sábado, 14 de mayo de 2011

11 de Mayo de 2011, el día que tembló Lorca

Es cierto eso de que piensas que nunca te va a tocar a ti, hasta que te toca. A ti, a los tuyos, a tus demás, a tu hogar.

Es cierto que yo no estaba allí, que noté mínimamente los temblores de Lorca, el primero de magnitud 4.5 y el segundo de 5.2, pues a Murcia llegaron con reminiscencia, apagados, alejados de ese epicentro que fue mi ciudad natal. Pero mi angustia y mi miedo fueron los mismos, al oír a mi madre llorando desesperada por el teléfono que se entrecortaba, que casi no nos permitía comunicarnos, que me dejaba a ciegas de todo lo que sucedía, con los ojos tapados sin poder ver a mi familia, sin poder saber si estaban bien, si todos habían podido ponerse a salvo, si no se les había caído la casa encima, si aún tenían casa. El terror era sobrecogedor, me sentí apartada, como una desertora por no estar allí con ellos en esos momentos, por no haber sentido mi tierra lorquina temblar y no haber temblado yo con ella. Ojalá nadie hubiera temblado.
Tras el susto inicial y el fallo de los teléfonos móviles, corrí a poner la tele y a actualizar las redes sociales de internet, y sí; al momento España Directo en TVE retransmitía lo sucedido y Twitter echaba humo con las palabras Lorca y terremoto. El mundo se había movido y la noticia se extendía.
Imágenes y rumores, iglesias cuyas cúpulas caían, campanas que ya no redoblarían jamás, cornisas que se suicidaban causando homicidios, edificios que se desplomaban, coches aplastados, puré de ladrillos y cemento, gente anónima sin hogar que corría por las calles, que emergía de entre los escombros, que huía a los descampados para ponerse a salvo.

Confusión, desesperación, miedo animal.

En la tele un reportero se planta delante de un fallecido, otro graba como cae la Iglesia de la patrona de Lorca, los titulares hablan ya de 5 muertos, que luego se elevarían a 9, las cifras de heridos aumentan exponencialmente, como la escala de Richter, así como los daños materiales. Todo es un caos, la gente aún no puede creer lo que ha pasado. Y los lorquinos que estamos lejos de Lorca, aún menos.

Consigo hablar serenamente con mi madre, ella y mi hermano están bien, mi casa intacta (vivo en las afueras); mi padre, que venía de camino por Jumilla, también; pero no consigue encontrar a mis abuelos ni a mis tíos, los teléfonos están saturados, las líneas no funcionan. Viene a mi piso de Murcia mi novio, nos abrazamos asustados, sus padres y su hermana también están bien pero buscan a su abuela. Vivimos momentos de pánico, viendo una y otra vez las mismas imágenes en la tele, leyendo comentarios escalofriantes en Internet, pulsando con rabia los móviles que no nos dicen nada. Poco a poco nos vamos calmando al localizar a los amigos y familiares más cercanos que estában en nuestra ciudad. Pero ahora hay que avaluar daños... ver quien ha perdido su hogar. Y muchos de nuestros familiares han estado a punto.
Se suceden horas de angustia, de estar sentados en el sofá con un bolso preparado en la puerta con lo mínimo necesario por si hay que salir corriendo, con el teléfono en la mano esperando que lleguen sólo buenas noticias, pero lo que más llegan son llamadas de amigos de todas partes de Murcia, preguntando por mí y mi familia, porque todos han oído la catástrofe que ha ocurrido.

En la pantalla de hacer sueños, ahora mismo sólo hay pesadillas. Empiezan a confirmar más muertes, vidas que no volverán, que serán siempre una mancha negra en nuestra ciudad, que se ha quedado sin un niño pequeño, sin una embarazada, sin un anciano, sin una mujer que dio la vida para salvar a sus hijos protegiéndolos con su cuerpo... Sin hombres y mujeres que no sabían lo que les venía encima cuando salieron de sus casas alertados por un terremoto que ha destrozado mi Ciudad del Sol. Desalojan el hospital, cae el techo de la residencia de ancianos, siguen cayendo paredes, fachadas, ruinas...

