sábado, 28 de febrero de 2015

#14 Intemperie. (Biblioteca de cámara)


Dice el diccionario de la RAE de tal palabra que, como locución adverbial, a la intemperie significa "a cielo descubierto, sin techo ni otro reparo alguno". No podría haber un título mejor y a la vez una síntesis más apropiada para esta historia.

Fue uno de esos libros que cogí aleatoriamente de una ruleta que hay a la entrada de la biblioteca en mi universidad porque me llamó la atención su título, tan escueto pero poderoso, certero como un dardo, y porque ese día estaba lloviendo mucho y no escampaba. Señales. Abrí la contraportada y saltó ante mis ojos una opinión que lo comparaba con Miguel Delibes, y no me hicieron falta más razones. No me arrepiento y doy gracias al azar.

Esta novela presentada sobre papel parece tallada en piedra con sudor y sangre. Es dura, sucia y oscura. Especial y conmovedora, con voces de violencia pero también de inocencia y pureza. Sabe a tierra, a sequía extrema, a calor y fuego, a calcinación y a inmundicia.
A lo largo de sus páginas vivimos una huida, una lucha por la supervivencia, de la figura más aparentemente inocente y débil: un niño, que encontrará en el camino a otra figura símbolo de lo opuesto a él, la experiencia y el conocimiento: un viejo cabrero. De este encuentro surgirá una camaradería peculiar, árida y rural como el tercer personaje omnipresente y sobre el que se sustenta toda la novela: el paisaje. Un paisaje que lo condiciona todo y marca la narración, árido e inhóspito, extremadamente seco, asfixiante, hediondo y putrefacto, donde pacen las cabras macilentas y se pudren los cadáveres. Lo sé, ¿suena mal? No tanto, pues todo este entorno es elevado casi al lirismo por el autor, con un dominio y empleo de la palabra austero pero exacto, y sí, delibesco. Unas descripciones soberbias del mundo rural que te transportan al llano seco y yermo, y que crean la atmósfera clave en la que desenvolver la historia.
Un niño, un viejo, y una llanura; sin nombres, ni fechas.
A mí me ha mantenido en vilo hasta la última página, no sé si devorando la novela o siendo devorada por ella.


Como he leído en otras reseñas, es lo que podríamos considerar, un western ibérico. Con semejante descripción, obligatorio leer.

¡Ah! Para saber más y de primerísima mano, aquí una entrevista con el autor, Jesús Carrasco, en Página Dos, mi programa favorito de todos los tiempos: Intemperie, Jesús Carrasco en Página Dos.

sábado, 14 de febrero de 2015

Montañas

Las nubes claroscureaban en las laderas de las montañas
creando un juego alterno de luces,
pico iluminado, falda apagada.
Tu falda descendía hasta el pico virgen de tus tobillos
cuando apagábamos la luz,
y así encendíamos el cuarto.
Las cumbres salpicadas de nieve eran testigos mudos
de tus cálidos terrones de azúcar
cayendo en alud por el pecho.
En tu espalda seguían los claroscuros del sol de invierno,
una senda a través del bosque
donde perderse a soñar.
El camino se ensanchaba hasta llegar al valle húmedo,
y yo, sediento tras el viaje,
bebía el maná de tus labios.
Y por fin, en la gruta escondida y secreta de tu montaña,
nos uníamos al grito del viento
y verdecía de nuevo la vida.

Fuiste mi definición de paisaje, la savia latente en los árboles,
la madera de los pinos y a veces también sus agujas.
Fuiste el agua y la tierra, el aire y el hielo, naturaleza salvaje,
las hojas caídas y las flores preferidas por las abejas.
Fuiste el néctar más dulce y más amargo de sus panales,
la vereda más incierta y adictiva, fuiste el mejor sendero.

