miércoles, 25 de junio de 2014

Recuerdos de Bélgica 2: Laundry time

Ahora que miro atrás, me maravillo de que fuera capaz de acometer aquella empresa y no odiarla. Al contrario, me encantaba. Mi espalda aún se resiente; mis recuerdos y buenos momentos, no.

Y es que en Bélgica, especialmente donde yo vivía, lo de tener lavadora en casa es un mito urbano. Y ya si es un piso o residencia de estudiantes, apaga y vámonos. Por eso hay decenas de pequeñas lavanderías desperdigadas por toda la ciudad, abiertas todos los días del año, con precios razonables.
Yo tuve la "suerte" de tener una no muy lejos de casa, con el añadido de estar al lado de un supermercado bastante barato. También había un gimnasio, pero eso ni lo pisé; ya me parecía bastante ejercicio tener que echar el viaje cargada hasta allí. Porque la otra cara de la moneda, la de la mala suerte, era que mi vivienda se encontraba en una parte en pendiente de la zona; y muy, muy en pendiente.
Así, el camino hacia la lavandería era un paseo principalmente agradable: cuesta abajo, al hombro una bolsa grande del Ikea hasta los topes de ropa, sábanas y toallas, y en la mano contraria un carrito de la compra muy bohemio, con ilustración de la Tour Eiffel incluida. Al principio, en la otra mano llevaba el paraguas; al final me resigné a mojarme. Se convirtió en una rutina feliz pasar por delante de la gasolinera, con su eterno anuncio de bollos recién hechos (a ver quién se lo creía); torcer y bordear un bloque de estudios con las ventanas abiertas insinuando a los estudiantes dentro, haciendo de todo menos estudiar; observar la fachada de una de las casas, verde y viva, completamente invadida por una enredadera que a la vez daba sensación de vida y de ahogamiento, un rostro de hojas que la engullía; después, cruzar por una colina hecha jardín y embarrarme las botas de agua (más de una vez resbalé) hasta llegar a la explanada de césped contigua al establecimiento. En cambio, la vuelta a casa, ahora con el carro cargado, cuesta arriba, y casi siempre con el viento y la lluvia en la cara, era un pequeño infierno. Pero ese infierno estaba en Bélgica, y merecía la pena.

Una vez que llegaba a la lavandería, empezaba un ritual que en verdad echo de menos. Primero, seleccionar una máquina vacía, siempre la que tuviera un número que me gustase, a veces soy un poco supersticiosa; meterlo todo corriendo procurando que nadie, si lo había, viera mi ropa interior, en un absurdo arranque de pudor femenino; pagar y a girar. Segundo, tras inspeccionar el lugar y concluir que nadie parecía un ladrón de sujetadores españoles, echaba a correr al super, compraba, y en el último momento añadía al carrito, aunque intentara controlarme,  un paquete de waffles o de galletas de chocolate. Y el tercer paso, el más maravilloso y anhelante: me sentaba delante de las lavadoras, con el antojo dulce del día en el paladar y un libro en la mano, aunque he de reconocer que casi nunca conseguía leer mucho. Acababa quedándome ensimismada, contemplando los giros hipnóticos del centrifugado, recordando irremediablemente aquella estupenda película, y pensando que yo pediría, por favor, sesenta y cinco minutos más. Pero entonces sonaba el pitido que anunciaba el fin de la colada, y el cuarto y último paso consistía en rezar para acertar a la primera el tiempo que necesitaría la secadora para hacer su trabajo. Acababa yéndome con la ropa medio mojada, porque, en fin... se iba a humedecer de nuevo por el camino.

También conocí a gente en aquella lavandería. Recuerdo a un chico español, de Valencia, con el que hablé de la crisis, de las becas, de política; hasta intercambiamos el facebook por si necesitábamos algo, nunca vienen mal contactos natales en tierra extranjera. También a una joven alemana, muy simpática, creo que se llamaba Julie, con la que estuve toda la hora charlando de cosas sin importancia. Había indios y asiáticos que te preguntaban por el funcionamiento de las máquinas, negros afables con música en los oídos (perdón por no usar el eufemismo, pero yo considero que todos somos de color), ancianas que doblaban con parsimonia la ropa antes de irse y te dedicaban sonrisas. Gente de toda clase, edad y condición. Una única vez coincidí con el dueño, pues allí nunca hay nadie y los únicos vigilantes son las cámaras de seguridad. Era un hombre grande y robusto con un bigote grisáceo y generoso.

