domingo, 28 de julio de 2013

Melancolía y Madrid

Estoy sentado en mi café favorito de la calle Princesa cuando te veo pasar. El viento y tu prisa mecen tu cabello y las compras que cuelgan de tus manos, firmas caras y ostentosas. Cuánto habrás cambiado.
Al principio ni me inmuto, tu persona se ve borrosa a través de los cristales sucios que son ventana tras mi taza, y pienso que los ojos me están jugando una mala pasada, o tal vez el corazón. Pero eres tú, y danzas en tacones por la calle de en frente, siendo más princesa que ella misma, con la elegancia innata y casual que siempre has tenido. 
Me quedo congelado en el asiento. Preguntas. Años. Ausencias. Dudas. Si querrás verme. Si te acordarás de mí. Minutos. Pérdidas. Madrid. Certezas. Yo quiero verte. Yo no he podido olvidarme de ti.
Deslizo unas monedas a la mesa desgastada y me desgasto en un segundo mientras corro a alcanzar la puerta, un segundo de esos que parecen horas, ahora todo va a cámara lenta.
El frío incipiente de esta tarde oscura de invierno me golpea en la cara y casi lo agradezco, porque me despierta del estupor que aún tengo, ¿dónde estás, dónde has estado? Veo un abrigo mostaza ondear y reconozco tu paso firme. Mis ojos corren más que yo, al igual que mis recuerdos, mientras persigo tu silueta calle abajo.

El color mostaza como los rayos de sol, como los granos de cereal tostados. Te veo en mi memoria, tan joven como siempre, más hermosa que cualquiera. Otra época, otro lugar, quizá otro hombre y otra mujer, no tan adultos, no tan desconocidos. Caminabas trenzando tu pelo imitando el cuerpo de las espigas y la suavidad del algodón, yo te sostenía el pañuelo, te miraba embelesado. Te hacía el amor en el río, cuando nadie nos veía, ni siquiera el río mismo. Sentía tu agua y me regabas. Luego me dejabas contemplar tu silueta larga y esbelta, como los tallos del maíz, y nos perdíamos por esos campos. Tú acariciabas las mazorcas, yo siempre te quería acariciar a ti. Tocabas con los dedos el mechón de pelo de la planta, y si estaba rubio la abrías, descubriendo los granos dulces y dorados. Frotabas dos mazorcas juntas y el maíz redondo saltaba a tu boca y a la mía, y yo me moría de dicha y de placer. Nos tumbábamos y me hundía en el hueco de tu brazo, rogando que no me expulsaran de allí. Tú enviabas a tus ojos de viaje a las nubes, abstraída, perfecta e impasible. Si nunca supe qué pensabas lo ignoré entonces, era demasiado feliz.

Mis recuerdos se detienen porque tú frenas de un golpe. Sin percatarme estamos ya frente al Palacio de Liria. Un Palacio para una princesa. Me doy cuenta de que debo actuar, pero no sé cómo. El espeso follaje de los árboles crea sombras que te tapan y destapan; tú esperas plantada en la acera, plantada como la flor de verano que eras, ¿mía?, tal vez sólo fuiste tuya.
Cuando decido romper los únicos metros que me separan de ti, el abismo kilométrico de años luz me absorbe en esos últimos pasos y aparece un lujoso coche negro. Un chófer baja a abrirte la puerta. Yo grito en silencio y escucho tu voz cristalina de riachuelo, al Gran Teatro, por favor. Te escapas, te alejas, te pierdes. Podría haberte llamado, haber gritado tu nombre, pero desconozco si tu nombre eres aún tú. Así que elijo morirme, convertirme en una mancha negra por las calles de Madrid, ser vagabundo hasta que me consuma esta melancolía que me acaba de invadir. Elijo esperarte, como cada verano hacía, hasta que un verano no salió tu sol. Me vuelvo a mi café, la tarde se ha hecho noche, y esta noche, más noche que cualquiera, va a ser muy eterna.

sábado, 27 de julio de 2013

Ángeles de noche

Pero tú tranquila, ya vendrán tiempos peores.
J.Sabina.

