miércoles, 12 de junio de 2013

Girasol

Es un día de verano, y el gran astro brilla alto, quemándonos la piel.
Tú y yo, mano a mano, caminando, se nos clavan las espigas en los pies; seguimos el sendero del campo, buscando alguna sombra para cobijarnos.
Y mano a mano, sé que te empiezo a querer.

La explanada luce limpia, indómita, repleta de trigo y cereal; la naturaleza se revela paciente, adormecida en la tarde estival.
El calor nos hace risueños, transparentes, entorna los párpados, nos sosiega el corazón.
En mitad del paraje me siento, te sientas, te recuestas, y abres tus ojos al sol.

Se descubren en ellos tus colores: amarillo ocre en torno a un centro marrón, verdes sesgados, motas de azul; me parecen un girasol.
La luz irradia de ellos, la paleta de Van Gogh.
Me sonrío y me tumbo a tu costado, bendito verano, heliocéntrico amor.

En medio de un mar de herbáceas, del Perú vienen en volandas las pipas de esta canción.
Arrancamos las semillas, las ponemos a tostar en nuestros cuerpos ya tostados, y con tu dentadura de nube blanca, las pelas y las arrancas, y sonríes con fruición.
Tú mi Sol, y yo girándote, tumbados, los lunes al sol.

lunes, 10 de junio de 2013

High love, heart drugs

God, I’m very, very frightening, I’ll overdo it.
The National


He cometido un error. Todo lo que amo está perdido en los cajones, en el fondo del armario.
Ha pasado algo, algo que ha colmado el vaso y que ahora lo está desbordando.
No tengo tiempo, no para esto; me siento perdido.
Pero hoy voy a empezar de nuevo.

Hoy te voy a llevar a casa.
Me apresuraré a buscarte a la salida del trabajo.
Aún no sé quien eres, pero sé que lo sabré en cuanto te vea.
Te reconoceré entre todas, porque llevo soñando contigo más de veinte años.
Una eternidad echándote de menos, antes de conocerte.
Hoy va a ser el día.
Te encontraré y tú sentirás que has sido encontrada.
Eres la última pieza de mi puzzle, te necesito para completarlo.
Para completarme.
Y sólo encajas tú.

Hoy te llevaré a casa.
Recorreremos el camino en silencio, te cogeré de la mano.
Te guiaré hasta allí como tú me has guiado hasta ti.
Y te miraré a los ojos, muy dentro, penetrando tus pupilas.
Adivinaré tus secretos y los guardaré del mundo.
Te haré saber que soy yo, que me conoces desde hace mucho.
Que tú también has soñado conmigo.
Leeré en tu piel otros sueños.
Te diré con mis manos que los pondré en una nube para ti.
No te escondas.

Porque hoy quiero llevarte a casa.
Y si no quieres ir, te esperaré otros veinte años.
Haré un nudo con mis brazos, te ataré con mis palabras.
Y no me moveré de ti, seré tu sombra; sé que estoy exagerando.
Y tú lo sabes.
Pero no puedo dejarte ir, no te vayas.
Prometo que te haré reír, te abrigaré de noche, seré lo que quieras que sea.
No me dejes.
Porque ya no sabré quien soy sin ti.
No te pierdas, no me pierdas.

Hoy he cometido un error, el último de muchos errores.
Tengo miedo.
Soy el miedo.
Pero voy a empezar de nuevo.

sábado, 8 de junio de 2013

Cuando se acuestan la razón y el deseo, llueve sobre mojado

Lo bueno de los años es que curan heridas,
lo malo de los besos es que crean adicción.
Joaquín Sabina


Se despertó con el rímel corrido y el pelo enmarañado, y notó el tacto suave de las sábanas al recobrar conciencia de su cuerpo. Estaba boca abajo, con el cuello torcido hacia la izquierda, el lugar donde debía haber estado él. Pero cuando entreabrió los ojos y enfocó presionando como hacen los miopes, no vio nada.

Me desperté y la vi a mi lado, hecha un ovillo, y su cabello era la madeja de oro. Me incorporé con cuidado, sin hacer ruido, y la observé desde la pared, como quien observa un regalo con miedo a que desaparezca.

Y al encontrar el hueco de su ausencia en el colchón, estiró la mano y tocó las arrugas que habían dejado su espalda, arrugándose un poco más el corazón. La luz entraba con miedo por la ventana, las cortinas descorridas, el vaho del alba insuflando despertares. Pestañeó. Él siguió sin estar allí. Pestañeó y lloró. Lloró lágrimas antiguas.