Y así pasamos la tarde y la noche, llorando, asustados por la posibilidad de nuevas réplicas, muertos de miedo por las habladurías que dicen que va a venir más fuerte, con impotencia por no estar en nuestro hogar, por no ver con nuestros propios ojos que nuestras familias están a salvo, por no consolar a los que han perdido tanto, por no poder constatar que esta nueva realidad de la que hablan los telediarios y los periódicos no es una pesadilla. Al final conseguimos dormir un poco, tras hablar veinte veces más con nuestras familias para asegurarnos de que todos están a salvo y juntos.


Llega la mañana del jueves 12 de Mayo,el día después. ¿Normalidad? No, ganas irrefrenables de volver a Lorca, porque esto es un sin vivir. Pero mis padres no me dejan, tengo que ir a la universidad a hacer un examen que obviamente no he podido prepararme. Tengo que fingir que no pasa nada, que no ha pasado nada. Pero compro el periódico, con un titular en grande, "Tragedia", y de fondo una mujer llorando con un cadáver detrás... ¿Eso es normalidad? Eso es una puta mierda, eso es. Así que hago llorando el trayecto en autobús, leyendo testimonios que me ponen los pelos de punta, leyendo que 30.000 personas han pasado la noche fuera de casa, sin techo, que hay más de 100 heridos, que los muertos ya son 8, que Lorca es una ciudad fantasma. En clase todos me preguntan, me dan su apoyo, pero ellos no pueden comprenderlo; nunca se sabe verdaderamente lo que se siente, hasta que te pasa.

Vuelvo a mi piso, voy a ver a mis amigos que están aquí, todas sus familias están bien, pero sus casas no tanto. Unos deciden irse a Lorca, otros no tienen donde volver. Mi novio y yo queremos correr hacia el tren, aunque la estación de Lorca ya no existe, se ha derrumbado, pero nuestras madres nos convencen a esperar al viernes. Y así hacemos, pasando de nuevo todo el jueves entre sustos y llamadas, pegados de nuevo al televisor, acechando cualquier noticia, con miedo por otro terremoto que no paran de predecir, con compasión y pena absoluta por los damnificados y por los fallecidos.
Así vamos teniendo datos corroborados. Han sido los peores terremotos en medio siglo, y el mayor destrozo cultural de Europa. Han empezado a apartar escombros, los ingenieros revisan los edificios y casas, marcándolos de colores según su estado (verde si está bien, amarillo si sólo puede entrarse a recoger cosas por peligro, rojo, cuando no puede ni accederse porque está dañada la estructura, y negro...si debe ser demolido). También llegan autoridades, que prometen dinero, ayudas, reconstrucción. Y las ONG y otros pueblos de Murcia mandan alimentos, medicinas, agua... Los vecinos ayudan a sus vecinos. La solidaridad va naciendo en Lorca entre el temor y la confusión todavía latentes.


Por fin llega el viernes, mi novio y yo nos vamos a Lorca en tren, muy nerviosos por lo que nos espera al llegar, y personalmente, aterrada por si pasa algo en el camino, por si algo nos impide llega. Esa mañana, se hacen los funerales de 4 de las víctimas mortales, donde están presentes los príncipes de Asturias, que se suman a las autoridades que ofrecen, junto a toda España y a muchos otros países de Europa y el mundo, el apoyo a Lorca.
Pero eso, realmente, no sirve de mucho para el dolor.

El viaje más largo de mi vida...pero ya en la estación, abrazo llorando a mi madre, y empiezo a ver cuanto ha cambiado mi ciudad.
Todos los bajos de los edificios están reventados, no hay paredes, todo son escombros, grietas, cristales, desorden. Voy a mi casa, donde están mis tíos alojados, porque no pueden volver a la suya, se abrazan a mí llorando; mi madrina, solloza. Toda una vida luchando para perderlo en 10 segundos todo. Maldita sea. Por fin llega mi padre, el cual está siendo acosado por la gente desesperada, que reclama su seguro. Pero mi padre no puede hacer nada, eso es cosa del Consorcio, y con tantos afectados... la recuperación llevará mucho tiempo.

Consigo hablar con el resto de amigos que me faltaba, todos bien, ellos y sus familias, pero sus casas, con variedad de colores y de daños. Ninguno podemos creernos lo que ha pasado. Casi todos se han ido a sus casas en la playa o en el campo, o a casa de familiares, como el resto de lorquinos.