Si un día me encuentras por la calle, no me sigas, porque estaré perdida y no te llevaré a ningún lugar.

Iré arrastrando los pies, como si llevara cadenas en los tobillos, pesados grilletes invisibles de odio, injusticias y hierro oxidado. Andaré buscando callejones oscuros, recovecos de una ciudad en la que no me reflejo, de la que no respiro. Porque soy mi propio demonio y estoy buscando mi propio infierno.

No dependo de nadie, ni siquiera de mí, porque hasta mi sombra me deja sola cuando estoy en la oscuridad. Me refugio en los rincones sin memoria, en los deshechos de un lugar en el que sólo puedo deshacerme por dentro, del que quiero deshacerme por fuera. Las luces de neón iluminan mi negra noche, los locales cierran cuando yo abro mis heridas para exponerlas a las estrellas. Ellas titilan, yo tirito.

Inspiro el humo de los coches, espiro cigarrillos, me destruyo a cada respiración. Si un día me encuentras, me verás zigzagueando por las aceras, acercándome al bordillo peligrosamente, alejándome en un momento de flaqueza. Estaré esperando escondida en los portales a que las tinieblas vuelvan, para enfermarme de su virus del miedo, para escayolarme una madrugada más el corazón.

Tendré en el alma nicotina y periódicos viejos, porque hace siglos que perdí la noción del tiempo y que sólo leo en el alquitrán, en el asfalto tatuado de ruedas con prisa, en la suciedad de un suelo que se tambalea cuando la ciudad lo pisa. Me busco en los espejos sin verme, me miro en las pupilas sin reconocerme. Soy un peligro anónimo que agoniza por inmolarse y salpicar. 

Si un día me encuentras por la calle, no me sigas, porque estaré perdida en ningún lugar y te arrastraré conmigo hacia mi perdición, donde las alas no vuelan y los aviones no despegan, donde la gasolina se huele y no da fuerza. Porque soy nómada y mi viaje aún no ha acabado, aún no encuentro mi llave, aún no entiendo un hogar.

Pero tú tranquilo, ya vendrán ángeles peores.

jueves, 25 de julio de 2013

Comecocos.

Me desperté sudando tras la pesadilla. Las sábanas de seda estaban enredadas en mis piernas y me estorbaban como si fueran de esparto. Había tenido uno de esos sueños demasiado reales, y quizás no tan imposibles. Estaba en el Gran Teatro una noche más, y entraba dispuesta a ver la última ópera venida de Alemania, maravilla del espectáculo y la voz. Avanzaba por el corredor en silencio, y a mi paso, dejaba caer el contenido de mi bolso de piel, uno a uno: la barra de labios de Chanel, el monedero incrustado en pedrería, los binoculares en tono burdeos, el pañuelo bordado, el frasquito de perfume... Cada pocos metros metía la mano y sacaba uno, que volaba por el aire como a cámara lenta hasta hacerse añicos en el suelo, o deslizarse grácilmente y en silencio. Nadie parecía verme. Tras el corredor, llegaba a la cafetería del teatro, una suerte de Café chic con decoración de los años veinte, como el mismísimo comedor del Titanic. Allí me sentaba en una mesa, y notaba que el resto de presentes me miraban y señalaban. Se acercaba entonces una mujer enfundada en un estilizado traje negro, que se dirigía a mí diciendo mi nombre, y conminándome a abandonar el lugar. Yo me mostraba ofendida, y ni siquiera contestaba. Se oía entonces una voz que retumbaba en las antiguas paredes color blanco roto, que preguntaba, ¿cómo piensas pagar todo esto? Una y otra vez. Yo cerraba los ojos, mientras la voz se repetía, cavernosa, y al abrirlos, el público continuaba apuntándome con el dedo. Notaba entonces que me encontraba sin mi vestido largo ni mi ropa interior de encaje, sólo llevaba una manta por encima que me asfixiaba de calor. No tienes nada, me decía a mí misma. No tienes nada. La mujer de negro estaba en la puerta indicándome la salida, y de fondo, empezaban a escucharse los cantos ahogados en alemán, bellos y sarcásticos, como una burla de grandiosidad ante mi precariedad. Me quedaba un solo tacón en un pie, y lo arrastraba hacia la puerta mientras una nube negra me envolvía. Me desperté sudando tras tropezar.

