domingo, 27 de octubre de 2013

El discurso

Discurso de Antonio Muñoz Molina, premios Príncipe de Asturias 2013

Escribir empieza siendo casi siempre un sueño o un capricho o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierte en un oficio. Un oficio, cualquier oficio, requiere una inclinación poderosa y un largo aprendizaje. Un oficio es una tarea que unas veces resulta agotadora o tediosa por la paciencia y el esfuerzo sostenido que exige, pero que también depara, cuando las cosas salen bien, momentos de plenitud, y permite entonces la recompensa de un descanso que es más placentero porque se siente bien ganado, al menos hasta cierto punto. Digo hasta cierto punto porque todo el que se dedica plenamente a un oficio sabe que siempre hay una distancia grande entre las mejores posibilidades de un proyecto y su realización, igual que hay descubrimientos con los que no se contaba. Un oficio es una tarea práctica: uno hace algo que le gusta y que a costa de aprendizaje y empeño ha logrado hacer con cierta garantía de solvencia, pero no lo hace para sí mismo, por mucho que esa tarea la haga a solas y que en el simple hecho de llevarla a cabo haya una satisfacción privada. El resultado que se obtiene de ella alcanza una existencia objetiva, independiente de quien la realizó, y pasa a integrarse beneficiosamente en las vidas de sus destinatarios: un instrumento musical o una partitura, una herramienta, una mesa, una historia, un cuaderno, un cuadro, un cuenco de barro, una fotografía, un hallazgo científico, un paso de danza, la cura de una enfermedad, un prodigio deportivo, un plato bien cocinado, una pirámide de alcachofas en el escaparate de una frutería.
Hay algunas singularidades en el oficio de escribir, como las hay en cualquier otro. La primera es que la necesidad humana que satisface es una de las más intangibles, aunque también una de las más universales: la de saber historias y la de contarlas, es decir, dar una forma inteligible al mundo mendiante las palabras. Una historia, de ficción o no, propone un modelo universal de un cierto campo de la experiencia a partir de la observación de los datos particulares de la vida. Del mismo modo actúa el científico, elaborando modelos teóricos derivados de la observación y la experimentación, que sirvan, doblemente, para explicar y predecir. En las sociedades primitivas o antiguas el mito es el modelo de explicación y predicción de los comportamientos humanos. Nuestra variedad moderna del mito es la ficción, en todas sus variedades, desde las más banales, más toscas, más comerciales y efímeras, hasta las más hondas y exigentes, desde la telenovela y el videojuego a Don Quijote o Moby-Dick o a un cuento de mi querida Alice Munro.
Nos dedicamos, pues, a un oficio más antiguo y más útil de lo que parece. También a un oficio mucho más incierto. Porque en él, y esta es su segunda singularidad, la experiencia no ofrece ninguna garantía, y puede haber una divergencia escandalosa entre el mérito y el reconocimiento.
Quien escribe sabe que ha de dedicar a su oficio tantas horas y tantos años como un artesano al suyo, y que sin esa dedicación no logrará completar nada de valor. Pero también sabe que la entrega, por sí misma, no garantiza la calidad del resultado, porque la experiencia y la dedicación pueden conducirlo al amaneramiento anquilosado y a la parodia de sí mismo. Y también sabe que lo mejor unas veces es reconocido de inmediato y otras veces es ignorado, y que lo que parecía mejor a veces se desmorona al cabo de muy poco tiempo, y que una extraña justicia tardía alumbra mucho tiempo después, sin compensación posible, al talento verdadero que no brilló en vida.
