jueves, 24 de diciembre de 2015

Vainilla

En los bosques, las ramas de los árboles estaban desnudas y ateridas, mirando desde las alturas la alfombra de hojas que la estación de la caída había tejido a su costa, adivinándose tras sus troncos indefensos los picos nevados de las montañas.
En las ciudades, la gente empezaba a ponerse nerviosa al volante, se acercaba la hora punta de la salida del trabajo y querían escapar de la circulación cuanto antes, pitaban impacientes, encendidos por las luces navideñas y atosigados por el reloj.
En los pueblos, las campanas empezaban a repicar llamando a la misa de tarde, algunos ancianos salían de sus casas con un bastón en la mano y una manta sobre los hombros, y las madres bajaban las persianas para guardar dentro el calor del hogar.
En un universo aparte, estaba nuestra playa.

Tu silueta se recortaba sobre el horizonte, un perfil que me sé tan de memoria que podría dibujarlo a ciegas sobre la arena, hundiendo el dedo en ella y creando líneas como las que recorro en tu espalda. Tu figura a contraluz estaba oscura y se fundía con el rompeolas, que esa tarde no tenía olas que romper. El viento ni siquiera suspiraba, la vida allí estaba inmóvil, ajena al devenir del resto del mundo. Y detrás de tu cuerpo se escondía el sol.
El último atardecer de aquel otoño hechizó el mar y lo convirtió en un espejo perfecto: la línea que lo separa del cielo brillaba, y, bajo ella, se reflejaban siamesas las nubes en el agua, nubes a las que la luz solar teñía en su despedida de malvas y ocres. Las suaves ondas del mar casi parecían plateadas, un espejo de metal, cristal y sal que se perdía en el infinito.
El silencio era la única presencia que compartía con nosotros aquel paisaje desértico, vacío y libre, en el que me sentía una exploradora que acababa de encontrar un paraíso perdido y, en él, un tesoro, que me esperaba sentado contemplando el mar. Estaba de pie detrás de ti, respirando con los ojos muy abiertos y con miedo a romper la magia.

Como si se accionara una fuente o empezara a brotar un arroyo, del rompeolas empezó a escucharse un murmullo de agua. Una tenue brisa voló sobre el atardecer y agitó la marea, y trajo hasta mí un aroma a vainilla. 

Olía a helado de septiembre; a paseos por la ciudad y a una vida nueva; a distancias que se acortaban, igual que se acortan las horas de luz con la llegada del otoño; a días que se sucedían sin tener que decirnos ni hola, ni adiós; a hojas vacías en la agenda por estar muy ocupada viviendo como para escribir; a sal, tequila y limón.
Olía a playa de octubre; a vino en la orilla, y a sabores nuevos y lejanos; a vainilla entre mis sábanas después de que pasaras por ellas; a velas de cumpleaños y deseos de planes juntos; a decisiones, noches sin dormir y nervios; a tu mano en mi cara aguantándome la sonrisa; a conversaciones largas que calmaban el alma; a despedidas que insistíamos en negarnos; al verbo echar cada vez más de menos. 
Olía al tímido sol de noviembre; a desayunos de chocolate y mar; a estar en el sofá los domingos, y que esa fuera sin duda la mejor oferta; a vainilla en tu piel desnuda y mía; a café y té en vasos inclinados, mientras prometíamos no dejarnos caer; a replantearse si un hogar no es un lugar sino una persona, y a querer volver siempre a ella.
Olía a la niebla triste de diciembre; al paso del tiempo, que se empecina en colocarnos años y daños; a tus dedos enredados en mi pelo y tu respiración en mi nuca; a cervezas, risas y besos; a tu forma adorable de recortarte la barba con cuidado y paciencia; a volver a definir la palabra amor y sentir que ahora puede ser de verdad; a esperar bajo la manta la llegada del invierno.
Olía, en fin, a ti.

La brisa cesó segundos después, pero el aroma se quedó instalado en el último atardecer de ese otoño, mientras tu perfil seguía delante de mí, a unos metros, frente a un cielo cada vez más apagado y un mar que se plegaba sobre sí mismo. Te eché una foto, intentando capturar ese instante leve y retenerlo para siempre, atraparlo en una burbuja y poder mirarlo cuando quisiera, tener la posibilidad de recuperar en la memoria ese paisaje con olor a vainilla, como si los olores se pudieran fotografiar.

Mientras, a cientos de kilómetros de allí, de algún árbol estaba cayendo la última hoja y comenzando a nevar en alguna cumbre, algún conductor estaba lanzando improperios y accionando la bocina mientras luces de colores empezaban a iluminar las ciudades, los campanarios estaban ya reclamando fieles y las casas siendo cerradas. La vida discurría a ritmos iguales pero diferentes. Pero tú y yo, ajenos al resto del mundo en nuestro kilómetro cero, estábamos inaugurando un nuevo y precioso invierno.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Más de 24 motivos

Puedo ponerme digna y decir: 
Que amigos son los que sacan lo mejor de ti sin pretenderlo, ni ellos, ni tú,
Que no importa ni cómo ni cuándo, ni ciento volando, ni ayer ni mañana...
Que el fin del mundo nos pille bailando,
Que lo pasable no pase de moda...
Que los otoños nos vean crecer,
Que seamos siempre piratas, algo locas y como te digo la "CO te digo la O". 
Pero reconoce que es duro aceptar:
Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima.
Sumo y sigo:
Tenemos memoria, tenemos amigos...
No voy a negar que has marcado estilo.
Tenemos el lujo de no cambiarnos nunca,
Y aunque sé que no es la mejor felicitación del mundo,
Juro que es más sincera que cualquiera.
Adivina, adivinanza,
¡¡¡24 felicidades y 500 besos!!!

Que este día sea muy especial para ti,
que nadie te quite la sonrisa,
que sepas que aquí tienes una amiga,
que aunque no esté, estoy.
Que seas feliz es lo único que vale la pena.

Feliz cumpleaños, Princesa.

Pilar.


Gracias, mi sabinera.
Por estar siempre, por ser como eres, y por poner tu tiempo y tu corazón
en escribirme algo tan Precioso y esPecial para mí,
con P de Pilar, de Patricia y de Pasable ;)
Gracias <3

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Migajas

Empujó suavemente la puerta de la cocina, por miedo a que la madera fuera vieja y se quejara con un chirrido estruendoso. Una vez dentro, la volvió a cerrar con cuidado, y se encontró en medio de una tenue penumbra. Se dirigió hacia las ventanas y descorrió las cortinas de volantes fruncidos, que al moverse soltaron miles de partículas que brillaron con los haces de luz que empezaron a colarse por el cristal. En la estancia había un fuerte olor a plátanos maduros, que en seguida localizó en el centro de la mesa que presidía el lugar; amoratados, arrugados, encogiéndose sobre sí mismos, como si hubieran recibido una soberana paliza. Las paredes estaban recubiertas de armarios color ceniza, cuyas puertas dejaban entrever lo que había dentro a través de un vidrio tintado de verde: una vajilla en crema, tazas de loza, una tetera, enseres diversos y algún jarrón. Los tiradores de los cajones de latón brillaban en medio del resto de tonos mate. En el fregadero, se apilaban una serie de vasos y platos, abandonados a su suerte. Además de oler a fruta pasada, el ambiente exhalaba a cerrado, las superficies estaban cubiertas de una fina capa de polvo, y sus pisadas se iban marcando suavemente sobre el suelo de madera. Localizó una puerta entornada al otro lado de la habitación: la despensa. Con la misma prudencia la abrió y se coló dentro. Una estantería hasta el techo llenaba el pequeño cuarto, y, en ella, cientos de latas: conservas de bacalao y atún, sardinas en escabeche y mejillones en aceite, pimientos, guisantes, alubias, champiñones y otras verduras hervidas y enlatadas, tomate triturado, melocotones en almíbar y dulce de membrillo; sobre todo, dulce de membrillo. Pensó que por una lata de aquello no se notaría su incursión en el lugar. Encontró entre tanta hojalata un paquete abierto de biscotes, y, tras cerciorarse de que no estaba rancio, agarró unos cuantos, abrió la lata de membrillo y untó con él uno de los panes. Fue comiendo en su camino de regreso hasta la puerta de la cocina, con parada incluida en las cortinas que volvió a cerrar, de nuevo con tiento para no hacer ruido, sin percatarse, sin embargo, de que iba dejando, a su paso, un reguero culpable de migas de pan.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Miradas

Ahí quedaste. La vida te colocó una venda en los ojos que borraba todo rastro de mí, y ahora puedes ver un mundo en el que simplemente ya no existo. Caminar tranquilo por la calle sabiendo que no te darás de bruces con mi presente, hablar con la gente habiendo olvidado que un día nos tuvieron en común, volver a los sitios que compartimos juntos sin tener que guardar prudencia, sin miedo a toparte con mi recuerdo, y rehacer tu vida como si yo nunca hubiera estado en ella. Se consumió el cristal de tus gafas que antes me buscaban, se te emborronó la mirada y la venda mental hizo el resto.

