martes, 31 de diciembre de 2013

Punto y aparte

"He aguantado en la línea de salida
hasta oír ese disparo que marcara una señal.
Pero el pánico al fracaso me detiene,
unas veces se gana y otras se pierde.

He aprendido a lamerme las heridas,
renacer de mis cenizas y volver a comenzar.
¿Para qué gastar el tiempo en convencerte?
Unas veces se gana y otras se pierde."
Eva Amaral.




La cajita de música a la que había que darle cuerda para que sonara se ha quedado enganchada, y las notas de La vie en rose no paran de bailar. Ellas se acercan al cristal empañado y dibujan con los dedos líneas y símbolos que danzan en el mismo compás. Las yemas se les hielan, a una y a otra, y sus huellas dactilares se quedan pegadas en la ventana. Afuera hace frío y se escucha música más moderna, pero de cortinas para adentro una atmósfera parisina envuelve la estancia, la estufa de leña calienta como un sol benefactor, el reloj de péndulo oscila en la pared marcando la cuenta atrás. Ellas siguen con los dedos llenando de señales el cristal, y se contemplan la una a la otra en su reflejo, salpicado sólo por las luces de la calle. Entonces empiezan a sonar los disparos, uno, dos, tres, cuatro, hasta doce. Y en esa última bala el reloj emite un tictac más fuerte, los ojos de ambas se cruzan, y una los cierra para siempre. La mitad de las huellas desaparecen de la ventana y una mancha grande y borrosa ocupa su lugar. La madera se ha consumido y en la estufa sólo quedan algunas brasas casi extintas. La que queda viva toma aliento, se aleja del cristal, recoge las cenizas, le da cuerda al reloj, y se prepara para volver a comenzar. De fondo sigue dibujándose en el aire, tal vez como un buen presagio o como una cruel burla, una vida color de rosa.

sábado, 28 de diciembre de 2013

#12 El mismo fuego. (Biblioteca de cámara)


Es éste un libro que he leído con gran cariño pero no por ello con gafas subjetivas. Después de unos días sumergiéndome en sus páginas con cuidado y esmero, puedo decir, objetivamente, que es un placer que esas historias hayan salido de los cajones de juventud donde se hallaban reposando.

Se trata de diez relatos enmarcados bajo la exclamación de Fausto: "¡Siempre el mismo ardor y siempre el mismo fuego!", título que le viene muy a tono, pues aunque sean historias dispares y variopintas, cuando terminas de leerlas dejan en el lector, a mi juicio, un poso común: quimeras. Y es que los personajes de estas páginas viven entre la insatisfacción y los anhelos, en un estado a veces onírico, a veces simplemente falso; la realidad y la ficción se mezclan en habitaciones llenas de espejos, de vidas paralelas y ajenas usurpadas, de frustraciones.

Aunque breves, son historias que sorprenden y no dejan indiferente; tras muchas de ellas me quedé pensando que encantada compraría un libro más largo que continuara lo aquí empezado.
No desvelaré nada del contenido, ¡hay que leerlo!, pero destacaré, por ejemplo, "El corazón helado", historia que me sobrecogió y apenó, y me dio mucho en qué pensar; "Soñando Praga" y "Al final del pasillo", ambas para mí un recordatorio de que no hay que contentarse sino salir a soñar y buscar la vida que uno desea; y "Divergencia" y "Su canción", originales y misteriosas, las que más me engancharon.

Si algo quiero también destacar (además del estilo, a veces más casual, a veces más cuidado, según requiriera la ocasión, que me ha gustado), es que de las páginas de esta novela se desprende cultura, y no sólo literaria, sino musical, ajedrecística, o periodística (el escritor es periodista, en algún relato tenía que reflejarse).

En conclusión, en mi humilde y honesta opinión, es un libro que entretiene, que sorprende, y que deja una cierta incomodidad reflexiva, positivamente hablando, pues invita a sincerarse con uno mismo y valorar cuánto se tiene en común con estos personajes que viven frustrados o engañados. También es un libro que da ganas y alas para escribir.