El desaliento ante las incertidumbres del oficio se acentúa más en tiempos de incertidumbres tan amargas como estos. Es difícil hablar de la perseverancia y el gusto del trabajo en un país en el que tantos millones de personas carecen angustiosamente de él. Es casi frívolo divagar sobre la falta de correspondencia entre el mérito y el éxito en literatura en un mundo donde los que trabajan ven menguados sus salarios mientras los más pudientes aumentan obscenamente sus beneficios, en un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia, donde la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar; un país donde las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y conocimiento.
Aun así, y dejando las responsabilidades de la ciudadanía en el lugar que les corresponde, el único remedio aceptable que conozco contra el desaliento del oficio es el oficio mismo. Escribir poniendo artesanalmente en cada palabra los cinco sentidos. Escribir sin concederse la menor indulgencia. Escribir aceptando y disfrutando la soledad y agradeciendo el entramado de otros oficios fundamentales que lo convierten en uno de los oficios menos solitarios y más colectivos del mundo, como es solitario y colectivo el del músico y el del científico; agradeciendo el oficio del editor, del corrector de pruebas, del traductor, del librero, del crítico, el de otros escritores de los que uno aprende admirándolos, el oficio del que enseña a leer y del que trasmite en un aula el amor por la literatura; agradeciendo el oficio más placentero de todos, que es el del lector. Escribir con el miedo a no tener lectores y con el miedo a perderlos, sobreponiéndose lo mismo a los elogios que a las heridas. Escribir porque a pesar de todas las negaciones y las imposibilidades la escritura, como cualquier oficio, es sobre todo un acto de afirmación. Escribir porque sí.
En 1981 se entregaron por primera vez estos premios y vuestra alteza presidió en ellos su primer acto público. Aún se vivía entonces bajo el trauma sombrío y reciente de una tentativa de golpe de estado. En su discurso de agradecimiento, el poeta José Hierro aludió con alegría y alivio, pero también con plena conciencia del peligro, al “aire de libertad que respiramos”. Ese aire, a pesar de todos los pesares, lo seguimos respirando 32 años después, que constituyen el período más largo de libertad que se ha conocido en la historia entera de nuestro país. Es importante recordar estas cosas ahora, cuando el porvenir parece en muchas cosas tan incierto como entonces. En este tiempo se ha hecho adulta la generación entera que nacía por entonces, que es la de mis hijos. Sus vidas son ya más difíciles de lo que imaginábamos hace sólo unos años, pero es importante recordar que también aquellos tiempos de 1981 nos parecían amenazadores cuando nosotros los vivíamos. Y sin embargo no hemos dejado de respirar el aire de libertad que celebraba José Hierro. Sin esa respiración no habría sido posible la generación literaria a la que yo pertenezco. Incluso nos hemos acostumbrado tanto a ella que corremos el peligro de no saber ya apreciarla. Es nuestra responsabilidad salvar lo que ganamos gracias a que muchas personas hicieron y hacen bien sus oficios, privados y públicos; y también reflexionar con urgencia sobre todos los errores, todas las inercias y descuidos que necesitamos corregir. En esa tarea los oficios de las palabras podrán ser más útiles que nunca.