Ahí quedé. La misma vida que a ti te cegó de mí, conmigo no fue tan gentil. No me ofreció visión selectiva para el corazón, sino un par de binoculares que analizan de cerca una obra. El escenario está prácticamente vacío, es una habitación desamueblada casi en su totalidad, fría y gris. Sólo una cama, en la que están los fantasmas que fuimos, de espaldas, sin mirarse. Cada vez que me coloco las lentes veo lo mismo. Ella se acerca a su borde de la cama, mueve las piernas, levanta los brazos y murmura algo. No alcanzo a oírlo desde aquí. Él no se inmuta, parece que cada vez su lado del colchón está más lejos. Ella parece seguir susurrando palabras ininteligibles, hasta que se da la vuelta y comienza a buscarlo. Pero él se aleja más y más. Ella intenta llegar a él, lucha por tocar su hombro, le grita, pero el espacio entre ellos se estira. La veo abrir la boca y llevarse las manos a la cabeza, llorar desesperada, dar golpes en la cama mientras le es imposible llegar a él. Sus miradas nunca llegan a cruzarse por más que ella intenta buscar su rostro.

Ahí quedó. Todo lo que no fuimos y lo que no llegaste a saber de mí. En unos binoculares rotos que sólo enfocan nuestro final, nuestro herido declive. En las gafas vendadas que la vida te supo regalar como actuación de cierre, antes de bajar el telón. En nuestras miradas, extintas, traspasándose de espaldas, que no se volverán a encontrar jamás.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Siempre nos quedará París

La mujer se levantó del sofá para preparar más té; la primera tetera se había acabado y yo no había sabido disimular cuando ella me había preguntado si quería más: dije que sí. Me encanta el té moruno, es sin duda mi infusión favorita, y el más bueno de todos es el que prepara un marroquí. Lo consumen casi desde que nacen, aprenden a prepararlo desde muy jóvenes, y lo hacen durante toda su vida, a diario. Les sale, por supuesto, de manera especial. Con tantísimo sabor a hierbabuena, dulce, dulcísimo, a la par que los dulces bañados en miel que siempre lo acompañan, con forma de triángulo y rellenos de almendra, o rollos retorcidos crujientes, o tortitas esponjosas que untan con más miel. Dulces. Dulces como el ambiente, como el hogareño suelo lleno de alfombras de colores vibrantes, como el niño y la niña de ojos enormes y brillantes que me miraban con interés, como las historias de un lugar lejano que contaba el anfitrión, como el paquete de hojas de té verde que me regalaron. Todo en aquella jornada fue dulce. Hasta que el sol se acostó tras las montañas y volví a mi casa, llena de azúcar y de sensaciones buenas que se expandieron por mi cuerpo y anidaron allí varios días. Vuelven a mí cuando las recuerdo.

~ ~ ~

La mesa del desayuno siempre era un espectáculo. Los cinco días que pasé en aquella casa de la campiña francesa amanecieron igual. Era un despliegue magnífico. Panes tostados, mermeladas y confituras de muchos sabores, galletas, cereales de varias clases, queso y jamón (no serrano, pero algo era), frutas, zumos, leche, y un montón de cosas más. El primer día me sobrecogió un cierto agobio. No sabía por donde tirar. Vi una caja de algo que supuso mi salvación en pleno desconcierto ante tanta opulencia. Era un cruce entre bizcocho y galleta, alargado, relleno por el centro de chocolate. Me zampé media caja y me bebí dos vasos de leche mientras la madre me sonreía desde la cocina. Su pelo trenzado se recogía en la cima de la cabeza y parecía que llevara un cesto de madejas de lana gris sobre ella. El padre desayunaba conmigo en la mesa, un Santa Claus francés que bebía café y se sonrojaba. Sara le rascaba la tripa a su gato y masticaba tostadas. Aquellos desayunos fueron felices, y dulces. Muy dulces. Sentía un cosquilleo en el estómago cada vez que los escuchaba hablar y los comprendía, y a mí, más que hablarme, me susurraban con cariño. Dulces, muy dulces. El último día lloré al despedirme.

~ ~ ~ 

Hacía un frío tremendo fuera, pero en el tren se viajaba caliente. Era uno de dos plantas, de esos que hacían a diario mil veces el recorrido Brussel-Leuven y que tenían algunos vagones atípicos: en lugar de llevar los asientos de frente o de espaldas a la dirección del recorrido, eran laterales, de manera que había dos filas enfrentadas. Yo me dedicaba a estudiar a los viajeros que tenía delante durante los aproximadamente veinticinco minutos que duraba el recorrido. Aquel día había una chica que llevaba los muslos envueltos en papel transparente, bajo el cual se veían dos nuevos grandes tatuajes; un hombre joven que escuchaba música con unos cascos escondidos bajo el gorro; un par de chicos que comentaban en voz baja algo que yo no lograba descifrar; una señora con bolsas; y, justo en frente de mí, una chica de mi edad con velo. Después de analizarlos con disimulo, me acomodé en el asiento y me relajé, hasta que me sacó de mi ensimismamiento con grandísimo sobresalto un soberano estornudo que procedía de dos asientos a la izquierda de mí. Di un brinco en el asiento pasmada y, al levantar la vista durante el movimiento, vi que la chica del velo actuaba de espejo y se sobresaltaba a la vez que yo. Fijamos los ojos la una en la otra, respirando fuerte, aún sobrecogidas del susto, y sin mediar palabra (tampoco nos hubiéramos entendido) nos echamos a reír. La risa. Eso lo entiende todo el mundo. Tenía una mirada y una sonrisa dulces. Fue una sensación muy agradable, en aquellos días en que me sentía, más que nunca, ciudadana del mundo.

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El viernes 13 de noviembre de 2015 me llegó, a eso de las once de la noche, un mensaje al WhatsApp. Que si había oído lo de París. Yo estaba tomando una cerveza con un amigo y por tanto no estaba muy pendiente del móvil; lo dejé pasar, después buscaría qué había pasado. Una hora después recogí a mi hermano para volver a casa. Cuando íbamos andando hacia el coche me preguntó que si había oído lo de París. Joder con París. ¿Qué ha pasado?, pregunté. Y entonces me lo contó. Abrí Twitter inmediatamente para ver qué más se sabía en ese momento. Barbarie, horror, terror, locura, miedo. Yo también sentí miedo. Llegamos al coche, introduje la llave en el contacto y encendimos la radio para seguir oyendo las noticias. Mientras conducía y escuchaba con pavor cómo hablaban de la situación de los rehenes, me pareció sentir un leve ruido metálico. Se lo dije a mi hermano; él no había escuchado nada. Llegamos a casa y cuando paré el motor y saqué la llave, noté que el llavero no estaba. Eso era. Joder. Me recorrió un escalofrío. La figura del llavero se había soltado y estaba a mis pies. El llavero de mi coche es una pequeña torre Eiffel que compré la última vez que estuve en París, de ésas que te malvende un pobre inmigrante, tres por un euro, a los pies de la estructura. Juro que pasó así y que era la primera vez que se soltaba. Soy una persona racional, pero creo en las señales. Y aquella noche me acosté a las mil viendo el canal 24 horas, me enteré casi en directo del asalto a la sala de conciertos y del número de víctimas que iba pasmosamente creciendo, y me dormí desesperanzada, mientras el llavero de la Torre Eiffel, que al día siguiente se convertiría en el símbolo de la paz, me miraba sombrío desde la mesa. ¿Dónde estaban las llaves para abrir el candado que había encerrado a la humanidad esa noche? ¿Dónde?

