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Maremoto

Un día, a última hora,
tomaré el camino que lleva a la costa,
ese que se bifurca en miles de recodos
y no permite adivinar el mar final.

Pero, el mal final.

El mal final es ese que no te deja dormir,
que te atenaza las sienes y las manos,
y dibuja pesadillas en los rincones de la playa
hasta que despiertas de la vida.

Y el despertar.

Cuando tomas la curva en la tercera ola,
dos rocas a la derecha, una a la izquierda,
de frente hasta que te engulla la marea,
en el horizonte encontrarás el destino.

Pero, el desatino.

Ese día, a última hora,
el camino de la costa, las curvas, las rocas,
el timón dará un volantazo
y se cernirá una oscuridad de sal.

Y la salida.

Despertar, frente al mar enlatado,
mientras las sardinas huyen despavoridas
y el camino de la costa
no permite adivinar el mal final.

El día que nunca ocurrió

El reflejo distorsionado que le devolvió la grifería del baño de la oficina hizo que diera un respingo, en esa situación indecorosa en la que se encontraba. Con los pantalones bajados hasta las rodillas y la taza del honorable forrada de papel, vio su caricatura en uno de los pomos metálicos del lavabo y se autocompadeció de sí misma.  La escena era tan patética que poco importaban la camisa de marca, los zapatos lustrosos o el corte de pelo a la última que había copiado de la famosa de turno. El baño se había convertido en una galería de espejos deformantes y ella era ese payaso que no hace gracia a nadie.

Ese fue el momento en el que decidió cambiar de vida.

Lo vio claro.

Saldría ahí fuera, con el ruido de la cisterna aún de fondo, pisando fuerte y con el semblante altivo. Las cejas orgullosas, pero el ceño libre. Sus compañeros quizá advirtieran una energía extraña a su paso, pero estarían tan ensimismados en sus quehaceres que pensarían que había vuelto a estropearse la calefacció…

La puerta

El primer día que llegué a la casa la sentí sombría e inhóspita. Ajena a mí. Me costó encontrar un espacio allí dentro en el que ubicarme y, en mi indecisión, mientras estudiaba la extraña forma de la estancia principal, reparé en las puertas.
Por la mirilla de la tuya salía luz.
Me paseé delante de ella durante horas, días, semanas, mientras construía en mi cabeza mi propia maqueta, diseñaba la estructura, decidía los colores. Pasaba el tiempo despacio, pesado, como en los largos días de verano, aunque en la casa era invierno.
Y tu puerta cada vez se iluminaba más.
Cuando mejoró el frío y la casa se volvió cálida, empecé a preparar los materiales, levantar los tabiques, apuntalar las paredes, situar las ventanas. Para cuando decidí colocar mi puerta, del diminuto ojo de buey de la tuya brotaba ya un fuerte rayo de sol. 
El calor casi había llegado.
Pensé que a lo mejor no me hacía falta cerrar aquel último rectángulo de la construcción. Después de todo, ¿qué había que proteger? Segu…

Cuando éramos jóvenes

¿Te acuerdas?
De cuando la calle era un hogar y la noche una estación, y cualquier bar el mejor tren donde pasar las horas viendo pasar la vida que nos contábamos, la que aún estaba por venir y la que nos aterrorizaba.
¿Te acuerdas?
De que cocinábamos cualquier cosa a las cuatro de la mañana, ateridos de alcohol en la cocina de alquiler del piso de alquiler que tocara ese año, borrachos de juventud, pero sobrios de nostalgia.
¿Te acuerdas?
De las llaves cayéndose por la rendija del ascensor, la espalda contra la tierra y el techo un cielo de estrellas de noviembre, porque aún no hacía frío y jugábamos a dejarnos llevar.
¿Te acuerdas?
Del miedo a que pasara el tiempo, a contemplar desde lejos cómo se precipitaba el año por un acantilado de cambios implacables, pero queríamos ser niños y cerrábamos los ojos.
Te acuerdas.
Del beso que nunca nos dimos y las palabras que se ahogaron en la garganta porque nadie quería escucharlas, aunque tintinearan en el almanaque amenazantes, dando golpe…

El regreso (a la tercera va la vencida)

Ahora que me pierdo las auroras de Madrid y no suenan en las radios las canciones que te debo. Ahora que en los bares ya no crecen crisantemos, que regreso de muy lejos y no deshago el equipaje. Ismael Serrano

El taxi huele a espuma de afeitar y a colonia barata. En la radio suena un éxito fatal de los noventa y el conductor le pisa incauto al acelerador. Seguro que tiene una cita cuando termine las carreras de la noche, pienso mientras observo su cuello enrojecido, iluminado por los faros de los coches. La carretera respira mojada; en este rincón del mundo parece que llovió.
Mientras conduce, yo aún vuelo lejos de aquí.
La semana cruzó como un relámpago, pero el calendario marcó a fuego meses. Que el avión llegara con retraso parecía un guiño a esa parte de mí que había dejado atrás. Aunque también había una nueva que volvía conmigo.
A veces hay sensaciones que eligen quedarse con nosotros, viajar en nuestra maleta, no desgastarse con el lavado del tiempo. Son esas prendas delicadas que…

El verano de una vida

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,  y un huerto claro donde madura el limonero;  mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;  mi historia, algunos casos que recordar no quiero.  Antonio Machado.

