miércoles, 29 de enero de 2014

Por la espalda

Las palabras me han traicionado.
Confiaba en ellas, ingenua y ciegamente. Eran los testigos fieles y callados de mis emociones, las consejeras comprensivas de mis pensamientos, la respuesta y la forma de formular la pregunta, la herramienta para dar rienda suelta a las historias y sensaciones que abstrajeran mi mente de la realidad; eran la prosa y la poesía. Después de años usándolas para crear e imaginar, para describir situaciones y versar sentimientos, para idealizar momentos o soñar desenlaces; después de años tendiéndome su brazo silabeado para usarlo a mi antojo y permitirme empatizar con otras vidas; ahora, justo ahora, se burlan de mí.

Ahora me está vetado elegirlas, y algunas se empeñan en aparecer en mi boca cuando no quiero nombrarlas, me señalan con su sílaba acentuada y se mofan.
Hay grupos de palabras escondidas en algún rincón de mi cabeza que se resisten a mostrarse ante mí, que ya no me dejan usarlas y se ríen con onomatopeyas.
Hay otros conjuntos que no paran de moverse en volandas por mi cerebro, de un nervio a otro, tocando la fibra sensible justa y exigiéndole a mis músculos que se muevan y las pronuncie. Intento soltarlas pacíficamente, abrir los labios y liberarlas en forma de aire mudo; pero en vez de eso las vomito a borbotones, las digo como una retahíla incesante e ininteligible en voz demasiado alta, demasiado insana.
Hay palabras de las que ni siquiera recuerdo el significado, me veo incapaz de formar estructuras sintácticas largas con sentido y sólo sé conjugar ciertos verbos en tiempos concretos: el futuro ya no existe, el pretérito araña las paredes de mi garganta y el imperativo impera. Me están dejando sin fuerzas en mi intento de intentar no llorarlas.
"Vuelve, no me dejes, éramos felices, soledad, lo teníamos todo, no te vayas, tan lejos, no desaparezcas, errores, yo te quería, socorro, lo pasábamos tan bien juntos, recuerda el día en que nos besamos por primera vez, the end, confiabas en mí, vacío, no me hagas esto, pozo de lágrimas, túnel negro, tuvimos peleas pero también cosas maravillosas, recuerdos, desesperación, no abandones, no te olvides de mí." Expulsadas.

Las palabras me han traicionado y ya no quiero volver a emplearlas, he decidido guardar silencio y ahogarme en ellas, porque ahora sólo me piden que hable de ti.
Justo ahora, jodidamente justo ahora, que tú ya no estás.

viernes, 24 de enero de 2014

Confesión de un secuestro por amor

Desapareciste en un parpadeo.
Conté hasta tres, abrí los ojos
y ya no estabas.
Quizás añorabas 
todo lo que robé de ti.

Merezco una cadena perpetua,
mi cara en un cartel de se busca,
y todas las condenas del mundo
para pagar el botín,
para intentar equilibrar la balanza
de la cantidad legal de sueños
que puede soñar un hombre,
y que puede ver cumplir.

Este hombre te soñó a ti.

Fuiste un tesoro ilícito,
una cámara acorazada
que se abrió sin llave maestra.
Una joya en un escaparate,
un año sin almanaques
todo hecho de horas soñadas,
de esas que desajustan la justicia
que ordena el destino de los mortales.
Fuiste una colección de arte,
a veces la más perfecta imitación
de tu propio ser hecho a medida.
Yo hurtaba con desenfreno
en las esquinas de tu escultura,
adueñándome de todo lo que generosamente me dabas.
Birlaba tus piedras preciosas,
me guardaba con celosía
el mapa para escalar a tus piernas,
preciosas también.
Eras mi diamante en bruto,
y te coloqué con egoísmo en la caja fuerte de mi pecho;
mi corazón bombeaba a carbón.

Un día cerré los ojos,
conté hasta tres,
y cuando fui a buscarte,
lo confieso,
vi la caja vacía convertida en prisión,
sentí la ausencia de latidos,
y noté la corriente eléctrica sin anestesia.