Miré hacia la calle y era temprano, esa hora en que el día empieza a colarse por las rendijas y nos recuerda que hay que volver a empezar. ¿Y cómo iba a empezar yo ese día?

Pensó que quizás había sido un sueño, uno de tantos, un beso inventado, y acarició la soledad de la cama con dedos de gata. Pero su olor seguía allí, latente, como el fuego de las pasiones que desencadenan tragedias, y palpitaba en sus fosas nasales, hiriéndola en lo más hondo de su intuición.

Le besé la piel despacio, tenue, delicado, con el silencio de los que aman a escondidas y no quieren ser vistos. Aspiré su aroma nocturno una vez más, acaricié su cuello de cisne dorado, y me batí en duelo con la idea de condenar todos esos verbos a un eterno pasado.

Intuyó cuando se encontraron que aquello iba a pasar, pero era tan tentador, abrazar la felicidad, sólo un momento, sólo una noche, por qué no habría de permitírselo. Habían vivido a costa de negarse la vida, se habían empeñado en adelantar los finales, en abrir heridas ya curadas, por qué no cambiar una de sal por azúcar, que no escociera.

¿Y cómo iba a empezar yo el día? No puedo afrontarlo sin ella. No otra vez. ¿Y ella sin mí? No queremos más cicatrices. No otra vez.

Pero ahora escocía, y quería morirse de escozor. Dudó si levantarse a abrir el ventanal, si ventilar la estancia y el alma, pero no quiso moverse, trató de no romper el hechizo. Estuvo quieta, aguzada, durante siglos, y una eternidad después, se resignó y pisó la moqueta como si andara en cristales. Desanduvo los pasos de la noche anterior, sintiéndose mucho más vieja que entonces, y llegó a la cocina.

Me vestí, recogiendo la ropa de un suelo que me miraba y decía que sería la última vez, un suelo de cristales rotos. Deambulé por el piso como un sonámbulo que llevara siglos sin soñar, y una eternidad después, abrí la puerta y me marché con la luz del día.

Sobre la encimera vio los restos del último adiós, como una burla jocosa a su ilusa ilusión, la misma de tantas otras veces. Como un autómata cogió una taza del armario, y en un ataque de rabia fue a estrellarla contra el suelo para así pisar cristales de verdad. Pero escuchó un tintineo de llaves.

Pero antes de irme cogí sus llaves.

Y la manivela se movió, y como un engranaje movió su corazón, y corazón y puerta se abrieron a la vez, viejos pero hospitalarios, cansados pero esperanzados, heridos pero cicatrizados. Un corazón de caoba con vetas de azul cobalto.

-¿Tienes otra taza para mí?- y con su sonrisa me recordó de nuevo porque era adicto a ella.




Hoy necesito escribir un final feliz.

jueves, 6 de junio de 2013

Western breve

Nació con la mirada aviesa y fatalista, pero no era una mala mujer. Ya fuera por aburrimiento o por un pesimismo innato, se empecinaba en verle un final descarriado a todo lo que discurriera ante sus ojos. Cada mañana, mientras barría el soportal que daba entrada a su casa, observaba las camionetas deslizarse entre los baches de la carretera de en frente y, sin malicia pero con seguridad, imaginaba como alguna habría de, inevitablemente, precipitarse hasta el arcén y estrellarse contra algún árbol, de esos de tronco nudoso y centenario que conformaban la avenida de piedras. Veía las mercancías balancearse en los traseros de los camiones, y al instante sus ojos las colocaban en el suelo, rotas y desparramadas, en un destino fatal.
Fatal era también la suerte de los vecinos, o eso creía ella. La una por un motivo, el colindante por otro, pero sin duda a todos habría de acontecerles algo malo, sólo era cuestión de tiempo, porque la mala suerte era algo innato a la vida y al ser humano. Acudía a la iglesia como la que más, y allí seguía con la vista a las gentes del lugar, mientras se arrodillaban ante el sacerdote y recitaban sus plegarias. Pero nada podría salvarles, se decía; lo escrito, escrito está.
Nadie podía decir que había contagiado a su marido su pesimismo y su afán de suponer una desgracia donde ponía el dedo. En verdad, había sido un hombre cabizbajo y grave desde que se conocieran, un hombre hecho a aceptar lo que le viniera de frente; aguantaba los golpes, no le dolía el destino. Por eso, aceptó en silencio las malas noticias tras años casados: su mujer tenía el vientre seco, tan seco como el viento del oeste que corría en aquellas tierras. Se permitió, tras aquello, contratar a un par de muchachos que vivían bajo el cuidado de la parroquia para que le ayudaran en las faenas del campo, no como un sustituto a los hijos que podría haber tenido, sino como compañía y labor cristiana; no estaba enfadado con Dios. Aquellos jóvenes asilvestrados corrían por la finca y alborotaban más que ayudaban, pero al hombre le hacía bien escuchar voces alegres, y relajaba el semblante. Mientras, su mujer barría el porche y los miraba siempre con el mismo aire preocupado, esperando en cualquier momento que se cayeran en una acequia o se quebraran una pierna, pero sin desearles ella ningún mal; era la mala fortuna que persigue a todos.
Luego del trabajo en la finca, iban del brazo por el pueblo como si fueran felices, porque en realidad lo eran, y lejos de hacer caso a las habladurías sobre su barriga plana y la ausencia de vástagos, ella continuaba dedicando a todo el mundo su mirada fatalista pero libre de pecado, colgada de su marido, y pidiendo al destino que, al menos, nada malo le sucediera a él.