Conseguí zafarme de las sábanas y alcanzar la alta mesilla de noche y su lámpara para iluminar la estancia. El cuarto donde dormía era amplio y ricamente engalanado, y nuestra cama de matrimonio se veía inmensa, sobre todo ahora, porque sorprendentemente, estaba vacía. Su lado de la cama ni siquiera estaba deshecho. Aún confundida por el extraño sueño, recordé que se había quedado trabajando en el despacho, instándome a acostarme sola y prometiéndome que me acompañaría pronto. Parecía que no lo había hecho. Eran las cuatro de la mañana.
Bajé y me calcé las zapatillas de algodón. Crucé los pasillos de la pequeña mansión hasta llegar a donde mi marido trabajaba, y encontré la puerta entreabierta y un hilo de luz de Luna colándose por la abertura. La abrí, y no había nadie. Sobre el escritorio de cerezo había varios papeles desordenados, plumas y un tintero vacío, además de las acostumbradas pilas de carpetas y documentos. El resto de la sala se veía atemporal y estática, como si llevara años acumulando polvo. Excepto una cosa. Un elemento que destacaba entre los demás y acaparaba la atención por estar tan fuera de lugar.

Sobre el sillón provenzal había un comecocos de papel.
Uno de esos juegos de niños que se hacían en la escuela, plisando un folio blanco cuidadosamente para después escribirle números y colores y jugar a las adivinanzas. Pero este comecocos nada tenía de infantil e inocente, y sólo descubrirlo sobre la tela estampada me erizó la piel.

Me aproximé y la tenue luz lunar adivinaba sus caras, todas pintadas de azul expecto una, en blanco, con un número: el 4012. Temblando y sin cesar de preguntarme donde estaría mi esposo y qué significaba todo esto, cogí el juguete e inserté mis dedos en sus concavidades, y lentamente los moví, mientras el comecocos se abría y cerraba como el pico de un pájaro, dispuesto a atacar. Levanté la solapa en blanco, y debajo no había un mensaje en letras, sino uno mucho más claro. Una mancha de sangre. Un comecocos al más puro estilo Smiley sangrado.
Chillé y dejé caer la figura maligna al suelo. Miré a mi alrededor en la habitación y le llamé a gritos, pero sólo me respondía el silencio de la noche y de los cuadros que adornaban las paredes. Reparé entonces en algo que no había visto antes: uno de los retratos estaba boca abajo. Presa del pánico y sin saber ni qué estaba haciendo, me acerqué y lo descolgué. Detrás había una caja fuerte. No tenía conocimiento de aquella, pero sí del resto repartidas por el caserón. Sin detenerme a pensar, giré la combinación que por fuerza tenía que ser. 4. 0. 1. 2. Cuando accioné la manivela no estaba preparada para ver lo que encontré dentro.

Una sola hoja de papel.  Una entrada para una función de Ópera en el Gran Teatro. Una frase en tinta roja y fresca.