Como un reo he venido a entregarme,
a recibir mi castigo, a aprender la lección.
Que la vida
no es vida después de ti.
Y que tú, 
siendo mía, no eres tú.

domingo, 19 de enero de 2014

Pudo empezar por vocal

Empecé por la A, ¿por cuál iba a empezar? A veces me gusta comenzar por el final, eso es cierto, pero en este caso el final me rozaba peligrosamente con las uñas afiladas, así que, falto de imaginación para idear otro criterio, abrí por la primera página sin más y empecé a leer.
A, ababillarse, ababol, abacá, abacería, abacial, ábaco, abacorar, abad, abada, abadejo. De cada diez palabras conocía sólo un par; me sentía un inculto y un ignorante a medida que pasaba hojas del diccionario, lo cual no hacía sino motivarme y esperanzarme aún más en mi empresa.
Iba con el pesado tomo a todas partes: escrutaba palabras en la cola del supermercado, en los descansos del trabajo, mientras sacaba dinero del cajero, esperando en los atascos, cepillándome los dientes, en la cama hasta caer rendido. Y a la mañana siguiente volvía a retomarlo con más entusiasmo si cabe. Atenuar, ateo, aterciopelado, aterecerse, aterirse, atérmano, aterrada, aterrador, aterrajar, aterrizaje.
Cuando acabé con la primera vocal pasé a la B, a la C, a la D. Me acordaba a momentos de un escritor del que escuché que se había estudiado todo el diccionario para disponer de una infinita variedad de vocablos para su pluma. No era tal mi objetivo. Yo buscaba algo concreto, pero aún no sabía qué.

Pasaban las semanas y yo empezaba a desesperarme. Ninguna de las miles de definiciones que leía encajaba, iba casi por la mitad del manual del castellano y no encontraba aquello que esperaba hallar. En un instante de pretendida lucidez se me ocurrió comprobar el depósito legal de mi diccionario: ¡2008! Por dios, seguro que la Real Academia ya había publicado un montón de nuevos tomos desde entonces con nuevas palabras y acepciones, ¡quizá la que yo buscaba era una de ellas! Sin aliento corrí a la librería más cercana y me hice con un nuevo ejemplar mucho más completo y aún humeante. Empecé, de nuevo, por la A.
Transcurría el tiempo y otra vez las páginas iban cayendo ante mis ojos sin éxito. Mis amigos y compañeros de trabajo me decían que me había vuelto taciturno, y que cuando ocasionalmente hablaba lo hacía con palabras extrañas. Yo, hosco, respondía que no estaban en mi mismo nivel diastrático, que leyeran más. Algún listo me replicaba que era yo quien tenía que adaptarme a su variedad diafásica; ¡panda de mandrias!, hay mucha estulticia por ahí.

Llegó el cambio de estación, echaron a volar las hojas de los árboles, y yo me mojé los dedos para pasar el último pliego. Así me di de bruces con la últimísima palabra de nuestro rico idioma: "zuzón: hierba cana".
Y eso era todo. ¡Eso era todo!
Meses leyendo, perdido en un dédalo de lexemas y morfemas para nada. No había logrado encontrar la palabra que me pediste que buscara la noche en que me dejaste, cuando lloraste diciendo que no sabías ponerle nombre a lo nuestro, que no existía un término que te convenciera y te pareciera suficiente para seguir adelante. Esa noche de verano yo me había creído un héroe de las palabras, y me despedí enamorado urdiendo mi inmediata misión letrada.