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Mucho se ha escrito y se escribirá sobre estos atentados, y yo no voy a inventar nada nuevo que decir. Tampoco voy a ser una bárbara que pida venganza y exija que se les devuelva lo mismo, que quiera que bombardeen de vuelta como ya han hecho y harán, y desee que sigan jugando a la guerra, mientras los inocentes mueren y los poderosos pulsan el botón desde su sillón, como siempre. Tampoco voy a ir de entendida de algo tan complejo que no acierto a vislumbrar ni la punta del iceberg, aunque pienso que si se hurga un poco en la historia se encuentra el verdadero origen de esto, la semilla que una vez más se regó con dinero, armas y petróleo; esos poderosos pulsando más botones desde sus sillones y riéndose de todos nosotros. Tampoco quiero ser una hipócrita, y no reconocer que a mí también me da miedo y que yo también me pregunto cómo podríamos ayudar a todos esos refugiados si nuestro propio país está lleno de inmigrantes y españoles en condiciones de pobreza; pero sé que esa gente viene huyendo de algo que el mundo ha desatado, y sé que las fronteras existen por motivos políticos y económicos, y no humanos, y que esta situación es insostenible y vergonzosa. Sí querría decir, ya que estoy soltando el lastre que he macerado estos días en los que me hierve la sangre, algo que ya se ha dicho hasta la saciedad y que nunca parece ser suficiente: todos somos iguales. Igual de vulnerables, igual de débiles, igual de frágiles. Todos tenemos los mismos derechos. Y los mismos deberes. Fanáticos los hay de todas las religiones; de todas. Gente buena, también. Pero tampoco hay que ser ingenuo: no podemos esperar que un niño adore Europa si ve cómo sus padres y él son echados a patadas, que no nazca odio de él si vive cómo un misil americano destroza su país, que no se aferre al Corán si es lo único que tiene. Pero esto no justifica nada, no hay nada que justifique lo que ha pasado en Francia, en Siria y lo que va a seguir pasando. Y yo, por supuesto, no sé cuál es la solución. Sólo puedo informarme, enfadarme, entristecerme, y escribir.

~ ~ ~

A veces me pregunto si la especie humana es sólo una.
Los asesinos que sembraron el terror el pasado viernes, ¿son de la misma especie que la familia musulmana que compartió conmigo su té y sus historias; son de la misma especie que Sara y sus padres, quienes me mostraron la hospitalidad francesa dándome su techo; son de la misma especie que la chica que mezcló su risa con la mía sin importar que su pelo estuviera cubierto y el mío no?
No. No son de la misma especie.
He vuelto a enganchar el llavero de la Torre Eiffel; he vuelto a evitar ver el telediario estos días para intentar desintoxicarme un poco de tanto odio y tanta desolación; he vuelto a soñar con la libertad, la igualdad, y la fraternidad.
Este texto empezó muy dulce, pero acaba muy amargo. El té que me estoy tomando necesita mucha más azúcar, el mundo necesita más dulzura y más paz.
¿Siempre nos quedará París? 
Sí. 
Siempre nos quedará París.

jueves, 5 de noviembre de 2015

El camino de tu tinta comienza hoy a caminar

El camino de tu tinta comienza hoy a caminar
esculpiendo artículos casi con aire de poesía,
que sirven de almohada a esa literatura sentida
sintiendo ella un nuevo corazón convencido desde el instante en que te decidiste a
acertar.

A acertar aceptándote a ti misma con un futuro que reverdece
y a mi fuero si te miro escribir mientras miras
de improviso, sin poses de foto, para observar
la realidad
que tienes que sentir desde la piel hasta tu frente,
pasando por cada uno de tus verdes
nervios, con tantos colores y estilos como una suerte
de tintas,
parte de la misma naturaleza que cualquier ecosistema
que hoy siente que es ella misma
viéndose como la niña
que nunca has dejado de ser realmente
ella, y que hoy comienzas a escribir tus sueños como cuando soñabas soñar
mientras no podías salir de los teoremas.

El camino de tu tinta siempre lleva a un agua que no sé por qué pero me inspira
a escribir caminando por la calle mientras
mi camino más lentamente,
una vida
propia que se torna y se hace saborear.

Quiero ir a tus firmas de libros a conocerte.

El camino de tu tinta hoy comienza a caminar.

Jjseavier.






Gracias, amigo.
Desde mi corazón lleno de tinta verde preparada para soñar,
desde mi pluma cansada pero ahora repuesta de nuevas fuerzas,
desde las decisiones tomadas y el camino que ahora empieza,
desde todas las ilusiones escritas y esperando a ser escritas,
De verdad, gracias.
Patricia.

sábado, 17 de octubre de 2015

La vida moderna

Y tu pulso tamborileaba en mis sienes y muñecas como diminutas patas de ciempiés.
Y nos repartíamos los labios y los dientes y el hipo y del alfabeto las impares.
Y en tus dedos yo tocaba mis canciones, dedos de teclas de celesta.
Maga.



Me queda un diecinueve por ciento de batería, y después me apagaré.

Tú, que ya no tienes nombre ni rostro para mí, recargas ahora otras pilas, otros cuerpos que nos alejan inexorablemente. Irremediablemente. Parecía que tu clavija no podría encajar en ningún otro lugar que no fuera mi mente, que mi puerto era tu puerto y nada más, o eso prometías. Pero mis terminaciones nerviosas no eran tus únicas conexiones compatibles, y ahora gasto mi última energía, empecinada y malherida, en borrar tus datos. La malgasto.
Tal vez ya no tengas nombre ni rostro, pero sigues siendo recuerdos. He conseguido provocarme lagunas considerables, incluso alterar mis archivos y modificarlos. Dejé entrar nuestro final como un virus en mi memoria y desconecté la seguridad para que el mal me deteriorara a su paso. Libre, salvaje, sádico y certero. Pero aún siguen quedando recuerdos. Pantallazos que suben de pronto el brillo y me ciegan. Imágenes que me hacen chisporrotear muy adentro y me electrocutan las sienes. Palabras que se clavan practicando lobotomías en mi cerebro.
Sí, todo esto es sólo una burda metáfora moderna para decirte que me has dejado obsoleta, sin cargador, al borde de la muerte, como esos aparatos que después de un tiempo dejan de funcionar simplemente porque sí. La obsolescencia programada. La fecha de caducidad. Me programaste y ahora mi ciclo vital llega a su fin. Ahora que el amor parece un programa que puedes descargarte y que la vida se puede reiniciar con un botón. Ahora que veo tu foto en las redes antisociales y sólo veo un pez que me olvidó y siguió nadando ventiún segundos después. Ahora que el corazón se actualiza a golpe de click y que casi todo ha perdido su valor.

