viernes, 27 de diciembre de 2013

Cerraduras

Como el nieto mayor que era, me tocó a mí ir a cerrar la casa.
El abogado nos había repartido días antes varios sobres y otras cosas de valor, lo único que restaba era decidir qué hacer con el caserón, y ninguno de nosotros tuvo la osadía de sugerir venderlo. Acordamos, pues, cerrarlo a cal y canto, dejar que el tiempo pasara sobre él y sobre nosotros, y esperar a que la presencia, aún muy presente, de nuestro abuelo se desvaneciera para tratar de tomar otra decisión.

Me dirigí esa tarde hacia el lugar, con la argolla llena de llaves que me había dado el magistrado. Era una argolla envejecida, enorme, como la que solían llevar los amos de llaves enganchadas a la cintura, y de ella colgaban varias de aquellas, algunas simples, otras barrocas y ricamente engalanadas, un par aún desconocidas para mí. Tras atravesar la verja, me planté delante del portón y empuñé la llave más grande. Un gruñido chirriante me invitó a entrar, descubriéndome una estancia que recordaba muy bien, aunque hacía demasiado tiempo que no la pisaba con esos pies ni con esa estatura. Las tardes en casa del abuelo hacía mucho que eran cosa del pasado.
No quise demorarme ni darle oportunidad a los recuerdos de hacer más mella en mí, así que fui de habitación en habitación, apenas dirigiendo miradas de soslayo al interior, escogiendo cuidadosamente la llave correspondiente y silenciando paredes con un giro de muñeca. Hasta que subí al piso superior y llegué a la sala de la biblioteca.
Estaba atardeciendo y el sol de invierno de las seis se colaba horizontalmente por los ventanales, iluminando las baldas intermedias de los estantes y protegiendo en la oscuridad al resto de libros mudos. El globo terráqueo que descansaba en sus pies de madera junto al diván parecía más una luna, con media cara visible y la otra oculta. Avancé para correr las cortinas y al caminar sobre la moqueta burdeos sentí las pisadas lentas de mi abuelo; presentí su bastón, más usado por agregar porte y distinción que por necesidad, dando suaves golpes rítmicos en el suelo; noté una presencia que se inmiscuyó en mi memoria y en las tardes de cuentos y viajes por el mundo en aquel salón. Por primera vez desde que supe la noticia de su muerte, me permití llorar.

Aunque habíamos acordado no sacar nada de la casa por el momento, flaqueé y me decidí a pecar. Tampoco iban a darse cuenta mis primos de que faltaba un libro. Me acerqué cuidadosamente al estante donde sabía que estaba, y con una delicadeza casi sagrada, extraje el tomo de su sitio natural. El lomo tenía una fina capa de polvo, pero en la cubierta se veía el título y su autor en letras doradas, victoriosas, proclamando la novela favorita de abuelo y nieto en esas tardes de invierno y aventuras. Llamarme como él quizá fue un punto especial que se ganó la pluma de Dumas. Lo abrí y hojeé algunas de las páginas amarillentas y muy delgadas de tanto uso.
Con el ejemplar en la mano, volví a la puerta caminando de espaldas y con el corazón de puntillas, abriendo mucho los ojos para retener en la memoria para siempre ese instante, la luz tenue desvaneciéndose sobre los libros, la alargada sombra de mi abuelo recostada en el sillón, la esperanza de que hubiera encontrado, como nuestro héroe Dantés, una forma ingeniosa de escapar de la muerte y todo esto fuera sólo un mal sueño. 

Cerrando cerraduras puse también el pestillo a años de ausencia y arrepentimientos, con cada llave que metía en su respectivo ojo echaba la vista atrás y dejaba que me invadieran los buenos momentos con mi abuelo. Cerrando puertas cerré también pasados truncados y encontré perdón.
Cuando terminé y me vi de nuevo en la entrada principal, sólo quedaban conmigo el libro, el manojo de llaves, y una paz infinita. Salí y agarré con determinación la aldaba, completando con un ruido seco lo que había venido a hacer allí. Di dos vueltas a la llave sintiendo que mi vida también daba un giro y regresé sobre mis pasos hasta la calle, tentado de tirar la argolla y sus cansadas llaves al río más cercano, para que nadie pudiera nunca más penetrar en aquel santuario ahora en calma. 

En lugar de eso, cuando llegué a mi casa coloqué la novela entre otros libros y escondí las llaves y todo lo que significaban detrás, a la espera paciente y atemporal de que disponen las historias, hasta que yo estuviera preparado para regresar y escribir una nueva página.

