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Cuando éramos jóvenes

¿Te acuerdas?
De cuando la calle era un hogar y la noche una estación, y cualquier bar el mejor tren donde pasar las horas viendo pasar la vida que nos contábamos, la que aún estaba por venir y la que nos aterrorizaba.
¿Te acuerdas?
De que cocinábamos cualquier cosa a las cuatro de la mañana, ateridos de alcohol en la cocina de alquiler del piso de alquiler que tocara ese año, borrachos de juventud, pero sobrios de nostalgia.
¿Te acuerdas?
De las llaves cayéndose por la rendija del ascensor, la espalda contra la tierra y el techo un cielo de estrellas de noviembre, porque aún no hacía frío y jugábamos a dejarnos llevar.
¿Te acuerdas?
Del miedo a que pasara el tiempo, a contemplar desde lejos cómo se precipitaba el año por un acantilado de cambios implacables, pero queríamos ser niños y cerrábamos los ojos.
Te acuerdas.
Del beso que nunca nos dimos y las palabras que se ahogaron en la garganta porque nadie quería escucharlas, aunque tintinearan en el almanaque amenazantes, dando golpe…

El regreso (a la tercera va la vencida)

Ahora que me pierdo las auroras de Madrid y no suenan en las radios las canciones que te debo. Ahora que en los bares ya no crecen crisantemos, que regreso de muy lejos y no deshago el equipaje. Ismael Serrano

El taxi huele a espuma de afeitar y a colonia barata. En la radio suena un éxito fatal de los noventa y el conductor le pisa incauto al acelerador. Seguro que tiene una cita cuando termine las carreras de la noche, pienso mientras observo su cuello enrojecido, iluminado por los faros de los coches. La carretera respira mojada; en este rincón del mundo parece que llovió.
Mientras conduce, yo aún vuelo lejos de aquí.
La semana cruzó como un relámpago, pero el calendario marcó a fuego meses. Que el avión llegara con retraso parecía un guiño a esa parte de mí que había dejado atrás. Aunque también había una nueva que volvía conmigo.
A veces hay sensaciones que eligen quedarse con nosotros, viajar en nuestra maleta, no desgastarse con el lavado del tiempo. Son esas prendas delicadas que…

El verano de una vida

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,  y un huerto claro donde madura el limonero;  mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;  mi historia, algunos casos que recordar no quiero.  Antonio Machado.

Mi infancia es el mar.
Los primeros recuerdos que tengo huelen a sal, en un paisaje donde el sol despuntaba sobre el horizonte de la costa de Almería y las palmeras hacían sombra en una arena que entonces era mucho más virgen que ahora. Sus alrededores no estaban tan disfrazados de edificios y, de hecho, el más alto de la zona se erguía solitario en una colina, vigilando imponente San Juan de los Terreros y guardando entre sus paredes mi infancia. Allí compartí techo con mi familia durante doce maravillosos veranos, los primeros doce de mi vida.
En un balcón del segundo piso yo también vigilaba el pueblo costero, correteando por el suelo de la terraza con los pies rojos del tinte que dejaban las baldosas. Mi infancia son las plantas de mis pies de color grana y mi madre advirt…

Ya no duele

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Empiezo a escribir estas líneas en la estación en la que un día nos encontramos, un domingo en que el destino quiso premiarme con tu compañía. Tú volvías de Madrid, justamente hacia donde yo voy ahora, y traías contigo, como siempre, bellas imágenes de tu viaje, dos discos llenos de canciones que yo ya amaba, y un montón de sentimientos y emociones que me fuiste contando en el trayecto Murcia-Lorca. Una hora no da para nada cuando se trata de ponerse al día. Pero el destino iba también a permitir que meses después pudiéramos contarnos más, con las paredes en las que nos conocimos como profesor y alumna como testigos, en aquellos días felices, hace casi nueve años, cuando en el aula sonaba un “cómo duele” desgarrado con acento de Guatemala; aunque, en aquel momento, aún no dolía.
Recuerdo las clases de dibujo de aquellos dos años, tan cálidas y felices, porque conseguiste, no sólo enseñarme muchísimo de la materia y hacerme disfrutarla, sino también algo mucho más importante: enseñarme …

Atardeceres

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Una luz rosada comienza a inundar la habitación, y despego la vista del ordenador para pegar los ojos en el cristal y ver cómo atardece en casa. Los atardeceres más bonitos de mi mundo son los que ocurren aquí. Dejo vaho en el cristal y las nubes naranjas, rosas y violetas se nublan. En una casa lejana hay una fogata donde están quemando hojas secas. El fuego en la distancia me hipnotiza, es un punto centelleante que rompe la calma de la escena. No se oye nada; sólo, de tanto en tanto, un rumor de pájaros que vuelan libres. Yo también quiero volar. La quietud es perfecta, y me quedo absorta varios minutos respirándole a la ventana y absorbiendo el atardecer de mi hogar.
El hogar está donde el corazón está. 
En los últimos siete años, he vivido en siete casas diferentes. En todos ellas he puesto parte de mi alma para convertirlas en mi hogar. Me he movido, por tierra y aire, entre tres ciudades distintas, y en cada una he hallado tantas cosas que me han hecho ser lo que soy ahora, que…