Me queda un diecinueve por ciento de batería, y, después, me apagaré.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Atención: obras

Siempre parece una ciudad a medio levantar, como si desde su nacimiento no se hubiera terminado de formar y le faltaran brazos o piernas, o cualquier parte que justificara el volver a erigir grúas y andamios. Una de cada tres calles está poblada por obreros con brazos hinchados sacados por unas semanas de la cola del paro, con piel de moreno albañil, chamuscada y curtida al sol más inclemente de las cuatro estaciones de la miseria. Sus chalecos fluorescentes parecen anunciar días de fiesta pero sólo presagian más ruido, polvo y caos en la circulación. Cuatro apoyados en una pala y otro cavando. Cuatro comiéndose un bocadillo y otro armando masa. Cuatro descansando a la sombra y otro vertiendo el hormigón. Un último en traje de chaqueta y casco blanco supervisa. Al final del día aquel es quien menos gana y éste quien más. Maquinaria de precisión quirúrgica, dispuesta a operar a corazón abierto una y otra vez las entrañas de la ciudad, a sustituir sus intestinos por tuberías nuevas más resistentes, a taponar una vena que reventó en mitad de la calzada. El incansable esfuerzo del ser humano por edificar lo inedificable, el empecinamiento en levantar cimientos en terrenos escasos y mal posicionados. Todo vale para seguir jugando a ser Dios en su jardín del Edén particular. Fuentes que no darán agua, rotondas imposibles, montañas rusas de asfalto. Y cuando falta espacio, cuando se agrieta lo viejo y lo nuevo pasa de moda, se vuelve a empezar. Al final no hay crisis que valga para la imaginación del botarate de turno. Una mano mágica aprueba presupuestos y firma contratos, y en alguna playa del sur, un barrigudo se relame, se regocija en su moreno caribeño mirándose los brazos hinchados pero en el gimnasio del hotel, y se tumba al sol más clemente de las cuatro estaciones de la codicia. La ciudad, a muchos kilómetros de distancia de esa playa, palpita como una máquina extenuada, escupiendo tornillos oxidados y chirriando en sus esquinas, y resopla esperando a que la tierra explote y diga basta, porque ya no puede más.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Telediario

2 de septiembre, 2015
Hacía días que no ponía el telediario. Esta noche lo he sintonizado y ha sido un tremendo error. Aunque el error no es ése, el error somos la humanidad; la falta de humanidad. El mundo es un monstruo inhumano que se devora a sí mismo.

3 de septiembre, 2015
Anoche me costó muchísimo conciliar el sueño. Cuando estoy en la cama dando vueltas y no me puedo dormir, suelo coger el móvil y navegar por Facebook o Twitter hasta que consigo adormecerme. Pero anoche, lo mismo que me desvelaba aparecía todo el rato en la pantalla, y por más que intentaba por enésima vez no mirar directamente al rostro del horror, era imposible apartar los ojos, imposible deslizar el contenido hacia abajo para negar una realidad que ayer nos escupieron con toda su crudeza a la cara. Era imposible, egoísta e inhumano rechazar esa visión, y aunque me cuestione seriamente los límites morales de qué se debe y qué no se debe mostrar, tal vez tengan razón los que sostienen que hasta que no vemos con nuestros propios ojos algo, no nos duele ni lo asimilamos igual. Cuando vi las imágenes ayer algo más se rompió dentro de mí, el vaso de las cosas que le puedo perdonar a la especie humana  se llenó aún más y ya casi rebosa, está a punto de explotar, y el mundo con él.  
Al final conseguí dormirme, y esta mañana, cuando he salido a la calle, la resaca del mal sueño no ha parado de devolverme una y otra vez la imagen de lo que la propia resaca del mar devolvió a su vez ayer. Hoy no veía al resto de la gente, sólo veía niños. Un niño cogido de la mano de su madre, una niña caminando con su hermana, niños jugando en el parque. ¿Saben esos niños lo afortunados que son? ¿Saben que, de momento, la cosa en nuestro país no está tan mal como para tener que coger una barca y huir, sin más pertenencias que lo puesto? ¿Saben que sus padres no van a tener que meterlos a empujones por la ventana de un tren para intentar llevarlos a una vida mejor, que no han tenido que pagar sumas indecentes de dinero para poder salir de un país en guerra con la incertidumbre de no tener a donde ir? No sé si lo saben; no sé si en sus casas la tele se ha apagado cuando ha aparecido un chico de su edad, vestido como visten ellos, camiseta y pantalones cortos, zapatitos en los pies, un niño que podría ser español, varado en la arena. Pero el niño no era español, ni siquiera era europeo; era sirio. El niño no nació con los mismos derechos ni posibilidades que cualquiera de los chicos que me he encontrado hoy por la calle. Ese niño tuvo la peor de las suertes sin elegirla, y sin que nadie hiciera nada por remediarlo.
Todas las semanas, aparecen en el telediario muertos y muertos por los conflictos bélicos, muchas veces niños. También por hambre y penurias. Niños árabes llorados por sus madres en un lenguaje que desconocemos, en mitad de calles de países lejanos atestadas de muchedumbres furiosas y desquiciadas, niños llevados en volandas tapados con sábanas blancas y ropajes extraños para nosotros. Niños de piel oscura, con las barrigas hinchadas y los labios resecos, desfallecidos por no tener ni siquiera agua potable que llevarse a la boca. Niños que, tal vez, nos parecen “ajenos”, como si aquello pasara en otro mundo y no fuera con nosotros. Pero esta vez, ha sido un niño de piel clara y ropa occidental, en un entorno que todos los españoles asociamos al lugar donde un pequeño se divierte con una pala y un rastrillo haciendo castillos en la arena. Seguramente por eso esta imagen ha removido tantas conciencias. Porque ahora todos ponemos en la cara de nuestros niños el rostro de ese inocente que dormía en la orilla de esa maldita playa. Ojalá haya algún dios, de la religión de aquellos que se pelean o de la de los que dicen tener que ayudar al prójimo y no lo hacen, que le permita construir castillos en el aire, allí donde esté su pobre alma. No hay derecho.
No sé cómo van a lograr dormir por las noches los fotógrafos que capturaron esa imagen, no sé cómo podrá seguir viviendo el policía que lo recogió en sus brazos, no sé cómo el mundo puede seguir viviendo y durmiendo ajeno al horror que está ocurriendo; lo único que a ciencia cierta sé, es que ese niño y muchos otros no volverán a vivir, y que los que tienen la culpa de su sueño eterno siguen sin abrir los ojos y hacer algo por evitarlo. Basta ya, joder; basta ya.

4 de septiembre, 2015
Hoy he hablado con mi amigo húngaro después de ver las imágenes de la plaza de la estación de Budapest atestada de refugiados. En cuanto le he preguntado me ha empezado a contar cosas, un tono de alarma en su expresión. Es insoportable e insostenible, me dice. Hay miles, y no paran de llegar. Están sucios y desesperados, no tienen nada y no se van. Hay gente que los ayuda, pero la mayoría quiere que se larguen. Se supone que van a Alemania, pero Austria no los deja pasar. Se han montado en los trenes como si les fuera la vida en ello, porque en verdad les va, pero esos trenes no los llevan a ninguna parte. Los húngaros tienen miedo, somos un país de paso, la barrera hacia la Europa rica, y no podemos hacer nada por ellos. La gente aquí habla de que traen enfermedades, algunos dicen que han venido a conquistar Europa, que hay terroristas entre ellos. Los húngaros empiezan a impacientarse, la situación es muy difícil, se nota el odio, los nervios crispados, esto no puede seguir así y los gobiernos tienen que hacer algo; me dice. El corazón en un puño. Europa y el mundo desangrándose.