viernes, 25 de octubre de 2013

Peces de ciudad

Ay pequeña, corre, vuela, 
a sacarme de esta oscura noche gris,
a meterme tu vida por las venas,
a morirte por querer verme vivir.
J.S.

Ahora cuando te pienso lo hago con otro nombre, con otro que no me recuerde lo que depara el futuro inminente y que no se asocie a ti. Cuando te hayas ido lo recuperarás, pero entonces serán sólo letras que sonarán a despedida y ausencia, y no querré pronunciarlas nunca más.

Hoy al despertarme intuí la niebla y ella me intuyó a mí, un mal presagio, me lancé en picado a la ciudad y sólo podía ver los pies de la gente dirigiéndose a sus destinos, que apenas se diferencian en una letra de desatinos. El desatino del destino se me mostraba gris esta mañana, y la noche no había tenido mucha más luz. Entre los borbotones de niebla notaba mi cuerpo fluir, intentando abrirse paso con una dificultad achacable al peso grave que había ganado la víspera. Quien diga que las emociones no tienen masa miente, a mí me empujaban hasta el suelo como si llevara cadenas de plomo. La ciudad, tu ciudad, no hacía más que apretarme los grilletes. Había entrado sin darme cuenta en un oscuro túnel, en el que sólo sentía tu presencia, a ratos muy cercana, en otros montándose en un tren que se dirigía hacia una luz en la que yo no tenía derecho a pensar. Me tapé los oídos buscando mis manos entre la niebla para acallar el ronroneo oxidado de la urbe, y al quedar mi mente en blanco sonaron en ella los peces de ciudad, chapoteando, clamando por alguna isla desierta para naufragar. Que aunque sea de otra canción, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Desafié a los barcos de la carretera intentando no ahogarme entre una niebla cada vez más densa que no me dejaba respirar; me di cuenta de que ahora sólo me rodeaba a mí. Intenté mezclarme con la gente y fingir saber a donde iba. Hace días que no lo sé. Cuando el mundo se pone patas arriba sólo conozco dos soluciones: esperar, o huir. A veces pasa que en la espera estamos aceptando una huida hacia atrás, pero los peces tienen tan poca memoria que no lo recuerdan. Los peces de ciudad sólo pueden esperar, los de mar saben nadar. Enfundada en el hálito nublado de la mañana llegué sin proponérmelo a aquella plaza, y un montón de imágenes inundaron mi mente subiendo la marejada. Tuve que sentarme mareada en el banco y al tocar su madera sentí el roce de tu piel, temeroso, esencial e invisible, inhóspito y cariñoso a una vez, y supe que estaba perdida, verdaderamente perdida en ese túnel sin saber dar un paso en cierto, convencida por otro lado de que la salida no era para mí. No puedo dejar que me convenzas tú, cuando ni lo entiendes ni lo sabes. Me gustaría, claro, me encantaría que me lo pidieras, pero no se puede vivir de condicionales ni de imposibles. Y tomé la decisión.

Ahora cuando te pienso lo hago sólo a medias, porque he decidido tanto esperar como huir. Aguardaré a que vuelva el viento del norte cuando haya terminado de atravesar el mar, y cuando marque la nueva dirección dejaré que te vayas y entonces yo también me iré. Y no haré nada para evitarlo, porque algunos desatinos son inevitables, pero más lo es el destino. Y yo voy a convertirme en un pez de mar.

lunes, 21 de octubre de 2013

#10 Un viejo que leía novelas de amor. (Biblioteca de cámara)


El viejo de la novela de Luis Sepúlveda no lee novelas de amor cualesquiera, lee novelas de amor "del verdadero, del que hace sufrir". Y las lee con una pasión tan devoradora como la de las bestias salvajes. Las lee con cariño, cuidado, emoción y un sentimiento que, al menos a mí, me hacía descubrirme ante él: todos los libros merecerían ser leídos con tal devoción. Antonio José Bolívar Proaño es, lo que se denomina, un buen lector.
Más allá de esa ternura y de las explicaciones que la rodean (¡lean el libro!), la historia se hace clara cuando sabemos que el autor se basó en su experiencia personal, y que escribió la novela tras convivir durante meses en la selva ecuatoriana con los indios shuar, los otros grandes protagonistas junto con Antonio José Bolívar y la propia naturaleza.
Podemos decir que esta es una novela de aventuras pero con una clara intención crítica y reflexiva sobre la destrucción de la selva amazónica, la codicia del hombre y las injusticias que en nombre de aquel se perpetúan en el paraje.
No diré más, el libro es corto, se lee de un tirón, es absorbente, conmovedor y emocionante. Conviértanse en "El lector que leía la novela de un viejo que leía novelas de amor".

jueves, 17 de octubre de 2013

#9 El color púrpura. (Biblioteca de cámara)


Esto es una Historia, en mayúscula y con todas las letras, una preciosidad que he disfrutado leyendo, pese a lo amargo, real y crudo de sus páginas. Un clásico, me atrevería a decir, que debería leer todo el mundo.

Aunque no quiero desvelar mucho, diré que es una novela epistolar que reproduce cartas entre dos mujeres, dos hermanas, que se encuentran separadas por un océano y por muchos motivos. Se centra sobre todo en una de ellas, Celie, que recrea la historia de su vida en los Estados Unidos de principios del siglo XX. ¿Qué tiene de especial Celie? Ah: Celie es negra, es pobre, es fea, es una mujer, "vamos, que no eres nada".


