Entradas

Atardeceres

Imagen
Una luz rosada comienza a inundar la habitación, y despego la vista del ordenador para pegar los ojos en el cristal y ver cómo atardece en casa. Los atardeceres más bonitos de mi mundo son los que ocurren aquí. Dejo vaho en el cristal y las nubes naranjas, rosas y violetas se nublan. En una casa lejana hay una fogata donde están quemando hojas secas. El fuego en la distancia me hipnotiza, es un punto centelleante que rompe la calma de la escena. No se oye nada; sólo, de tanto en tanto, un rumor de pájaros que vuelan libres. Yo también quiero volar. La quietud es perfecta, y me quedo absorta varios minutos respirándole a la ventana y absorbiendo el atardecer de mi hogar. El hogar está donde el corazón está.  En los últimos siete años, he vivido en siete casas diferentes. En todos ellas he puesto parte de mi alma para convertirlas en mi hogar. Me he movido, por tierra y aire, entre tres ciudades distintas, y en cada una he hallado tantas cosas que me han hecho ser lo que soy...

Mujeres solas

Hace unos días, la madrugada del viernes, compartí en una red social un texto sobre una noticia que me hizo apretar los dientes de rabia. Dos chicas jóvenes, de 21 y 22 años, habían sido asesinadas a golpes mientras estaban de vacaciones , y muchos medios de comunicación se habían hecho eco del suceso informando de que "viajaban solas".  Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, "viajaban solas". Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban "solas". ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser "solas", algo les faltaba... Adivinen qué. Mariana Sidoti Crudo, real. Mariana no podría haberlo expresado mejor. Los medios dicen que viajaban solas. La realidad es que así era. Porque una mujer, dos mujeres, tres mujeres, no son nada si un hombre, dos hombres, varios hombres, más fuertes que ellas, quieren hacerles d...

Caligrafía de rey

Imagen
Tengo veinticuatro años y una inabordable cantidad de palabras escritas sobre el papel a mis espaldas. No recuerdo cuándo fue la primera vez que tracé una letra con un lápiz, pero me imagino que lo primero que mi madre me enseñó a escribir fue mi nombre. Mi nombre es de los difíciles, tal vez me llevó algún tiempo hacerlo perfectamente, pero sin duda fue algo socorrido. Recuerdo escribirlo por todas partes, con bolígrafos y rotuladores de colores; supongo que todos lo hacemos, queremos dejar nuestra identidad impresa, marcamos nuestra presencia con un nombre. Fuera del colegio, los primeros textos que seguramente empecé a redactar fueron las cartas a los Reyes Magos; mis padres las conservan aún, y en ellas se ven faltas de ortografía y una letra irregular, redonda y gorda, muy marcada. En las cartas se aprecia como cada Navidad la caligrafía mejoraba, hasta que pasé a escribir también las cartas de mi hermano pequeño cuando él aún no sabía hacerlo. En una fecha las cartas se deti...

Vainilla

En los bosques, las ramas de los árboles estaban desnudas y ateridas, mirando desde las alturas la alfombra de hojas que la estación de la caída había tejido a su costa, adivinándose tras sus troncos indefensos los picos nevados de las montañas. En las ciudades, la gente empezaba a ponerse nerviosa al volante, se acercaba la hora punta de la salida del trabajo y querían escapar de la circulación cuanto antes, pitaban impacientes, encendidos por las luces navideñas y atosigados por el reloj. En los pueblos, las campanas empezaban a repicar llamando a la misa de tarde, algunos ancianos salían de sus casas con un bastón en la mano y una manta sobre los hombros, y las madres bajaban las persianas para guardar dentro el calor del hogar. En un universo aparte, estaba nuestra playa. Tu silueta se recortaba sobre el horizonte, un perfil que me sé tan de memoria que podría dibujarlo a ciegas sobre la arena, hundiendo el dedo en ella y creando líneas como las que recorro en tu espalda...

Más de 24 motivos

Puedo ponerme digna y decir:  Que amigos son los que sacan lo mejor de ti sin pretenderlo, ni ellos, ni tú, Que no importa ni cómo ni cuándo, ni ciento volando, ni ayer ni mañana... Que el fin del mundo nos pille bailando, Que lo pasable no pase de moda... Que los otoños nos vean crecer, Que seamos siempre piratas, algo locas y como te digo la "CO te digo la O".  Pero reconoce que es duro aceptar: Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima. Sumo y sigo: Tenemos memoria, tenemos amigos... No voy a negar que has marcado estilo. Tenemos el lujo de no cambiarnos nunca, Y aunque sé que no es la mejor felicitación del mundo, Juro que es más sincera que cualquiera. Adivina, adivinanza, ¡¡¡24 felicidades y 500 besos!!! Que este día sea muy especial para ti, que nadie te quite la sonrisa, que sepas que aquí tienes una amiga, que aunque no esté, estoy. Que seas feliz e...

Migajas

Empujó suavemente la puerta de la cocina, por miedo a que la madera fuera vieja y se quejara con un chirrido estruendoso. Una vez dentro, la volvió a cerrar con cuidado, y se encontró en medio de una tenue penumbra. Se dirigió hacia las ventanas y descorrió las cortinas de volantes fruncidos, que al moverse soltaron miles de partículas que brillaron con los haces de luz que empezaron a colarse por el cristal. En la estancia había un fuerte olor a plátanos maduros, que en seguida localizó en el centro de la mesa que presidía el lugar; amoratados, arrugados, encogiéndose sobre sí mismos, como si hubieran recibido una soberana paliza. Las paredes estaban recubiertas de armarios color ceniza, cuyas puertas dejaban entrever lo que había dentro a través de un vidrio tintado de verde: una vajilla en crema, tazas de loza, una tetera, enseres diversos y algún jarrón. Los tiradores de los cajones de latón brillaban en medio del resto de tonos mate. En el fregadero, se apilaban una serie de vaso...

