lunes, 13 de febrero de 2012

Carne de cañón (2)


Cantaba el silbato del teniente a cargo a primeras horas de la mañana, recordando más que avisando, de que tras tal sonido todos debían andar en pie y en posición de firmes, o de fingidos… más bien.
El joven siempre se había preguntado sobre el peligro de llamar de tal modo, pues si bien los pulmones del déspota mandatario, carcomidos de alquitrán, no eran precisamente de trompetista profesional, el enemigo bien podría tener un oído más fino aún que sus navajas, y ser advertido de los movimientos matutinos de su pelotón.
Pero día tras día, en esa sucesión no numerable de la que hacía gala la rutina, no sucedía nada imprevisto, y al ruido acudían todos en tropel, arrastrando un entusiasmo que no tenían, a escuchar los planes de la jornada.
A veces aprovechaba el teniente para regañar, dígase cariñosamente, sobre ciertos comportamientos innobles que se derrochaban entre los soldados. Pero la mente de nuestro hombre apagaba su batería, negándose a llenarla de malos pensamientos tan temprano…
Además, el tenía su propio discurso interior; un mantra que le perseguía más rápido que las balas en el terrero de juego…
“Cuando dispares, será otro el que sostenga la pistola por ti, y tú sólo verás la línea de fuego fluyendo por tu mano, directa a la íntima agonía de otra vida que desaparece en la letanía de la batalla…”.

Triste mensaje en una triste mente en una triste guerra, triste arma que en este caso también son las palabras… Tristes, tristes. Y pese a lo que diga el poema hernandiano, triste el hombre que muere de mal de amores… cuando el hombre es un guerrero, y la amada una dama pálida que viste de negro. Nótese como fluye como el fuego la melodía de sonidos… A veces pareciera que las palabras tristes están destinadas a rimar, a juntarse en una misma persona y en un mismo lugar. ¿Ven? Otra vez.


No se oye nada.
Ni el viento mecer una hoja, ni un pájaro aletear sus alas, ni una lagartija correr a guarecerse en su madriguera…
Allí no hay vida, no hay vida viva.
Sólo esos robots de carne que sostienen metralletas…
Al muchacho le recuerdan a los de alguna película que tal vez vislumbró de soslayo en la cárcel, pero ni goza de buena memoria, ni tendría en el momento la oportunidad de regodearse en el film. La sala de ocio de una cárcel no es un lugar seguro para un recién cumplidos dieciocho años.

2 comentarios:

  1. El conflicto interior del soldado...el sentimiento de que todo es irreal. Supongo que en la crudeza de una batalla esa situación se repite bastante a menudo.

    Tristes guerras si no es amor la empresa, tristes, tristes...

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    1. Gracias por leer esta miniserie, la escribí hace mil y obviamente no seguí dándole hilo, cosas de adolescencia.

      Tristes tristes...creo que estaba leyendo algo bélico de Reverte por aquel entonces, y también me dio por leer sobre las guerrillas,así surgió este despropósito.
      Gracias por leerme :)

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