5 de septiembre, 2015
No paro de ver por todas las redes sociales eventos y mensajes que hablan de ofrecer asilo a los refugiados, noticias de diferentes ciudades que se ofrecen para acoger a los inmigrantes que escapan de sus países pobres y en guerra. ¿Podría ser tan fácil? ¿Por fin reacciona una parte de nuestra humanidad? Todo el mundo se hace eco de lo que está pasando, parece que la imagen del niño arrastrado a la orilla del mar ha sacudido un terremoto social. ¿Ha hecho falta que la propia tierra nos devuelva lo que hemos provocado nosotros y nos lo muestre en tales condiciones para que la sociedad se active? Damos vergüenza. En otro periódico leo declaraciones de un refugiado: no queremos ir a otros países, paren la guerra en el nuestro, queremos estar en casa. Paren la guerra. Si soy sincera, no sé ni porqué se pelean. Ni lo sé ni tiene importancia, maldita sea. ¿Qué diantres puede importar más que la vida de la gente? ¿Qué demonios tendrán en la cabeza los líderes que en nombre de no sé qué patria provocan esta situación? Eso mismo: demonios. Sigo recordando la foto del niño. Hoy, por la calle, seguía fijándome sólo en los menores. La inocencia, perdida; lo intocable, tocado y destrozado. He visto a una niña colgada del brazo de su padre. Inmediatamente me ha venido a la mente una imagen, muy parecida y a la vez enormemente distinta, que vi la semana pasada en la caja tonta, y cruel. Un padre, con el rostro desencajado de dolor y desesperación, con su hija en brazos, tratando de vender bolígrafos. Bolígrafos. Eso que nosotros, cruzando al bazar de enfrente, compramos por treinta céntimos. Un padre llorando, loco y al borde del colapso, intentando desesperadamente hacer algo. La historia acababa “bien”, alguien lo veía, le hacía una foto, y la magia de internet y las donaciones conseguían el resto. Un final “feliz” entre tanta destrucción. Sigo recordando la foto del niño. El pobre niño, mojado, indefenso, fundiéndose con la tierra que le dio la vida y después se la quitó. No sé cuántos días de noticias así quedan. No sé cuántos muertos van ya. No sé cuánta memoria va a tener Europa. No sé dónde está la solución ni si a quien la tiene le interesa darla. No sé nada de nada de nada, lo que he escrito no significa nada, ni arregla nada de nada de nada, ni lo que escriben los demás, ni lo que dialogan, ni lo que comentamos a pie de calle va a reparar nada de nada de nada. Mañana no pienso poner el telediario porque no va a arreglar nada de nada de nada. Mentira. Lo pondré. Y me enfadaré y lloraré y escribiré alguna blasfemia en twitter y odiaré con toda mi alma a los que utilizan las imágenes de esta jodida tragedia para hacer lo que ellos llaman ruinmente humor negro y volveré a enfadarme y a llorar y a despotricar y a escribir y seguirá sin servir de nada de nada de nada. Paren el mundo, que está perdido, que se ha perdido del todo. 

lunes, 31 de agosto de 2015

Editorial: al amor

Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijamas con sordina,
la adrenalina en camas separadas.
Joaquín Sabina.


¿Qué es el amor? Las canciones de amor, los poemas de amor, las novelas de amor, las películas de amor; la creación gira en torno al amor. Creo, me aterra, pero creo, que cada vez está más cerca el día en que tendremos que recordarlo a través de esos medios, a través de esa acuarela diáfana que lo retrata y lo ensalza, lo endulza y lo perdona, y le quita todo lo sucio del amor de verdad, el que hay a pie de calle, el que miente y al que siempre le salen tres patas. No sé en qué nos estamos convirtiendo, o tal vez siempre fuimos así y son mis ojos los que se han librado del velo de la inocencia y ahora no pueden volver a ver la pureza del sentimiento; no lo sé. Pero siento que cada vez pensamos más en el yo y no en el otro, que el egoísmo está a la orden del día, que ya no hay respeto, y que la empatía ya no se entiende, y sin empatía no puede existir el amor. No pueden coexistir comportamientos tan contrarios, la gente ha dejado de ser gente para la gente. La mayoría somos sólo una foto al otro lado de la pantalla, pues al final del día es lo que queda. La era de Internet y de las comunicaciones nos ha hecho dejar de ser conscientes de la humanidad del que tenemos al lado, más cerca o más lejos, pero de su humanidad. Ahora sabemos que hay millones de personas ahí fuera; las vemos, las palpamos a través de cifras virtuales, vemos los números y sabemos que detrás de ellos hay caras de verdad, y por tanto da igual dañar a una o a otra más, nos siguen quedando millones y millones con los que probar suerte. Y qué es el amor sino suerte. Suerte de encontrar a alguien mínimamente compatible contigo en unos kilómetros a la redonda mínimamente asumibles; suerte de sentir las mariposas iniciales, los primeros nervios y mareos, la primera cita y las siguientes; suerte de que explote la pasión, y de que siga viva unos meses, quizá años, incluso cuentan que hay algunas que duran toda la vida. Suerte. Y si no la tienes, te tocará vivir otras cosas que no se parecen en nada al amor, a ése de las canciones, los poemas, las novelas o las películas (que acaban bien). Y tu historia acabará mal. O no llegará ni a empezar. Y aquel de quien creas enamorarte ya tendrá pareja, y serás el otro o la otra, o no te corresponderá, o jugará contigo, te tratará sin miramientos sabiendo que hay otras miles de posibilidades, o serás uno más en su lista de fracasos, o te mentirá, una y otra vez, te hará sentir primero especial y luego se olvidará de ti, te bloqueará y te borrará, te prometerá cosas que jamás cumplirá, quizás porque ya se las ha prometido a cien antes que a ti y tú no fuiste el afortunado ni la afortunada. O tal vez sí lo fuiste, y te libraste de algo ruin y feo, porque, para qué engañarnos, el amor ya sólo existe en las canciones, los poemas, las novelas y las películas de amor. Y después, la soledad, las preguntas que erosionan, qué he hecho mal, estaré toda mi vida solo, sola, por qué no me merezco encontrar a alguien. Tal vez sea verdad el eterno cliché de la autoayuda, y primero haya que encontrarse a uno mismo y autocompletarse. Sí. Tal vez, dialogando con nosotros mismos, reconociéndonos en nuestros errores y en nuestros dolores, aprenderíamos a diagnosticar cuáles son las cosas que hacen daño, que verdaderamente nos hacen sufrir, y nos daríamos cuenta de que el primer paso para sentir y recibir amor es dárselo a uno mismo, quererse y querer a los demás, y no hacerle a alguien lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Filosofía barata. Tal vez así la gente volvería a mirar a la gente como gente, de forma consciente, no a través de una pantalla en la que sale un nombre y una foto en pequeño, donde nos creemos dueños de nuestras palabras, venenosas como dardos, y de nuestros silencios sangrantes. A quién vamos a engañar, lo único que creo de todo lo que he escrito es que el amor ya no existe, y si existe, está corrompido, y cada vez se corrompe más y más. Hablo del amor de pareja, claro, no del amor a la naturaleza, a tus padres o a tu equipo de fútbol; eso es otra historia. Vale, lo sé. Hay parejas felices, parejas que se quieren, matrimonios que llevan años fielmente casados, relaciones intensas, verdaderas, sensaciones de infarto a las que algún nombre hay que ponerle, por ejemplo, amor. Porque siempre hay excepciones. Pero el amor a gran escala, el amor como definición universal, ése ha muerto. Sé que éste es un texto extremadamente pesimista y negro, pero ésta es la sensación que tengo. Mi abuela me decía el otro día, la gente ya no se quiere como antes. Y no puedo estar más de acuerdo. Si éste es el mundo en el que tengo que amar, que me extirpen de una vez el corazón.

miércoles, 26 de agosto de 2015

No mires debajo de la cama

¿Los oyes? Ya vienen.

Están empezando a temblar las patas de la mesa, el rodapié se desconcha y escupe polvo blanco, la lámpara se mece siniestra del techo. Estoy en la cama y me agazapo bajo la sábana. Hace días que grito tu nombre en sueños, sueños de ciudades llenas de puentes que no puedo cruzar. Soy una pieza de ajedrez ahogada y no consigo avanzar ni un paso.

¿Los oyes? Se acercan.

Tengo algo dentro, algo oscuro que se mezcla con mis entrañas y que palpita de forma diferente, más mecánica y menos viva. Quiere escaparse por mi garganta y se pelea con mi interior, subiendo hasta la cabeza y haciendo que me maree. Serpentea por mis conductos provocando náuseas, arcadas y sudores. Me quiere muerta. Soy un monstruo.

¿Los oyes? Ya llegan.

No puedo hacer nada, el ataque es inminente y mis defensas están en rojo. Hace tiempo que dejé de luchar, que abandoné las almenas y me escondí en el fuerte, el lugar ideal para un débil. Dejé las cadenas tensadas, las puertas cerradas y las llaves en el fondo del mar, consciente en cualquier caso de que el mal siempre encuentra grietas. O las hace.