Esta novela es una joya, una fotografía que retrata muchas y muy duras situaciones, que abre los ojos a un mundo que al menos yo no conocía en esta medida. Es un grito de guerra en boca de muchas mujeres, de mujeres distintas, mujeres negras y sometidas, torturadas, difamadas, hartas. Cada una de ellas con una personalidad, con unos principios y valores, con una actitud ante lo que la vida le presenta.

No es agradable de leer, no en todas sus páginas; no es para todos los públicos ni para todas las sensibilidades, y a la vez, debería ser para todo el mundo. He encontrado en este libro un poco de humor, un poco de filosofía, un poco de amor, un poco de sexualidad, un poco de religión, un poco de Historia, un poco de amistad, y mucho de injusticias. Todo lo anterior en pequeñas dosis esparcidas entre las palabras de Celie y su hermana Nettie, entre suspiros y lágrimas, y algunas sonrisas. Y sobre todo, esperanza. Mucha esperanza. La manera en que ambas hermanas se escriben a lo largo de tanto tiempo exhibe una conexión tan íntima y esperanzadora, tan llena de amor fraternal, que enternece y cala.

No he visto aún la película, y no sé si la veré, pero el libro, el libro merece ser releído. Gracias a mi buen amigo Jeff  por descubrírmelo :)


miércoles, 16 de octubre de 2013

Un techo cualquiera


Había impresa una huella de zapato, justo pegada al conducto de ventilación, en el tono grisáceo de la suciedad  y la prisa.  Su contorno contrastaba con la inmaculada pintura blanca, que se notaba bien retocada. La marca debía ser, por tanto, reciente. Era una suela grande, seguramente de hombre, de un calzado formal, pie izquierdo. Alguien había caminado por el techo, como queriendo escapar.
Yo contemplaba la extensión blanca, rota por la pisada contigua a las rejillas del aire, tumbado en la camilla. Mientras me conectaban toda clase de vías y cables, me miré por encima de la barriga los pies descalzos y deseé poder dar un salto antigravedad y posar mi planta sobre la mancha que se exhibía encima de mi cabeza. A continuación, imaginé, usaría mi pie derecho aún en el aire como palanca para abrir la placa de metal y dejar libre el conducto. Posado en el techo como si éste fuera el suelo, saltaría entonces dentro del agujero cuadrado y la gravedad volvería a seguir las leyes físicas. Dejaría abajo a los médicos y a los aparatos y me arrastraría por el conducto, que de una forma mágica, se ensancharía para permitir mi paso holgadamente. Aún de forma más mágica, el conducto desembocaría en una suerte de ventana iluminada y abierta. La salvación vendría en forma de aire fresco y de libertad. 
Mientras el fantasma de mi imaginación saltaba de la camilla y se preparaba para emprender el recorrido soñado, un enfermero me inyectó un líquido y mantuvo su vista clavada en mis ojos, que empezaron a cerrarse a medida que el fantasma se hacía más corpóreo y me observaba desde el techo con el cuerpo invertido, los pies posados en la blancura, uno sobre la antigua mancha, y su cabeza casi tocando la del enfermero. Cuando la anestesia llegaba casi enteramente a su definitiva absorción y apenas distinguía las luces, eché un último vistazo antes de caer en el letargo y la sombra de veintiún gramos de masa ya no estaba, pero en su lugar había dejado una segunda pisada junto a la rejilla. Bueno, fue mi último pensamiento, al menos uno de los dos ha salido vivo de aquí.

lunes, 14 de octubre de 2013

#8 Amor o lo que sea. (Biblioteca de cámara)


Otro libro que me encuentra a mí porque sabe que le necesito, que lo que voy a leer en sus páginas no es más que el miedo inminente a lo que los próximos años me deparan:


La vida verdadera, la mediocridad, el afrontar solo la realidad... ¿qué habíamos hecho hasta ahora? Esta es la historia de una chica y de su camino a la madurez real tras acabar la universidad y empezar a trabajar.
En ese camino se dará de bruces con dos sentimientos/elementos/obsesiones de la sociedad: el amor y el éxito.
Sobre el primero, el título lo dice todo: "amor o lo que sea". El de Blanca será un amor distinto, que viviremos y desmitificaremos a un tiempo. Sobre el éxito, una serie de complots y argucias en el mundo editorial dejarán un regusto amargo en la protagonista, bajo mi punto de vista, perdida en unos engranajes que no se esperaba. Es un despertar de la inocencia asustado y nostálgico, y a la vez irrefrenable. 
Una originalidad del libro, que lo hace ameno y reflexivo, es que intercala extractos de biografías de escritores y sus tejemanejes con ese amor o lo que sea.

