domingo, 12 de febrero de 2012

Carne de cañón (1)

La guerra puede ser muy humana y muy animal.
En ella, entre las filas de combatientes, pululan como pájaros en el cielo distintos tipos de aves. El águila real, el jefe, el que mueve los hilos y despluma convenientemente a su pobre ejército del aire. Los rapaces, los altos cargos que roban del nido ajeno, intentando escapar a costa de amarrar a otros inocentes. Y los indefensos gorriones, los bastardos peones a las órdenes de una causa que quizá no consideran la suya, que trafican con sus sentimientos y emociones, haciéndolos transparentes para ahuyentar un dolor que sabe a miedo y a pólvora.
En este campo de batalla sin nombre, porque al fin y al cabo todos son iguales, se había encontrado varias veces nuestro hombre, anciano ya. Ciudadano sin esperanza ni bandera, que como tantos otros sólo era soldado a sueldo de una patria: la vida. Y el sueldo bien podía ser el aire para respirar.

La guerra le arrastró sin quererlo ni proponérselo.
Su paradójica historia comienza como la de muchos que tampoco tenían más alternativas. Sin profesión, ni devoción, ni opción, el ejército era un camino fácil y seguro aunque precario, para conseguir algo así como un techo, un alimento y un motivo por el que hacer algo en la vida. Pero… ¿quién lo hubiera dicho? Siempre cabe la posibilidad de que se desate una guerra… Y entonces, el motivo se convierte simplemente en sobrevivir.

¡Pum, pum, pum! El sonido de las balas le ametralla los oídos, le envenena el alma. Le crece un odio que antes no conocía, le carcome la sangre en las venas, tiñéndola de gris ceniza… Como la que llueve sobre ellos.

Al principio, el hombre se engañó durante un tiempo pensando, que a fin de cuentas, nada tenía él que perder. Huérfano de la sociedad, sin posesiones, con un pasado entre rejas, quizá morir fuera su salida más fácil. Pero, aún en los límites de la miseria, el ser humano tiende a buscar respuestas a las preguntas que no la tienen. Y aunque él fuera un despojo sin ánimos, en el fondo de su ser empezaba a germinar la semilla del…”porqué”.
“¿Por qué luchas por unas razones que no compartes?”.
“¿Por qué arriesgas tu vida defendiendo a quienes no conoces y matando a otros tantos?”.
“¿Por qué te dejas guiar por una cabeza que no se juega su pellejo sino que os hostiga a los demás?”.

Durante el desarrollo de la contienda y el paso de las semanas, el árbol de la duda fue afianzando sus raíces. Ya no era suficiente que le prometieran un plato caliente al volver de las trincheras, él empezaba a prometerse a sí mismo que se vengaría de quienes lo obligaban a pelear como una máquina programada, sin sentimientos ni emociones.
“No seas estúpido… No sabes lo que significa eso, ¿acaso no recuerdas tu vida anterior? ¿Cuándo has apreciado tú el valor del amor, del cariño o la amistad? Si alguna vez tuviste la oportunidad, la tiraste por el desagüe con lo que hiciste… Creía que te lo habían grabado a fuego en la cárcel.”

Cuando le asaltaban esos pensamientos, se entregaba con más fiereza que nunca a las armas, masacrando cuerpos y arrastrando heridas. Pero en la soledad de la noche, mientras hacía las guardias de vigía en el paso fronterizo, su conciencia lloraba en silencio, porque no podía ver más allá de las luces del puesto contrario ni de la negrura de su corazón.
“¿Por qué…? ¡Basta! No lo sé…”.

1 comentario:

  1. Lamentablemente, en las guerras, nunca combaten los que las declaran. Normalmente, los gorriones, que no tienen dónde aferrarse, empuñan las armas aunque no sepan ni por lo que están luchando... las guerras anestesian las conciencias y se cometen atrocidades pero siempre he pensado que la conciencia no se puede anestesiar, al menos no eternamente y eso es lo que parece pasarle al protagonista :-)

    ¡¡Vamos a por la siguiente parte!!

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