Mi infancia es el mar.
Los primeros recuerdos que tengo huelen a sal, en un paisaje donde el sol despuntaba sobre el horizonte de la costa de Almería y las palmeras hacían sombra en una arena que entonces era mucho más virgen que ahora. Sus alrededores no estaban tan disfrazados de edificios y, de hecho, el más alto de la zona se erguía solitario en una colina, vigilando imponente San Juan de los Terreros y guardando entre sus paredes mi infancia. Allí compartí techo con mi familia durante doce maravillosos veranos, los primeros doce de mi vida.
En un balcón del segundo piso yo también vigilaba el pueblo costero, correteando por el suelo de la terraza con los pies rojos del tinte que dejaban las baldosas. Mi infancia son las plantas de mis pies de color grana y mi madre advirt…

Ya no duele

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Empiezo a escribir estas líneas en la estación en la que un día nos encontramos, un domingo en que el destino quiso premiarme con tu compañía. Tú volvías de Madrid, justamente hacia donde yo voy ahora, y traías contigo, como siempre, bellas imágenes de tu viaje, dos discos llenos de canciones que yo ya amaba, y un montón de sentimientos y emociones que me fuiste contando en el trayecto Murcia-Lorca. Una hora no da para nada cuando se trata de ponerse al día. Pero el destino iba también a permitir que meses después pudiéramos contarnos más, con las paredes en las que nos conocimos como profesor y alumna como testigos, en aquellos días felices, hace casi nueve años, cuando en el aula sonaba un “cómo duele” desgarrado con acento de Guatemala; aunque, en aquel momento, aún no dolía.
Recuerdo las clases de dibujo de aquellos dos años, tan cálidas y felices, porque conseguiste, no sólo enseñarme muchísimo de la materia y hacerme disfrutarla, sino también algo mucho más importante: enseñarme …

Atardeceres

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Una luz rosada comienza a inundar la habitación, y despego la vista del ordenador para pegar los ojos en el cristal y ver cómo atardece en casa. Los atardeceres más bonitos de mi mundo son los que ocurren aquí. Dejo vaho en el cristal y las nubes naranjas, rosas y violetas se nublan. En una casa lejana hay una fogata donde están quemando hojas secas. El fuego en la distancia me hipnotiza, es un punto centelleante que rompe la calma de la escena. No se oye nada; sólo, de tanto en tanto, un rumor de pájaros que vuelan libres. Yo también quiero volar. La quietud es perfecta, y me quedo absorta varios minutos respirándole a la ventana y absorbiendo el atardecer de mi hogar.
El hogar está donde el corazón está. 
En los últimos siete años, he vivido en siete casas diferentes. En todos ellas he puesto parte de mi alma para convertirlas en mi hogar. Me he movido, por tierra y aire, entre tres ciudades distintas, y en cada una he hallado tantas cosas que me han hecho ser lo que soy ahora, que…

Mujeres solas

Hace unos días, la madrugada del viernes, compartí en una red social un texto sobre una noticia que me hizo apretar los dientes de rabia. Dos chicas jóvenes, de 21 y 22 años, habían sido asesinadas a golpes mientras estaban de vacaciones, y muchos medios de comunicación se habían hecho eco del suceso informando de que "viajaban solas". 
Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, "viajaban solas". Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban "solas". ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser "solas", algo les faltaba... Adivinen qué. Mariana Sidoti
Crudo, real. Mariana no podría haberlo expresado mejor. Los medios dicen que viajaban solas. La realidad es que así era. Porque una mujer, dos mujeres, tres mujeres, no son nada si un hombre, dos hombres, varios hombres, más fuertes que ellas, quieren hacerles daño. Ésta es…

Caligrafía de rey

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Tengo veinticuatro años y una inabordable cantidad de palabras escritas sobre el papel a mis espaldas. No recuerdo cuándo fue la primera vez que tracé una letra con un lápiz, pero me imagino que lo primero que mi madre me enseñó a escribir fue mi nombre. Mi nombre es de los difíciles, tal vez me llevó algún tiempo hacerlo perfectamente, pero sin duda fue algo socorrido. Recuerdo escribirlo por todas partes, con bolígrafos y rotuladores de colores; supongo que todos lo hacemos, queremos dejar nuestra identidad impresa, marcamos nuestra presencia con un nombre. Fuera del colegio, los primeros textos que seguramente empecé a redactar fueron las cartas a los Reyes Magos; mis padres las conservan aún, y en ellas se ven faltas de ortografía y una letra irregular, redonda y gorda, muy marcada. En las cartas se aprecia como cada Navidad la caligrafía mejoraba, hasta que pasé a escribir también las cartas de mi hermano pequeño cuando él aún no sabía hacerlo. En una fecha las cartas se detiene…

Vainilla

En los bosques, las ramas de los árboles estaban desnudas y ateridas, mirando desde las alturas la alfombra de hojas que la estación de la caída había tejido a su costa, adivinándose tras sus troncos indefensos los picos nevados de las montañas. En las ciudades, la gente empezaba a ponerse nerviosa al volante, se acercaba la hora punta de la salida del trabajo y querían escapar de la circulación cuanto antes, pitaban impacientes, encendidos por las luces navideñas y atosigados por el reloj. En los pueblos, las campanas empezaban a repicar llamando a la misa de tarde, algunos ancianos salían de sus casas con un bastón en la mano y una manta sobre los hombros, y las madres bajaban las persianas para guardar dentro el calor del hogar. En un universo aparte, estaba nuestra playa.
Tu silueta se recortaba sobre el horizonte, un perfil que me sé tan de memoria que podría dibujarlo a ciegas sobre la arena, hundiendo el dedo en ella y creando líneas como las que recorro en tu espalda. Tu figu…