"Esta noche lo has perdido todo".

martes, 23 de julio de 2013

#3 El infinito en la palma de la mano. (Biblioteca de cámara)


Esta novela me ha parecido una preciosidad, una belleza de la literatura. Si bien es cierto que la última parte se me hizo un poco lenta, el libro es una maravilla de principio a fin, con un final en clave inmejorable.
Gioconda Belli se adentra en los interrogantes de la especie humana, y analiza con un lenguaje cargado de poesía la creación de mano de Adán y Eva. De un Adán y una Eva inocentes al principio, y cargados de conocimiento después, tal y como narra el Genésis. Sin embargo, la autora va más allá y crea una verdadera trama, en la que aparecerán tanto la Serpiente como Elokim, un Dios al que describirá casi como un científico que juega con sus criaturas y las estudia en su libre albedrío.
Con un principio poético y bello, y una segunda parte más catastrófica y pesimista, se revelan y se exponen cuestiones intrínsecas a la raza humana como el miedo a la muerte, la supervivencia, la maternidad, la relación con los hijos, la pérdida de la inocencia, la fe, y la sexualidad. Éste último es sin duda, para mí, el que mejor se trata en la novela. La sensualidad y naturalidad con la que se describe el sexo y su primera vez, como una prolongación inherente de los cuerpos que fueron creados unidos y deben volver a juntarse, es abrumadora, así como las constantes metáforas y alusiones que lejos de ser chabacanas, son verdaderamente hermosas. 
Para mí, El infinito en la palma de la mano bordea hábilmente los límites de lo que podría considerarse puramente religioso, para hallar en el Adán y Eva de la Biblia un ejemplo de una pareja, un hombre y una mujer de carne y hueso, en los que basarse para plantear temas terrenales y éticos.
Un libro que hay que leer.

Mi otra oreja

oreja.
(Del lat. auricŭla).
1. f. Órgano externo de la audición.



Que Van Gogh no quiso automutilarse es un hecho, pero hubiera sido difícil inventarle otro romanticismo a las puertas de un burdel, por muy francés que éste fuera. Que Gauguin decidiera privarle de tal saliente craneal fue, quizá, un error, pero en cualquier caso, le limitó su capacidad de audición externa con aquella estocada. ¿Y la interna?

Deberíamos empezar a darnos cuenta de que nuestro sentido físico del oído, en el significado estricto de la palabra, no lo es todo. Los humanos podemos oír, sí, pero también podemos aprender a escuchar. No sólo a escuchar música, y sentirla; no sólo a escuchar el ruido, y a diferenciarlo de la ausencia del mismo, que no siempre es el silencio; no sólo a escuchar palabras... sino a escuchar personas.
Y a veces, las personas sólo quieren eso: ser escuchadas.
Ocasiones en las que en una conversación se oye mucho más una de las voces, gente mayor que cuenta cuentos sin que se lo hayan pedido, y gente no tan mayor que no entona ni una palabra, y ése es el mayor signo de que necesitan hablar. En esos momentos, nuestra oreja física puede estar distraída, nuestro cerebro suele estar más ocupado mandando señales nerviosas a los labios para moverlos, nuestras cuerdas vocales sudan más que nuestro tímpano.
Aprendamos a activar la otra oreja, la que sabe que a veces es mejor relajar el resto de los músculos, y entregarnos al placer de escuchar a alguien.

La oreja interna. Mi otra oreja.
Podríamos llamarla, metafóricamente, la oreja de Van Gogh, o la de Gauguin, que la primera ya está cogida. La oreja de Gauguin, la cincelada, la mutilada, la olvidada; la que no necesita estar presente para recordarnos que si la tenemos, es, simple y llanamente, para escuchar.

lunes, 22 de julio de 2013

#2 Riña de gatos. (Biblioteca de cámara)


