jueves, 28 de abril de 2011

En la misma carretera

Los cuerpos maceraban al sol, tumbados en el asfalto caliente y seco. Eran dos chicos y una chica, típica historia americana de carretera y verano, de aventura impulsiva que lanza a los jóvenes a escapar, con el ruido de un motor, del ruido de sus propias vidas.

Había llegado el fin unas semanas atrás. Fin de la primavera, fin de una era de luz y color. El año en que se cumplen los dieciocho es uno de los más importantes para una persona cobarde. Se acabó la posibilidad de esconderse tras el muro paterno, adiós a la seguridad del hogar… ¿tampoco tú estás preparado para enfrentarte en solitario a tus miedos?
Así que a principios del verano, embutieron shorts y camisetas en un par de macutos, cogieron el dinero ahorrado y el coche de segunda mano de ella, y dejaron sordas de un portazo a las puertas de sus respectivas casas, y dentro a unos padres ciegos y también sordos, que nunca habían escuchado los lamentos callados de sus hijos adolecentes ni habían sido capaces de ver la ayuda que pedían a gritos esos cuerpos cambiantes. Esos padres que tampoco tenían sentido del tacto, ni supieron oler el miedo a crecer de sus vástagos. El único medio del que disponían era el habla: los improperios jamás fueron suficientes, y el concierto de agudos y graves con que festejaron la huida de los chicos no fue precisamente callado.
Pero ellos sabían lo que debían hacer, y si querían superar ese cambio que les acechaba, tenían claro que necesitaban combatir solos, y por una vez, hacerle frente a lo que hubiera ahí fuera sin muletas ni manos que les guiasen.

"La vida nos lleva por caminos raros, y suele mirarnos con los ojos cerrados."

Con esa idea en mente comenzaron el ansiado viaje los tres amigos, decididos a buscarle un sentido a esos caminos y a abrirle los ojos a la vida, antes de que fuera demasiado tarde por haber escogido un sendero incorrecto: precisamente, no haber elegido.

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