En fin, que me gustaba aquel lugar, con sus carteles de instrucciones en flamenco, inglés y francés, su máquina expendedora de detergentes y suavizantes, la tele sin volumen y con subtítulos de los que sólo entendía palabras sueltas, las lavadoras que por momentos parecía que iban a estallar. Eran ratos gratos, de intimidad personal, y también una forma de fundirse con su sociedad y comprender sus hábitos y su carácter. 


No para de venirme este recuerdo belga a la mente estos últimos días de forma inevitable. Porque resulta que me he cambiado de vivienda, y ésta en la que estoy no tiene lavadora. Resulta también que, casualmente, causalmente, estos meses atrás se han abierto, de forma inaudita en Murcia, unas cuantas lavanderías; en concreto, una cerquísima de donde ahora vivo. Y resulta, que lejos de ser un fastidio, estoy encantada, y deseosa de poder acercarme allí, con un libro y una sonrisa, a relajarme obligadamente, durante ese rato en que la vida se para en seco para después girar y te deja contemplarla de otra forma.

Esto es lo que yo recuerdo y cómo lo recuerdo van Belgïe, de ma Belgique.

martes, 17 de junio de 2014

Otra vez

Otra vez a limpiar tus labios de la copa,
las huellas dactilares de tus pasos
y las pisadas en mi piel de tus manos.
Otra vez a recoger del suelo tu ropa,
a borrar tu perfume con otro que lo tape
y que siempre huele a fracaso.
Otra vez a morderme hasta sangrar a mí mismo la boca,
a sujetar el teléfono y exigirme cállate,
a intentar frenar el desenfreno.

Otra de muchas, escasa,
incoherente, anhelada,
sólo otra.

Otra vez a pretender quitar tu marca del sofá,
a llevar los muebles del corazón al desguace
y que salga a devolver y en negativo.
Otra vez a esquivar pesadillas en la noche,
la noche desestrellada y la falta de sueño,
los sueños encerrados en jaulas de cera.
Otra vez esa mirada insincera y en números rojos,
otra vez a barrer los despojos
que apenas quedan entre tú y yo.

Otra de cientos, más de cien mentiras,
la verdad hecha pedazos,
la hipocresía.

Otra vez la madrugada extinguiéndose
y yo a medias entre un poco y la nada,
la interminable insuficiencia destartalada.
Otra vez el mismo fuego que se congela,
la incomprensión, la incurable dolencia
que aún no sé aprender a tratar.
Otra vez tu saliva tibia entre mis dedos,
otra vez yo intercambiando en el poema los papeles
para intentar que duela menos.

Otra de tantas, única como todas,
pero, al fin y al cabo,
sólo otra.

sábado, 14 de junio de 2014

Tarde para cambiar.

Supe que había llegado demasiado tarde, que todo había cambiado, que ella no había estado ni estaba sola.

Lo supe por la vajilla, escurriéndose a pares en la encimera: dos tazas, cuatro platos, dos copas. Por los albornoces colgando inertes en el baño, sugiriéndome formas de morir más halagüeñas que esta muerte lenta que me estaba sucediendo. Por los cepillos de dientes, verde y naranja, besándose sin pudor tras el cristal del vaso. Por las revistas variopintas apiladas en el bajo de la mesa, de temas que ella nunca leería. Por los dos paraguas enlazados en la entrada, fundiéndose en uno que salvaría de la mayor de las tormentas; pero no a mí. Por las breves notas pegadas en el frigorífico.
Lo supe por el desorden ordenado reinante, atípico en su habitual orden desordenado. En general, por detalles imperceptibles que se habían creado y por otros que ya no estaban. Por el olor diferente, el color sensorial trastocado del lugar, las nuevas vibraciones, la atmósfera desconocida... Por esas cosas que se sienten pero que no pueden explicarse, al menos con palabras.