Mendoza histórico, Mendoza burlón y absurdo, Mendoza inglés e incorregible.
No sé si es su mejor obra, pero creo que sí es un merecido Premio Planeta. Con el toque humorístico que le caracteriza, hace de las situaciones más absurdas y las aventuras más desdichadas una parodia que acaba en sonrisa en el lector (al menos cuando yo soy la lectora). Además, en este libro nos hace recorrer las calles de Madrid, en lugar de su acostumbrada Barcelona, como en La ciudad de los prodigios, o El Misterio de la cripta embrujada y sucedáneos.
Con una trama muy bien hilada y personajes variopintos y bien dibujados, Mendoza nos enseña una peculiar mirada al arte de Velázquez y al ambiente convulso de la capital en los postigos de la Guerra Civil española: a través de los ojos de un erudito británico que llega a España y se ve atrapado en una serie de intrigas entre palacetes, burdeles y comisarias. Se retratan así distintas clases sociales, y hacen aparición importantes personajes históricos que se inmiscuyen en la historia de forma natural y original.
A mí me parece una novela muy bien escrita, al más puro estilo Mendoza y llena de Historia y humor. Feel free to read it!

Otras recomendaciones: Además de las novelas mencionadas, La ciudad de los prodigios, El Misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, y La aventura del tocador de señoras, me encantó El asombro viaje de Pomponio Flato, no necesita presentación, sólo leer y reír.

domingo, 21 de julio de 2013

#1 Música de cámara. (Biblioteca de cámara)


Casi 20 años han pasado desde que se publicara el primer libro que leí de esta autora, Azul (1994), uno de mis favoritos, hasta el que tengo ahora mismo en mis manos, el cual he devorado en menos de 5 horas. Música de cámara (2013) demuestra no sólo que las dotes literarias de Rosa Regàs permanecen frescas y atemporales, sino que la historia de nuestro país es un marco ideal para una historia llena de pasiones y destinos truncados. Hacía muchos libros que una novela no me hacía llorar así, pues la prosa de Rosa, en mi opinión, te hace ahogarte en las angustias de los personajes, poniéndote con un realismo doloroso en sus pieles y en lo que queda de ellos cuando el tiempo se las arrebata.

Música de cámara me ha hecho situarme con una viveza tangible en la Barcelona franquista, en un ambiente convulso donde la vida cotidiana está marcada por la posguerra, la religión y las apariencias. Y en medio de ese caos forzadamente ordenado, una feroz historia de amor, ese sentimiento motor de tantas historias que puede nacer en mitad de cualquier río por separadas que sean sus orillas. A ese nacimiento asistimos: el encuentro, los primeros arrebatos de pasión, la nube de perfección de los meses de noviazgo, y también los primeros problemas cuando se hace innegable la realidad. Ella, afrancesada, republicana y atea; él, burgués acomodado en el seno del franquismo. Dos vidas condenadas a chocar por la propia condena de haberse irremediablemente enamorado.

A través de muchas voces de personajes bien dibujados, en la novela iremos viajando de boca en boca, de una ideología en otra, trazando el mapa de una época, para regresar años después al rencuentro esperanzado y desesperanzado a partes iguales de lo que el tiempo confusamente se llevó. Una novela de sentimientos que te hace querer gritarle a la autora, por favor, haz que la vida no sea injusta con ellos, cambia el discurrir de los años y devuélveles su amor joven. Pero ni las historias son perfectas ni las personas pueden evitar cometer errores... ni los trenes que van a Francia se equivocan de estación.

Lo que sí que es perfecta es esta novela, huelga decir que me ha encantado y que pese al desamparo y la tristeza que me ha dejado en poso, la volveré a leer.


NOTA: En el título de esta novela, con la que inauguro esta parte de mi blog, me he inspirado para nombrar la sección, queriendo hacer una referencia a una biblioteca pequeña, reducida, íntima, selectiva y delicada, pues intento, además de leer las grandes novelas y a los escritores de más renombre, encontrar pequeñas piezas joya (o que al menos lo son para mí) entre los infinitos libros que habitan en las estanterías de las bibliotecas.

viernes, 19 de julio de 2013

Hamburguesa y granizado, por favor.

