viernes, 25 de octubre de 2013

Peces de ciudad

Ay pequeña, corre, vuela, 
a sacarme de esta oscura noche gris,
a meterme tu vida por las venas,
a morirte por querer verme vivir.
J.S.

Ahora cuando te pienso lo hago con otro nombre, con otro que no me recuerde lo que depara el futuro inminente y que no se asocie a ti. Cuando te hayas ido lo recuperarás, pero entonces serán sólo letras que sonarán a despedida y ausencia, y no querré pronunciarlas nunca más.

Hoy al despertarme intuí la niebla y ella me intuyó a mí, un mal presagio, me lancé en picado a la ciudad y sólo podía ver los pies de la gente dirigiéndose a sus destinos, que apenas se diferencian en una letra de desatinos. El desatino del destino se me mostraba gris esta mañana, y la noche no había tenido mucha más luz. Entre los borbotones de niebla notaba mi cuerpo fluir, intentando abrirse paso con una dificultad achacable al peso grave que había ganado la víspera. Quien diga que las emociones no tienen masa miente, a mí me empujaban hasta el suelo como si llevara cadenas de plomo. La ciudad, tu ciudad, no hacía más que apretarme los grilletes. Había entrado sin darme cuenta en un oscuro túnel, en el que sólo sentía tu presencia, a ratos muy cercana, en otros montándose en un tren que se dirigía hacia una luz en la que yo no tenía derecho a pensar. Me tapé los oídos buscando mis manos entre la niebla para acallar el ronroneo oxidado de la urbe, y al quedar mi mente en blanco sonaron en ella los peces de ciudad, chapoteando, clamando por alguna isla desierta para naufragar. Que aunque sea de otra canción, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Desafié a los barcos de la carretera intentando no ahogarme entre una niebla cada vez más densa que no me dejaba respirar; me di cuenta de que ahora sólo me rodeaba a mí. Intenté mezclarme con la gente y fingir saber a donde iba. Hace días que no lo sé. Cuando el mundo se pone patas arriba sólo conozco dos soluciones: esperar, o huir. A veces pasa que en la espera estamos aceptando una huida hacia atrás, pero los peces tienen tan poca memoria que no lo recuerdan. Los peces de ciudad sólo pueden esperar, los de mar saben nadar. Enfundada en el hálito nublado de la mañana llegué sin proponérmelo a aquella plaza, y un montón de imágenes inundaron mi mente subiendo la marejada. Tuve que sentarme mareada en el banco y al tocar su madera sentí el roce de tu piel, temeroso, esencial e invisible, inhóspito y cariñoso a una vez, y supe que estaba perdida, verdaderamente perdida en ese túnel sin saber dar un paso en cierto, convencida por otro lado de que la salida no era para mí. No puedo dejar que me convenzas tú, cuando ni lo entiendes ni lo sabes. Me gustaría, claro, me encantaría que me lo pidieras, pero no se puede vivir de condicionales ni de imposibles. Y tomé la decisión.

Ahora cuando te pienso lo hago sólo a medias, porque he decidido tanto esperar como huir. Aguardaré a que vuelva el viento del norte cuando haya terminado de atravesar el mar, y cuando marque la nueva dirección dejaré que te vayas y entonces yo también me iré. Y no haré nada para evitarlo, porque algunos desatinos son inevitables, pero más lo es el destino. Y yo voy a convertirme en un pez de mar.

3 comentarios:

  1. Magistral, Patricia. He sentido la niebla en el cuerpo.
    Quizá porque me siento muchas veces con... "el corazón en los huesos".
    ¿Existe el destino? puede... los desatinos, seguro.
    Hay destinos inevitables (porque no dependen de nosotros) pero los desatinos creo que no lo son porque también existe el tino de controlarlos... si se quiere. En esto consiste la vida ¿no?... ;)
    Abrazote grande

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    1. No adelgazes de corazón ni lo dejes desprotegido, Framboise :))) (lo digo yo, que tengo que predicar oon el ejemplo!). Últimamente doy más desatinos que tinos, el destino, que se descontrola ;) Intento una vez más seguir tus consejos. Abrazo enorme y gracias infinitas.

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