Así pues, ¡enhorabuena, paisano! A mí, me ha encantado.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Cerraduras

Como el nieto mayor que era, me tocó a mí ir a cerrar la casa.
El abogado nos había repartido días antes varios sobres y otras cosas de valor, lo único que restaba era decidir qué hacer con el caserón, y ninguno de nosotros tuvo la osadía de sugerir venderlo. Acordamos, pues, cerrarlo a cal y canto, dejar que el tiempo pasara sobre él y sobre nosotros, y esperar a que la presencia, aún muy presente, de nuestro abuelo se desvaneciera para tratar de tomar otra decisión.

Me dirigí esa tarde hacia el lugar, con la argolla llena de llaves que me había dado el magistrado. Era una argolla envejecida, enorme, como la que solían llevar los amos de llaves enganchadas a la cintura, y de ella colgaban varias de aquellas, algunas simples, otras barrocas y ricamente engalanadas, un par aún desconocidas para mí. Tras atravesar la verja, me planté delante del portón y empuñé la llave más grande. Un gruñido chirriante me invitó a entrar, descubriéndome una estancia que recordaba muy bien, aunque hacía demasiado tiempo que no la pisaba con esos pies ni con esa estatura. Las tardes en casa del abuelo hacía mucho que eran cosa del pasado.
No quise demorarme ni darle oportunidad a los recuerdos de hacer más mella en mí, así que fui de habitación en habitación, apenas dirigiendo miradas de soslayo al interior, escogiendo cuidadosamente la llave correspondiente y silenciando paredes con un giro de muñeca. Hasta que subí al piso superior y llegué a la sala de la biblioteca.
Estaba atardeciendo y el sol de invierno de las seis se colaba horizontalmente por los ventanales, iluminando las baldas intermedias de los estantes y protegiendo en la oscuridad al resto de libros mudos. El globo terráqueo que descansaba en sus pies de madera junto al diván parecía más una luna, con media cara visible y la otra oculta. Avancé para correr las cortinas y al caminar sobre la moqueta burdeos sentí las pisadas lentas de mi abuelo; presentí su bastón, más usado por agregar porte y distinción que por necesidad, dando suaves golpes rítmicos en el suelo; noté una presencia que se inmiscuyó en mi memoria y en las tardes de cuentos y viajes por el mundo en aquel salón. Por primera vez desde que supe la noticia de su muerte, me permití llorar.

Aunque habíamos acordado no sacar nada de la casa por el momento, flaqueé y me decidí a pecar. Tampoco iban a darse cuenta mis primos de que faltaba un libro. Me acerqué cuidadosamente al estante donde sabía que estaba, y con una delicadeza casi sagrada, extraje el tomo de su sitio natural. El lomo tenía una fina capa de polvo, pero en la cubierta se veía el título y su autor en letras doradas, victoriosas, proclamando la novela favorita de abuelo y nieto en esas tardes de invierno y aventuras. Llamarme como él quizá fue un punto especial que se ganó la pluma de Dumas. Lo abrí y hojeé algunas de las páginas amarillentas y muy delgadas de tanto uso.
Con el ejemplar en la mano, volví a la puerta caminando de espaldas y con el corazón de puntillas, abriendo mucho los ojos para retener en la memoria para siempre ese instante, la luz tenue desvaneciéndose sobre los libros, la alargada sombra de mi abuelo recostada en el sillón, la esperanza de que hubiera encontrado, como nuestro héroe Dantés, una forma ingeniosa de escapar de la muerte y todo esto fuera sólo un mal sueño. 

Cerrando cerraduras puse también el pestillo a años de ausencia y arrepentimientos, con cada llave que metía en su respectivo ojo echaba la vista atrás y dejaba que me invadieran los buenos momentos con mi abuelo. Cerrando puertas cerré también pasados truncados y encontré perdón.
Cuando terminé y me vi de nuevo en la entrada principal, sólo quedaban conmigo el libro, el manojo de llaves, y una paz infinita. Salí y agarré con determinación la aldaba, completando con un ruido seco lo que había venido a hacer allí. Di dos vueltas a la llave sintiendo que mi vida también daba un giro y regresé sobre mis pasos hasta la calle, tentado de tirar la argolla y sus cansadas llaves al río más cercano, para que nadie pudiera nunca más penetrar en aquel santuario ahora en calma. 

En lugar de eso, cuando llegué a mi casa coloqué la novela entre otros libros y escondí las llaves y todo lo que significaban detrás, a la espera paciente y atemporal de que disponen las historias, hasta que yo estuviera preparado para regresar y escribir una nueva página.

martes, 24 de diciembre de 2013

Incondicional

"Entonces se ignoran, mientras sus sombras se miran."


