domingo, 27 de julio de 2014

El hábito no hace al conserje

La joven del tercero se cambiaba de ropa cerca de la ventana, con la persiana subida y las cortinas abiertas, incitando a la lascivia y queriéndose saber observada, no cabía duda. Acaso no había de saber ella que, por la magia del reflejo en los cristales, su silueta viajaba de ventana en ventana, y así llegaba hasta el ventanuco del pasillo, desde donde yo observaba, no por placer sino por pura coincidencia, su cuerpo esbelto y pecaminoso, sus movimientos incitantes al quitarse una prenda tras otra. Cómo no iba a ser esa una conducta reprochable, si se empeñaba en repetir ese ritual cada día a las mismas horas y a enturbiar mi paz interior con sus curvas creadas por el mismísimo diablo.
En el corredor del segundo piso había cada jueves y viernes un insoportable hedor a marihuana. Que yo no he fumado nunca, pero uno sabe a qué huele eso. Una ligera neblina desenfocaba la puerta a los avernos de aquel piso en que vivían tres estudiantes, que también montaban jaleo varias noches a la semana según me informaban otros vecinos; la música actual la carga el demonio. Aunque tenía otras muchas cosas que hacer, cuando intuía el tufillo el día previsto, me iba con mi escoba a barrer la segunda planta, no porque quisiera embriagarme de los efectos de la droga, sino por obligada responsabilidad moral y profesional. Quién sino yo había de verificar que en efecto aquellos chicos se estaban alejando de la buena senda del Creador, por si en algún momento había de dar parte a sus padres o a las autoridades.
Desde el patio de luces, cuando salía a vaciar el cubo de la fregona, observaba la colada de los vecinos, algunas más indecentes que otras, pero todas con algún elemento reprobable a ojos del Señor. Sujetadores de encaje, tangas y braguitas minúsculas, vestidos muy cortos, camisetas con escote, pantalones demasiado insinuantes, y un largo etcétera de prendas salidas del infierno de la moda. De esa guisa no se puede entrar en el Reino de los Cielos.
También desde el patio era testigo mudo y auditivo de otro tipo de acciones aún peores. Entre las paredes pobladas por los tendederos resonaban a distintas horas del día los ecos de la procreación, los gemidos rebotaban en la fachada hasta perderse en la altura del edificio, culminando en eso tan sucio y vergonzoso que llaman orgasmo. Oía los crujidos de los colchones, las quejas de los muelles y los golpes en la pared. Desde la esquina donde almacenaba los productos de limpieza para el rellano escuchaba, con distinta frecuencia y origen, los jadeos, los gritos contenidos, y todo ese torbellino de impetuosidades que me hacían sudar y removerme. Notaba en mi sangre palpitaciones y no podía hacerlas parar, y corría a refugiarme en la portería para dar rienda suelta a lo que mi carne exigía. A veces pensaba en que merecía un castigo por sentir esas cosas, pero en seguida se me pasaba. La penitencia era para otros, para los que entregaban su cuerpo a la lujuria y era por su culpa por la que yo me veía abocado a cometer una pequeña falta. No era yo el perdido, lo eran ellos.
También había otros desatinos y blasfemias en el bloque en el que yo velaba: parejas que discutían a voces y luego tenían sexo también a voces; familias que no se soportaban y pasaban por delante de mi mesa con la mirada cargada de odio; hombres en paro que se pasaban el día rascándose la barriga ante el televisor, origen de miles de males. Pero sin duda, los peores de todos, eran la pareja de enfermos del cuarto, los desviados. Me traían sin cuidado las nuevas intenciones del renovado pontífice: aquello era y sería siempre sacrilegio, un hombre con un hombre es una aberración, un insulto antinatural a la creación, al origen de la vida, a Eva y Adán.

Me crecía casi omnipotente, dueño del destino de todos aquellos infames, con sus fechorías y secretos entre mis manos, como si Dios me hubiera asignado la honorable tarea de escuchar sus pecados y redimir sus almas a través de mi juicioso y sabio tímpano.
Sí, sin duda yo era una suerte de redentor, con uniforme de conserje como hábito y un alzacuellos espiritual que me permitía verlos como a mis fieles, sabiéndome en la posición honorable de poder purgar sus conductas con mi crítica desaforada y justa, tal que el patio de luces fuera un confesionario y ellos unas ovejas descarriadas que, sin saberlo, necesitaban suplicar el perdón de su pastor.