Había fracasado. O tal vez no. Porque en un último alarde de romanticismo, al leer en voz alta "zuzón" y sentirme caer en un oscuro agujero, se me ocurrió una heroica idea: inventarme una palabra, sólo nuestra, que describiera lo que habíamos sido y lo que seríamos, una etiqueta personal en toda regla. Tras días de meditación di con una buena candidata y en mitad de mi jolgorio te llamé. Fue entonces cuando me di cuenta de que habías cambiado de número y de dirección, de que tus lágrimas habían sido de cocodrilo, y de que yo era ahora el tonto más culto y el culto más tonto de la ciudad.

miércoles, 15 de enero de 2014

El mismo hombre

“No tenían razones para no emborracharse”.
Un paseo por el lado salvaje, Nelson Algren


Deambula sin pisar las baldosas amarillas
en busca de algún bar que le soporte
y le expropie de los soportales
que le aguantan cada noche el alma.
Una persiana subida es un atisbo de vida
aún viva a esas horas de la madrugada
cuando el cínico suplica
y el borracho se desnuda,
cuando los gatos se besan en los tejados
y la niebla le pone celosa un velo a la luna.
En cada nueva vieja barra se desvela
y se le revela un antiguo secreto a voces
por los altavoces raídos de telarañas del local.
A ritmo de blues, las más noches,
se encuentra mirando en el fondo de un vaso,
fondeando como un buzo a contracorriente,
escuchando de un saxo
las notas que no toca.
Esta noche no le toca
hallar respuesta alguna a la ausencia
de su boca, y el saxo suena a sexo,
y el sexo muere ajeno a todo en los tejados
aún poblados por felinos
cuando a él le cierran la persiana
y corre gatuno a la caza de otro bar.
Los ratones huyen hambrientos a las alcantarillas,
se deslucen los colores de las entrañas de la ciudad,
y el hombre vuelve a los soportales
arrastrando puertas cerradas y bares con luces apagadas,
donde no quisieron ponerle
una última gota (de alcohol),
una última canción (de amor).

martes, 14 de enero de 2014

Érase una taza

"Almaceno tazas en un lado de la mesa de estudio: tazas con posos de café, marcas rojas de té, cercos sabor chocolate y restos de más café. Mis amigos cuando me visitan me preguntan por qué necesito tantas tazas para mí sola. No es puro afán coleccionista, aunque un poco también; simplemente las uso una detrás de otra y me gusta apilarlas, ponerlas en fila y reposarlas a ese lado de mi zona de trabajo, vigilantes y expectantes. 
Tengo tazas de todos los colores, algunas con mensajes optimistas, tazas recuerdos de viajes, regalos, tazas con forma de animal, unas grandes, otras pequeñas, altas y delgadas, tazones y tacitas, con tapadera y un agujerito para beber, tazas rotas por el asa, pegadas y reparadas, desportilladas; tengo una familia variopinta de tazas de todas las edades y razas. No penséis que las uso y las voy abandonando a su suerte y suciedad, eso no; pero hasta que no acabo en lo que ando metida, sea un trabajo, un escrito o un poema, quizás un dibujo, no las muevo. Son una especie de compañía, de contabilizador de cafeína y teína, un marcador que me dice mejor las horas que cualquier reloj. A veces cuento las tardes en función de las tazas de té, el tiempo pasa según aumentan los cafés, el tazón de leche caliente marca el final de la noche.
Cuando mi madre viene a verme se desquicia, porque raro es que no deambulen al menos un par por la esquina de la mesa, usadas y con los leves restos del naufragio. Me impera, ¡es que no te he enseñado a limpiar! Mi respuesta es una mirada alrededor del piso impoluto. Nadie se muere por unas cuantas tazas resacosas, ellas saben esperar y no me meten prisa. Las demás aguardan su turno pacientes en el armario.
Me encantan las tazas, son un regalo que nunca falla, como un buen libro. La buena noticia es que hoy para escribir esto sólo he necesitado beber de una, la mala es que otras muchas veces me suele faltar sitio en la mesa."

Después de poner el último punto, le doy un sorbo a mi taza, la única que tengo ahora mismo en esta casa, no necesito más, y me río para mis adentros. Los que escribimos a veces somos unos canallas y unos mentirosos. O no, ¡caray! Ni que hubiera que escribirlo todo sobre uno mismo. Aunque en verdad me encantan las tazas y de vez en cuando compro alguna. Al final, un poco de verdad se acaba colando en todo lo que uno escribe. O no.

jueves, 9 de enero de 2014

Transoceánico

Y el mar, el dulce mar tan trágico,
a su propia distancia sometido,
sabrá dejar escrito
que el viaje nunca fue nuestro tesoro.
Luis García Montero.