Pero sobre todo, lo supe por su forma de mirarme, de deslizar sus pupilas a través de las mías como si ya no pudieran verme, jamás igual que antes. Los ojos de un fantasma que me traspasaban como si yo no estuviera allí, quizás en verdad no estaba, y que graznaban en silenciosas cuchilladas, imitando al cuervo de Allan Poe, nunca más.


Amaral.

martes, 10 de junio de 2014

Recuerdos de Bélgica 1: un globo en Gante

La plaza transmitía esa serenidad de los lugares en los que parece no transcurrir el tiempo, aunque hubiera algunos edificios más o menos modernos que revelaban que no seguíamos en pleno XVIII. Las casas con tejados picudos en escalera y veletas protestantes miraban al cielo marcando la dirección del viento con el pico de los gallos, negros, repintandos mil veces para casar con el resto del lugar, limpio e inmaculado.

La plaza, grandiosa, estaba rodeada de edificios por sus cuatro costados, y a través de algunos de ellos se abría a otras calles peatonales, en concreto en un par de los flancos donde la desembocadura era mayor. Uno de ellos colindaba con el río, de un tono verde, no por suciedad, sino por las numerosas plantas y los húmedos árboles que se reflejaban en él a las orillas de su cauce. De vez en cuando pasaba una barcaza, o una de esos botes atestados de turistas con un simpático guía que les contara las anécdotas más relevantes, reales o inventadas, del enclave.
En concreto, en ese trozo de río al que se asomaba la plaza, había una singular que referir, pues se encontraba en ese punto un enorme cañón. Sí, un cañón de guerra, rojo, titánico, y con una bala gigante a sus pies. Contaba la historia que había sido destinado para luchar contra, oh por Dios, los españoles. Pero al dispararlo, la desfachatez de tamaña empresa hizo que la bola de hierro se limitara a rodar por la garganta del artefacto y cayera sin más. Así permanecían, como recordatorio, bala y cañón.
Otro elemento simbólico de la plaza era una pequeña fuente que se erguía en una de las esquinas. Su procedencia era cuando menos evocadora. Se trataba de una fuente del único zoo que hubo en la ciudad, dado en quiebra muchos años atrás; por lo que se contaba, una suerte de jardines verdes, como todo en ese país, poblados de animales. Ahora permanecía allí, como otro resto más del pasado de la ciudad.
Sin embargo, lo que me recuerda con más claridad ese lugar es una historia muy distinta y bella, donde los protagonistas viajaban, nada más y nada menos, que en un globo. Según se contaba, un joven llevó a su novia a sobrevolar la ciudad, un plan romántico para pedirle matrimonio. En el globo iban la pareja y el, llamémosle, piloto de la nave. Tras la pedida y feliz aceptación, estaban volando sobre la plaza cuando el globo pinchó contra el tejado de un edificio, el más alto de la plaza, que es claramente distinguible. No recuerdo los pormenores del incidente, baste decir que consiguieron agarrarse a algo, y en el proceso de rescate, el novio se despreocupó totalmente de su prometida y se afanó en ponerse a salvo él. En cambio, el encargado del globo, centró toda su atención en la dama. Ya se adivina cómo acaba la historia, ¿no? Aunque parezca un final de película, los lugareños aseguran que fue así: no se sabe qué fue del pobre egoísta, pero ella y el "globero" comieron perdices belgas.

Estuve tres veces en aquella ciudad, de las cuales dos paseé por esa plaza. Las memorias de ambos días son muy distintas. El primero era yo casi una recién llegada al país flamenco y mi calidad de turista, innegable; una turista con los ojos muy abiertos y el objetivo de la cámara casi sin criterio en un intento de captarlo todo. Hacía calor y aún se podía ir sin chaqueta, mis pantalones verdes hacían juego con el entorno, y las voces que me rodeaban ese día hablaban un inglés marcado por acentos europeos muy diferentes. En mi segunda incursión, pasé de ser turista a ser guía, esta vez enfundada en varias capas de ropa camufladas bajo un impermeable rojo coronado a su vez por un paraguas, toda precaución contra la lluvia era poca. Ese día la atmósfera era húmeda pero agradable, y lo disfruté con la calma de unos ojos ya entrenados y hechos al alma del país. Que hay lugares donde siempre merece la pena volver.