A la hora de comer (por fin puedo comer algo, pues desde que pasó el seísmo no he podido casi probar bocado), las noticias; no se habla de otra cosa. Después, convenzo a mis padres para que me dejen irme con mi novio a recorrer la ciudad... a llorarle a nuestra tierra.
Pasamos 5 horas, andando de una punta a otra de la ciudad, tomando fotografías, viendo como nuestros recuerdos se han partido en mil pedazos, como nuestros lugares favoritos no están o puede que dejen de estar pronto, como nuestra ciudad no es la que era.
Recorremos toda la ciudad del Sol, el casco antiguo, las calles de edificios, los barrios más afectados.
Desolador.
Todo, absolutamente todo, está cambiado. Cientos de bloques de edificios con las partes de abajo derrumbadas, los portones al aire, todo rodeado de escombros, espejos rotos, puertas rotas, cornisas rotas, roto es el adjetivo que define Lorca ahora. Y en cuanto a los colores... predomina el amarillo. Algunos rojos, demasiados; algunos verdes, con suerte bastantes también. Y otros con un negro que los condena a la muerte. ¿Qué decir de nuestro patrimonio histórico? Los ojos se me inundan cada vez que lo pienso... Nuestro castillo, mi lugar predilecto de Lorca, nuestro símbolo, nuestro legado... destrozado. La Torre del Espolón, donde estuve hace sólo tres semanas, se ha erosionado por completo. Las iglesias... las trece iglesias de Lorca, tienen la estructura dañada. Santiago (donde se casaron mis padres, que están desolados) se ha caído casi por completo, todo su interior; un cartel en la puerta reza que no podrá abrirse en años. Lo mismo la de la Virgen de las Huertas y la de San Diego. La de Santo Domingo... mi paso blanco, luce vigas en su interior, una estructura de hierro que impide que se caiga su cúpula, que giró sobre sí durante el seísmo. La de San Francisco, del paso azul... su torre está que se viene abajo, un desastre cultural. Y así, seguiría con la mitad de los bienes culturales de Lorca, que nunca recuperará su legado histórico. Ni los lorquinos seremos los mismos, jamás. Porque nuestra tierra ha llorado y nosotros estamos muriendo con ella.
Y por último... llegamos al barrio de la Viña, el barrio donde me crié. Es una de las zonas más afectadas. Allí, las sensaciones son peores, pues conozco toda la gente a la que veo, he caminado millones de veces por esos lugares, por esas calles que ahora son cementerios de escombros, por su parque, en frente del cual hay un edificio que dicen "bailó" durante el terremoto y ahora está inclinado. Van a derribarlo, está al lado de la panadería en la que mi madre ha comprado el pan durante 12 años. Todas las viviendas de mis amigos más cercanos están allí, algunas en verde, otras en amarillo, otras en rojo... Y demasiadas en negro. El infierno se ha desplazado hasta mi barrio de la infancia y lo ha dejado irreconocible. También la calle donde vivía antes es un mar de grietas y desolación.

Me siento como un fotógrafo de guerra, pues echo fotos casi con insensibilidad, estoy un poco en estado de shock, como si aquello no fuera conmigo. No se parece a lo que iba conmigo, desde luego. Realmente, Lorca parece haber vivido una guerra.

Volvemos a casa... consternados, impactados.
Mierda, no era una broma, no era un mal sueño. Lo que habíamos visto en Internet y en la tele, lo que nos habían contado, era real. En directo, los muertos eran reales, los destrozos eran palpables, los movimientos sísmicos se podían sentir.

 
Hoy sábado, la situación se va tranquilizando; la gente sigue con miedo a volver a sus casas, pero los puntos verdes aumentan, aunque también comienzan a derruir otros hogares. Poco a poco las cosas vuelven a su cauce, entre pequeñas réplicas del terremoto que dicen podrán prolongarse durante meses. La gente intenta reabrir sus negocios, los que pueden; las aseguradoras, como la de mi padre, tienen colas kilométricas; algunos colegios e institutos anuncian que podrán abrir. En general, Lorca parece revivir poquito a poquito, con miedo pero con esperanza.