(Aclaración que creo innecesaria, pero por si acaso, más vale prevenir que curar:
Entiéndase este texto como una crítica satirizada a la hipocresía de algunas personas con creencia cristiana. Las palabras, aunque escritas por mí, no son obviamente compartidas. No pretendo tampoco generalizar ni insultar a la moral religiosa, es sólo un personaje, bastante indeseable por cierto, salido de mi imaginación, aunque quizá sea más real de lo que me gustaría).

lunes, 21 de julio de 2014

Anclas

Mónica sostiene el cigarrillo entre los dedos y lo hace bailar como la experta fumadora que es, entreabriendo a cada minuto los labios, suspirando bocanadas de oes que su media sonrisa, torcida en una mueca, se encarga de acentuar como la primera vocal de su nombre. Guille ahuyenta el humo y sus pensamientos en la otra esquina de la mesa, esgrimiendo su perfil taciturno ante un Andrés más enfrascado en la cerveza que tiene ante sí que en el gesto adusto de la nariz de su colindante. A mi lado está Mar, con las rodillas flexionadas contra su pecho, en una postura que habría resultado tierna para alguien de menos edad y más dulzura en el rostro. Mar es una tormenta en mitad del océano y nosotros el resto de la tripulación de un barco que naufragó hace mucho tiempo.

Alguien rompe el silencio. Qué fue de aquel, de Martínez, ¿os acordáis? Otro le contesta que hace poco lo ha visto en no se cuál panadería llevándose cuatro baguettes, que debe tener familia o gustarle congelar el pan. Brillante deducción, apunta el primero con ironía. El resto calla y mira al horizonte que se esconde tras la barra del bar. Le pido una calada a Mónica. De nuevo silencio y de fondo el tintineo de los vasos y copas del resto de clientes, escasos, escalados.
Se suceden breves conversaciones parecidas, que casi no pueden catalogarse como tales y que se secan en las gargantas antes incluso de ser lanzadas al aire. El otro día vi a fulanito, os acordáis de aquella otra, nosequién se divorció, la madre de éste sigue en el hospital, no he vuelto a saber nada de esa mujer. El hastío corona nuestras cabezas como nubarrones de un otoño gris, la erosión de la monotonía, de volver una y otra vez sobre los recuerdos ya analizados en ese mismo bar durante demasiadas tardes, sobre la misma gente conocida, el humo negro de los cigarros de Mónica y la tempestad de Mar formando más nubes sobre nosotros, el alcohol suave en las venas agriándonos el carácter.

Ellos se empeñan en seguir quedando de tanto en tanto para, dicen, ponernos al día, comentar qué hay de nuevo en nuestras vidas, pasar el rato. Yo accedo por pura inercia, por la costumbre, pero no sé dan cuenta de que hace mucho que no tenemos nada que contarnos, nada no reiterativo que añadir.
Andrés y su promesa de que beberemos unas pintas me hacen recular los días en que me niego a acudir al bar, siempre el mismo, desde hace varios lustros. Cuando me siento en el banco de madera desgastado y huelo los mismos olores de siempre, el aftershave de Guille y la colonia barata de Mar, la ranciedad vieja del local, me arrepiento de haber ido. Después me pierdo entre los trazos hechos a cuchillo en la mesa, los nombres garabateados que me sé de memoria, las parejas que hace décadas plasmaron su amor adolescente en las tablas de aquel bar, cuando también nosotros éramos jóvenes y vivíamos las batallas en lugar de rememorarlas.

Me dedico a despegar la etiqueta de la cerveza aspirando lo que respira Mónica, tragando lo que bebe Andrés, oliendo lo que despide Guille, ahogándome en las aguas de Mar.
Somos una tripulación fantasma, perdida en las aguas del tiempo que creímos se detenía para nosotros cuando en realidad nos estaba atrapando, y ahora no sabemos escapar de él.
Somos anclas que recalaron en un puerto y olvidaron su condición de navegantes, las algas se han encaramado a nuestros cuerpos como lapas, dejando un esqueleto submarino que ya no se puede levar.
Somos fósiles marinos de ciudad, moluscos con la caracola cementada a este bar oxidado lleno de cofres que hace siglos se vaciaron de tesoros por descubrir y nunca volvieron a llenarse.