Con cada mínimo detalle que hubiera sucedido de forma diferente, con cada palabra pronunciada en otro sentido, con cada gesto que se hubiera hecho de otra manera, con cada pequeña acción que no se hubiera llevado a cabo, y con la infinidad de posibles acciones que sí que podrían haber pasado.
Con la infinitud de combinaciones que podrían haberse dado, con la inmensidad de decisiones que tuvimos tiempo de tomar y no tomamos, con la maquiavélica e insana dimensión del espacio de elección en el que no nos movimos, y con tantísimas posibilidades que no quisimos.

Se nos queda el mundo pequeño sólo porque nosotros así lo dispusimos, los tiempos verbales fallan porque abusamos del condicional, lo que pudo ser y no fue, que no podrá volver a ser conjugado.
Me falla el dispositivo de razonar porque se sobrecarga de la incomprensión de los límites y las fronteras. Me falta un manual para entender por qué nos empeñamos en negarnos lo que necesitamos, cuando siempre disponemos de la opción de no hacerlo. En algún sitio leí una vez que nos gusta hacer sufrir a lo que queremos, porque en realidad no lo sabemos y sólo nos daremos cuenta después, cuando sea tarde, cuando esté roto. Entonces querremos ser capaces de repararlo, porque en eso consiste también nuestra (¿errónea?) definición de amor: en ser necesario, en que nos sean dependientes. En ser condición y condicionante.

Mientras tanto, el mundo se nos va quedando pequeño, empeñados como estamos ponerle diques al mar. Y durante ese proceso el mar se va secando. Y llega un momento en que es demasiado tarde porque todas las decisiones han sido tomadas, porque la mayoría de posibilidades se han borrado de un plumazo, y ese espacio de elección ya no depende de ti. Ya no puedes decidir ser un incondicional, las condiciones se han establecido a parte y el planeta está sin agua. Ya no eres dueño de tus opciones porque involucran a otros y a sus elecciones. Pero qué pasa si uno no soporta los límites; si no quiere resignarse a estar encerrado entre las regiones que otros han dispuesto; si, pese a todo y pese a todos, quiere ser incondicional. Entonces, ¿qué pasa?

sábado, 7 de diciembre de 2013

Cuando toda la piel sabe a sal


¿Qué nos pasó? Tal vez estamos en el mundo para buscar el amor, encontrarlo y perderlo, una y otra vez. Con cada amor volvemos a nacer y con cada amor que termina se nos abre una herida. Estoy llena de orgullosas cicatrices.
Paula, Isabel Allende


Cuando nos hacemos una herida y a los días (o eternidades) empieza a cicatrizar, suele invadirnos una cierta comezón. Aunque sabemos que no hay que rascarse porque tardará más en regenerarse la piel, lo hacemos. Detrás parece haber una explicación biológica donde intervienen algunas células y terminaciones nerviosas. La irritación es persistente, molesta, intentamos evitar pensar en ello pero cada vez que algo (o alguien) nos roza la herida nos lanzamos a tocarla para intentar aliviar el picor. En el fondo funciona, nos da unos momentos de placer, pero el resultado es mucho peor: necesitamos rascarnos más y más, el alivio momentáneo provoca que la herida vuelva a abrirse, y ahora duele aún más. Entonces esperamos, nos armamos de paciencia para que nuestro cuerpo vuelva a estar listo para curarnos la piel; nos controlamos, o lo intentamos. En muchas ocasiones, aún heridos, aún cicatrizando, volvemos a tropezar con la misma piedra, porque esa piedra nos gusta. Y nuestra sangre vuelve a fluir y nuestras células a rebullir.
La metodología parece no diferir mucho de otro tipo de heridas que no tienen cicatrización física.

Escribió Delibes en boca de uno de sus personajes que las cicatrices de hierro saben a sal.
Yo digo que las de corazón saben a ti.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Más de veintidós mentiras

J.Sabina.