¿Palabras para describir lo que ha pasado? Pánico, impotencia, terror, conmoción, dolor, incredulidad.
¿Palabras para el futuro? Nada volverá a ser lo que antes era, después de ese 11 de Mayo de 2011 a las 17.05 horas, cuando tembló por primera vez, y a las 18.47, cuando Lorca pensó que era su fin.

La Ciudad del Sol ahora es la Ciudad de la Sombra, pero los lorquinos somos más fuertes que un terremoto. Vamos a volver a levantar nuestra ciudad, que renacerá de sus cenizas, más espléndida que nunca. Curaremos sus heridas con nuestra sangre lorquina si hace falta. Porque ahora, todos los lorquinos somos uno, y haremos que la tierra que nos vio nacer esté orgullosa de nosotros.
Ánimo y fuerza para todos.
¡VIVA LORCA!

jueves, 5 de mayo de 2011

Días raros

Sin carbón no hay reyes magos.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Gravedad

- ¿Sabes lo que más me gusta de ella? Que los problemas a su lado se vuelven más insignificantes. Sigo teniendo miedo, claro. Pero por lo menos siento que puedo vencerlos.
- ¿Y cómo has podido vivir sin ella hasta ahora?
- ¿Quién te ha dicho que vivía?

martes, 3 de mayo de 2011

Y

Y sentir que a veces el tiempo se detiene, y no ser consciente de que es mentira, y que caiga la envergadura de las horas encima de mí cuando ya es tarde para darme cuenta de eso, de que es tarde.
Y soñar que los sueños son verdades, y saber que la única verdad es que no vivimos, que sólo soñamos despiertos en vida, durmiendo en la muerte.
Y pensar que todo esto lo dije una vez y lo diré un millón más, y saber que cada repetición es sólo eso, un monólogo hacia dentro, hacia el alma o hacia el vacío, y que eso es todo.
Y darme cuenta de que el cansancio que acuño es culpa mía, y que la cúspide de mi agonía lleva por bandera mi nombre, y que el remitente y el destinatario de mi carta al buzón de quejas, son el mismo.

Y volver a sentir que a veces el tiempo se detiene, pero no esta vez.

lunes, 2 de mayo de 2011

En mitad de un relámpago

La lluvia son las lágrimas de los niños que no se pueden pagar una entrada de cine.
Las lágrimas son las hijas de la lluvia, los finales desgastados de un rollo de filme.
El cine es una máquina de hacer nubes para niños y no tan niños, que siempre lloran.
Y llorar es gastar esa película, que estalla en tu vida, en mitad de un relámpago.


domingo, 1 de mayo de 2011

Vigilia de verano

Se deslizaban los dedos por su espalda como hormigas en estampida hacia la cima de su hormiguero, corriendo, presurosas por volver a casa.

Y se movía veloz también la noche en las cortinas, ondulando al son de la luna de final de mes. Muy rápido pasa el tiempo para aquellos que se aman con reloj en la negrura estival.

Los dedos seguían, descubriendo tal vez rutas distintas en los surcos de su anatomía, serpenteando senderos de arena y piel, en el desierto de su desnudez. Y afuera se oía el silencio.

Mueve aquí, mueve allá, embelesada la mano en el vaivén de la cortina que los esconde de las miradas curiosas de las nubes nocturnas, a las que nadie ve pero que siempre están ahí. Como el silencio, que nadie escucha; sólo los sabios, o los que aman.

Y sí, era cierto, se amaban, pero la eterna disputa del final en las historias de amores de verano se inclinaba, como de costumbre, del lado de la balanza de la despedida. En vez de mover tanto la mano, podría hacer presión con ella en el final feliz...

Pero arriba, abajo, tamborilean los dedos acompañando al sonido del silencio triste, melancólico. Se nota que llega el adiós cuando la brisa trae ese aire fresco que hace que la piel eche de menos una prenda de abrigo. ¿Pero, y quién os abrigará a vosotros el corazón? Cuando ya no quede nadie a quien puedan esconder las cortinas de esa habitación, evitando que se os vea, por si la luna se pone celosa y apresura aún más rápido el calendario.

Dará igual.
De un modo u otro, las hormigas siempre vuelven a casa cuando amenaza el frío… y hoy sus pies comienzan a extrañar los calcetines.

Ojalá fuerais cigarras…