miércoles, 30 de septiembre de 2015

Atención: obras

Siempre parece una ciudad a medio levantar, como si desde su nacimiento no se hubiera terminado de formar y le faltaran brazos o piernas, o cualquier parte que justificara el volver a erigir grúas y andamios. Una de cada tres calles está poblada por obreros con brazos hinchados sacados por unas semanas de la cola del paro, con piel de moreno albañil, chamuscada y curtida al sol más inclemente de las cuatro estaciones de la miseria. Sus chalecos fluorescentes parecen anunciar días de fiesta pero sólo presagian más ruido, polvo y caos en la circulación. Cuatro apoyados en una pala y otro cavando. Cuatro comiéndose un bocadillo y otro armando masa. Cuatro descansando a la sombra y otro vertiendo el hormigón. Un último en traje de chaqueta y casco blanco supervisa. Al final del día aquel es quien menos gana y éste quien más. Maquinaria de precisión quirúrgica, dispuesta a operar a corazón abierto una y otra vez las entrañas de la ciudad, a sustituir sus intestinos por tuberías nuevas más resistentes, a taponar una vena que reventó en mitad de la calzada. El incansable esfuerzo del ser humano por edificar lo inedificable, el empecinamiento en levantar cimientos en terrenos escasos y mal posicionados. Todo vale para seguir jugando a ser Dios en su jardín del Edén particular. Fuentes que no darán agua, rotondas imposibles, montañas rusas de asfalto. Y cuando falta espacio, cuando se agrieta lo viejo y lo nuevo pasa de moda, se vuelve a empezar. Al final no hay crisis que valga para la imaginación del botarate de turno. Una mano mágica aprueba presupuestos y firma contratos, y en alguna playa del sur, un barrigudo se relame, se regocija en su moreno caribeño mirándose los brazos hinchados pero en el gimnasio del hotel, y se tumba al sol más clemente de las cuatro estaciones de la codicia. La ciudad, a muchos kilómetros de distancia de esa playa, palpita como una máquina extenuada, escupiendo tornillos oxidados y chirriando en sus esquinas, y resopla esperando a que la tierra explote y diga basta, porque ya no puede más.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Telediario

2 de septiembre, 2015
Hacía días que no ponía el telediario. Esta noche lo he sintonizado y ha sido un tremendo error. Aunque el error no es ése, el error somos la humanidad; la falta de humanidad. El mundo es un monstruo inhumano que se devora a sí mismo.

3 de septiembre, 2015
Anoche me costó muchísimo conciliar el sueño. Cuando estoy en la cama dando vueltas y no me puedo dormir, suelo coger el móvil y navegar por Facebook o Twitter hasta que consigo adormecerme. Pero anoche, lo mismo que me desvelaba aparecía todo el rato en la pantalla, y por más que intentaba por enésima vez no mirar directamente al rostro del horror, era imposible apartar los ojos, imposible deslizar el contenido hacia abajo para negar una realidad que ayer nos escupieron con toda su crudeza a la cara. Era imposible, egoísta e inhumano rechazar esa visión, y aunque me cuestione seriamente los límites morales de qué se debe y qué no se debe mostrar, tal vez tengan razón los que sostienen que hasta que no vemos con nuestros propios ojos algo, no nos duele ni lo asimilamos igual. Cuando vi las imágenes ayer algo más se rompió dentro de mí, el vaso de las cosas que le puedo perdonar a la especie humana  se llenó aún más y ya casi rebosa, está a punto de explotar, y el mundo con él.  
Al final conseguí dormirme, y esta mañana, cuando he salido a la calle, la resaca del mal sueño no ha parado de devolverme una y otra vez la imagen de lo que la propia resaca del mar devolvió a su vez ayer. Hoy no veía al resto de la gente, sólo veía niños. Un niño cogido de la mano de su madre, una niña caminando con su hermana, niños jugando en el parque. ¿Saben esos niños lo afortunados que son? ¿Saben que, de momento, la cosa en nuestro país no está tan mal como para tener que coger una barca y huir, sin más pertenencias que lo puesto? ¿Saben que sus padres no van a tener que meterlos a empujones por la ventana de un tren para intentar llevarlos a una vida mejor, que no han tenido que pagar sumas indecentes de dinero para poder salir de un país en guerra con la incertidumbre de no tener a donde ir? No sé si lo saben; no sé si en sus casas la tele se ha apagado cuando ha aparecido un chico de su edad, vestido como visten ellos, camiseta y pantalones cortos, zapatitos en los pies, un niño que podría ser español, varado en la arena. Pero el niño no era español, ni siquiera era europeo; era sirio. El niño no nació con los mismos derechos ni posibilidades que cualquiera de los chicos que me he encontrado hoy por la calle. Ese niño tuvo la peor de las suertes sin elegirla, y sin que nadie hiciera nada por remediarlo.
Todas las semanas, aparecen en el telediario muertos y muertos por los conflictos bélicos, muchas veces niños. También por hambre y penurias. Niños árabes llorados por sus madres en un lenguaje que desconocemos, en mitad de calles de países lejanos atestadas de muchedumbres furiosas y desquiciadas, niños llevados en volandas tapados con sábanas blancas y ropajes extraños para nosotros. Niños de piel oscura, con las barrigas hinchadas y los labios resecos, desfallecidos por no tener ni siquiera agua potable que llevarse a la boca. Niños que, tal vez, nos parecen “ajenos”, como si aquello pasara en otro mundo y no fuera con nosotros. Pero esta vez, ha sido un niño de piel clara y ropa occidental, en un entorno que todos los españoles asociamos al lugar donde un pequeño se divierte con una pala y un rastrillo haciendo castillos en la arena. Seguramente por eso esta imagen ha removido tantas conciencias. Porque ahora todos ponemos en la cara de nuestros niños el rostro de ese inocente que dormía en la orilla de esa maldita playa. Ojalá haya algún dios, de la religión de aquellos que se pelean o de la de los que dicen tener que ayudar al prójimo y no lo hacen, que le permita construir castillos en el aire, allí donde esté su pobre alma. No hay derecho.
No sé cómo van a lograr dormir por las noches los fotógrafos que capturaron esa imagen, no sé cómo podrá seguir viviendo el policía que lo recogió en sus brazos, no sé cómo el mundo puede seguir viviendo y durmiendo ajeno al horror que está ocurriendo; lo único que a ciencia cierta sé, es que ese niño y muchos otros no volverán a vivir, y que los que tienen la culpa de su sueño eterno siguen sin abrir los ojos y hacer algo por evitarlo. Basta ya, joder; basta ya.