Lo incluyo en mi Biblioteca de cámara, a parte de porque me ha encantado y se me ha hecho muy fácil de leer, porque creo que cuenta una historia que prácticamente todo el mundo vive, en menor o mayor medida, cuando sale del círculo de seguridad que dan los estudios, la familia, esa vida planeada en la que sabes exactamente que se espera de ti, y te enfrentas cara a cara a unas preguntas que tienes que resolver por ti mismo: ¿qué hago ahora, qué es lo que sé hacer, qué es lo que quiero hacer?

El futuro es un monstruo que da miedo.

sábado, 12 de octubre de 2013

Borrador

Corría el año..., y digo corría porque en verdad llegó y se apresuró a marcharse veloz, y hasta yo me daba cuenta encerrado como estaba entre las paredes de aquella mi entonces casa. Me dedicaba a devorar libros y ensayos, todo cuanto me mandaban, y a redactar críticas mordaces para la revista o el periódico de turno, con una acritud la más de las veces fingida; aquel era mi sello de identidad.
Las páginas que leía eran casi siempre como vasos de agua en mal estado, de agua que no quita la sed y hace que necesites beber y beber cada vez más y seguir bebiendo con la esperanza de que al final te sacie, o te mate. Yo me embebía en aquellas páginas: durante unas horas o días perdía el rastro de mí mismo y me sumergía dispuesto a ahogarme en un mar de letras y palabras empapadas de mediocridad mayoritariamente, decencia otras, y majestuosidad en ocasiones puntuales. Al acabar el último párrafo volvía en mí para luego abstraerme, ahora con una mano y un ojo distintos, y sentenciaba en un texto mi opinión más áspera y corrosiva. Era un crítico respetado y a la vez abucheado, pero los medios me querían porque mis disparos creaban muchos comentarios y levantaban ampollas que daban que hablar. La controversia se pagaba bien.

Algunos de los escritores a los que yo atacaba, heridos y despechados, acertaban cual psicólogos de lleno en mi trastorno: lo único que yo tenía eran celos. Pero nunca lo hubiera reconocido. No celos tal que así, no celos de esa masa variopinta y a la vez homogénea que conformaba el mundillo de los escritores, con ese tufilllo sospechoso y pasajero, sino celos de esos pocos, los elegidos, tocados por el dedo del dios de la palabra, que sabían, verdaderamente, escribir. A esos yo los admiraba y maldecía en silencio, y cuando caía en mis manos alguna novela o pieza brillante, sacaba toda la artillería pesada para analizar al detalle sus puntos flacos, y si no los había, inventarlos y adornarlos de forma que los lectores los creyeran reales. Hasta tal punto llegaba mi maldad envidiosa.
Sí, era un celoso empedernido e incurable, y en la oscuridad de mi despacho daba rienda suelta a mi pecado, obstinado como estaba en pagar mi inutilidad como escritor con aquellos que sí sabían ejercer el oficio. Tal vez ese era uno de mis problemas, considerarlo un oficio y no una pasión. Pues si bien yo había sido un apasionado de los libros y la lectura desde muy joven, el día que me senté delante de un folio en blanco, dispuesto a dar rienda suelta al que tenía que ser por fuerza mi talento innato, dispuesto a obtener la gloria y la fama que seguro el destino me habían sentenciado, me di de bruces con la realidad de que me temblaban las manos y de que no tenía ni idea de por donde empezar.
Tras muchos intentos fallidos, me aboqué en la tarea de alimentarme de los escritos de otros y así intentar, tarde o temprano, romper mi mala pata con la pluma. La cosa no surtía efecto, y mientras yo me compadecía de algunos árboles por procurar papel para textos nefastos, y envidiaba a otros por producir celulosa que albergara bellezas semejantes, el tiempo pasaba y yo necesitaba un trabajo. Así fue como acabé siendo lo que soy. Algunos dicen que me entrego con verdadera pasión, otros que es un oficio que me va como anillo al dedo. Yo sostengo que todos son unos inútiles, que esto es sólo una profesión temporal, y mientras busco adjetivos que rimen con porquería y con destrozo, encorvado en mi guarida como un villano, esperando que la inspiración toque a mi puerta.