¿Los oyes? Aquí están.

Tienen tu cara y todos me miran, perplejos. Qué has hecho, qué nos has hecho. Me juzgan. Encogida bajo la sábana pareciera que me burlo de ellos, representando su versión más popular. Ni siquiera me falta la argolla del tobillo. No eres libre, pequeña, ni nunca lo serás. Miro su expresión y leo en sus ojos acuosos el reflejo de la culpa. De mi culpa.

¿Los oyes? No.
Los fantasmas no hablan.

lunes, 18 de mayo de 2015

Callejero II

Comenzaba a despuntar en el horizonte la silueta de mi vieja ciudad, aquella que tan bien sabía reconocer. Nos acercábamos por la carretera con el coche recalentado sobre el asfalto ardiente, después de las inclemencias de todo el día, y a lo lejos reconocí los torreones de la catedral, engullidos por el desarrollo más vanguardista de la urbe, los edificios cada vez más y más altos a su alrededor; pero en el centro siempre ella, impertérrita al avance de la civilización moderna, como el punto de fuga de un cuadro que comenzó siendo realista y acabó en abstracto. 

La quietud que nos había acompañado durante el viaje no desapareció cuando dejamos la carretera principal para adentrarnos de lleno en el entramado de calles de la ciudad. Era un domingo por la tarde de principios de verano, y la gente que podía permitírselo, y alguna que no, huía al mar y a la montaña, dejando la vida urbana para los animales callejeros y las familias más pobres. El silencio en los barrios era sepulcral y la calma calurosa, aplastante. 
Dejamos el coche en cualquier lugar y callejeamos. El silencio invitaba al silencio. No había una nube en el cielo y eso aumentaba la sensación de inmovilidad, como si el tiempo se hubiera detenido en las sábanas que no se balanceaban en los balcones, en las ventanas cerradas sin cortinas ondeantes, en las campanas que repicaban solitarias en las iglesias rompiendo la monotonía sonora de notas en blanco.
Parecía una ciudad fantasma. Y los fantasmas que la habitaban eran perros, palomas y gatos; los unos paseando por mitad de la calzada, las otras posadas en las cornisas oteando a otros posibles pájaros, y aquellos repantigados a sus anchas en las esquinas donde asomaba un trozo de sombra. Los demás fantasmas eran vagabundos recostados en portones y puertas de donde hoy no iban a echarlos; algunas, escasas y puntuales, familias humildes con su ropa de domingo gobernando el hogar que les habían dejado en relevo; y nosotros.
La ciudad aquel día tenía un filtro amarillo, el sol lo bañaba todo con una luz nueva, diferente al esplendor floreciente de la primavera, más clara y monocromática. Por eso, su silueta era aún más reconocible. Parecía que un arquitecto, antes de marcharse a su retiro en la playa, hubiera repasado con tinta negra todos los edificios, todos sus picos y sus curvas, sus tejados, los campanarios, incluso las farolas, los bancos de los parques, los semáforos, las antenas. Todo estaba increíblemente nítido, como si no hubiera perspectivas. Una ciudad plana plegada sobre sí misma.
Seguimos avanzando. Por supuesto, el río estaba seco, y las aves que habitualmente lo poblaban habían huido, como los humanos pudientes, a sitios mejores, en un ejercicio de golondrinas sin patria ni corazón. Las tiendas, cerradas; locales vacíos con un letrero ruinoso de se vende; las rejas, echadas. En cada barrio, el bar que acogía a los más viejos para jugarse un dominó, o la taberna generacional que ni en agosto echaba el cierre, eran el único atisbo de vida en las aceras desiertas.

Cuando al fin empezó a caer la noche, y la luz poderosa se fue poco a poco extinguiendo, sentí que mis fuerzas se difuminaban con ella. Desde la ciudad casi nunca se veía bien el cielo, y aquel domingo no fue una excepción. Las estrellas se observaron quizás desde otros lares, en el mar y en la montaña, pero allí, la ciudad se contentó con mirarse a sí misma, su reflejo ahora oscuro en los ojos ausentes de los que no estaban, y finalmente se apagó.

Elegí un mal día para regresar. Acaso todos lo eran.
Volvimos al coche y reemprendimos el exilio.

miércoles, 8 de abril de 2015

Callejero

Estaba sentado a los pies de la catedral, y a los pies de él se sentaba una vieja y roída funda de violín, que exhibía abiertamente sus dos mitades de terciopelo granate, una caja torácica casi vacía y partida en canal. Dentro, unas cuantas partituras arrugadas y amarillentas, con olor a libro viejo y a tiempos mejores, y siete u ocho monedas esparcidas aleatoriamente por el interior. El total no sumaba más de tres euros. De momento, hoy no le alcanzaría apenas para un bocata y un café.
El órgano vital extirpado de la caja se sentaba a su vez sobre el hombro de su dueño. Era un gastado violín de madera con destellos rojos, delicadamente afinado. Su cuerpo abombado se curvaba bajo los embistes del arco, que el intérprete manejaba con soltura y una puntada de descuido, cómo si respirara pero no pusiera empeño en ello. De él arrancaba notas del vals n°2, la suite para una orquesta variada, en este caso, de viandantes que claqueaban con sus pisadas por la plaza de la catedral, mientras el espíritu de Shostakovich silbaba como un fantasma que acabara de componer la pieza y la estuviera revisando.
Me acerqué embelesado al escuchar esa música conocida, y deslicé la calderilla que llevaba suelta en el bolsillo al pozo sin fondo de la funda. Cuando el tintineo de las monedas actuó de percusión sobre el sonido del violín, el violinista salió de su trance hipnótico y sin parar de tocar alzó la vista. Nuestros ojos se clavaron mutuamente en los del otro, y sentí que cruzaba un terreno muy íntimo, casi que violaba los límites de su privacidad interior y que él, o su violín, había abierto mis cerrojos más escondidos.
Me quedé en ese trance de miradas unos minutos, hasta que acabó la melodía, y como una caja de música que termina el engranaje y vuelve a retomar la marcha, el violinista dejó de mirarme y comenzó otra vez desde el principio.
No sabría deciros qué aspecto tenía, si era joven o anciano, si arrugas cubrían su rostro mimetizándolo con las vetas de la madera o si su piel era lisa como la superficie del violín. No recuerdo qué ropa llevaba, si tenía un aspecto cuidado o harapiento. En realidad, hablo de él pero podría haber sido ella. En realidad, sólo consigo visualizar esos ojos anónimos y penetrantes, impersonales pero tan personales, y, de fondo, las notas de Shostakovich bailando álgidas mientras la tarde caía y el Sol se escondía por detrás del campanario que marcaba la hora de hacía más de setenta años.

sábado, 28 de marzo de 2015

#15 Alguien dice tu nombre. (Biblioteca de cámara)


Cuando se disfruta un libro, cuando se disfruta de verdad, uno está temeroso de llegar a la última página, pero a la vez lo desea con toda su alma de lector. Es la contradicción de los buenos libros. El necesitar saber el desenlace, devorar un párrafo tras otro con el ansia acuciante de meterse más y más en la historia, pero con el desconsuelo de que el inevitable final se acerca. Cuando se disfruta de verdad un buen libro y uno dobla la esquina de la última calle y pasa la última hoja, fuerza a sus ojos a no desviarse hasta la última línea, sino a esperar, a deleitarse en los últimos recodos de las escogidas finales palabras, a saborear con cuidado lo poco que queda de una novela que lo ha maravillado, y segundos después, se sumerge en la última línea, a veces, tan simbólica, instruida y reconfortante como ésta: "A mí me gustaría conocer París". 

Alguien dice tu nombre es una de esas novelas que me ha llegado al corazón. Cuando leo, me gusta encontrar una proporción equilibrada entre estilo, forma y contenido. Unos libros se inclinan más de un lado de la balanza que otros, y para mí siempre prima más la forma de contar las cosas si tengo que elegir. En este caso, la balanza se ve sobrecargada en ambos platillos, todo es tan acertado y cuidado que el peso la hace ceder y a mí sólo me queda decir boquiabierta que esta novela me ha ENCANTADO, en mayúsculas y en negrita, que es perfecta en todos los sentidos.