Por eso, cada paisaje me recuerda
inevitablemente a ti.

sábado, 7 de febrero de 2015

La última estación

Aquel viejo me desconcertaba todos los viernes, cuando yo llegaba a la estación generalmente con prisas y me detenía ante la pantalla donde se anunciaban horarios y vías. A través del cristal adivinaba su silueta encorvada e inmóvil, siempre en el mismo banco del primer andén, como un elemento más que quien hiciera el diseño del lugar hubiera colocado allí.
Digo viejo no como una ofensa, sino porque lo era en todo el término de la palabra, y decir anciano no le haría justicia. Ese hombre no sólo llevaba la edad impresa en las arrugas de su cara, en la nariz rubicunda y torcida hacia la izquierda, en el atuendo y en los grados de inclinación de su espalda, en las manos huesudas y agrietadas; tenía la vejez en los ojos, increíblemente claros y acuosos, como desteñidos por el paso del tiempo. Desde cada ángulo parecía una estatua grisácea, un monumento a la senectud. 
Una de las cosas que siempre me ha preocupado más de envejecer es la dignidad, el cómo envejecer. Envejecer irremediablemente mal, retirarse de la vida incluso antes de irse realmente de ella, estar pero no estar, convertirse en un ser decrépito, torcido y triste, parecer un trasto inútil roído por las inclemencias del tiempo. No era su caso. Aquel era un viejo digno, un digno viejo. 

Un día llegué inusualmente antes de la hora a la que partía mi tren y pude detenerme a observarlo mejor. Salí fuera tras comprar el billete y me apoyé en una pared concienzudamente cerca de él, me encendí un cigarrillo y el humo tras la primera calada revoloteó creando nubes caprichosas, como las del cielo ese día. Estaba despejado y el sol se deleitaba en la boina del viejo, desvelando diminutas partículas de polvo que me recordaron al efecto luminoso que crean los rayos de luz en el mar, ese brillo cegador. El viejo brillaba al sol.
Su postura, aunque rígida y estática, era relajada. Sólo miraba al frente, a las hileras de hierro y tablones de madera que día tras día eran tránsito de miles de personas y mercancías. Llegó un tren y sus ojos se movieron ligeramente entre los viajeros que se apeaban. El revisor lo saludó con un leve gesto de mano. Un rato después unos hombres empezaron a descargar los vagones de una máquina más alejada y los observó con atención. Disfrutaba.
El viejo repartía su iris aguado entre las vías y absorbía vitamina C, y disfrutaba.
Descarté entonces que esperara a nadie, y mucho menos que aguardara ningún tren. Pensé que igual que se suele encontrar a abuelos vigilando obras y a otros dando de comer a palomas en parques, aquel viejo sentía predilección por pasar el rato entreteniéndose en una estación de ferrocarril.
Pensé también que debe ser una extraña satisfacción poder ver los trenes pasar sin más, sin ningún motivo, hacerlo con una sonrisa, tranquilo para tus adentros, sin prisas, sin horarios ni destino; sólo verlos pasar. Poder decidir dejarlos marchar y querer permanecer en tierra, sentir que se está donde se tiene que estar, no tener la necesidad de huir a otro lugar. No desear ser otro ni soñar con otras vidas que esperen al final de otra estación, no buscar en los mapas el recorrido de las líneas que puedan conducir a algo mejor.

Sonó un pitido y una voz que avisaba a los viajeros que embarcaban en mi dirección me sacó del ensimismamiento. Con un respingo eché a andar y por el rabillo del ojo sentí como el viejo me miraba. Al pasar por delante de él levantó la mano y sin hablar me hizo un gesto pidiéndome un cigarrillo. Lo pude mirar entonces directamente de frente y su vejez me estalló en la cara, me ahogué un poco en esos ojos pálidos y tranquilos que gritaban desde lejos, desde almanaques centenarios y calendarios ya borrados, y sentí demasiado cerca la muerte y el peso de la vida. Le tendí el paquete y carraspeó un gracias ronco y apagado. Esa tarde me fui en el tren llevando a las espaldas algunos años más.

A la semana siguiente volví a verlo, y a la siguiente, y muchas siguientes más. Hasta que un día mi vida cambió de ciclo y mis pasos de escena, y no tuve que volver a aquella estación los viernes, y mi camino siguió otras sendas y otras carreteras.
Sí, sigo pensando, debe ser una satisfacción poder ser tan fuerte como para seguir ileso tras dejar tantos trenes pasar.