Miradas

Ahí quedaste. La vida te colocó una venda en los ojos que borraba todo rastro de mí, y ahora puedes ver un mundo en el que simplemente ya no existo. Caminar tranquilo por la calle sabiendo que no te darás de bruces con mi presente, hablar con la gente habiendo olvidado que un día nos tuvieron en común, volver a los sitios que compartimos juntos sin tener que guardar prudencia, sin miedo a toparte con mi recuerdo, y rehacer tu vida como si yo nunca hubiera estado en ella. Se consumió el cristal de tus gafas que antes me buscaban, se te emborronó la mirada y la venda mental hizo el resto. Ahí quedé. La misma vida que a ti te cegó de mí, conmigo no fue tan gentil. No me ofreció visión selectiva para el corazón, sino un par de binoculares que analizan de cerca una obra. El escenario está prácticamente vacío, es una habitación desamueblada casi en su totalidad, fría y gris. Sólo una cama, en la que están los fantasmas que fuimos, de espaldas, sin mirarse. Cada vez que me coloco las lente...

Siempre nos quedará París

La mujer se levantó del sofá para preparar más té; la primera tetera se había acabado y yo no había sabido disimular cuando ella me había preguntado si quería más: dije que sí. Me encanta el té moruno, es sin duda mi infusión favorita, y el más bueno de todos es el que prepara un marroquí. Lo consumen casi desde que nacen, aprenden a prepararlo desde muy jóvenes, y lo hacen durante toda su vida, a diario. Les sale, por supuesto, de manera especial. Con tantísimo sabor a hierbabuena, dulce, dulcísimo, a la par que los dulces bañados en miel que siempre lo acompañan, con forma de triángulo y rellenos de almendra, o rollos retorcidos crujientes, o tortitas esponjosas que untan con más miel. Dulces. Dulces como el ambiente, como el hogareño suelo lleno de alfombras de colores vibrantes, como el niño y la niña de ojos enormes y brillantes que me miraban con interés, como las historias de un lugar lejano que contaba el anfitrión, como el paquete de hojas de té verde que me regalaron. Todo e...

El camino de tu tinta comienza hoy a caminar

El camino de tu tinta comienza hoy a caminar esculpiendo artículos casi con aire de poesía, que sirven de almohada a esa literatura sentida sintiendo ella un nuevo corazón convencido desde el instante en que te decidiste a acertar. A acertar aceptándote a ti misma con un futuro que reverdece y a mi fuero si te miro escribir mientras miras de improviso, sin poses de foto, para observar la realidad que tienes que sentir desde la piel hasta tu frente, pasando por cada uno de tus verdes nervios, con tantos colores y estilos como una suerte de tintas, parte de la misma naturaleza que cualquier ecosistema que hoy siente que es ella misma viéndose como la niña que nunca has dejado de ser realmente ella, y que hoy comienzas a escribir tus sueños como cuando soñabas soñar mientras no podías salir de los teoremas. El camino de tu tinta siempre lleva a un agua que no sé por qué pero me inspira a escribir caminando por la calle mientras mi camino más le...

La vida moderna

Y tu pulso tamborileaba en mis sienes y muñecas como diminutas patas de ciempiés. Y nos repartíamos los labios y los dientes y el hipo y del alfabeto las impares. Y en tus dedos yo tocaba mis canciones, dedos de teclas de celesta. Maga. Me queda un diecinueve por ciento de batería, y después me apagaré. Tú, que ya no tienes nombre ni rostro para mí, recargas ahora otras pilas, otros cuerpos que nos alejan inexorablemente. Irremediablemente. Parecía que tu clavija no podría encajar en ningún otro lugar que no fuera mi mente, que mi puerto era tu puerto y nada más, o eso prometías. Pero mis terminaciones nerviosas no eran tus únicas conexiones compatibles, y ahora gasto mi última energía, empecinada y malherida, en borrar tus datos. La malgasto. Tal vez ya no tengas nombre ni rostro, pero sigues siendo recuerdos. He conseguido provocarme lagunas considerables, incluso alterar mis archivos y modificarlos. Dejé entrar nuestro final como un virus en mi memoria y desconect...

Atención: obras

Siempre parece una ciudad a medio levantar, como si desde su nacimiento no se hubiera terminado de formar y le faltaran brazos o piernas, o cualquier parte que justificara el volver a erigir grúas y andamios. Una de cada tres calles está poblada por obreros con brazos hinchados sacados por unas semanas de la cola del paro, con piel de moreno albañil, chamuscada y curtida al sol más inclemente de las cuatro estaciones de la miseria. Sus chalecos fluorescentes parecen anunciar días de fiesta pero sólo presagian más ruido, polvo y caos en la circulación. Cuatro apoyados en una pala y otro cavando. Cuatro comiéndose un bocadillo y otro armando masa. Cuatro descansando a la sombra y otro vertiendo el hormigón. Un último en traje de chaqueta y casco blanco supervisa. Al final del día aquel es quien menos gana y éste quien más. Maquinaria de precisión quirúrgica, dispuesta a operar a corazón abierto una y otra vez las entrañas de la ciudad, a sustituir sus intestinos por tuberías nuevas más ...