Ha dicho Sabina de Luis García Montero, que "parece capaz de contarnos, y de qué manera, lo que habíamos olvidado que sabíamos de nosotros mismos". Lo secundo. En estas páginas he encontrado mucho de mí, y también mucho de otras vidas perfiladas con un pincel lleno de maestría narrativa y de poesía. Desarma la facilidad con la que fluyen sus palabras, la estética perfecta, las reflexiones brotadas magistralmente de la boca del protagonista y narrador, León Egea, un estudiante con sueños de escritor que vive un agitado verano que marcará un punto de inflexión en su vida. "Ahí está el mar y yo quiero ser escritor. Su azul es el recurso inmediato que tiene el mundo para reconciliarse con la vida. (...) El mar es el remedio".
A través de estas páginas recorremos vivencias de juventud y madurez, el amor y el descubrimiento del sexo, la responsabilidad, secretos y decisiones, el presente y el futuro, la España franquista de 1963. "Vivimos donde vivimos y a todo el mundo le duelen los pies al caminar. Nos hacen daño los zapatos".
No diré más, sólo que estoy deseando releerla, esta vez con papel y lápiz, para detenerme aún más en las bellas pinceladas que dibuja Luis García Montero.

Sí, todo empieza con el nombre.


sábado, 28 de febrero de 2015

#14 Intemperie. (Biblioteca de cámara)


Dice el diccionario de la RAE de tal palabra que, como locución adverbial, a la intemperie significa "a cielo descubierto, sin techo ni otro reparo alguno". No podría haber un título mejor y a la vez una síntesis más apropiada para esta historia.

Fue uno de esos libros que cogí aleatoriamente de una ruleta que hay a la entrada de la biblioteca en mi universidad porque me llamó la atención su título, tan escueto pero poderoso, certero como un dardo, y porque ese día estaba lloviendo mucho y no escampaba. Señales. Abrí la contraportada y saltó ante mis ojos una opinión que lo comparaba con Miguel Delibes, y no me hicieron falta más razones. No me arrepiento y doy gracias al azar.

Esta novela presentada sobre papel parece tallada en piedra con sudor y sangre. Es dura, sucia y oscura. Especial y conmovedora, con voces de violencia pero también de inocencia y pureza. Sabe a tierra, a sequía extrema, a calor y fuego, a calcinación y a inmundicia.
A lo largo de sus páginas vivimos una huida, una lucha por la supervivencia, de la figura más aparentemente inocente y débil: un niño, que encontrará en el camino a otra figura símbolo de lo opuesto a él, la experiencia y el conocimiento: un viejo cabrero. De este encuentro surgirá una camaradería peculiar, árida y rural como el tercer personaje omnipresente y sobre el que se sustenta toda la novela: el paisaje. Un paisaje que lo condiciona todo y marca la narración, árido e inhóspito, extremadamente seco, asfixiante, hediondo y putrefacto, donde pacen las cabras macilentas y se pudren los cadáveres. Lo sé, ¿suena mal? No tanto, pues todo este entorno es elevado casi al lirismo por el autor, con un dominio y empleo de la palabra austero pero exacto, y sí, delibesco. Unas descripciones soberbias del mundo rural que te transportan al llano seco y yermo, y que crean la atmósfera clave en la que desenvolver la historia.
Un niño, un viejo, y una llanura; sin nombres, ni fechas.
A mí me ha mantenido en vilo hasta la última página, no sé si devorando la novela o siendo devorada por ella.


Como he leído en otras reseñas, es lo que podríamos considerar, un western ibérico. Con semejante descripción, obligatorio leer.

¡Ah! Para saber más y de primerísima mano, aquí una entrevista con el autor, Jesús Carrasco, en Página Dos, mi programa favorito de todos los tiempos: Intemperie, Jesús Carrasco en Página Dos.

sábado, 14 de febrero de 2015

Montañas

Las nubes claroscureaban en las laderas de las montañas
creando un juego alterno de luces,
pico iluminado, falda apagada.
Tu falda descendía hasta el pico virgen de tus tobillos
cuando apagábamos la luz,
y así encendíamos el cuarto.
Las cumbres salpicadas de nieve eran testigos mudos
de tus cálidos terrones de azúcar
cayendo en alud por el pecho.
En tu espalda seguían los claroscuros del sol de invierno,
una senda a través del bosque
donde perderse a soñar.
El camino se ensanchaba hasta llegar al valle húmedo,
y yo, sediento tras el viaje,
bebía el maná de tus labios.
Y por fin, en la gruta escondida y secreta de tu montaña,
nos uníamos al grito del viento
y verdecía de nuevo la vida.

Fuiste mi definición de paisaje, la savia latente en los árboles,
la madera de los pinos y a veces también sus agujas.
Fuiste el agua y la tierra, el aire y el hielo, naturaleza salvaje,
las hojas caídas y las flores preferidas por las abejas.
Fuiste el néctar más dulce y más amargo de sus panales,
la vereda más incierta y adictiva, fuiste el mejor sendero.

Por eso, cada paisaje me recuerda
inevitablemente a ti.

sábado, 7 de febrero de 2015

La última estación

Aquel viejo me desconcertaba todos los viernes, cuando yo llegaba a la estación generalmente con prisas y me detenía ante la pantalla donde se anunciaban horarios y vías. A través del cristal adivinaba su silueta encorvada e inmóvil, siempre en el mismo banco del primer andén, como un elemento más que quien hiciera el diseño del lugar hubiera colocado allí.
Digo viejo no como una ofensa, sino porque lo era en todo el término de la palabra, y decir anciano no le haría justicia. Ese hombre no sólo llevaba la edad impresa en las arrugas de su cara, en la nariz rubicunda y torcida hacia la izquierda, en el atuendo y en los grados de inclinación de su espalda, en las manos huesudas y agrietadas; tenía la vejez en los ojos, increíblemente claros y acuosos, como desteñidos por el paso del tiempo. Desde cada ángulo parecía una estatua grisácea, un monumento a la senectud. 
Una de las cosas que siempre me ha preocupado más de envejecer es la dignidad, el cómo envejecer. Envejecer irremediablemente mal, retirarse de la vida incluso antes de irse realmente de ella, estar pero no estar, convertirse en un ser decrépito, torcido y triste, parecer un trasto inútil roído por las inclemencias del tiempo. No era su caso. Aquel era un viejo digno, un digno viejo. 

Un día llegué inusualmente antes de la hora a la que partía mi tren y pude detenerme a observarlo mejor. Salí fuera tras comprar el billete y me apoyé en una pared concienzudamente cerca de él, me encendí un cigarrillo y el humo tras la primera calada revoloteó creando nubes caprichosas, como las del cielo ese día. Estaba despejado y el sol se deleitaba en la boina del viejo, desvelando diminutas partículas de polvo que me recordaron al efecto luminoso que crean los rayos de luz en el mar, ese brillo cegador. El viejo brillaba al sol.
Su postura, aunque rígida y estática, era relajada. Sólo miraba al frente, a las hileras de hierro y tablones de madera que día tras día eran tránsito de miles de personas y mercancías. Llegó un tren y sus ojos se movieron ligeramente entre los viajeros que se apeaban. El revisor lo saludó con un leve gesto de mano. Un rato después unos hombres empezaron a descargar los vagones de una máquina más alejada y los observó con atención. Disfrutaba.
El viejo repartía su iris aguado entre las vías y absorbía vitamina C, y disfrutaba.
Descarté entonces que esperara a nadie, y mucho menos que aguardara ningún tren. Pensé que igual que se suele encontrar a abuelos vigilando obras y a otros dando de comer a palomas en parques, aquel viejo sentía predilección por pasar el rato entreteniéndose en una estación de ferrocarril.
Pensé también que debe ser una extraña satisfacción poder ver los trenes pasar sin más, sin ningún motivo, hacerlo con una sonrisa, tranquilo para tus adentros, sin prisas, sin horarios ni destino; sólo verlos pasar. Poder decidir dejarlos marchar y querer permanecer en tierra, sentir que se está donde se tiene que estar, no tener la necesidad de huir a otro lugar. No desear ser otro ni soñar con otras vidas que esperen al final de otra estación, no buscar en los mapas el recorrido de las líneas que puedan conducir a algo mejor.