lunes, 9 de junio de 2014

Recuerdos de Bélgica 0: un viaje a través de la memoria

Sirva este texto como preludio o explicación a los siguientes escritos de esta nueva sección, una necesidad personal que necesito escribir para mí, lo que a fin de cuentas es este blog.
Tuve la suerte, enorme suerte, de vivir en Bélgica durante seis meses que supusieron para mí más que un sueño hecho realidad. Ese tiempo tan intenso y, según mi criterio, bien aprovechado, caló en mí inevitablemente, y es por eso que muchos días me sorprendo a mí misma, sin premeditación, evocando al añorado país belga, relacionando cosas actuales con pasadas allí, arañando la memoria, sin más.
Muchas veces he sentido la necesidad de escribir sobre aquello, pero es tan extenso lo que me gustaría contar que no sabía por dónde empezar. Por otra parte, me da miedo olvidar detalles, sensaciones, pormenores, lugares, que todavía ahora, aún habiendo pasado año y medio, siento tatuados en los sentidos. Y aunque sé que es imposible que ciertas cosas se borren de mí, me he decidido, por fin, a darle cierta forma a algunos de mis recuerdos, para poder guardarlos para siempre.

No serán estos textos pensados, ni programados, ni cronológicos, ni siquiera meditados; no habrá nombres personales (eso es demasiado importante y me lo quedo para mí), ni fechas concretas, sólo rasgos, sólo esencias. Me limitaré, cuando uno de esos retazos venga a mi memoria de forma espontánea, a plasmarlo libremente sobre el papel (virtual), a dejar que fluya por mí. Quizá acabe siendo, con el paso del tiempo, una especie de diario del pasado, una forma de emular a Chantal Maillard y poder añadir estos párrafos personales a su libro, para retener en mi estantería y en mi corazón a esa tierra que me lo robó.

Y aunque la memoria es traicionera, no me preocuparé de contrastar ni de corroborar lo que escriba, pues, remitiéndome una vez más a García Márquez, si la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla, esto es lo que yo recuerdo y cómo lo recuerdo van België, de ma Belgique.

jueves, 5 de junio de 2014

Autocita

Hoy he quedado. Ha sido algo espontáneo, sin demasiada premeditación, simplemente tenía que surgir. He cancelado todos mis planes y me he permitido el lujo de dejar la cama sin hacer y el piso sin barrer; la cita es más importante. Así que me he levantado, pero sin mucha prisa, y me he dado el baño más largo y calentito del año, mientras de fondo sonaba el genio de Úbeda. Después me he puesto mis pantalones más cómodos de pijama y la camiseta más ancha y vieja que tengo, a mi cita no le importa que pueda parecer desaliñada. Ni siquiera me he arreglado el pelo. He abierto todas las cortinas para que entrara muchísima luz y me he puesto a cocinar, con mimo, sin agobios. He preparado, por las horas y por las ganas, un brunch, con sus huevos revueltos al estilo british con poquita mantequilla, croissants con queso, tostadas con jamón y tomate, unas salchichas, alubias al cariño, y hasta un trozo de quiche que quedaba en la nevera; todo regado de zumo de naranja recién exprimido. Que lo que sobre ya se aprovechará otro día. Lo he dispuesto en la mesa sobre un mantel muy verde, verdísimo, y he acercado un sillón orejón como asiento. Mi cita tiene que estar muy cómoda. He preparado el dvd con una de Woody Allen en VOS, todo muy anglosajón, y en el regazo del sofá he dejado el último de Pérez-Reverte, porque sé que mi cita querrá sacar también su vena patriótica-regional. Para terminar los últimos detalles, he comprobado que el ambientador brisa marina estaba activado, que tenía la web de pedidos online de su pizzería favorita por si se terciaba, y que el móvil estaba fuera de línea. Entonces, alguien ha tocado a mi puerta interior, y mi cita ha llegado, con sus pantalones anchos y la camiseta desgastada, el cabello aún mojado y un hambre feroz de comerse el día. Me he quitado el reloj de los ojos y me he sentado en el sillón.