Tengo dos relojes en una de las paredes de mi casa. Uno marca esta hora, exacta; el otro, seis horas menos.

Mientras me preparo la comida te imagino desperezándote, sepultada bajo kilos de mantas polares, de esas de pelo tan suave como tu piel. Como, y jugando con los cubiertos te veo refrescarte en el baño, lavarte los dientes y vestirte con cinco capas de ropa, abrir las cortinas y contemplar una blancura espesa y limpia. Yo recojo los platos, y fregándolos te diviso desde lejos retirando la nieve de la entrada, empuñando la pala con decisión y gracilidad, resbalándote graciosamente sobre el suelo helado. Tú actúas todo el rato con normalidad, no te sientes observada, pero yo no puedo parar de pensarte.
Paso la tarde en el trabajo viendo tu película diaria: te presiento saliendo de casa y dirigiéndote al barrio latino, escucho tu voz farfullar unas palabras en italiano con acento canadiense, te veo mezclarte en la diversidad de la gente encajando en medio de todos como una pieza esencial, llegar a tu oficina, desprenderte de cuatro capas y quedar perfecta. Mis horas de rutina pasan lentas y letales, mis horas de soñarte son los paraguas de los días de lluvia.
Después vuelvo al piso cabizbajo, renqueando entre la multitud anónima sin pedir disculpas cuando choco contra alguien, porque en verdad no veo por donde voy, mis pies pisan otro continente, mi cuerpo está volando tras mi mente.
Enciendo la tele porque el silencio me vuelve aún más loco, repito el proceso del mediodía pero esta vez son las luces de la tarde las que juegan a crear sombras en tu rostro, cada día más borroso. Sentado en el sofá, miro el televisor sin verlo, y por el rabillo del ojo me llegan las pulsaciones de los relojes, indicándome que acabaste la jornada, que conduces entre la nieve volviendo a casa, que tal vez estés abriendo el buzón en este momento y recogiendo otra carta con un sello de muy lejos. Con este dolor desgarrado y moribundo, te imagino arrojándola a algún cajón sin fondo, convertido en tu caja de Pandora, donde hará compañía a cientos de otras anteriores, firmadas por un remitente cansado que se muere de esperar.
Sin que tú lo sepas, monto guardia desde este lado del planeta, me paso mi noche en vela fantaseando con cómo estarás tú, si habrás quedado para salir, si verás una película, si habrá alguien que te prepare la cena y te caliente la cama, si me echarás de menos, si pensarás en mí. Sin que tú lo sepas yo estoy contigo, y en mi vigilia te extraño como un preso añora la libertad, y sujeto los barrotes de este lugar como si fueran las agujas del reloj a las que quiero dar marcha atrás, para tratar de coincidir en espacio y tiempo contigo, para dejar de soñar con barcos que cruzan el océano.
Acaba la noche y amanece otro día sin luz, pero en tu reloj brillan aún muy altas las estrellas. Tu respiración durmiente me acompaña a la calle, susurro en voz baja tu nombre pero el hechizo jamás hace efecto; el metro se lleva la sombra que queda de mí.
Y todo vuelve a empezar.

Tengo dos relojes en una de las paredes de mi casa, y un tercero debajo de la almohada que cuenta las horas incontables que llevo malviviendo sin ti.

lunes, 6 de enero de 2014

La movilidad exterior

Volvió de aquel largo viaje muy cansado, y supo, desde el primer momento en que pisó sus antiguas calles, que había cambiado. Cambiado como te cambian todos los viajes, de los que vuelves siendo el mismo pero en distinta piel; pero esta vez, el distinto no era sólo él. Anduvo por la ciudad perdido, siendo sombra e imagen de cientos de otras personas como él, con una historia y un destino similares; nada destacable, nada perdurable. Sólo una maleta tatuada de sellos a cuestas y otras cosas que arrastrar.