Sonó un pitido y una voz que avisaba a los viajeros que embarcaban en mi dirección me sacó del ensimismamiento. Con un respingo eché a andar y por el rabillo del ojo sentí como el viejo me miraba. Al pasar por delante de él levantó la mano y sin hablar me hizo un gesto pidiéndome un cigarrillo. Lo pude mirar entonces directamente de frente y su vejez me estalló en la cara, me ahogué un poco en esos ojos pálidos y tranquilos que gritaban desde lejos, desde almanaques centenarios y calendarios ya borrados, y sentí demasiado cerca la muerte y el peso de la vida. Le tendí el paquete y carraspeó un gracias ronco y apagado. Esa tarde me fui en el tren llevando a las espaldas algunos años más.

A la semana siguiente volví a verlo, y a la siguiente, y muchas siguientes más. Hasta que un día mi vida cambió de ciclo y mis pasos de escena, y no tuve que volver a aquella estación los viernes, y mi camino siguió otras sendas y otras carreteras.
Sí, sigo pensando, debe ser una satisfacción poder ser tan fuerte como para seguir ileso tras dejar tantos trenes pasar.

jueves, 1 de enero de 2015

2015

Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido.
J. Renard.


Esta mañana he abierto el cuaderno donde desde hace mucho tiempo apunto los libros que leo cada año para anotar el último del 2014 y escribir con tinta verde un 2015 encerrado entre dos guiones, que no se escape, poniendo título así a la siguiente lista que espero este año sea más larga.
Al acabar, he ido como siempre al compartimento trasero "secreto" que tiene la libreta. Allí antes solía almacenar pequeñas notas con lecturas pendientes, sugerencias, incluso citas o frases que me habían gustado. Con el paso de los libros y los años me he ido haciendo más organizada y ahora tengo otros cuadernos donde apunto esas otras cosas.
Pero en el pequeño pliegue permanece, como siempre, oculto, un papel doblado, encerrando un intento frustrado de poema, muy breve, pero muy conciso, que debí escribir allá por el 2005 ó 2006.
Sé que rondaba los catorce o quince porque recuerdo perfectamente cómo estaba mi mesa de escritorio, recuerdo cómo lo solté sobre el papel sin miramientos, sin pensar mucho, sin contar métricas (aunque guardan cierta rima desordenada), solamente vomitando las palabras que en ese momento tenía dentro y me asfixiaban, que me sonaron bien, y recuerdo bajar al cuarto de la galería donde mi madre estaba planchando y enseñárselo.
Ya se sabe que hay ciertas cosas que se recuerdan nítidamente, con todo lujo de detalles, y otras que se volatilizan de nuestra mente sin piedad. Este recuerdo es nítido, mi mano colocando el papel sobre la tabla de planchar, y mi voz más niña y con vergüenza, mira mamá, ¿quieres leerlo? Y mi madre de espaldas, tras recorrer los pobres versos, diciendo, ¿por qué has escrito esto?, ¿te sientes así? Y yo, no sé porqué, tuve que aguantarme las lágrimas.
Puede parecer mentira, un adorno para esta pequeña historia, pero prometo que sentí que el cuarto me tragaba, que mi mente me gritaba, ¡no lo sé!, ¡no lo sabes!, ¿por qué has escrito eso? No era para tanto, no tenía tanta relevancia el intento de poema, pero de pronto me sentí expuesta, desnuda, como nunca antes me había sentido con los fugaces cuentos e historias que hasta entonces había escrito y enseñado.
Con ese poema y esa pregunta, ¿te sientes así, por qué lo has escrito?, mis sentimientos plasmados en papel adquirieron otra dimensión. El poema es éste:


Navego en el mar de la soledad,
palabras para no naufragar doy.
Como el agua es mi tinta, sin edad,
sonidos de espuma,
versos en los que voy.
Historias y almas con caducidad,
a quien las lea entrego lo que soy:
la voz y la pluma.


Ocho versos, tal vez con no mucho sentido, escritos por una pluma temblorosa e inexperta pero que expresaban toda una declaración de intenciones, una voz no tan temblorosa, una premonición para mi "yo" del futuro que estaba destinado a entender mejor esas líneas, pues ahora, con 23 años, sigo sintiéndome dentro de ese poema, en ese mar tratando de que esa tinta no se oxide, dando brazadas para que aún se me pueda oír, para al menos oírme yo.
Y hoy empieza el 2015, y como cada año todo el mundo habla de nuevos propósitos, de hacer balance, de cerrar círculos pasados, de reorganizar los sueños. Yo recupero este poema. Hay sueños que simplemente permanecen ahí, que se hacen un compartimento trasero secreto a un lado del corazón, y tal vez empiezan a cubrirse de telarañas, a dejarse olvidar, pero nunca mueren.

Ésta debe ser la entrada absolutamente más sincera de este blog, en ella no hay invenciones, no hay literatura ni imaginación, no hay otros personajes que lleven mi voz ni soy yo con la voz de otros personajes. Es sólo un recuerdo, un poema que forma parte intrínseca de mí, unos versos secretos. De nuevo, como cuando rondaba la adolescencia, me siento expuesta, desnuda.
Me pregunto cómo deben sentirse los escritores "de verdad", esos que son leídos por miles y millones de personas, ¿no tendrán miedo de que los juzguen, de que los lectores se metan dentro de las páginas y confundan, de que crean ver al escritor diciendo esos diálogos? Al fin y al cabo son suyos, el narrador plasma sus propios miedos y lucha contra ellos, el poeta exprime sus vivencias y dibuja sus sentimientos, ambos exponen el corazón para que quien los lee juegue con él y se desangren juntos.
No, no es miedo. Es necesidad. De ser escuchado, de ser leído, de vivir a través de las palabras, de matar la soledad escribiendo. Que "con un libro entre manos, sabes que no estás solo".

No haré, pues, listas de deseos de año nuevo, ni objetivos o planes que no cumpliré, ni tan siquiera un cuidado y petulante discurso motivador, estoy demasiado desilusionada para eso. Después de un 2014 lleno de turbulencias, de vaivenes, de montañas rusas, yo de este año sólo espero reencontrarme con mi esencia, tal vez la de la niña que escribió sin saber porqué aquellos versos inocentes, pero hallar por fin, un poquito, el botón de reset.
Espero que todos lo encontréis.


Pero antes de acabar este discurso de inicio de año un poco caótico e improvisado, sin duda hay algo muy importante que tengo que hacer como novedad bloggera: dar las gracias a todos los que habéis hecho que este blog esté un poco vivo. Sé que lo tengo abandonado últimamente, y lo que es peor, que tengo abandonados a los otros blogs que me encantan y suelo leer y comentar, pero me comen la universidad y otras cosas y he tenido que hacer un parón literario y virtual. Lo siento. Aún así, os leo siempre que puedo desde el móvil aunque no comente.
Y si quiero daros las gracias es por todo lo que me habéis leído este año, por el interés absolutamente desinteresado, por vuestras palabras motivadoras y vuestro apoyo, por los halagos y las críticas, por vuestra presencia que se ha vuelto muy importante para mí, por aparecer de las esquinas de internet como algo mágico e inesperado; por leerme, sin más.
Gracias especialmente a Framboise, Sofya, Óscar, Gata, Miguel, Andoni, Diego, Valaf, Mónica, Pedro, José Javier, y a cualquiera que haya gastado un segundo de su precioso tiempo en leer alguna de mis líneas. Lo valoro infinitamente.

Gracias y feliz 2015.
¡Nos leemos!