Mujeres solas

Hace unos días, la madrugada del viernes, compartí en una red social un texto sobre una noticia que me hizo apretar los dientes de rabia. Dos chicas jóvenes, de 21 y 22 años, habían sido asesinadas a golpes mientras estaban de vacaciones, y muchos medios de comunicación se habían hecho eco del suceso informando de que "viajaban solas". 
Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, "viajaban solas". Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban "solas". ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser "solas", algo les faltaba... Adivinen qué. Mariana Sidoti
Crudo, real. Mariana no podría haberlo expresado mejor. Los medios dicen que viajaban solas. La realidad es que así era. Porque una mujer, dos mujeres, tres mujeres, no son nada si un hombre, dos hombres, varios hombres, más fuertes que ellas, quieren hacerles daño. Ésta es…

Caligrafía de rey

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Tengo veinticuatro años y una inabordable cantidad de palabras escritas sobre el papel a mis espaldas. No recuerdo cuándo fue la primera vez que tracé una letra con un lápiz, pero me imagino que lo primero que mi madre me enseñó a escribir fue mi nombre. Mi nombre es de los difíciles, tal vez me llevó algún tiempo hacerlo perfectamente, pero sin duda fue algo socorrido. Recuerdo escribirlo por todas partes, con bolígrafos y rotuladores de colores; supongo que todos lo hacemos, queremos dejar nuestra identidad impresa, marcamos nuestra presencia con un nombre. Fuera del colegio, los primeros textos que seguramente empecé a redactar fueron las cartas a los Reyes Magos; mis padres las conservan aún, y en ellas se ven faltas de ortografía y una letra irregular, redonda y gorda, muy marcada. En las cartas se aprecia como cada Navidad la caligrafía mejoraba, hasta que pasé a escribir también las cartas de mi hermano pequeño cuando él aún no sabía hacerlo. En una fecha las cartas se detiene…

Vainilla

En los bosques, las ramas de los árboles estaban desnudas y ateridas, mirando desde las alturas la alfombra de hojas que la estación de la caída había tejido a su costa, adivinándose tras sus troncos indefensos los picos nevados de las montañas. En las ciudades, la gente empezaba a ponerse nerviosa al volante, se acercaba la hora punta de la salida del trabajo y querían escapar de la circulación cuanto antes, pitaban impacientes, encendidos por las luces navideñas y atosigados por el reloj. En los pueblos, las campanas empezaban a repicar llamando a la misa de tarde, algunos ancianos salían de sus casas con un bastón en la mano y una manta sobre los hombros, y las madres bajaban las persianas para guardar dentro el calor del hogar. En un universo aparte, estaba nuestra playa.
Tu silueta se recortaba sobre el horizonte, un perfil que me sé tan de memoria que podría dibujarlo a ciegas sobre la arena, hundiendo el dedo en ella y creando líneas como las que recorro en tu espalda. Tu figu…

Más de 24 motivos

Puedo ponerme digna y decir:  Que amigos son los que sacan lo mejor de ti sin pretenderlo, ni ellos, ni tú, Que no importa ni cómo ni cuándo, ni ciento volando, ni ayer ni mañana... Que el fin del mundo nos pille bailando, Que lo pasable no pase de moda... Que los otoños nos vean crecer, Que seamos siempre piratas, algo locas y como te digo la "CO te digo la O".  Pero reconoce que es duro aceptar: Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima. Sumo y sigo: Tenemos memoria, tenemos amigos... No voy a negar que has marcado estilo. Tenemos el lujo de no cambiarnos nunca, Y aunque sé que no es la mejor felicitación del mundo, Juro que es más sincera que cualquiera. Adivina, adivinanza, ¡¡¡24 felicidades y 500 besos!!!
Que este día sea muy especial para ti, que nadie te quite la sonrisa, que sepas que aquí tienes una amiga, que aunque no esté, estoy. Que seas feliz es lo único que vale la pena.
Feliz cumplea…

Migajas

Empujó suavemente la puerta de la cocina, por miedo a que la madera fuera vieja y se quejara con un chirrido estruendoso. Una vez dentro, la volvió a cerrar con cuidado, y se encontró en medio de una tenue penumbra. Se dirigió hacia las ventanas y descorrió las cortinas de volantes fruncidos, que al moverse soltaron miles de partículas que brillaron con los haces de luz que empezaron a colarse por el cristal. En la estancia había un fuerte olor a plátanos maduros, que en seguida localizó en el centro de la mesa que presidía el lugar; amoratados, arrugados, encogiéndose sobre sí mismos, como si hubieran recibido una soberana paliza. Las paredes estaban recubiertas de armarios color ceniza, cuyas puertas dejaban entrever lo que había dentro a través de un vidrio tintado de verde: una vajilla en crema, tazas de loza, una tetera, enseres diversos y algún jarrón. Los tiradores de los cajones de latón brillaban en medio del resto de tonos mate. En el fregadero, se apilaban una serie de vas…

Miradas

Ahí quedaste. La vida te colocó una venda en los ojos que borraba todo rastro de mí, y ahora puedes ver un mundo en el que simplemente ya no existo. Caminar tranquilo por la calle sabiendo que no te darás de bruces con mi presente, hablar con la gente habiendo olvidado que un día nos tuvieron en común, volver a los sitios que compartimos juntos sin tener que guardar prudencia, sin miedo a toparte con mi recuerdo, y rehacer tu vida como si yo nunca hubiera estado en ella. Se consumió el cristal de tus gafas que antes me buscaban, se te emborronó la mirada y la venda mental hizo el resto.

Ahí quedé. La misma vida que a ti te cegó de mí, conmigo no fue tan gentil. No me ofreció visión selectiva para el corazón, sino un par de binoculares que analizan de cerca una obra. El escenario está prácticamente vacío, es una habitación desamueblada casi en su totalidad, fría y gris. Sólo una cama, en la que están los fantasmas que fuimos, de espaldas, sin mirarse. Cada vez que me coloco las lentes…