miércoles, 16 de octubre de 2013

Un techo cualquiera


Había impresa una huella de zapato, justo pegada al conducto de ventilación, en el tono grisáceo de la suciedad  y la prisa.  Su contorno contrastaba con la inmaculada pintura blanca, que se notaba bien retocada. La marca debía ser, por tanto, reciente. Era una suela grande, seguramente de hombre, de un calzado formal, pie izquierdo. Alguien había caminado por el techo, como queriendo escapar.
Yo contemplaba la extensión blanca, rota por la pisada contigua a las rejillas del aire, tumbado en la camilla. Mientras me conectaban toda clase de vías y cables, me miré por encima de la barriga los pies descalzos y deseé poder dar un salto antigravedad y posar mi planta sobre la mancha que se exhibía encima de mi cabeza. A continuación, imaginé, usaría mi pie derecho aún en el aire como palanca para abrir la placa de metal y dejar libre el conducto. Posado en el techo como si éste fuera el suelo, saltaría entonces dentro del agujero cuadrado y la gravedad volvería a seguir las leyes físicas. Dejaría abajo a los médicos y a los aparatos y me arrastraría por el conducto, que de una forma mágica, se ensancharía para permitir mi paso holgadamente. Aún de forma más mágica, el conducto desembocaría en una suerte de ventana iluminada y abierta. La salvación vendría en forma de aire fresco y de libertad. 
Mientras el fantasma de mi imaginación saltaba de la camilla y se preparaba para emprender el recorrido soñado, un enfermero me inyectó un líquido y mantuvo su vista clavada en mis ojos, que empezaron a cerrarse a medida que el fantasma se hacía más corpóreo y me observaba desde el techo con el cuerpo invertido, los pies posados en la blancura, uno sobre la antigua mancha, y su cabeza casi tocando la del enfermero. Cuando la anestesia llegaba casi enteramente a su definitiva absorción y apenas distinguía las luces, eché un último vistazo antes de caer en el letargo y la sombra de veintiún gramos de masa ya no estaba, pero en su lugar había dejado una segunda pisada junto a la rejilla. Bueno, fue mi último pensamiento, al menos uno de los dos ha salido vivo de aquí.

4 comentarios:

  1. Es curioso cómo en los minutos previos a la anestesia, cada cual fantasea a su manera. Yo, cada vez, visualizo una playa de arena blanca, con su agua turquesa y sus tres palmeras (mis tres seres más queridos) con mi hamaca entre ellas: relax total con la sonrisa en los labios.
    Me ha gustado tu escapada por la rejilla hacia el aire fresco y la libertad: imagen optimista también.
    Abrazote grande.

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    1. :( Espero que no tengas que ponerte muchas anestesias más, Framboise, y que esa playa imaginaria se haga muy real con tus tres palmeras junto a ti :)
      Creo que te robaré un trocito de ese mar, si hay algo que se define como libertad y brisa fresca es eso :))) Besos y sonrisas enormes y dentudas!

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  2. ¡Vaya! interesante escapada la que describes con la anestesia, nunca me podría plantear algo semejante. Un buen texto que desde luego da pie a pensar en las posibilidades de nuestra mente.

    Saludos

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    1. ;D gracias por leerme y por pensar eso, las posibilidades de nuestra mente a veces dan hasta miedo! Un beso grande y gracias.

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