lunes, 3 de junio de 2013

Nunca estaréis a salvo.

El sol brillaba alto despuntando la azotea, y él se empezó a desperezar. Por la ventana entraban abundantes rayos de luz que irradiaban la estancia y le cegaban los ojos aún dormidos. Por la posición del astro debían ser más de las dos, pensó, y lanzó el primer improperio del día.
Se deslizó de la cama hasta el suelo como una serpiente y encendió el televisor. Con las noticias de fondo se aguó la cara y el cuerpo en el baño sin espejo. Ya no tenía. Le daba miedo mirarse en los ojos y no ver nada. Porque hacía tiempo que no sentía nada.
Se atusó la barba mientras bebía zumo de un cartón y escuchaba la voz monótona del presentador. Nuevas medidas en el Congreso, últimas exigencias desde Bruselas, novedades viejas sobre juicios de corrupción, un incendio aquí, una caída en la bolsa allá.
- Tras haberles contado las noticias destacadas del día, volvemos sobre el suceso con el que abríamos el telediario, y que tiene conmocionada a toda Inglaterra.
Sin mediar más palabra, apareció en pantalla un hombre de color con las manos ensangrentadas en mitad de la calle, una calle que conocía muy bien. Portaba dos cuchillos también empapados en sangre, y le hablaba muy rápido a la cámara. 
- We must fight them as they fight us. An eye for an eye, a tooth for a tooth.
Se irguió en la silla y empezó a temblar, sin poder quitar los ojos del aparato, antes somnolientos, ahora fuera de las órbitas. El protagonista de la noticia tenía la voz urgente, firme, fuerte acento británico.
I apologise that women have had to witness this today, but in our land our women have to see the same. You people will never be safe. Remove your government, they don't care about you.
You people will never be safe, you people will never be safe...
No le titubeó la voz, no tenía miedo de estar en la calle tras haber cometido un asesinato feroz, diciendo aquello, en lugar de intentar huir. No quería huir, quería mostrarle al mundo lo que había hecho. A sangre fría, con el pulso tranquilo, con la conciencia tranquila. Porque era justo. Ojo por ojo, diente por diente. Aquello que había hecho era justo. Su Dios lo permitía, su acción le glorificaba, you people will never be safe.

Aún sin poder pestañear, se abalanzó sobre el teléfono y marcó acuciante el número. Hacía siglos que no lo usaba, pero lo recordaba perfectamente. Escuchó desesperado las pulsaciones de la línea, hasta que oyó un click.
-Hi, this is Emma. I'm afraid I am not available at the moment. But please leave a message and I will call you back as soon as possible. Thank you, bye bye!
Respondió con silencio al mensaje y colgó. Sudando, dio vueltas por la habitación mascullando más improperios, sin dejar de escuchar ambas voces: la fría, letal y a la vez humana, nunca estaréis a salvo; la dulce, correcta, londinense, hi, this is Emma.
Inevitablemente, vino a su mente un libro que había leído recientemente. No recordaba al autor, sabía que era muy famoso en Japón, Marakuma, Mukurami, o algo parecido. En el libro contaba pequeñas historias sobre distintas personas y cómo les había cambiado la vida después del terremoto que asoló una ciudad japonesa. Había intentado ponerse en la piel de los personajes durante la lectura, aunque la empatía no era su don, pero en ese preciso instante lo comprendió.
Entendió como toda nuestra perspectiva se modifica cuando ocurre algo que no podemos controlar, cuando el universo se mueve, cuando la tierra tiembla, cuando la naturaleza despierta y no somos nadie para detenerla. E, incluso más escalofriante, cuando un humano decide creerse con derecho para atentar contra otro. Nuestra forma de ver la vida cambia, porque nos damos cuenta de que somos frágiles, mortales, de que en un momento pueden arrebatarnos todo, y entonces pensamos... ¿qué he estado haciendo hasta ahora? ¿Vivía o moría? Y ponemos en orden todas nuestras prioridades, y decidimos darle más valor al día a día y empezar a vivir de verdad. Porque no somos intocables y acaban de recordárnoslo, acaban de tocarnos muy de cerca y nos han dicho lo vulnerables que somos.