- Todos tenemos bajones.
- Yo a veces tengo subidas.
- Sé lo que es eso.
- Quizá podría ponerlo en mi epitafio.
- La vida es una montaña rusa.
- Tras una vida abajo, le llegó su última subida.
- Pero tú de rusa tienes poco, y de montaña menos.
- Soy débil como una hoja.
- Estamos en verano, prepárate para el otoño.
- Sé que voy a volver a caer.
- Has perdido el tiempo demasiado.
- ¿Vas a enseñarme tú a recuperarlo?
- No, en realidad lo perdemos juntos.
- Eso está mejor, dentro de lo peor.
- Yo también me pierdo a veces.
- ¿Y te encuentra alguien?
- A veces Dios.
- Venga, para la imitación.
- Perdona, hija.
- No tienes remedio.
- Soy un chiste malo.
- Y yo soy mala.
- Mala malísima, arpía.
- Una víbora.
- No te muerdas que te envenenas.
- No tengo remedio.
- Menuda perdición, lo peor es autoconsolarse.
- Es que a mí no me consuela nadie.
- Porque tú eres el consolador.
- Ahora te pones obsceno, lo que da de sí la tarde.
- Perdona, pero tú no necesitas consuelo, abre los ojos.
- Me encandilo.
- Que viva nuestro sol.
- Que viva, ¿y mientras qué? Que se acerca el otoño.
- Ya te lo he dicho, abre los ojos y agárrate a la rama.
- Sí, maestro.
- Muy bien, promete que intentarás ser más fuerte.
- Te lo prometo.
- Así no.
- Me lo prometo.
- Correcto.
- Gracias.
- Habrá más tardes, si las necesitas.
- Lo sé, gracias.
- Gracia, ¡menuda gracia tengo!
- Muy bien payaso... ¿te hace una hamburguesa?
- Que sean dos, ¿y leche preparada?
- Pues tu verás.

miércoles, 17 de julio de 2013

The good girl.

As a girl, you see the world
like a giant candy store...
...filled with sweet candy and such.
But one day you look around and see
a prison. And you're on death row.
You want to run or scream...
...or cry.


Well, you know, everyone has that feeling some time in his life.
The shit comes when you have it every night.

You are staring through the window, looking at the sky and sighing, what the hell am I doing here? It sounds always like a hoarse deep voice in your head.
You might have in front of your eyes a grey wall, cause your room is a crappy place and there's no nice view in it; or you might be looking at the horizon, probably lighted up with the bulbs of hundred cars; or you may be looking into the dark. But it does not really matter, cause all you can really see is the empty, an infinite empty road with nothing written on it, while you keep wondering, what the fucking hell am I doing here?

I guess everyone has the right to feel lost, but we should also have the right to be found, or to found ourselves, somewhere in the road, but soon enough.

Do I need to get stoned? Maybe that would help to see the night with clarity, cause it's no light what I need, but answers, kind of a metaphor.
Why are there light bulbs in the death row? Doesn't the convicted know where he's going? He doesn't need them at all, his fate is written. Are ours?
I certainly feel life like a prison now, at least daily life. There can't be a better description. I have my days planned, set. There are bars in my window when I stare through it in the night, but also during day. I know the door exists, but I just can't reach it, I don't have the strength, I need to get stronger, wiser, older. I can't go to the candy store anymore, cause the calendar is fixed and I have to respect it, cause I'm a good girl.

Respect. Respect yourself, respect your ideals, respect the life? Well, everything seems now like a fool, cause I'm only respecting the rules. And I don't ever remember why I have to do it, and who created them. Maybe it was me, some years ago, when I was in some kind of "stonement", not mature enough to decide, not young enough to move on, not old enough to pass away.
Yes, and right now I just wanna run, and scream, and cry. I'm doing it all at the same time, inside, while the hoarse deep voice keeps asking time and time again, what the fucking hell am I fucking doing here? Well, just waiting, till the lights turn on.

