Tarde para cambiar.
Supe que había llegado demasiado tarde, que todo había cambiado, que ella no había estado ni estaba sola. Lo supe por la vajilla, escurriéndose a pares en la encimera: dos tazas, cuatro platos, dos copas. Por los albornoces colgando inertes en el baño, sugiriéndome formas de morir más halagüeñas que esta muerte lenta que me estaba sucediendo. Por los cepillos de dientes, verde y naranja, besándose sin pudor tras el cristal del vaso. Por las revistas variopintas apiladas en el bajo de la mesa, de temas que ella nunca leería. Por los dos paraguas enlazados en la entrada, fundiéndose en uno que salvaría de la mayor de las tormentas; pero no a mí. Por las breves notas pegadas en el frigorífico. Lo supe por el desorden ordenado reinante, atípico en su habitual orden desordenado. En general, por detalles imperceptibles que se habían creado y por otros que ya no estaban. Por el olor diferente, el color sensorial trastocado del lugar, las nuevas vibraciones, la atmósfera desconocida... ...