4 de septiembre, 2015
Hoy he hablado con mi amigo húngaro después de ver las imágenes de la plaza de la estación de Budapest atestada de refugiados. En cuanto le he preguntado me ha empezado a contar cosas, un tono de alarma en su expresión. Es insoportable e insostenible, me dice. Hay miles, y no paran de llegar. Están sucios y desesperados, no tienen nada y no se van. Hay gente que los ayuda, pero la mayoría quiere que se larguen. Se supone que van a Alemania, pero Austria no los deja pasar. Se han montado en los trenes como si les fuera la vida en ello, porque en verdad les va, pero esos trenes no los llevan a ninguna parte. Los húngaros tienen miedo, somos un país de paso, la barrera hacia la Europa rica, y no podemos hacer nada por ellos. La gente aquí habla de que traen enfermedades, algunos dicen que han venido a conquistar Europa, que hay terroristas entre ellos. Los húngaros empiezan a impacientarse, la situación es muy difícil, se nota el odio, los nervios crispados, esto no puede seguir así y los gobiernos tienen que hacer algo; me dice. El corazón en un puño. Europa y el mundo desangrándose.

5 de septiembre, 2015
No paro de ver por todas las redes sociales eventos y mensajes que hablan de ofrecer asilo a los refugiados, noticias de diferentes ciudades que se ofrecen para acoger a los inmigrantes que escapan de sus países pobres y en guerra. ¿Podría ser tan fácil? ¿Por fin reacciona una parte de nuestra humanidad? Todo el mundo se hace eco de lo que está pasando, parece que la imagen del niño arrastrado a la orilla del mar ha sacudido un terremoto social. ¿Ha hecho falta que la propia tierra nos devuelva lo que hemos provocado nosotros y nos lo muestre en tales condiciones para que la sociedad se active? Damos vergüenza. En otro periódico leo declaraciones de un refugiado: no queremos ir a otros países, paren la guerra en el nuestro, queremos estar en casa. Paren la guerra. Si soy sincera, no sé ni porqué se pelean. Ni lo sé ni tiene importancia, maldita sea. ¿Qué diantres puede importar más que la vida de la gente? ¿Qué demonios tendrán en la cabeza los líderes que en nombre de no sé qué patria provocan esta situación? Eso mismo: demonios. Sigo recordando la foto del niño. Hoy, por la calle, seguía fijándome sólo en los menores. La inocencia, perdida; lo intocable, tocado y destrozado. He visto a una niña colgada del brazo de su padre. Inmediatamente me ha venido a la mente una imagen, muy parecida y a la vez enormemente distinta, que vi la semana pasada en la caja tonta, y cruel. Un padre, con el rostro desencajado de dolor y desesperación, con su hija en brazos, tratando de vender bolígrafos. Bolígrafos. Eso que nosotros, cruzando al bazar de enfrente, compramos por treinta céntimos. Un padre llorando, loco y al borde del colapso, intentando desesperadamente hacer algo. La historia acababa “bien”, alguien lo veía, le hacía una foto, y la magia de internet y las donaciones conseguían el resto. Un final “feliz” entre tanta destrucción. Sigo recordando la foto del niño. El pobre niño, mojado, indefenso, fundiéndose con la tierra que le dio la vida y después se la quitó. No sé cuántos días de noticias así quedan. No sé cuántos muertos van ya. No sé cuánta memoria va a tener Europa. No sé dónde está la solución ni si a quien la tiene le interesa darla. No sé nada de nada de nada, lo que he escrito no significa nada, ni arregla nada de nada de nada, ni lo que escriben los demás, ni lo que dialogan, ni lo que comentamos a pie de calle va a reparar nada de nada de nada. Mañana no pienso poner el telediario porque no va a arreglar nada de nada de nada. Mentira. Lo pondré. Y me enfadaré y lloraré y escribiré alguna blasfemia en twitter y odiaré con toda mi alma a los que utilizan las imágenes de esta jodida tragedia para hacer lo que ellos llaman ruinmente humor negro y volveré a enfadarme y a llorar y a despotricar y a escribir y seguirá sin servir de nada de nada de nada. Paren el mundo, que está perdido, que se ha perdido del todo.