Seguía mareando los pies por el cuarto, meditando en silencio tantas ideas, interpretando sentimientos. Volvió a llamar.
-Hi, this is Emma. I'm afraid I am not available at the moment. But please leave a message and I will...
- He-hello, Emma. It's Marco. I know it's been a long time, but I...I just saw in the news what happened in the city. I'm horribly worried, are you OK??? Please let me know as soon as you can. I... I've been thinking and...I...I would like a lot to visit you, if you want... I just need to order some issues and I will just... buy the tickets for the first flight I find. I... I don't know how to say this but I.. I've missed you. Well, hmmm... We will better talk face to face. I'm looking forward for that. I wait for your call. Bye.

Dejó el teléfono y empezó a hacer las maletas.

Declaración de Amor.

"¿Se pueden inventar verbos? Quiero decirte uno:
Yo te cielo, así mis alas se extienden enormes para amarte sin medida” .
Frida Kahlo.


¿Y qué quieres que te diga? Si ya lo sabes todo.
Tenía miedo de perderte, y entonces pasó algo extraño: me perdí yo. Y ese entonces me gustó.
Al principio no, lo reconozco, a nadie le gusta estar perdido. Pero en medio de esa confusión aprendí a entenderme a mí misma. Es extraño, pero comprendí que me había estado llenando de cosas que sólo me habían vaciado. No hablo ya de ti, hablo del día a día, las obsesiones, los dramas, los excesos. Nada es bueno en exceso. Tuve que tomar distancia. Para ver mejor. Y vi que no podía tener miedo a perder algo que no poseo, porque al fin y al cabo tú eres sólo tuyo, y yo soy sólo mía. 
Sí, ya sé que dicho así todo esto suena poco romántico. No es que ya no te quiera, compréndelo. Te amo, pero es que tienes que entenderlo. Había llegado a un punto en el que mis sentimientos eran hasta excéntricos, y mi corazón amenazaba con inmolarse a cada paso. Sabes que hablo en serio. La inmolación y todo eso, el suicidio cotidiano. Que todos morimos poco a poco es cierto, pero también deberíamos vivir mucho a mucho, ¿o qué? Perdona, que divago.
El caso es, que yo te quiero, nada de eso ha cambiado. Pero ahora me vas a tener que compartir con alguien, y ese alguien soy yo. No tengas celos, esto era inevitable. Todo el mundo se quiere a sí mismo, o debería, o deberíamos hacerlo aún más. Tú dices estar enamorado de mí, ¡y es que soy maravillosa!, por supuesto, ¡quién mejor que yo para saberlo! Ahora podremos maravillarnos juntos, ¿vale? Descubrirme. Y también te descubriremos a ti. Pero yo he venido a hablar de mí, que para eso soy yo misma.
Así pues, centrándome: te quiero, te amo, te adoro, eres todo, pero Todo soy yo. Y juntos formamos un tTodo distinto, importante, porque están nuestros Todos individuales y nuestro todo. Pero esos Todos deben crecer por separado, porque si no, yo no sería yo, y tú no serías tú, y entonces nunca podría tener sentido un nosotros. Siento esta madeja de hilo enredada, pero a mí se me están deshilachando las ideas y o te las cuento o me inmolo el cerebro.
Menuda declaración de amor más rara me está saliendo, ¿eh? Claro, es que es una declaración a dos bandas, para ti y para mí. ¿Esto ha existido antes? Se supone que el amor es exclusivo. Bueno, según que cultura claro, la poligamia y esas vertientes. Pero estamos en otro río, creemos pues un tipo de amor nuevo. El Amor en mayúsculas, el amor a mi Todo y a este todo que hemos inventado juntos. El Amor a mí, y a ti, y a nosotros. Por este orden. Que te quiero, que nos quiero, que me he vuelto a enamorar.
Resumiendo, que tenía pánico a perderte, y me perdí. Y ahora creo que ya me he encontrado.
Así que puedo decirte, que te cielo, y que mis alas se extenderán enormes para amarte sin medida, pero que esas alas son sólo mías. Ahora que lo sabes, ¿quieres venir a volar conmigo?

domingo, 2 de junio de 2013

El regreso II

Elegí un día para regresar, y se cumplieron todos mis presagios. El destino existía y quería dolerme, quería que le hiciera frente con la espalda recta y los ojos firmes.

