domingo, 2 de junio de 2013

El regreso II

Elegí un día para regresar, y se cumplieron todos mis presagios. El destino existía y quería dolerme, quería que le hiciera frente con la espalda recta y los ojos firmes.

Volví a la ciudad con el alma en dos maletas y el bolso de mano con el que me marché, portando en él ancestros negros y sagaces que me ayudaran a ahuyentarle. 
Habían muerto muchas vidas, se habían extinguido tantas llamas, ¿sería posible que me encontrara en mitad de tanta gente? Yo caminé, más sola que nunca, entre la tanta gente. Y no le vi.

Pero en el fondo de mi ser, ese que se retuerce y se incendia cada día avivado por el recuerdo, sabía que él estaba esperándome. Siempre lo estuvo, siempre lo ha estado.

Y sentí miedo.

Moví mis caderas entre la multitud, cargando sobre ruedas el peso de mi pasado y lo incierto del futuro, y con cada bocanada de aire me asfixiaba un poco más. La atmósfera en las calles era densa y espesaba la sangre. Crucé laberínticos pasajes guiada por un impulso desesperado, sin saber a dónde había vuelto, sin reconocerme en la ciudad. En una fuente refresqué mi cuello y me quedé mirando las suaves montañas, adivinando el mar detrás de aquellas curvas como un día él adivinó las mías. Y allí me dirigí arrastrando la vida.

El reloj del mundo había sumado varias horas cuando llegué y mecí mis pies entre la arena. Inflé mis pulmones con aire de sal y me senté a esperar, secando mi piel con el húmedo aliento de la costa, espesando  aún más mi sangre.

Y entonces le sentí. Y volví a sentir miedo, un miedo caliente.
Y una mujer de hace dos siglos se estremeció.

El ruido entre silencios, la cremallera en mi espalda que sólo él abrió, la cremallera en la maleta que cerré. El portazo seco del armario, el de la habitación. Las perchas vacías testigos mudos de un adiós, las bombillas rotas, el amor a oscuras, el final sin luz. Sus manos, sus dedos, su ser inquieto de gravedad solar, mi Luna que huyó en mitad de la noche, cuando él no podía verme. No quería verme. El ruido del Amor. Ay, el Amor. Tan loco, tan traicionero, tanto drama malgastado.

Y el ruido volvió ese día en forma de pisadas en la arena, en forma de más cremalleras que se abrían y mi ropa que volaba por la playa. Sus gritos en silencio, su cara desencajada y mis maletas vacías, sin excusas ni motivos. Y el reloj del mundo empezó a girar hacia atrás. Y la mujer de hace dos siglos le miró con ojos firmes y la espalda recta, y le susurró en un lenguaje olvidado que no necesitaban encontrar el Amor, porque el Amor eran ellos.

Y el mar los devoró.

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