Las calles grises vomitaban mujeres en vestidos de colores, como colibríes de diciembre haciendo un canto a la primavera; pero ninguna reparaba en él. Había niños jugando en las plazas y su algarabía se le hacía molesta y ruidosa. Se sentía un sin techo del corazón, y al instante se arrepentía de su egoísmo al reparar en los mendigos que adornaban cruelmente las esquinas, como una decoración de navidad más. Deslizó algunas monedas aquí y allá, y se dirigió a un bar.
Dentro, nada se le hacía conocido, ni las expresiones de la gente, ni los gestos, ni sus rostros; desde el televisor parecían hablar en otra lengua, tenía que concentrarse mucho para entender algo. Pidió un café y le miraron raro, sería su acento. Se sentía extranjero en su propia ciudad, empezó a pensar que tal vez se había equivocado de avión. Hojeó el periódico mientras esperaba que el café se enfriara y se encontró con viejos titulares: España es ya el país de Europa que más población pierdeEl talento emigra de EspañaMás de 300.000 jóvenes se exilian ante la falta de oportunidadesEl éxodo silencioso del joven talento español. Eso sí que no había cambiado: las malas noticias eran las mismas, los culpables vestían diferente traje pero en el fondo también eran los mismos. Agobiado, apuró la taza de un trago y con ardor en la garganta y lágrimas en los ojos, pagó y se marchó.

Lo que antes era deseos por volver transmutó en inseguridades mientras corría desesperado a alcanzar un taxi. En la radio sonaba aquella canción de sus años universitarios: el valor para marcharse, el miedo a llegar. El taxista le preguntó que a dónde, él le suplicó que a casa, pero no supo indicarle la dirección.

sábado, 4 de enero de 2014

Que no es el contenido, sino la compañía

No sé de qué vamos a hablar hoy. De la universidad, del amor, de unos, de otras, de política, del futuro. Poco importa; me importa que me escuches, pues lo único que necesito es empezar a soltar pamplinas por la boca. Y desinflarme.
Hoy es un día para sentarse en un banco y ver a los niños pasear y a los ancianos gatear; para ponerse cómodo en la acera, al lado de los jardines con geranios del ayuntamiento, con las piernas cruzadas y las manos enlazadas en la nuca. Y soltar al aire ¡qué vida más perra!
Aunque no sepa de qué vamos a hablar, voy a hacerlo hasta perder la voz y quedarme afónica y desgarrada, como los cantantes melancólicos y rotos que escriben esas canciones que nos desvelan cada noche. Como un bálsamo que cure cicatrices, voy a parlotear hasta la extenuación.
Tú sólo tienes que hacer como que me prestas toda tu atención, no te pido más esfuerzo; cuando hablo y tú me escuchas haces que no me sienta sola.
A cambio compartiremos una bolsa de pipas, con la condición de que te las comas tú todas, que a mí no me gustan, y de que no tires las cáscaras al suelo, es muy guarro eso. Mientras comas hablaré. Se te pondrá toda la boca salada y los labios rojos e irritados; a mí se me pondrá la boca amarga y los labios agrietados de la sarta de tonterías que pretendo decir.
Irá cayendo la tarde e iremos a por un helado para endulzar el hastío, el tuyo y el mío, tu aburrimiento y mi cansancio.
Por el camino te pediré perdón por el tostón que te habré dado, por todas las palabrotas que seguro habré soltado, y por los juramentos, gritos y tirones de pelos. Habrás sido testigo de una escena patética e impropia, pero necesaria para la supervivencia de mi escasa cordura. Y te habrás ganado un pedacito más de cielo, ése al que van los buenos amigos, y un pedacito más de mí.

Te anticipo todo esto antes de bajar del bus, para que sepas lo que te espera, para que te pienses el poder negarte.
Tú me preguntas que a qué hora y dónde.

Yo te sonrío y te quiero.