A veces, días como hoy, mientras Mónica dibuja una o con tilde en el aire y Mar mira aburrida alternativamente a Andrés y Guille mientras se abraza las rodillas, me despego de ellos por un instante y dirijo la vista hasta el horizonte sepultado tras la barra, creyendo intuir un ojo de buey por el que se observa un cielo claro, un tímido rayo de luz que indica que puede reanudarse el viaje a bordo de este velero sin velas. Segundos después, me pega la realidad en la cara, y por la ventana sólo veo los grises nubarrones que vaticinan la llegada de las primeras nubes de otro otoño.

viernes, 4 de julio de 2014

Premonición

Entra al baño de su apartamento y ni se molesta en cerrar la puerta, está sola. Se sienta en la tapa del inodoro y se sorprende de que sus rodillas estén tan altas y flexionadas, entonces repara en los tacones de ocho centímetros que ya ni recordaba que calzaba. Se los quita y los lanza a una esquina, dejando al aire sus talones con heridas; las visibles. Apoya los brazos en el lavabo sentada aún y entierra la cabeza en ellos. El peinado se le ha deshecho, el rímel corre por sus mejillas formando una acuarela expresionista y tizna de negro el mármol blanco, una metáfora en color de lo que ha sentido esa noche, y otras.

Abre el grifo y escucha el agua caer, que moja las puntas de su cabello y salpica con breves gotas los antebrazos. Su rumor líquido la relaja, es el único sonido que resuena a esas horas de la madrugada. Intenta respirar pausadamente cómo le han enseñado tantas veces: inspira, espira, inspira, espira, deja la mente en blanco. Pero el aire que insufla le escuece en el recorrido desde la garganta hasta sus pulmones, son dagas que le arañan la laringe, como si en vez de en su cuarto de baño se encontrara corriendo en mitad de una tormenta de nieve y el viento gélido le cortara la respiración.
Busca en el bolso que aún lleva colgado los tranquilizantes y se lleva el bote a la boca. Se mete varios y los traga con agua ayudándose de la palma ahuecada de su mano. El grifo del lavabo sigue llorando. Ella llora, repinta el lienzo de su rostro, respira ahogadamente, vuelve a enterrarse entre sus brazos.

Al cabo de un rato comienza a sentir una calma extraña, no de sosiego; es una especie de parón, un mareo selectivo. Los objetos están quietos, ella también, el mundo se ha parado en seco y sólo continúan existiendo el grifo y el agua cayendo. Intenta alargar la mano y pone el tapón del lavabo. A los pocos minutos, éste empieza a desbordarse y su vestido se moja, siente un poco de frío pero en seguida lo ignora; el frío y el miedo han dejado también de existir.
Decide tomarse unos cuantos sedantes más, y en un instante de lucidez, mira hacia la puerta que había dejado abierta, se levanta tambaleante, y la cierra. La madera está bien sellada, su madre se encargó de arreglar las rendijas para que no se colara el frío mientras usaba el baño. El agua sigue fluyendo y su murmullo la relaja tanto, tanto... Necesita más. Abre al máximo el grifo del bidé y el de la bañera.

Al erguirse por última vez contempla el lugar donde debiera estar su reflejo en el espejo del armario, y no alcanza a ver absolutamente nada. Abre la vitrina y saca otro tarro de pastillas. Se toma doce esta vez, una detrás de otra, sus propias campanadas con cascadas de fondo, cascadas de agua borboteantes, cristalinas, el agua que todo lo limpia y todo lo cura. El agua estancándose en la habitación, subiendo por las paredes, y ella hecha un ovillo en el suelo, formando parte intrínseca del cuadro, respirando ahora oxígeno mezclado con dos de hidrógeno.
Entonces, de nuevo, el silencio.





Se despierta empapada en la cama y escucha un estruendo de tuberías encima de su cabeza. Sus vecinos han debido tirar de la cisterna.