá después no será suficiente, teniendo presente que el recuerdo es el único aliciente y la nostalgia un malvivir? Si cualquier tiempo pasado fue mejor ¿por qué empeñarse en batallar con los pretéritos para que se vuelvan atemporales, si con cada día que pasa la memoria se acompasa e insiste en arañar? Si cualquier tiempo pasado fue mejor ¿qué importan entonces el mañana, los sueños, los planes, todas las vanas esperanzas, que más dará que vuelvan las oscuras golondrinas si ya no son las mismas? Si cualquier tiempo pasado fue mejor... Y lo fue.

El despertar

Se llega hasta la casa a través de un camino de tierra que bordea el mar. En aquel lado, éste es rocoso y encrespado, no hay arena ni nada que recuerde a una verdadera playa, y los márgenes están sembrados de arbustos punzantes y cactus amenazadores. Por eso es raro ver a alguien en las inmediaciones, ni siquiera en verano. Ahora es pleno agosto y el sol pega tan alto y tan fuerte que las sombras que hacen las ramas de las palmeras parecen pintadas con betún en el suelo, casi como si la tierra se hubiera abierto en grietas allí donde las hojas dibujan su silueta.  El caserón está abandonado, le faltan paredes y algunos trozos del tejado se han desprendido; incluso no tiene puerta. Su fachada ha sido pasto del arte urbano y sirenas, criaturas extrañas y palabras ininteligibles adornan su color viejo y desgastado. Aquí y allá se ven pedruscos, trozos de metal y escombros en general. La erosión y el tiempo han hecho mucha mella en un lugar que, a juzgar por tu porte altivo, debió t...

¡Impostura!

Dejé claras mis intenciones desde el principio. Yo iba a lo que iba, y se suponía que ella también. Pero había algo extraño en aquellos ratos de conversación en la cafetería de turno, algo que se me escapaba y parecía decirme, aquí hay gata encerrada. Nos conocimos por medio de un colega común, en una de esas noches difusas entre semana de alcohol y antros sombríos, donde se agazapan en las esquinas barrigudos con maletín. Yo carecía de lo primero pero portaba lo segundo, en la otra mano una copa que apuré de un trago antes de cogerla por el codo y sacarla ansioso de allí. Aquella noche lo hicimos en mi casa. Rompí mi regla en la impaciencia de culminar la jugada rápido. Pero después de aquello no repetí el error, y en las ocasiones siguientes íbamos siempre a algún hostal de poca monta que pagaba yo. Cero romanticismos, cero riesgos de que me pidiera quedarse a dormir. A ella la pareció bien todo lo que le expuse la mañana después del primer escarceo. Yo sólo buscaba una distra...

Gracias, coronel

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Así es -suspiró el coronel-. La vida es la cosa mejor que se ha inventado.

Carta en el buzón de espera.

Me prometiste que no pasaría nada, pero aquí me encuentro, con la desazón pintada en el rostro. Llevo demasiado tiempo esperando, y no ceso de preguntarme, ¿a qué esperas tú? Dijiste que todo estaría bien, que sería rápido, que en breve volverías a mi lado de nuevo; en vez de eso, me desvanezco cada día un poco más, noto que mi cuerpo disminuye densidad, como un globo perdiendo aire, soltando lastre. He pinchado y descarrilo, la inquietud habita mis avenidas por lo demás desiertas. No me gusta la respuesta que me da el silencio cuando le interrogo exclamando, ¿se habrá olvidado de mí? Esa respuesta callada me hace languidecer. Entonces siento que me esfumo, que a ratos soy sólo humo, un mero recuerdo, una vaga presencia que camina de puntillas mientras la habitación se hace inmensa y me traga. Si tú no estás para mirarme no existo en los espejos. Si no me tocas no soy carne, si no me hueles no expulso aliento, si no me escuchas no tengo voz. Tal vez he olvidado quién soy mientra...

Susurros

Hilas. Como una aguja que cose heridas y pincha, a veces pincha, pero un pinchazo suave placentero intenso y loco orgánico y orgásmico, como si la condición natural de la piel fuese ser cosida por ti, como si la recepción natural de la herida fuera tu hilar. Giras. Te enredas en un tejemaneje de estrellas girándote en torno a mi eje, y ruedas sin ruedas psicodélica coloreada e indómita salvaje y horizontal, generando una avalancha de riesgos que estoy dispuesto a tomar, consciente mi inconsciencia de que eres tú, la mejor meta eres tú. Aunque seas demolición. P .