lunes, 19 de agosto de 2013

Habitación 238

Voy a quedarme con él un tiempo, no quiero obligarle a que se vaya. 
Me divierte la idea de que está en mis manos, en mis pies o en mi boca la posibilidad de forzarle a marcharse. Está en cualquier parte de mi cuerpo en realidad, pero sobre todo fantaseo con acercar mis manos y hacerlas chocar. Llenar el silencio de aplausos. Hay algo de tétrico en ello, aplausos en medio de un cuarto vacío; las palmas se multiplicarían por la magia del eco. También hay algo que me pesa en la garganta. Siento sonidos macerándose ahí abajo, hay unos dedos invisibles tocando mis cuerdas vocales, tentándome a expulsarlos y gritarlos, pero con la mente los obligo a parar. No, no quiero hablar, no quiero chillar, aún no estoy tan loca. Quiero que el silencio se quede conmigo un poco más.
Además, pronto el ruido aparecerá por sí solo, el ruido siempre tiende a inundarlo todo de forma natural, como si el espacio le perteneciera.
Ahora que puedo, quiero disfrutar de su ausencia.

Estoy conmigo misma y con mi silencio en una habitación muy blanca. Cualquiera que me espiara por un agujero podría verlo y no oiría nada. Pero en verdad, la estancia está llena de voces. En mi cabeza. La voz de la conciencia, de la locura, de la razón. No lo sé. Incluso podría ser mi propia voz. Ya no recuerdo como era. Creo que una vez me dijeron que sonaba firme y sensata, debe ser más bien grave entonces. Definitivamente no es mi voz.
He dejado de aburrirme y ya no tengo miedo del tiempo. El tiempo se ha convertido en otra especie de silencio. No puedo sentirlo avanzar. Aunque imagine un reloj en mi muñeca y use mis latidos como segunderos, al rato deja de tener coherencia. Como cuando repites una palabra muchas veces y pierde su significado. Aquí dentro nada lo tiene. Minuto, hora, hora, hora, días. Todo es lo mismo.

Voy a quedarme conmigo misma y con el silencio un par de tiempos más. Hasta que la enfermera vuelva. No sé cuando será eso, quizá dentro de muchos tiempos. Pero me he propuesto no hacer ningún ruido hasta entonces. Es lo único que puedo controlar ahora mismo. Seguiré aquí sin moverme, como si no respirara. Estoy encogida y con las orejas tapadas, me da igual lo que me insista mi boca y mi cabeza, no pienso gritar, no pienso dar golpes, no pienso existir aquí. Y tampoco voy a tener miedo.
El ruido de la puerta al abrirse reclamará la normalidad, entonces las medidas volverán a tener sentido y mis voces se callarán. No, no voy a tener más miedo. Sé esperar.

5 comentarios:

  1. El silencio siempre es sonoro, lo queramos escuchar o no. Y cuando se abre la puerta, lo que oigo es el eco del silencio. Esperar... ¿espera o esperanza?
    Besos

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    1. Sí, el silencio a veces es el ruido más ensordecedor, y la espera una desesperanza... Tengamos ánimo ;) Besos de vuelta!

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  2. Bonita entrada Patricia, el silencio es además un gran maestro...Por cierto, gracias por tu recomendación, la canción de "arenas movedizas" de Sabina, ¿recuerdas?...Es todo un poeta, me ha encantado...Muchas gracias.

    Un abrazo muy fuerte

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    1. Desde luego que me acuerdo! :) gracias a ti por escucharla, Sabina es EL poeta ;) Muchas gracias por leerme y comentar, sigo atenta a tu próxima entrada, un abrazo enorme!

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  3. A veces, estar en silencio y poner orden al ruido que sentimos dentro nos ayuda a avanzar. Al menos nos permite afinar más el oído y escuchar lo que de verdad importa.

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