El mar inmenso. El olor de la leche recién hervida. Los días de lluvia. Un vaso caliente de cacao antes de acostarse. Los colores del otoño en los árboles. El verde de las praderas. Los dientes de león. Los deseos de los dientes de león. Las exposiciones gratuitas de arte. Las bicicletas de paseo con cesta. Los aeropuertos. Los orgasmos inesperados. Las sorpresas. Las tartas de chocolate. Más días de lluvia. Las heridas que sólo las madres curan. Los conciertos en teatros. Leer un libro de un tirón. La arena caliente en la playa mientras sopla fuerte la brisa. El atardecer, el amanecer despiertos. Las buenas canciones que suenan mientras compartes una cerveza. Los hombres con barba. Las mantas muy suaves que abrigan hasta el alma. Los poemas que le hablan a uno mismo. Una cena con amigos y una tele de fondo a la que nadie hace caso. Ir al cine a ver la misma película dos veces. Recorrer una biblioteca y escoger un libro al azar. Sentarse en una plaza con un café para llevar y contemplar a la gente pasar. El café muy dulce. Jugar al ajedrez con tu hermano y no dejarle ganar. Quererse uno mismo, mimarse. Conducir y poner la música fuerte cuando nadie te ve y cantar a voz de grito. Ducharse con agua muy caliente durante media hora. Los masajes. Las buenas costumbres. Las historias de mi abuelo. Pasarse una hora al teléfono. Darte el placer de cocinar algo elaborado sólo para ti. Salir a robarle fotografías al mundo. Los abrazos de más de dieciséis segundos. Reír a carcajadas hasta que te duela la barriga. Ceder el asiento del autobús a alguien. Escribir y reescribir. Volver a devorar un libro. Dibujar porque sí, bien o mal, y hacer chapuzas con pinceles. Mancharse las manos de pintura. Hacer locuras. Salir de fiesta hasta las tantas y acabar en un banco hablando de cosas existenciales. Las chimeneas a la orilla de una canción de Sabina. Ir con tu padre de compras para él. Recibir un mensaje o una carta de alguien a quien echabas de menos. Salir a bailar sin importar el qué dirán. Hablar con tus amigas durante horas de lo mismo una y otra vez. Hacer regalos sólo porque te apetece. Que te regalen un libro. Planear viajes, preparar maletas. Recordar inventarios de recuerdos. Dormir en casa.

Más de cien motivos para querer sonreír por las mañanas. Estos son algunos de los míos. Lo mejor, es que podría seguir enumerando cien más. Sólo hay que hacer una lista de los propios, y cada día intentar vivir un par. Hay algunos más accesibles que tenemos a mano sin darnos cuenta, hay otros que no podemos controlar y que debemos esperar con paciencia. Pero seguro que, aunque los míos te hayan parecido aburridos, en el fondo sabes a qué me refiero. La idea está clara, hay cientos de motivos ahí fuera. Sólo hay que recordarlos en esos días en que parece que no existen. 

Y ése es mi consejo de hoy para esta vida que se empeña en quitarnos la sonrisa y a la vez en recordarnos que tenemos mil razones para tenerla. Porque la vida puede ser maravillosa. Eso dicen.
(Patritermómetro subiendo de temperatura poco a poco, grado a grado).

domingo, 1 de diciembre de 2013

Comparanzas

Cuando empieza a doler
entonces escribo.
Cuando lleva un tiempo doliendo
entonces escribo.
Cuando deja de doler
entonces escribo.
Cuando no duele nada
entonces escribo sobre
cuando empezaba a doler,
cuando llevaba un tiempo doliendo
o cuando dejaba de doler.
Marwan.



Como meter los pies en arenas movedizas.
Como protegerse de la tormenta con un chubasquero de papel.
Como beber alcohol para bajar la fiebre.
Como poner en las heridas sal y miel.

Como caminar descalzo entre cristales.
Como montar en la montaña rusa después de un largo sueño.
Como comprar un mapa escrito en árabe.
Como dormir desnudo en pleno invierno.

Como iniciar un viaje a quién sabe donde.
Como nadar en lagunas nocturnas de amnesia e insomnio.
Como tirar la piedra y esconder la mano.
Como llegar a un punto sin retorno.

Como las náuseas, los nervios, la resaca y el frío.
Como un abismo a medias lleno de vacíos.
Como todo este cúmulo de sensaciones dispersas y dispares.
Como estar perdido sin haberlo sabido.
Y sobre todo,
como el final, que en ningún sitio cabe.