8 comentarios:

  1. Supongo que a esto es a lo que llaman casualidad. Justo ayer estuve en mi pueblo, en la casa de mis abuelos, llevaba sin entrar bastante tiempo y tristemente y por circunstancias no se conserva como el santuario que describes, ni mucho menos...

    Uno nunca sabe donde acaba el cuento y empieza la realidad en este tipo de textos, aunque bien en este caso, ya que el tono general es muy positivo.

    Un abrazo!

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    1. ¿En serio? Menuda casualidad sí! Es una pena, en la mayoría de los casos las casas y los recuerdos se abandonan por motivos que escapan a nuestras manos :(
      En este caso, el texto es 100% ficticio, pero detrás del tono positivo sí que hay una verosimilitud con mi relación con mi abuelo :)

      Gracias por leerme!Un abrazo!

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  2. Es sano cribar el pasado, lavar las pérdidas con lágrimas y llevarnos sólo los recuerdos bonitos como pepitas de oro. Quien no lo consigue, arrastra largo tiempo su pena por mucho que esconda las llaves oxidadas.

    Abrazote y sonrisa :)

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    1. Voilà, tout d'accord :) Merci! Gracias por leerme querida Framboise, y por el sabio consejo. Abrazo grande :D

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  3. Yo pasé mi adolescencia (hasta los 14 años) en Tánger, donde vivíamos en un chalet de la calle Fez. Allí empezaron todas mis aficiones e ilusiones que me han acompañado desde entonces. Volví ya cumplidos los 40 a Tánger por razones de trabajo y me llegué hasta la vieja casa. Me planté delante de la puerta del jardín, en el que tanto jugué y que tan bien recuerdo, levanté el dedo para llamar al timbre movido por mil nostalgias... pero me detuve. Me di la vuelta y me largué: no quise destruir la magia de aquel lugar viéndolo ahora, sin duda transformado en algo diferente. Y así sigue en mi recuerdo, imperturbable y eterno. Son historias que ocurren...

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    1. Gracias por compartir ese recuerdo tan bonito conmigo. Me pongo en tu piel y debió ser muy muy difícil estar allí delante y decidir no entrar, pero seguramente yo habría hecho lo mismo. Es precioso que mantengas el recuerdo perenne de tu infancia tal cual, seguro que es mejor así. El año pasado viví 6 meses en una ciudad de Bélgica, y regresé medio año después unos días. Había sido poco tiempo pero la ciudad cambió mucho, y se transformó en otra conocida, pero no era la misma. Es cierto eso que dice la canción de Sabina, "al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver". Un abrazo :)

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  4. G-U-A-U O__O

    Aplaudiría, pero te gustará más saber que me he quedado casi sin palabras pensando las cosas que me trae lo que acabo de leer.

    Me encanta lo de: "silenciando paredes con un giro de muñeca". Es genial.

    Has conseguido describir y narrar a la vez, sin dejar de lado ninguna de las dos cosas. La descripción de la casa es objetiva y subjetiva a la vez: ver la casa y las cosas a través de los ojos del personaje es posible con tinta verde ;-)

    Haría un comentario tocho y detallado de casi cada frase, pero creo que no merece la pena porque el texto habla por sí solo y mejor. Solo copiaré y pegaré este trozo genial de acción que habla por sí solo:
    "Di dos vueltas a la llave sintiendo que mi vida también daba un giro y regresé sobre mis pasos hasta la calle, tentado de tirar la argolla y sus cansadas llaves al río más cercano, para que nadie pudiera nunca más penetrar en aquel santuario ahora en calma."

    Me ha encantado. Impresionante y expresionante. Lo he sentido :-))

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    1. ¡¡¡Me tienes en demasiada estima mi amigo!!! :D gracias y mil gracias, ya lo sabes, aunque lo necesario son las críticas sinceras sean buenas o malas, sé que la tuya viene del corazón y que te guste tanto rellena mis frascos de tinta verde :)
      Es genial haber escrito algo que te llegue y te haga sentir, de eso se trata la escritura pues, es fantástico haberlo conseguido en este pequeño intento, gracias por leerme y agasajarme, y si esto te trae recuerdos, pasados y presentes/futuros, quédate con la parte buena y hazle fotografías (mentales y físicas,si te es posible) a la memoria, mientras puedas :) Abrazoooooo!

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