lunes, 18 de agosto de 2014

Eco

Hace días que no me salen las palabras, que estoy parada inerte ante el papel en blanco sin tener nada que contar, porque todo lo he contado ya. Y no me gusta repetirme.
Ahora cuando siento sensaciones todas tienen un regusto amargo y carcomido, similar a la comida precalentada, como si todo estuviera ya sentido, como si los sentimientos se guardaran en cajas y se mandaran por encargo: meter al microondas tres minutos y consumir, intentar digerir.
Ahora la vida no se me va con lo que escribo, simplemente se va, se va y me susurra mientras se aleja, no te preocupes, volveré tal cuál me recuerdas, porque todo lo que habías de vivir ha pasado ya.
Ahora entiendo que la mitad de la vida está hecha de los recuerdos de la otra mitad, que poco a poco se acercan los años en los que no ocurrirá nada, solamente se pensará en el pasado, con esa mirada crítica y pesimista que sigue alegando que todo pasado fue mejor.
Hoy me acusa dentro la teoría del eterno retorno, pero un eco adusto me impide ver su positividad, y me reitero a mí misma que hay cosas que no quiero volver a sentir, a sufrir, porque hoy soy cobarde y no me apetecen más cicatrices que nunca terminarán de cicatrizar.
Hoy vuelven las mismas nubes de los mismos colores, los mismos arrepentimientos, la misma búsqueda sin éxito de respuestas a unas preguntas nada claras.
Hoy se detiene el hoy, el ayer, el mañana, y todo es lo mismo, el mismo vacío existencial, la misma corriente sanguínea que late por pura biología pero sin alma, sin un delta al que abrirse cuando acabe el río, mientras se va aligerando el caudal.
Ahora los tiempos verbales no existen, porque todo es estático en su repetición, y aunque consigo ver el patrón, el modelo, la malla, no atino a discernir un pequeño error en el entramado que permita escapar por él y abrir camino a un algo mejor.

Que no me gusta repetirme, y no paro de repetirlo todo. Y ya estoy cansada.