lunes, 30 de noviembre de 2015

Miradas

Ahí quedaste. La vida te colocó una venda en los ojos que borraba todo rastro de mí, y ahora puedes ver un mundo en el que simplemente ya no existo. Caminar tranquilo por la calle sabiendo que no te darás de bruces con mi presente, hablar con la gente habiendo olvidado que un día nos tuvieron en común, volver a los sitios que compartimos juntos sin tener que guardar prudencia, sin miedo a toparte con mi recuerdo, y rehacer tu vida como si yo nunca hubiera estado en ella. Se consumió el cristal de tus gafas que antes me buscaban, se te emborronó la mirada y la venda mental hizo el resto.

Ahí quedé. La misma vida que a ti te cegó de mí, conmigo no fue tan gentil. No me ofreció visión selectiva para el corazón, sino un par de binoculares que analizan de cerca una obra. El escenario está prácticamente vacío, es una habitación desamueblada casi en su totalidad, fría y gris. Sólo una cama, en la que están los fantasmas que fuimos, de espaldas, sin mirarse. Cada vez que me coloco las lentes veo lo mismo. Ella se acerca a su borde de la cama, mueve las piernas, levanta los brazos y murmura algo. No alcanzo a oírlo desde aquí. Él no se inmuta, parece que cada vez su lado del colchón está más lejos. Ella parece seguir susurrando palabras ininteligibles, hasta que se da la vuelta y comienza a buscarlo. Pero él se aleja más y más. Ella intenta llegar a él, lucha por tocar su hombro, le grita, pero el espacio entre ellos se estira. La veo abrir la boca y llevarse las manos a la cabeza, llorar desesperada, dar golpes en la cama mientras le es imposible llegar a él. Sus miradas nunca llegan a cruzarse por más que ella intenta buscar su rostro.

Ahí quedó. Todo lo que no fuimos y lo que no llegaste a saber de mí. En unos binoculares rotos que sólo enfocan nuestro final, nuestro herido declive. En las gafas vendadas que la vida te supo regalar como actuación de cierre, antes de bajar el telón. En nuestras miradas, extintas, traspasándose de espaldas, que no se volverán a encontrar jamás.

8 comentarios:

  1. Supongo que dependiendo de la etapa vital en que cada uno se encuentre se ve esto de una manera. Yo ahora mismo pienso que si algo se ha roto es porque de alguna manera, tenía que terminar así. Sólo queda seguir, tratar de recordar lo bueno y lo aprendido y seguir labrándose un futuro sentimental y humano el tiempo que nos quede.

    Salud y abrazos.

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    1. Yo pienso que al final, sí, cliché, todo pasa porque tiene que pasar, pero tal vez sea también ésa una forma cobarde de quitarnos la culpa ante ciertas cosas que podríamos haber evitado. Pero Óscar, que no estamos para esas culpabilidades, ¿no? :) Un abrazo!

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  2. Ahí nos quedamos y ahí se quedan...Nadie se queda para siempre...Y menos mal!

    Abrazo enorme Patricia! :)



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    1. Jajaja y menos mal, Sofya, y menos mal! Si no, ¡qué aburrido, quedarse siempre así! :)
      Un abrazo y siempre gracias por estar!

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  3. ¿Miradas o ausencia de miradas?...
    ¿Ahí quedó todo lo que no? Si hay seguridad de ello, pues a cerrar esta puerta y borrón y cuenta nueva en otra parte de la ciudad o mejor lejos de ella.
    Lo de las gafas... no soy oftalmóloga pero... ¡oye! estuve ayer en la óptica y hacen unos modelitos preciosos y a prueba de roturas ;)
    Yo entré para comprar una cinta (azul) para no olvidármelas en cualquier sitio. Es que sin gafas ya no puedo leer :(

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    1. Miradas ausentes, sí. Hacer la maleta y volar lejos donde otros horizontes sepan vernos.
      Yo no puedo hacer nada en la vida sin gafas (o lentillas), soy super miope! Mis gafas me gustan, pero a veces se me empañan demasiado ;)
      Lo importante es leer, sea como sea, y mirar :)
      Un abrazo!

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  4. Tremendos los finales... casi que prefiero no ponerme las gafas para creerme que duele menos, ni mis gafas de hacerme invisible me sirvieron.

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    1. A veces es mejor quitárselas y no ver nada. Sobre todo, en sueños.
      Pero no nos hagamos invisible, gata, invisibles en todo caso, los demás, los que no sean buenos :)
      Un besazo!

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