Corría el año... vaya, no recuerdo ni que año era. Joder, otra vez he vuelto a empezar mal. ¡A la basura!

viernes, 11 de octubre de 2013

#7 Bélgica. (Biblioteca de cámara).




No añadiré nada más, no hace falta. Bélgica empieza a ser mi Ítaca, como para Chantal Maillard. Palabras y memoria.

sábado, 5 de octubre de 2013

Mi equipo favorito


Ocupé mi asiento con una mezcla de nervios y congoja; nervios pasivos, no por estar, sino por lo contrario. Estaba en la butaca y a la vez no estaba, y me convertí en una suerte de espectador y también actor, pues conforme pasaban los minutos iba siendo más consciente de que aquello también me incumbía a mí, aunque no tanto. O quizá sí.
Si existe una cosa contagiosa, cuando es sincera, es la felicidad. Puedo decir que fui feliz el rato que estuve sentada en ese lugar, lloré por dentro y reí por fuera, y la mayoría de esos gritos eran de un éxtasis contento, agradecido y también un poco frustrado. Pero que a todas las cosas malas hay que sacarles el lado positivo y convertirlas en no tan malas. Y ese asiento no fue el atisbo de silla eléctrica que al principio esperaba en parte, fue un mullido sillón donde sentí justo eso: la felicidad contagiada y compartida. Si hay algo más bello que ser feliz, es poder compartirlo.
Así pues, disfrazada de testigo mudo, fui partícipe de una película que pasaba ante mis ojos y en la que yo misma actuaba, donde las exigencias de guión eran claras y ahora parecían pedir un The end. Era una película que englobaba todos los géneros, un nuevo de cine, donde cabía la comedia, el romance, el drama (mucho drama), las aventuras, la ciencia, y la ciencia ficción, la guerra y el terror; la vida, en su máxima expresión. Y en aquella sala improvisada de cine escuché, con los ojos anegados en lágrimas, las voces que habían puesto banda sonora a un período que podría llamar de muchas formas, pero que hoy llamaré, la felicidad con "mi equipo favorito".
Espectadora y actriz, moví las manos, el corazón y la sonrisa clamando por unos recuerdos que, no siendo aún capaz de poner en esa perspectiva temporal que me hará valorarlos todavía más, resonaron con fuerza en mis sienes, y me hicieron echar la vista atrás para ver todo el camino recorrido. Aun teniendo heridas en los pies de tanto correr, esa película demostraba que en nuestro equipo, en las buenas y en las malas, al principio o al final, había habido siempre un compañero que te cambiara los zapatos o hiciera un trecho tirando de ti. Por que sí, la felicidad no es nada si no es compartida, y a las tormentas se sobrevive mejor en compañía.
Intenté extraer la enseñanza de aquella lección mientras miraba de soslayo, intentando que no se dieran cuenta de mi emoción, las cabezas pensantes y privilegiadas de mis amigos, de mi equipo favorito, del equipo favorito. Y no pude llegar a una única conclusión, al igual que tampoco pude echarme a llorar, porque eso evidenciaría que aquel acto era una despedida. Y no lo era. Era una escena de alegría, de continuidad, un día para recordar toda la vida y repetir desde otra butaca en cuanto llegue el momento.
Así, que por ahora, me dejaré de moralejas, y en lugar de eso, seguiré aprendiendo, aprendiendo también a ser feliz. Por eso cuando me levanté del asiento y las luces del cine se volvieron a encender, sólo tuve clara la tarea que tenía yo para esa noche: compartir, una vez más, con mis compañeros de equipo, la felicidad.
Y eso hicimos.