Volví a la ciudad con el alma en dos maletas y el bolso de mano con el que me marché, portando en él ancestros negros y sagaces que me ayudaran a ahuyentarle. 
Habían muerto muchas vidas, se habían extinguido tantas llamas, ¿sería posible que me encontrara en mitad de tanta gente? Yo caminé, más sola que nunca, entre la tanta gente. Y no le vi.

Pero en el fondo de mi ser, ese que se retuerce y se incendia cada día avivado por el recuerdo, sabía que él estaba esperándome. Siempre lo estuvo, siempre lo ha estado.

Y sentí miedo.

Moví mis caderas entre la multitud, cargando sobre ruedas el peso de mi pasado y lo incierto del futuro, y con cada bocanada de aire me asfixiaba un poco más. La atmósfera en las calles era densa y espesaba la sangre. Crucé laberínticos pasajes guiada por un impulso desesperado, sin saber a dónde había vuelto, sin reconocerme en la ciudad. En una fuente refresqué mi cuello y me quedé mirando las suaves montañas, adivinando el mar detrás de aquellas curvas como un día él adivinó las mías. Y allí me dirigí arrastrando la vida.

El reloj del mundo había sumado varias horas cuando llegué y mecí mis pies entre la arena. Inflé mis pulmones con aire de sal y me senté a esperar, secando mi piel con el húmedo aliento de la costa, espesando  aún más mi sangre.

Y entonces le sentí. Y volví a sentir miedo, un miedo caliente.
Y una mujer de hace dos siglos se estremeció.

El ruido entre silencios, la cremallera en mi espalda que sólo él abrió, la cremallera en la maleta que cerré. El portazo seco del armario, el de la habitación. Las perchas vacías testigos mudos de un adiós, las bombillas rotas, el amor a oscuras, el final sin luz. Sus manos, sus dedos, su ser inquieto de gravedad solar, mi Luna que huyó en mitad de la noche, cuando él no podía verme. No quería verme. El ruido del Amor. Ay, el Amor. Tan loco, tan traicionero, tanto drama malgastado.

Y el ruido volvió ese día en forma de pisadas en la arena, en forma de más cremalleras que se abrían y mi ropa que volaba por la playa. Sus gritos en silencio, su cara desencajada y mis maletas vacías, sin excusas ni motivos. Y el reloj del mundo empezó a girar hacia atrás. Y la mujer de hace dos siglos le miró con ojos firmes y la espalda recta, y le susurró en un lenguaje olvidado que no necesitaban encontrar el Amor, porque el Amor eran ellos.

Y el mar los devoró.

El regreso

Y de pronto un día, sin avisar, sin llamar antes, regresó.
Pulsó con sus tacones sobre los huecos perdidos de la moqueta, y el perro que jamás habían tenido ladró al percibir su olor. Y continuó esperando, de pie, impertérrita, a que la sombra del sofá se moviera y la recibiera.
Pero no lo hizo. 

Ella decidió volver con el verano, cuando las almas se calientan, para evitar sumarse al frío gélido del que sería la mal-venida. Y el primero de Junio se plantó allí, como una margarita deshojada con una peluca de lirios, con la pose de una orquídea y el olor de un clavel. Pero en la raíz estaba marchita, como el animal humano que sollozaba en silencio en el sofá.

Había vuelvo para quedarse, pero no sabía que ya no quedaba nada.
Y no sabía que los jardines sin agua ni amor se marchitan, que los jarrones se agrietan, que las fuentes se secan. Y no supo ver las persianas apestilladas, el silencio de los rayos del sol, el olor a podredumbre que emanaba del sofá.

Y allí siguió, con los ojos en el aire y el corazón desgastado en la mano, fotosintesiando olores antiguos y lejanos, felices en la ignorancia de no saber que el final estaría por llegar, y tras él, un fallido regreso.
Y allí siguió, y a las horas empezó a morir poco a poco, como él, y la invadió la calma serena de que era demasiado tarde.

Pero había regresado, y eso le era suficiente a ella. Nunca tuvo la oportunidad de preguntarle al perro, que gimió entre sueños, como si la vida fuera real y descansar de ella una pesadilla. Y así nunca supo la peor verdad.

Si hubiera llamado antes de regresar, le hubiera encontrado muerto.