jueves, 4 de julio de 2013

Night Mares

Esa noche andaba despistada en otras cosas y dejé la ventana abierta, olvidando mis diarias precauciones. Me acosté y me cubrí de sueños con el edredón, pero un día más no sirvió para ahuyentar las pesadillas. Éstas llegaron volando, tímidas al principio, feroces ya entrada la oscuridad, e hicieron llover otra tormenta de miedos. Afuera también llovía, y el agua resbalaba por la pared, colándose por el agujero abierto y creando una atmósfera húmeda en el cuarto. Pero yo tenía un sueño pesado, ahogada como estaba en mis temores, sufriendo una alucinación de ésas que no sabes si son realidad o imaginación. Mientras, el lugar también se ahogaba: el agua iba empapando la moqueta, las cortinas eran olas mecidas por el viento, la cama se acunaba en la marea. Afuera el torrente no paraba y yo seguía luchando entre tinieblas, demasiado alterada para reaccionar al caos que sufría mi habitación. Las bisagras del ventanal chirriaban y golpeaba éste sus muros contiguos, los gritos del vendaval movían los objetos del cuarto amenazando con voltearlos. El momento estaba lleno de amenazas visibles e invisibles, y yo aún no abría los ojos. En mi lucha interna estaba perdiendo la batalla, no parecía importarme lo que ocurriera alrededor, tal vez mis pensamientos eran mucho más suicidas y deseaban que la tormenta siguiera, que el agua arrasara el lugar y llenara cada centímetro cúbico de aire, impidiéndome respirar, condenándome a un océano eterno de pesadillas. Fuera como fuere, la noche crecía y la lluvia arreciaba, también mi ventisca onírica. La situación se volvía más crítica, la guerra se abocaba a un final letal y creaba heridas irreales pero aún más dolorosas, el edredón me aprisionaba. Me faltaba el oxígeno, me sobraban dos de hidrógeno, que llegase ya el naufragio, por favor. Sólo entonces, en un instante de lucidez, mi mente decidió despertarse, y con un impulso heroico corrió a cerrar la ventana y expulsó fuera todos los temores, desterrando a los espíritus negros a la oscuridad. Y tras el sordo golpe de los postigos, noté que el suelo no estaba mojado, que la estancia estaba seca, que todo había sido otro mal sueño.

miércoles, 3 de julio de 2013

Desembocadura

Siempre tengo la misma sensación.
Fría, angustiosa, inquietante.

Que la vida se me escapa entre los dedos.

Que el tiempo fluye por las líneas de mis manos, lejos de prediciendo la vida, adivinando la muerte. La muerte y la suerte, mano izquierda o derecha, arrugas impresas en una piel condenada. El gasto, el malgasto. Las uñas astilladas, de impaciencia, del tiempo aguardando, esperando. La erosión en la dermis, y más abajo, mucho más abajo, donde no llegan los análisis. La vida corriendo como un río de agua y sangre por los brazos, indómita, imparable. La sangre, vapuleada, con espuelas de latidos, con látigos de venas. El agua, descongelada, y su raudal torrencial, incipiente, formándome entera, con el ansia de secarse.

Esa vida. La vida apresurada descendiendo por los brazos, desembocando tras mis muñecas, encharcándose en mis manos, como el río acaba en el mar y la sangre en el corazón. Salta entre los dedos, juega a huirme, y me huye. Se burla de mí. Me hace creer que la tengo, y descargándose eléctrica desde el cerebro me da el tacto, y sin tacto me lo vuelve a quitar. Circula por mis yemas regalándome sensaciones, caricias. Puedo tocarla, o eso creo. Toco la vida con los dedos, y después nada. La noto fluir, transparente y leve como un suspiro. Y volar. Y escaparse.

Esa vida, corriendo entre mis dedos, no se deja atrapar. Incontenible, incorregible. Me hace única, me da sus huellas, pero hasta las dactilares las hará borrar.

Esa vida, acabándose hacia la oscuridad, como el río acaba en el mar y la sangre en el corazón.